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La herencia europea
Andrea Riccardi
La Vanguardia
El preámbulo de
la Constitución europea es importante para el futuro. Porque
efectivamente hay que volver a definir hoy cuál es la identidad
de Europa para hablar de sus fronteras y de su función en el
mundo. No se puede construir un "novum" que las poblaciones
europeas no sientan de modo participativo. La construcción
europea necesita un "ethos" amplio y compartido, no restringido
a los especialistas. Para ello es necesario un texto ideal, como
el preámbulo, que inspire un sentimiento de pertenencia y
querría decir sentimientos europeos. La labor que se ha hecho es
discreta aunque necesariamente incompleta.
Ortega y Gasset,
de regreso de América, a quien le preguntaba el motivo de su
vuelta, respondía: "Europa es el único continente que tiene un
contenido" (en el original español, NdR). A los no españoles
escapan los dos significados de la palabra "continente". El
contenido de Europa escribe Rémi Brague en "Europe, la voie
romaine" es el de contener y de estar abierta a lo universal. La
civilización europea es una gran síntesis de contenidos y
experiencias venidas del exterior o maduradas en su interior. En
este sentido, el preámbulo tiene un "incipit" enérgico: "Conscientes
de que Europa es un continente portador de civilización...". Así,
la identidad europea se caracteriza por sus relaciones con los
mundos vecinos y el mundo entero.
Que no se dé por
descontada, sin embargo, la observación por mi parte sobre la
ausencia del cristianismo en el texto. Se habla de "legados
culturales, religiosos y humanistas". La alusión (en mi opinión
insuficiente) al "impulso espiritual que ha atravesado Europa, y
que sigue estando presente en su patrimonio" ha acabado por
caer, junto con la mención de la Ilustración. Son bien conocidos
los sentimientos laicos de pudor que han frenado un más sincero
reconocimiento del papel de cristianismo. Francamente no tengo
intención de "confesionalizar" el texto fundacional europeo. No
obstante se habría podido hablar de "un impulso espiritual que
ha atravesado Europa durante casi veinte siglos", sacando
honestamente a la luz cómo este movimiento espiritual se
identifica históricamente en gran parte con el cristianismo. Un
texto que pretende ser una "Magna Charta", dirigida también a
las jóvenes generaciones europeas, debe tener la virtud de ser
franco, veraz y atractivo. Guste o no guste, el cristianismo ha
tenido históricamente un papel esencial (no exclusivo) en la
realidad europea.
Por lo demás, no
es con las contraposiciones o los silencios que se deba enfocar
la relación entre laicismo y religión. Durante la Segunda Guerra
Mundial, un gran filósofo italiano (laico y liberal), Benedetto
Croce, escribió un opúsculo con un título significativo, "Por
qué no podemos dejar de llamarnos cristianos". No era una
profesión de fe de un no creyente, sino el reconocimiento por un
gran intelectual de la presencia del cristianismo en los
procesos que han hecho la cultura europea. Del mismo modo, se
podría escribir hoy algo así como "Por qué no podemos dejar de
llamarnos laicos". La Iglesia católica, con el Vaticano II, ha
afirmado su simpatía por la libertad religiosa y las libertades
en general. El hombre y la mujer europeos, creyentes o no
creyentes, son herederos de tradiciones cristianas y de
tradiciones laicas. Europa debe saber conciliar las diversas
tradiciones de las que es hija, no silenciarlas. Están, además,
las opciones personales, religiosas o ideales, de cada uno de
nosotros, pero ésa es otra historia, no la de un texto
fundamental de referencia para todos, capaz de representar el
pasado y de abrirse al futuro.
He notado otra
ausencia en las líneas del preámbulo: una referencia a la mayor
de las tragedias europeas, la de la shoa. Alguien había
propuesto utilizar la expresión "raíces judeocristianas" para
incluir el judaísmo al hablar de religión. Me parece poco, y
sólo políticamente correcto. Sobre todo porque no se habla de la
tragedia de los judíos europeos del siglo XX, tal vez la parte
más importante del drama de la Segunda Guerra Mundial, el que ha
empujado a los padres fundadores de Europa por la vía de la
unificación. Una referencia a esta tragedia habría sido
importante.Hubiera representado una referencia decisiva también
para los nuevos países miembros, que no han participado en la
dolorosa reflexión realizada en Occidente durante medio siglo
pero que también han estado involucrados en la destrucción de
los judíos.
Habría dicho
también que la Unión Europea es la conquista definitiva de la
paz entre los países europeos. Es evidente que Unión significa
paz en este continente donde por siglos se han librado guerras
de forma sistemática. Una alusión más clara al pasado belicoso
de nuestro continente habría eliminado su opción de futuro y su
función en el mundo contemporáneo. Y ello, no obstante resulte
claro el empeño político de la Unión a favor de la paz como se
ve en el artículo 1 de los objetivos: "La Unión se propone
promover la paz...". Igualmente se lee en el preámbulo que
Europa se compromete a trabajar "a favor de la paz, de la
justicia y de la solidaridad en el mundo". Una alusión a la
historia dolorosa sobre la que se ha forjado esta voluntad de
paz habría tenido un gran "appeal" sobre las conciencias
europeas. Pero, al final, lo mejor es enemigo de lo bueno: tal
vez deberemos contentarnos con este texto, marcado por los
olvidos y los compromisos.
2 de julio de
2003
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