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La hora de los
laicos: Una llamada a dar testimonio
Mary Ann Glendon fue
recientemente nombrada por el Papa presidenta de la Academia
Pontificia de las Ciencias Sociales del Vaticano. Era profesora
de Derecho en la Universidad de Harvard. Escribió este ensayo
para “First Things”, revista de religión y vida pública. .
A lo largo del siglo XX, los líderes de la Iglesia Católica
suplicaron con creciente urgencia a los hombres y mujeres laicos,
que fueran católicos más activos en la sociedad y –desde el
Concilio Vaticano II– que se involucraran más en los asuntos de
la Iglesia. Esas súplicas encontraron una cálida respuesta entre
los católicos norteamericanos de los años treinta, cuarenta y
cincuenta. Pero, a medida que los católicos ganaban en poder
económico e influencia, el apostolado laico se resentía,
mientras que las nuevas oportunidades para servir a la Iglesia
institucional quedaban vacías. No resulta sorprendente que Juan
Pablo II, con su historial de estrecha colaboración con hombres
y mujeres laicos, haga frecuentes referencias al laicado,
equiparándolo con un «gigante dormido». Durante décadas, el
gigante parecía perdido en el sueño profundo de un adolescente.
Ahora que el «gigante dormido» comienza a despertarse, empieza a
parecer que el gigante tiene la fe de un preadolescente. Tras
una larga espera, ¿podría ser esta la hora del laico?
El resurgir reciente que se ha producido en organizaciones
laicales sugiere que ha llegado el momento de analizar, debido a
lo mucho que se ha avanzado en los últimos años tanto a nivel
económico como a nivel social, qué es exactamente lo que han
entendido los católicos estadounidenses sobre la vocación
laical. ¿Están los aproximadamente 63 millones de católicos –y
que representan más de un quinto de la población– evangelizando
la cultura, tal y como ha de hacer cada cristiano, o la cultura
les está evangelizando a ellos?
Los católicos se constituyen como personas en virtud de la
Historia de la salvación del mundo, y parte de esta Historia
requiere que sean activos en el mundo, diseminando la Buena
Nueva allá donde estén. Están llamados a dar testimonio, y a
seguir dando testimonio pase lo que pase, dentro y fuera de
temporada. ¿Cómo han cumplido los católicos esa historia viva a
través de las crisis, los cambios, las tentaciones y las
oportunidades con las que se han encontrado en el territorio de
misión que es Estados Unidos?
Desde el principio, los católicos que llegaron a América del
Norte eran extranjeros en una tierra protestante. En el momento
de la fundación, varios estados habían establecido iglesias
protestantes. El congregacionalismo era, por ejemplo, la
religión oficial en Massachusetts hasta 1833; y en muchas
ciudades de Nueva Inglaterra, la casa de reunión congregacional
era el lugar del gobierno de la ciudad, así como el lugar donde
el domingo se rezaba. De todas maneras, cuando Alexis de
Tocqueville hizo un estudio del panorama social norteamericano
en 1831, predijo que los católicos florecerían ahí. La creciente
presencia católica sería beneficiosa para el experimento de
autogobierno de la joven nación porque –argumentaba– su religión
les hacía ser «la clase más democrática en Estados Unidos» ya
que impone las mismas exigencias a todos, ricos y pobres, y
permite a sus seguidores libertad para actuar en la esfera
política.
El visitante francés, un hombre con visión de futuro, nunca
sospechó que se estaba formando una tormenta en el mismo momento
en el que escribía esas palabras. No supo detectar el
anticatolicismo, que se fundiría con el nativismo y que
eructaría en violencia a medida que los inmigrantes católicos
llegaban de Europa en número cada vez mayor. En 1834, en Boston
–la ciudad que se consideraba la más civilizada de América–, una
multitud airada quemó completamente un convento de Ursulinas
mientras la policía y los bomberos se limitaban a mirar cómo se
destruía el edificio. Tres años más tarde, un grupo de pirómanos
destrozó la mayor parte de la zona irlandesa de la ciudad. A lo
largo del país se repitieron atrocidades similares. Pero la
creciente economía demandaba mano de obra barata, y los
inmigrantes no hacían más que llegar desde Irlanda, Italia,
Alemania, la parte francesa de Canadá y Europa del Este. A
principios del siglo XX, con sus doce millones de miembros, la
Iglesia Católica era la comunidad religiosa más numerosa y la
que crecía con mayor rapidez.
Luchando por sobrevivir en un ambiente hostil, los católicos
inmigrantes construyeron sus propios colegios, hospitales y
universidades. Aprovechando la tendencia natural de los
americanos a asociarse, formaron innumerables organizaciones
fraternales, sociales, de caridad y profesionales. Los
protestantes tenían a los masones y a la Estrella del Este, y
los católicos a los Caballeros de Colón y a las Hijas de Isabel.
