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Pentecostés

Antonio López Villalta

Con la celebración de Pentecostés, la Iglesia conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús. En esta celebración, la palabra griega pentecostés significa quincuagésimo, y se refiere al domingo en que se cumplen cincuenta días desde el domingo de la Pascua de resurrección. Siguiendo la tradición judía, que celebraba la Fiesta de las Semanas, o de los primeros frutos de la cosecha, al cumplirse cincuenta días desde la celebración de la Pascua liberadora de la esclavitud en Egipto, los cristianos celebramos en el domingo de Pentecostés los primeros frutos de la resurrección de Jesús, es decir, los dones del Espíritu Santo con los que se fundamenta y construye la Iglesia.

Ascensión de Cristo al cielo y bajada del Espíritu Santo desde la mano del Padre. Mosaico pintado por el P. jesuita Marko Rupnik, en la Capilla Redemptoris Mater, en el Palacio Apostólico de Roma. Librería Editrice Vaticana.

Hay que recordar aquí que el Espíritu Santo siempre ha estado presente, a pesar del pecado, en el mundo y en la historia de todos los seres humanos. De una manera particular, el Espíritu Santo era el que inspiraba a los profetas del Antiguo Testamento y a los redactores de la Biblia judía. Más aún, María concibió a Jesús con la venida sobre ella del Espíritu Santo. Y los seguidores de Jesús, antes de su resurrección, y a pesar de sus defectos e incomprensión con respecto a Jesús, también habían recibido de una manera especial al Espíritu Santo en la medida que acogieron la llamada de Jesús a seguirle.

Para entender el significado de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés hay que reflexionar sobre la relación que hay entre la Pascua de la muerte y resurrección de Jesús y los llamados por Jesús a seguirle. Para ello nos vamos a referir sobre todo al Evangelio de San Juan, especialmente al relato de la última cena.

El Evangelio de San Juan está centrado en la venida al mundo desde el Padre, y su regreso a él, de Jesús. Así pues, durante la última cena, anticipando su muerte en la cruz, en su despedida del mundo a sus discípulos, Jesús les dice a ellos: “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo para regresar al Padre” (Jn.16, 28). Esta salida del Padre y retorno a él de Jesús está basada en la unión espiritual profunda entre el Padre y Jesús según la cual ambos poseen el mismo Espíritu Santo en el que se da la única realidad de Dios. Por eso, refiriéndose, también en la última cena, a la Verdad que procede del Padre y a la venida del Espíritu Santo sobre sus discípulos, Jesús les dice que este “…Espíritu de la Verdad… me glorificará, porque todo lo que les dé a conocer, lo recibirá de mí. Todo lo que tiene el Padre, también es mío; por eso les he dicho que todo lo que el Espíritu les dé a conocer, lo recibirá de mí” (Jn. 16, 13-15).

Después de estas palabras, Jesús oró al Padre pidiendo por la unión de sus discípulos y por los que creerán en él por medio de la palabra o predicación de ellos: “Yo los he enviado al mundo, como tu me enviaste a mí… no te ruego solamente por ellos, sino también por todos los que creerán en mí gracias a su palabra. Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tu me has enviado” (Jn. 17, 18-21).

Según todo esto, en la última cena se manifiesta la conexión inseparable entre cuatro realidades decisivas que son el fundamento del significado de Pentecostés. Estas realidades son: la muerte y retorno de Jesus al Padre, la venida del Espíritu Santo a los discípulos de Jesús, la unión de ellos, y su misión en el mundo.

En efecto, todo ha sido creado por Dios Padre en Jesucristo, para que así todo lo que salió del Padre por medio de Jesucristo, regrese también al Padre por medio de Jesucristo. El Espíritu Santo es precisamente el principio personal de unión amorosa entre el Padre y el Hijo por medio del cual los seres humanos, que han sido creados por el Padre en Jesucristo, regresen también al Padre en el regreso de Jesucristo al Padre. De ahí que cuando Jesús le pide al Padre que todos sus discípulos “sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre” (17, 20-21), Jesús le está pidiendo al Padre, en efecto, que venga el Espíritu Santo sobre ellos, de suerte que ellos, liberados de sus divisiones egoístas y opresoras que les alejan de Dios, puedan participar en el retorno de Jesús al Padre. En otras palabras, el Espíritu Santo es el Espíritu pascual y bautismal por medio del cual podemos participar en la muerte de Cristo, que nos purifica de nuestros pecados, para entonces participar también en su resurrección y retorno a la vida íntima de amor y comunión con el Padre. Como nos dice Pablo con referencia a nuestro bautismo: “Si hemos muerto con Cristo confiemos en que también viviremos con él… vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús” (Rom. 6, 8-10).

Por tanto, si bien el Espíritu Santo ha estado presente en toda la historia humana, como ya hemos indicado, en la venida del Espíritu Santo pedida por Jesús al Padre para sus discípulos se da la plenitud o perfección de esta presencia en un nivel radicalmente superior. Pues, con esta venida del Espíritu Santo, los seres humanos no sólo somos sanados del pecado y lejanía de Dios, ni tampoco somos meramente relacionados con Dios a distancia, sino que somos elevados a la misma y única realidad interior del Espíritu de Dios, o como diría Pablo, a ser templos de Dios donde habita su Espíritu (1Cor. 3, 16).

Esta realidad pascual y bautismal del Espíritu Santo no solamente reconcilia y congrega a los discípulos de Jesús en la comunión trinitaria en que se funda la comunidad de la Iglesia: “…que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre” (Jn. 17, 21). Esta realidad es también la que confiere a los discípulos congregados de Jesús, es decir a la Iglesia, su misión universal de llevar a los seres humanos de este mundo hacia Cristo en su retorno al Padre: “Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí…” (Jn. 17, 18).

Por consiguiente, en el domingo de Pentecostés, al celebrar la venida del Espíritu Santo a los discípulos de Jesús, conmemoramos también la respuesta del Padre a la oración de Jesús en la última cena. En Pentecostés, esta oración de Jesús se cumple a través de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia y de sus diversos dones que él derrama prodigiosamente sobre los miembros de ésta con el fin de llevar todas las realidades humanas hacia la reconciliación y salvación de Jesucristo en su retorno al Padre. Pues es en el Espíritu de Jesús y del Padre que nos viene con sus dones en Pentecostés, que los cristianos recibimos la gracia de la vocación y la misión de transformar nuestra vida personal y la historia humana, marcadas por las divisiones y opresiones del pecado, hacia la misma realidad de la vida de comunión que es el mismo Dios.

Dr. Antonio López Villalta, Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario San Vicente de Paul, Boynton Beach, Florida.

Oraciones al Espíritu Santo:

Ven, Espíritu divino,
Envía tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
Don, en tus dones espléndido;
Luz que penetra las almas;
Fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
Descanso de nuestro esfuerzo,
Tregua en el duro trabajo,
Brisa en las horas de fuego,
Gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
Divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
Si tú le faltas por dentro;
Mira el poder del pecado
Cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
Sana el corazón enfermo,
Lava las manchas, infunde
Calor de vida en el hielo,
Doma el espíritu indómito,
Guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
Según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
Dale al esfuerzo su mérito;
Salva al que busca salvarse
Y danos tu gozo eterno. Amén.


Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu, Señor, y nos darás nueva vida.
Y renovarás la faz de la tierra.
Oh, Dios, que has iluminado  los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo, concédenos ser dóciles a este mismo Espíritu, para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.