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El alma de Europa sería incomprensible sin el cristianismo,
afirma el Papa
"Sólo
la savia vital del Evangelio garantiza a Europa el desarrollo
coherente con su identidad”
Zenit
Ciudad del Vaticano
Un día después de la entrada de 10 nuevos países a la Unión
Europea, Juan Pablo II lanzó un sentido llamamiento para que la
integración política del viejo continente no sólo se base sobre
la economía y la política, sino también en los valores comunes
fraguados por el cristianismo.
El pontífice vivió el 1 de mayo un día esperado, cuando Polonia,
Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia,
Lituania, Malta, y República Checa, pasaban a entrar en la Unión
Europea, una meta que hace 25 años, cuando fue elegido Papa
Karol Wojtyla, parecía fuera de todas las posibilidades.
Pero para el pontífice esta «importante etapa de la historia»
esconde también preocupaciones, como él mismo confesó a mediodía
al rezar la oración mariana del
Regina Caeli
con unos 20,000 peregrinos congregados en la plaza de San Pedro
del Vaticano.
«La unidad de los pueblos europeos, si quiere ser duradera, no
puede ser sólo económica y política», advirtió y repitió el
llamamiento en ese significativo día que pronunció en Santiago
de Compostela, en noviembre de 1982: «el alma de Europa sigue
estando hoy unida porque hace referencia a valores comunes
humanos y cristianos».
«La historia de la formación de las naciones europeas camina al
ritmo de la evangelización –constató–. Por tanto, a pesar de las
crisis que han marcado la vida del continente hasta nuestros
días, su identidad sería incomprensible sin el cristianismo».
«La savia vital del Evangelio puede garantizar a Europa un
desarrollo coherente con su identidad, en la libertad y en la
solidaridad, en la justicia y en la paz», propuso.
«Sólo una Europa que no elimine, sino que redescubra sus propias
raíces cristianas podrá estar a la altura de los grandes
desafíos del tercer milenio –consideró–: la paz, el diálogo
entre las culturas y las religiones, la salvaguarda de la
creación».
Sus palabras concluyeron con un llamamiento a los cristianos de
todas las confesiones: «En esta importante empresa, todos los
creyentes en Cristo de Occidente y de Oriente de Europa, gracias
a su abierta y sincera cooperación ecuménica, están llamados a
ofrecer su propia contribución».
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