Con gran esfuerzo y sacrificio, construyeron, en palabras del
historiador Charles Monis, «un estado virtual dentro de otro
estado para que los católicos pudieran vivir la mayor parte de
sus vidas bajo el calor y la protección de instituciones
católicas». Desde sus barrios en las ciudades del norte, los
recién llegados se involucraron en procesos políticos
democráticos para ganar poder político a nivel estatal y local.
Pero cuando Al Smith, el gobernador católico de Nueva York, se
presentó a las elecciones presidenciales de 1928, se
desencadenaron demostraciones anticatólicas virulentas. El hecho
de que perdiera de manera tan estrepitosa reforzó, durante los
años treinta, cuarenta y cincuenta, la sensación de falta de
integración de los católicos.
Curiosamente, cuando los católicos estaban menos integrados en
la sociedad fue en el período en el que eran más activos –como
católicos– en el mundo. En 1931, en el cuarenta aniversario de
la histórica encíclica social Rerum Novarum, Pío XI pidió
ayuda a los católicos para que hicieran de contrapeso a la
transformación comunista o fascista de la sociedad. «Hoy en día
–escribió en Quadragesimo Anno–, como más de una vez en
la historia de la Iglesia, nos enfrentamos con un mundo que en
gran medida ha vuelto a caer en el paganismo». Dijo a los fieles
católicos que «deberían dejar de lado sus luchas internas» para
que cada persona pudiera desempeñar su papel «en lo que sus
talentos, poder y estado permitan». De manera pacífica, pero de
una forma militante para «la renovación cristiana de la sociedad
humana» los laicos deberían ser los «apóstoles principales e
inmediatos» en esa lucha.
La respuesta de los católicos en Estados Unidos fue todo lo
positiva que el Papa hubiera podido desear. Fueron instrumentos
para romper la influencia comunista en el movimiento obrero, y
convirtieron al Partido Demócrata del norte urbano en el partido
de vecinos, de la familia y del trabajador.
El filósofo Jorge Santayana, que fue profesor en Harvard a
principios del siglo XX, estaba intrigado por el contraste que
él percibía entre una cultura americana boyante y optimista y la
antigua fe católica, con su «gran desilusión por este mundo y su
poca ilusión por el siguiente». En 1934 escribió que los
católicos en Estados Unidos no tenían conflictos con sus vecinos
protestantes porque «sus religiones respectivas pasan entre
ellos como asuntos familiares privados y sagrados sin
implicaciones políticas». Si Santayana hubiera pasado menos
tiempo en Cambridge (Massachusetts) y más en Boston, se habría
dado cuenta de que el catolicismo de las comunidades urbanas de
inmigrantes no era –en modo alguno– un asunto «privado»;
simplemente, estaba impregnado en los barrios.
Fueron esas décadas en que los católicos estuvieron
profundamente involucrados, como católicos, en la parroquia, en
el trabajo y en el barrio. También fue un tiempo en el que
tuvieron la fortuna de contar con multitud de testigos que daban
su testimonio. En los colegios parroquiales, en la Eucaristía y
en sus devociones, y también alrededor de sus mesas de cocina, a
los católicos se les recordaba constantemente quiénes eran, de
dónde venían y cuál era su misión en el mundo.
Pero como San Pablo dijo a los corintios, «tal y como lo
conocemos, el mundo pasa». A medida que los católicos escalaban
peldaños sociales, cambiaron sus viejos barrios por casas en las
afueras de las ciudades. Los padres empezaron a mandar a sus
hijos a colegios públicos y a universidades no católicas. Las
vocaciones religiosas decrecieron. La movilidad social y
geográfica diseminó las comunidades católicas de memoria y de
ayuda mutua. Con la llegada de los años sesenta, la nación
dentro de una nación se había disuelto, y la diáspora había
empezado.
Los católicos se embarcaron en lo que Monis describe con acierto
como «un proyecto peligroso de cortar su conexión entre la
religión católica y la cultura (…) individualista, que había
sido siempre la fuerza de su dinamismo, su atractivo y su poder».
La transición quedó simbolizada en la elección como presidente
de John F. Kennedy, un católico muy integrado, que igualaba a
los nativos en el vigor de su denuncia de ayuda pública a
colegios parroquiales. La elección de 1960 enseñó a los
descendientes de inmigrantes que todas las puertas estaban
abiertas para ellos, siempre y cuando no fueran demasiado
católicos.
Dos años más tarde comenzó el Concilio Vaticano II, el esfuerzo
histórico de la Iglesia por afrontar las dificultades de llevar
el Evangelio a las estructuras, cada vez más secularizadas, del
mundo moderno. Los padres del Concilio entendiendo que la
cooperación con el laicado resultaba crucial, enviaron mensajes
claros y contundentes a hombres y mujeres laicos, recordándoles
que son la primera línea de defensa en la misión de la Iglesia
en la sociedad, y que, ahí donde se encontraran, tenían que
hacer todo lo posible por «consagrar el mundo a Dios».
