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¡Gracias y hasta
luego!
“Hay un tiempo para cada cosa, y un momento para
hacerla bajo el cielo: Hay un tiempo de nacer y tiempo
para morir…”.
Con estas palabras comienza uno de los poemas más hermosos del
Antiguo Testamento, que algunos musicólogos en inglés y en
español han convertido en canción. Lo encontramos en el capítulo
3 del libro de Eclesiastés, escrito alrededor de los años
300-200 a.C. Eclesiastés es considerado por muchos como una
obra pesimista, cínica y difícil de interpretar. Sin embargo, su
mensaje se ha hecho famoso a través de los siglos.
El poema enumera una serie de antónimos: nacer-morir,
sembrar-cosechar, reír-llorar, abrazarnos-separarnos. El autor
no impone ningún valor negativo o positivo a ninguno de ellos;
sencillamente nos describe cómo es la vida, los cambios con que
nos reta, y nos asegura que: “hay un tiempo para cada cosa”, y
eso está bien.
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Adele González señala en el mapa de Estados Unidos, los lugares
donde la misión evangelizadora de los hispanos iba en aumento a
medida que crecían las comunidades católicas de inmigrantes. Al
centro, el Padre Mario Vizcaíno y a la derecha Mons. Agustín
Román. A ambos sacerdotes les agradece Adele su apoyo a través
de los años, en esta columna de despedida.
Foto:
Araceli Cantero |
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Después de 31 años sirviendo profesionalmente como ministra
laica en la Arquidiócesis de Miami, de los cuales 25 han sido en
la Oficina de Ministerios Laicos, ha llegado el momento de un
cambio en mi caminar con Dios, en Dios y hacia Dios. El 30 de
junio, será mi último día en la Arquidiócesis de Miami y, aunque
seguiré ayudando en la Oficina de Ministerios Laicos, será como
voluntaria y con horas limitadas.
Cada vez que algo cambia en nuestras vidas, es bueno hacer una
pausa para reflexionar en lo que ha sido, lo que es y lo que
será. Treinta y un años en la Arquidiócesis de Miami y
anteriormente 5 en la diócesis de Orlando son toda una vida, y
sin embargo, hoy me parecen un instante.
Durante estos 36 años de ministerio eclesial he conocido a
muchos católicos que me han ido revelando el rostro de Dios. He
tenido el privilegio de acompañar a miles de personas en sus
momentos críticos de confusión, búsqueda, pérdida. Ser un
testigo de sus altas y bajas espirituales ha enriquecido mi vida
profundamente. Mi ministerio también me ha permitido ser parte
del esfuerzo de muchas personas por responder creativamente a
las necesidades multiculturales del Sur de la Florida. Esto me
ha hecho una persona mejor.
Uno de los retos más grandes de mi ministerio ha sido balancear
los dones de la Iglesia carismática y espontánea con los de la
jerárquica. Sin embargo, aún en los momentos más difíciles, esta
tensión me ha ayudado a crecer y a confiar más en Dios. He
compartido con muchos laicos comprometidos que son un tesoro en
mi vida y a quienes nunca hubiera conocido si no hubiera
trabajado con ellos en la Iglesia. He colaborado con religiosas,
sacerdotes y diáconos que me han ayudado a profundizar mi propia
definición de compromiso cristiano. Confío en que estas
amistades perduren toda mi vida.
En estos momentos tan difíciles en la historia de la Iglesia y
de transición en mi vida personal, me ayuda recordar con
admiración y agradecimiento a algunos de los líderes de mi
Iglesia que ayudaron a formarme y con quiénes tengo una deuda de
gratitud:
Gracias, Monseñor Bryan Walsh por la visión “Pedro Pan”, y
gracias, Religiosas Filipenses, por ocuparse de mí y de mi
hermano cuando llegamos solos de Cuba.
Gracias, Padre Daniel Baldor, S.J. por guiarme por más de 20
años en mi juventud.
Gracias, Arzobispo William Borders por alentar y supervisar mis
primeros pasos en la diócesis de Orlando.
Gracias, Monseñor Agustín Román, por querer a mi mamá y por
enseñarme el verdadero significado de la frase “¡Ay de mí, si no
evangelizo!”
Gracias, Arzobispo Edward McCarthy, por su visión, su confianza
en mí, su transparencia y su amor por Dios y la Iglesia.
Gracias, Padre Mario Vizcaíno, Sch.P., por generosamente
brindarme su apoyo, amistad y sabiduría por tantos años.
Gracias, Monseñor Vincent Kelly por apoyarme y animarme en
momentos difíciles, por su optimismo y compromiso con el pueblo
de Dios. La vida de personas como éstas me garantizan que el
Espíritu del Cristo resucitado sigue guiando a la Iglesia hoy
como siempre.
Finalmente, gracias a mis “jefas” en la Oficina de Ministerios
Laicos: la doctora Mercedes A.Scopetta, fundadora y primera
directora de la Oficina; doctora Zoila L. Díaz y Hermana Ann
E.McDermott, osf, quienes siguieron sus pasos como líderes de
nuestro ministerio. A Mercedes le debo el haberme dado permiso
para volar y soñar. A Zoila le debo el enseñarme lo que es la
verdadera lealtad y amor por la Iglesia y a Ann su apertura a
todas las razas y culturas y, sobre todo, el haberme trasmitido
su amor por San Francisco de Asís. A mis tres “jefas” les debo
su paciencia conmigo y su confianza en mí, y su protección de la
estructura eclesiástica cuando me sentía ahogada por ella. Sin
ellas, sin los coordinadores y maestros voluntarios de la
Escuela de Ministerios Laicos, y sin los párrocos y el Arzobispo
McCarthy que costearon mis estudios, nunca hubiera llegado a ser
lo que soy hoy.
Esta lista no está completa. Muchas personas más han dejado su
marca en mi vida y me han enriquecido tremendamente. Dios y
ellos saben quiénes son. Mi oración es que cada laico en la
Arquidiócesis tenga la oportunidad de encontrar en la Iglesia
personas como éstas.
El año 1968 marcó mi tiempo de ministerio oficial dentro de la
“Iglesia Institución”. El año 2004 marca mi tiempo para terminar
ese tipo de ministerio, y seguir caminando con la Iglesia
“Pueblo de Dios” y “Comunidad de Creyentes”. Confiando
plenamente en la guía del Espíritu Santo y en el apoyo y consejo
de todas las santas personas que me rodean, creo que “hay un
tiempo para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo”.
Hace 36 años fue mi tiempo de comenzar y hoy es mi tiempo para
terminar, y Dios bendice ambos momentos.
agonzalez@get-with-it.com
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