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La conversión de Kiko Argüello

Redacción
La Voz Católica

El Camino Neocatecumenal es uno de los carismas más pujantes de la Iglesia Católica en la actualidad. Fue fundado por el artista madrileño Kiko Argüello, para quien “el proceso actual de secularización ha llevado a mucha gente a abandonar la fe y la Iglesia. Por eso es necesario abrir de nuevo un itinerario de formación al cristianismo”.

“El Camino Neocatecumenal”, explica Argüello, “no pretende formar un movimiento en sí mismo, sino que trata de ayudar a las parroquias a abrir un camino de iniciación cristiana hacia el bautismo para descubrir lo que significa ser cristiano”.

El Camino Neocatecumenal “es un instrumento”, afirma Argüello, “al servicio de los obispos, dentro de las parroquias, para volver a traer la fe a tanta gente que la ha abandonado”.

Este movimiento laical se ha difundido en más de 105 países en los cinco continentes, con más de 1,500 comunidades distribuidas en 800 diócesis y 5,000 parroquias.

Esta experiencia, explica Argüello, recupera de la Iglesia primitiva el kerigma, que es el anuncio de la salvación, al que le sigue un cambio de vida en el catecúmeno, que es sellado, posteriormente, por la liturgia.

Argüello concibió el Camino Neocatecumenal como resultado de su propia conversión, al cabo de una intensa experiencia espiritual que el artista expone a continuación.

 

Un descenso al infierno

Bien, Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo, o, si queréis, una kenosis, un profundo descenso al infierno de mi existencia, una existencia sin Dios. Dios ha permitido que yo cortase todos los lazos con la trascendencia. Me escandalizaba profundamente de la indiferencia de mucha gente.

Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a misa, pero en definitiva su vida no era profundamente cristiana… Desde mi familia, en la que mi madre iba a misa todos los días, y mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero. La mayoría de las conversaciones en mi casa eran sobre el dinero.

No estaba Dios en el centro de mi familia ni en el centro de la mentalidad que se tenía en mi casa, y eso era normal. Lo mismo puedo decir de mis tíos, y de todo el ambiente en el que me movía. La religión era un aspecto más, una especie de barniz cultural que, al menos a mí, no me convencía. Tal vez porque era pintor, artista, y tenía una profunda sensibilidad y un absoluto deseo de coherencia, de verdad.

 

El cielo cerrado

Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho, porque ante mí todo el mundo se convertía en ceniza: se convertía en ceniza mi existencia, se convertía en ceniza todo.

No tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna, o si queréis la desgracia, de ganar un Premio Nacional de pintura muy importante en España.

Entonces salí en televisión, en los periódicos, me había abierto camino profesionalmente, y esto ya fue la última gota, porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida.

 

¿Por qué vives?

Preguntaba a la gente a mi alrededor: “Perdona un momento, ¿tú sabes por qué vives?”, y no sabían ni por qué ni para qué vivían, pero vivían…

Tal vez tenía que ser así, simplemente, vivir: uno se levanta, va a clase, come, después se va al cine o llama a un amigo… ¡Benditos los que son capaces de vivir así! Yo no lo era.

Me refugiaba, escapaba de mí mismo. Se abría un gran abismo dentro de mí. ¡Abismo que en el fondo era una llamada profunda de Dios, que me estaba llamando desde el fondo de mí mismo!