Pero lo que sucedía en Estados Unidos y en otros países
desarrollados hacía más difícil que nunca que el mensaje pudiera
llegar. La rotura de amarras en el campo sexual, el incremento
de familias separadas y la entrada masiva de madres con niños
pequeños al mundo laboral constituyó un experimento social
masivo, una revolución demográfica sin precedentes para la que
ni la Iglesia ni las sociedades afectadas estaban preparadas.
En esos años turbulentos, los católicos sufrieron presiones para
tratar su religión como un asunto absolutamente privado y para
que adoptaran un catolicismo parcial destinado a elegir con qué
partes de la doctrina se quedaban y cuales rechazaban. Muchos de
sus «habladores» –teólogos, educadores religiosos y el clero–
sucumbieron a la misma tentación. En este contexto, era difícil
que las exigentes demandas del Concilio Vaticano II se
escucharan. Por si eso fuera poco, los buenos mensajes llegaron,
en multitud de ocasiones, distorsionados. En su sentido más
importante, las cuestiones más difíciles de resolver de los años
posconciliares fueron las que trataban sobre cómo de lejos
podían ir los católicos en su adaptación a la cultura existente
y seguir siendo católicos.
Aunque la sociedad se secularizaba a pasos agigantados, algunos
elementos del protestantismo se mantuvieron tan o más fuertes
que nunca: individualismo radical, intolerancia con los que
opinaban de manera distinta (dirigida hacia la disidencia de los
dogmas seculares que reemplazaron al cristianismo como sistema
de creencias de muchos) y una hostilidad permanente hacia los
católicos. Para el católico que progresaba, integrarse en esta
cultura significó ceder a un anticatolicismo en un grado que
hubiera sorprendido a nuestros antecesores inmigrantes.
Pero eso es lo que hicimos demasiados de nosotros. En los años
setenta, Andrew Greeley observó que, «de todos los grupos
minoritarios en este país, los católicos son los menos
preocupados por sus propios derechos y los que menos conciencia
tienen de la discriminación persistente y sistemática en las
altas esferas del mundo corporativo e intelectual».
En esta observación el Padre Greeley estaba en lo cierto. Hasta
que mi marido, que es judío, me hizo reflexionar sobre este tema,
siento decir que soy un ejemplo de ello. En los años setenta –yo
daba clase en la Facultad de Derecho de Boston College–, durante
las vacaciones de verano, alguien quitó los crucifijos de las
paredes. Aunque la mayoría de los miembros del profesorado
éramos católicos y el decano era un sacerdote jesuita, ninguno
protestó. Cuando se lo conté a mi marido, no se lo podía creer.
Me dijo: «Qué os pasa a los católicos? Si alguien hubiera hecho
algo parecido con los símbolos judíos, habría habido un
escándalo. ¿Por qué los católicos aceptáis estas cosas?».
Ese fue un momento de cambio para mí. Empecé a preguntarme: ¿Por
qué nosotros los católicos aceptamos este tipo de cosas? ¿Por
qué les damos tan poca importancia a temas relacionados con la
fe por los que nuestros antepasados hicieron tantos sacrificios?
En muchos casos, la contestación tiene su base en la necesidad
de progresar y de ser aceptados. Pero para la mayoría de los
católicos de la diáspora americana, creo que el problema es más
profundo: ya no saben hablar sobre lo que creen o por qué creen.
Demasiados católicos han perdido su identidad y no sabe a qué
está llamada.
También parece que han perdido muchas cartas. Uno se pregunta: ¿Cuántos
católicos laicos han leído cualquiera de las cartas que los
Papas les han enviado a lo largo de los años?, ¿cuántos
católicos saben dar una explicación lógica sobre temas
elementales sobre lo que enseña la Iglesia en materias cercanas
a ellos, como la Eucaristía o la sexualidad, o qué decir del
apostolado laico? Si son pocos los que pueden hacerlo, no será
por falta de comunicaciones desde Roma.
Construyendo sobre la Rerum Novarum y sobre
Quadragesimo Anno, los padres del Concilio Vaticano II
recordaron a los fieles laicos que es responsabilidad suya la de
«evangelizar los sectores familiares, sociales, profesionales,
culturales y de la vida política».
Estos han sido temas constantes en el pontificado de Juan Pablo
II. En Sollicitudo Rei Socialis, por citar un ejemplo,
renovó la llamada para un apostolado social, enfatizando «el
papel preeminente» de los laicos en la protección de la dignidad
de la persona, y pidiendo «tanto a hombres como a mujeres (…)
que estuvieran convencidos (…) de sus respectivas
responsabilidades, y para dar testimonio –por la forma en la que
viven como personas y como familias, por el uso de sus recursos,
por su actividad cívica, por su contribución en decisiones
económicas y políticas, y por su compromiso personal, a
proyectos nacionales e internacionales– las medidas inspiradas
por la solidaridad y el amor y la preferencia por los más
pobres».
En 1995, en Baltimore, el Papa dejó muy claras las implicaciones
de una vocación laica para los americanos contemporáneos:
«Algunas veces, ser testigos de Cristo significa extraer de una
cultura el sentido más completo de sus intenciones más nobles
(…). En otras ocasiones, ser testigos de Cristo significa
hacerle frente a esa cultura, especialmente cuando la verdad
sobre la persona humana está bajo asalto».
Ahora que el «gigante dormido» está empezando a dar signos de
recobrar su conciencia católica, la Iglesia va a tener que
aceptar que el laicado más educado de la historia ha olvidado
gran parte de su historia. Ha olvidado de dónde vino. Entre
tanto, al igual que con todo movimiento emergente de masas, los
activistas con ideas claras sobre dónde quieren ir quieren
asegurarse de que secuestran la fuerza del gigante para sus
propios fines. En los últimos meses, los católicos han oído
llamadas muy generales, pero estridentes, para que se produzcan
«reformas estructurales» destinadas a conseguir «poder para los
laicos» y para obtener mayor participación laica en los «poderes
de decisión» internos de la Iglesia. El doctor Scott Appleby,
por ejemplo, les dijo a los obispos americanos en su reunión del
pasado junio que «no exagero al decir que el futuro de la
Iglesia en este país depende de que compartáis autoridad con los
laicos».
También se ha hablado mucho sobre la necesidad de una Iglesia
Católica estadounidense más independiente. «Dejad que Roma sea
Roma» indicó Appleby. Además, tenemos al gobernador Frank
Keating, elegido por los obispos para presidir el National
Review Board, y que, sorprendentemente, anunció en su primera
conferencia de prensa que, con respecto al papel del laicado,
«Martin Lutero –el dirigente de la reforma protestante– tenía
razón». The Voice of The Faithful, la organización formada en
2002 por varios grupos de la burguesía de Boston, señala como su
misión la de «facilitar una voz orante, atenta al espíritu, a
través de la cual los fieles puedan participar activamente en el
gobierno y dirección de la Iglesia Católica» (Una no tiene más
remedio que preguntarse qué espíritus han sido consultados
cuando el dirigente de ese grupo presumió, con gran exaltación,
en The Boston Globe, de que «la corriente principal
católica en Estados Unidos, los sesenta y cuatro millones»
hablaba a través de la convención de The Voice of the Faithful
el pasado mes de julio).
Hasta la fecha, no hay signos de que ninguno de estos vocales
tenga la sensación de que la labor principal de los Evangelios
sea precisamente decirles a los cristianos lo que tienen que
hacer en esta vida. Incluso el ya fallecido cardenal Basil Hume,
que favoreció reformas en materias de Iglesia, hizo todo lo
posible por alertar a un grupo reformador anterior, el Common
Ground Initiative, contra «el peligro de concentrar demasiada
vida dentro de la Iglesia»: «Sospecho –dijo en relación a la
necesidad de evangelizar– que es un truco del demonio para
confundir a la gente de buena voluntad al liarles la cabeza en
temas obtusos y difíciles con el fin de que se olviden de que el
papel esencial de la Iglesia es evangelizar».
Al dejar fuera del cuadro la evangelización y el apostolado
social, muchos laicos de prestigio están promoviendo algunos
errores bastante básicos: que la mejor forma para que el laicado
sea activo requiere estudiar términos de gobierno de la Iglesia;
que la Iglesia y sus estructuras son equivalentes a agencias del
gobierno o compañías privadas; que hay que mirar con
desconfianza a la Iglesia y a sus ministros; y que la Iglesia
necesita estar supervisada por reformadores seglares. Si esas
actitudes toman cuerpo, harán que sea muy difícil para la
Iglesia salir de esta crisis y progresar sin comprometer sus
enseñanzas o su libertad para ejercer su misión, la cual está
garantizada constitucionalmente.Mucho de lo que se comenta en la
calle refleja, simplemente, que, con el declive de las
instituciones católicas, la experiencia real de apostolado laico
ha desaparecido de la vida de la gran mayoría de los católicos
–con la aceptación de que en la práctica ya hay una
complementariedad entre las distintas actuaciones de los
miembros del cuerpo místico de Cristo–. Es de sentido común el
que la gran mayoría de nosotros, los laicos, estamos idealmente
equipados para cumplir nuestra vocación en los lugares donde
vivimos y trabajamos. Precisamente porque estamos presentes en
todas las ocupaciones seglares que los padres del Concilio
Vaticano II enfatizaron, nuestra «misión especial» para tomar
una mayor parte activa, de acuerdo con nuestros talentos y
conocimientos, en la explicación y defensa de los principios
cristianos y en su aplicación a los problemas de nuestro tiempo.
Juan Pablo II elaboró este tema en Christifideles Laici,
donde señaló que esto será posible en sociedades secularizadas
sólo «si los fieles saben cómo superar la separación existente
entre el Evangelio y la realidad de sus vidas, para, una vez más,
tomar en su vida diaria, en sus familias, su trabajo, y la
sociedad en la que se desenvuelven una unidad de vida que se
manifiesta por la inspiración y fuerza del Evangelio».
Esos son los mensajes principales de todas esas cartas que la
mayoría de nosotros no ha leído o contestado. Y esos son los
mensajes que están tan notablemente ausentes de los comunicados
de los dirigentes de grupos laicos que se han formado en los
últimos meses.
A medida que se fueron olvidando las experiencias del apostolado
laico vivido, el ministerio laico –entendido como la actividad
realizada por aquellos que proclaman las lecturas en la santa
misa o ayudan a distribuir la comunión, llevarían al
cristianismo americano aquellas visiones mucho antes de que nos
diéramos cuenta la mayoría de nosotros– se expandió en los años
posteriores al Concilio Vaticano II Por ello, no sorprende que
muchos católicos piensen que la manera principal para ser
activos como católicos es participar en la vida interna de la
Iglesia. Da la sensación de que los que clamaban para este tipo
de participación están asaltando una puerta abierta. La Iglesia
lleva tiempo suplicando a hombres y mujeres laicos para que den
un paso al frente y asuman posiciones a todos los niveles. Nadie
debería
quejarse, seamos claros, de que los obispos y sacerdotes sean
reticentes a la hora de ceder puestos de responsabilidad a
disidentes que quieren utilizar dichos puestos para cambiar
enseñanzas básicas de la Iglesia.
Ningún buen pastor va a invitar a los lobos a cuidar su rebaño.
Ni que decir tiene que la Iglesia deberá realizar reformas
estructurales con el fin de ir más allá de la presente crisis, y
muchas de las llamadas de reforma vienen de hombres y mujeres
bien intencionados. La gran mayoría de los católicos está
acertada y profundamente preocupada por las recientes
revelaciones de abusos sexuales por parte de algunos miembros de
el clero; quieren hacer algo para solucionar la tragedia que han
traído los sacerdotes infieles; y se aferran a los eslóganes que
hay en el aire. Pero los eslóganes sobre «reforma estructural» y
«reparto de poder» tienen su propio origen. Personas de mayor
edad y miembros de una generación de teorías fallidas –políticas,
económicas y sexuales– han saltado sobre la presente crisis como
su última oportunidad para transformar el catolicismo americano
en algo más compatible con el espíritu de la época de su
juventud. Es, como apunta Michael Novak, su última oportunidad
de ir a tirar el muro. Escritores del Sur como Flannery O’Connor
y Walker Percy vieron adónde.
El antihéroe de la obra de O’Connor Wise Blood se ubica
como un predicador de la Iglesia de Cristo Sin Cristo. La novela
escrita en 1971 por Percy, Love in the Ruins, está
ambientada en una época no muy lejana, cuando la Iglesia
Católica se divide en tres partes: la Iglesia Patriótica, con
sus oficinas principales en Cicero, Illinois, donde el himno
nacional se toca en el momento de la elevación de la Sagrada
Forma; la Iglesia Católica Reformada Holandesa, fundada por
varios sacerdotes y monjas que se marcharon para casarse; y «lo
que queda de la Iglesia Católica, un pequeño grupo esparcido
geográficamente sin un lugar claro adonde ir». Aunque la
realidad no ha llegado, afortunadamente, a este punto, hay que
hacer notar que los temas más sobresalientes de los
autonombrados portavoces durante la crisis de 2002 han ido en
estas direcciones: el deseo de tener una Iglesia americana libre
de autoridad jerárquica y el deseo de un magisterio a medida,
libre de las duras enseñanzas en relación al sexo y al
matrimonio.
Entre tanto, al igual que el apóstol Pablo, Juan Pablo II sigue
mandando esas cartas resistentes, recordándonos a los que con
generosidad llama «fieles» que los cristianos no tienen que
conformarse con el espíritu de los tiempos, que han de buscar lo
que es bueno, gustoso y perfecto ante Dios. Por enésima vez,
explica que «no es cuestión de inventar un programa nuevo. El
programa ya existe: el plan es el que encontramos en el
Evangelio y en la Tradición viva; es el mismo de siempre».
Cabría pensar que, como mínimo, estos mensajes los recogerían
aquellos católicos cuya profesión es, precisamente, mediar entre
las verdades que son «las de siempre y siempre nuevas» bajo
condiciones sociales nuevas. Pero el hecho es que demasiados
teólogos católicos, educados en facultades de Teología sin
denominación alguna, han recibido poca base en su propia
tradición. Demasiados materiales de educación religiosa están
impregnados de rabia y fracasos por parte de quienes, en su día,
fueron sacerdotes y monjas que trabajaron en editoriales
religiosas porque su formación les permitía poco más. Y
demasiados obispos y sacerdotes han dejado de predicar la
Palabra de Dios en su contenido más pleno, incluidas las
enseñanzas más difíciles de seguir en una sociedad hedonista y
materialista.
El abandono de sus obligaciones por parte de demasiados
católicos ha dejado a un número excesivo de padres de familia
mal equipados para poder luchar con competidores más poderosos
en la formación de las almas de sus hijos: los colegios
gubernamentales (agresivamente seculares) y una industria del
entretenimiento que disfruta enormemente eliminando cualquier
trazo de catolicismo. No pretendo sugerir que los fallos de
teólogos, educadores religiosos, obispos y sacerdotes excusen
fallos en los laicos. Lo que sí quiero apuntar es que estamos en
el principio de una monumental crisis de formación.
El Padre Richard John Neuhaus ha dicho que la crisis de la
Iglesia Católica en 2002 tiene tres facetas: fidelidad,
fidelidad y fidelidad. Tiene razón al enfatizar que la falta de
fidelidad ha llevado a la Iglesia en Estados Unidos a una triste
situación. Pero también hay que decir que estamos pagando el
precio por otro desastre tridimensional: formación, formación y
formación. Falta de formación de nuestros teólogos, de nuestros
educadores religiosos y, por tanto, de padres y madres de
familia.
Los altavoces de la cultura de la muerte han subido el volumen a
la hora de explotar la debilidad de la Iglesia, que ha sido,
consistentemente, su enemigo más poderoso y temido. Hace más o
menos treinta años, aparecieron con uno de los eslóganes más
destructivos jamás inventados: «Personalmente, estoy en contra
de [aborto, el divorcio, la eutanasia …], pero no puedo imponer
mis opiniones a otros».
Este eslogan es la anestesia moral que ofrecen quienes están
preocupados por la de cadencia moral, pero que no saben cómo
exponer sus puntos de vista, especialmente en público. Sólo más
recientemente algunos católicos, protestantes y judíos han dado
un paso al frente para aclarar que, cuando en la vida pública
los ciudadanos de una república democrática hacen comentarios
religiosos basados en puntos de vista morales, no están
imponiendo nada a nadie. Están proponiendo. Esto es lo que ha de
ocurrir bajo nuestra forma de gobierno. Los ciudadanos proponen,
dan razones, deliberan, votan. Es una doctrina siniestra la que
intenta silenciar sólo los puntos de vista morales que tienen
una base religiosa.
Pero la anestesia fue eficaz a la hora de silenciar el
testimonio de innumerables hombres y mujeres de buena voluntad.
Y, por supuesto, el eslogan fue un éxito para políticos cobardes
y faltos de principios.
En este momento, la persona que, conocedora de que el
analfabetismo en materia de fe ha sido siempre común, podría
preguntar, «¿Por qué precisamente ahora hay urgencia para la
formación?». La respuesta es que la escasa formación presenta un
peligro especial, precisamente ahora, en una sociedad en la que
los católicos han perdido gran parte de su apoyo, y en donde la
educación en otras áreas es avanzada. Si la educación religiosa
se queda atrás en relación con la educación secular a nivel
general, los cristianos están perdidos en la defensa de sus
creencias incluso ante sí mismos. Van a sentirse incapaces
cuando se enfrenten a un secularismo y a un relativismo tan
extendidos en nuestra cultura.
Resulta irónico, dada su rica herencia intelectual, que tantos
católicos se sientan incapaces de responder incluso a las formas
más simplistas del fundamentalismo secular que prevalece entre
la clase con educación media. Tradicionalmente, ha sido una de
las glorias de su fe que los católicos puedan dar razones para
las posiciones morales que mantienen, razones accesibles a todos
los hombres y mujeres de buena voluntad, de otras creencias o de
aquellos que no creen. Hace tiempo, santo Tomás de Aquino
escribió: «Enseñad a aquellos que escuchan para que lleguen a un
nivel de conocimiento de la verdad concebida. Aquí uno ha de
apoyarse en argumentos que pongan a prueba las raíces de la
verdad y hacer que las personas entiendan que lo que se les dice
es verdad; de otra manera, si el maestro decide una cuestión
simplemente por su autoridad, el que escucha (…) no adquirirá
ningún conocimiento ni entendimiento y se marchará vacío».
Santo Tomás inspiró a Bartolomé de las Casas, que denunció la
esclavitud y proclamó la humanidad completa de los aborígenes en
el siglo XVI, sin apoyo directo de la Revelación, Y en la
Universidad de Princeton, Robert George hace hoy lo mismo en su
defensa filosófica de la vida humana desde el momento de su
concepción hasta el momento de su muerte natural.
Recientemente, el Dr. John Haas, presidente del Centro de
Bioética Católica Nacional, se reunió con un conocido científico
que está involucrado en la clonación humana. En el transcurso de
esa reunión, el científico le dijo a Haas que la formación que
había recibido de pequeño había sido protestante evangélica,
pero que hubo un momento en «el que supe que tenía que decidirme
entre la religión y la ciencia, y opté por la ciencia» La
respuesta del doctor Haas fue, obviamente, «pero si no tiene que
elegir…». Y como buen evangelizador que es, comenzó a exponer
las enseñanzas de Fides et Ratio. Una reunión de treinta minutos
duró varias horas.
Juan Pablo II anima a los católicos a seguir ese tipo de
ejemplos cuando dice en Novo Millennio Ineunte: «Para que el
testimonio cristiano sea eficaz, especialmente en (…) áreas
delicadas y controvertidas, es importante que se haga un
esfuerzo especial para explicar bien las razones de la posición
de la Iglesia, dejando muy claro que de lo que se trata no es de
imponer una visión basada en la fe a los no creyentes, sino de
interpretar y defender los valores centrales de la naturaleza de
la persona».
Para explicar las razones, parece lógico, uno ha de conocerlas.
«No tengáis miedo» no significa «No estéis preparados»
Ya es hora de que los católicos (no sólo en Estados Unidos)
reconozcamos que hemos hecho poco caso a las obligaciones que
tenemos en virtud de nuestra herencia intelectual, de la que
somos custodios para futuras generaciones. La pregunta de por
qué hemos fallado en mantener esa tradición en los
acontecimientos humanos y científicos de nuestros días –como
hizo santo Tomás en su momento– es materia para otra ocasión.
Baste decir ahora que, en el siglo XX, ese fue el proyecto de
Bernard Lonergan y otros, pero que su trabajo ha tenido pocos
adeptos. El diagnóstico de Andrew Greeley es duro: «El
catolicismo estadounidense no intentó tener esperanza en el
intelectualismo; más bien encontró el intelectualismo duro y
decidió no intentarlo».
Quizá Greeley es demasiado severo, pero parece difícil no estar
de acuerdo con el teólogo Frederick Lawrence cuando dice que «la
actividad en la Iglesia en la esfera educativa no está dejando
de manifiesto que la fuerza básica del cristianismo católico
está en armonía con el intelectualismo más completo y, ni que
decir tiene, que la vida intelectual es parte integral de la
misión de la Iglesia». Lawrence va más allá cuando señala que
«la Iglesia hoy necesita proclamar de manera clara y en voz alta
que el entendimiento del orden natural del cosmos en las
ciencias humanas y físicas, así como en filosofía y teología, es
parte de apreciar el Verbo cósmico de Dios expresado en la
Creación. Es parte intrínseca de la totalidad de la mente y el
corazón católicos».
Los católicos estadounidenses necesitan volver a dedicarse al
apostolado intelectual, no sólo para realizar la misión de la
Iglesia, sino por un país al que, de manera peligrosa, parecen
importarle poco los cimientos morales sobre los que dependen
nuestras libertades. Tocqueville tenía razón cuando dijo que el
catolicismo puede ser bueno para la democracia americana, pero
que eso sólo puede ocurrir si el catolicismo es fiel a sí mismo.
¿Es posible que la actividad laical producida por los escándalos
de 2002 sea el principio de una época de reforma auténtica y de
renovación? Si uno tiene esperanza, se pueden divisar algunos
signos positivos. Varias asociaciones laicales recientemente
constituidas, por ejemplo, están formando grupos de estudio para
leer documentos de la Iglesia, encíclicas y el Catecismo.
El signo más prometedor de que vienen tiempos mejores es la
generación creciente de católicos jóvenes, que lo son sin
mayores respetos humanos; y eso incluye a muchos sacerdotes, que
han sido inspirados por la heroica vida y las enseñanzas de Juan
Pablo II.
Entre tanto, el mundo tal y como lo conocemos, pasa. El panorama
demográfico en Estados Unidos está siendo, una vez más,
transformado por la inmigración, esta vez principalmente del
Sur. La gran mayoría de estos recién llegados han sido formados
en las culturas católicas de América Central, del Sur y del
Caribe. Es verdad que muchos han olvidado su pasado pero, a
pesar de ello, tienen una forma católica de ver la realidad, de
mirar a la persona y a la sociedad. Con las tasas de natalidad
actuales, Estados Unidos será el país con la tercera población
católica más numerosa del mundo, después de Brasil y México.
En la primavera de 2002, mientras los miembros de The Voice of
The Faithful debatían sobre la financiación de la Iglesia y su
gobierno, los católicos latinos de Boston mantenían vigilias de
oración para reafirmar la solidaridad de todos los miembros del
cuerpo místico de Cristo –hombres y mujeres, ricos y pobres,
clérigos y laicos y, sí, las víctimas y sus abusadores–.
Allá donde quiera que se encuentren los hijos e hijas de la
diáspora católica estadounidense, un hecho es cierto: la
«gente-llamada-a estar unida» busca el hilo conductor de su
historia, aquello que les permita dar sentido a sus vidas. La
mujer en el autobús que, ávidamente, lee en el periódico de la
mañana su horóscopo, busca darle sentido a su vida; el profesor
que idolatra esta u otra ideología, busca un credo, un porqué y
para qué vivir.
Las encuestas de opinión que nos dicen que la mayoría de los
americanos creemos que el país vive en un declive moral, no
sienten que puedan «imponer» su moralidad a otros y justifican
esta conclusión que aflige a la gente de buena voluntad en
momentos en que «a los mejores les falta convicción, mientras
que los peores están llenos de pasión».
¿Que pasaría si los fieles católicos de la diáspora recordaran y
abrazaran la herencia que les pertenece? ¿Que pasaría si
volviéramos a descubrir lo novedoso de nuestra fe y su poder
para juzgar la cultura que nos rodea? ¡Menudo despertar tendría
el «gigante dormido»! A Juan Pablo II le gusta repetir a los
jóvenes: « sois lo que deberíais ser –es decir, si vivís vuestro
cristianismo sin condiciones–, encenderíais el mundo!».
¿Es un sueño pensar que, a pesar de estar dispersos, la
«gente-llamada-a estar unida» podría redescubrir la novedad
dinámica de su fe? Los miembros de las grandes organizaciones
laicas de la Iglesia piensan que no. Aunque la movilidad ha
aguado la vitalidad de muchas parroquias, ha habido un gran
crecimiento –principalmente, fuera de Estados Unidos por ahora–
de asociaciones laicales, programas de formación y movimientos
eclesiales. Estos grupos, tan variados en sus carismas, tan
ricos en contadores de historias, están facilitando un camino
para que los católicos estén en contacto unos con otros y con su
tradición bajo condiciones de diáspora. Juan Pablo II ha
reconocido los grandes éxitos de estos grupos en el área de
formación y ha animado a sus hermanos en el episcopado y a los
sacerdotes a que aprovechen en su totalidad el potencial que
tienen para la renovación personal y eclesial.
Hasta hace poco, al igual que la mayoría de los católicos
estadounidenses, mi conocimiento del número y de la variedad de
estos movimientos era relativamente limitado. Fue a raíz de
servir en el Consejo Pontificio de Laicos cuando he podido
conocer grupos como Comunión y Liberación, la Comunidad de San
Egidio, Foccolare, el Camino Neo-Catecumenal, Opus Dei y Regnum
Christi, y conocer a muchos de sus dirigentes y de sus miembros.
¡Menudo contraste entre estos grupos que trabajan en armonía con
la Iglesia y organizaciones que definen sus objetivos en
términos de poder! No sorprende a nadie que cuanto más fieles y
vibrantes son las grandes organizaciones laicales, más son
atacadas por sus disidentes y aquellos que están en contra de
los católicos. Pero los ataques no parecen importarles, ya que
saben quiénes son y adónde van.
Finalmente, una de las grandes bendiciones de tener un Papado y
un Magisterio es que nos aseguran que la historia de la «gente-llamada-a-estar-unida»
se preservará, incluso en los momentos más difíciles.
En «El hablador» de Vargas Llosa, un extranjero visita a los
machiguengas dispersos, un hombre que está tan enamorado de la «gente-que-anda»
y de sus historias, que se convierte en su «hablador». Pasa
mucho tiempo en la carretera, viajando de familia en familia,
llevando noticias de un lugar a otro, «recordando a cada miembro
de la tribu que los demás están vivos, que, a pesar de las
grandes distancias que los separan, aún forman una comunidad,
comparten una tradición y creencias, antepasados, tristezas y
alegrías». Entre las muchas razones para alegrarse del largo
pontificado de Juan Pablo II es que, al igual que los «habladores»
más extraordinarios, ha sabido mantener la historia de su gente
radiantemente viva, llevándola a todos los rincones de la tierra
en uno de los momentos más oscuros de la humanidad.
[Publicado en «First Things», revista de religión y vida pública,
noviembre de 2002. Traducción al castellano realizada por los
Servicios de Documentación Arvonet].
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