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Pentecostés
Con la celebración de Pentecostés, la Iglesia conmemora la
venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús. En esta
celebración, la palabra griega pentecostés significa
quincuagésimo, y se refiere al domingo en que se cumplen
cincuenta días desde el domingo de la Pascua de resurrección.
Siguiendo la tradición judía, que celebraba la Fiesta de las
Semanas, o de los primeros frutos de la cosecha, al cumplirse
cincuenta días desde la celebración de la Pascua liberadora de
la esclavitud en Egipto, los cristianos celebramos en el domingo
de Pentecostés los primeros frutos de la resurrección de Jesús,
es decir, los dones del Espíritu Santo con los que se fundamenta
y construye la Iglesia.
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Ascensión de Cristo al cielo y bajada del Espíritu Santo desde
la mano del Padre. Mosaico pintado por el P. jesuita Marko
Rupnik, en la Capilla Redemptoris Mater, en el Palacio
Apostólico de Roma.
Librería
Editrice Vaticana. |
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Hay que recordar aquí que el Espíritu Santo siempre ha estado
presente, a pesar del pecado, en el mundo y en la historia de
todos los seres humanos. De una manera particular, el Espíritu
Santo era el que inspiraba a los profetas del Antiguo Testamento
y a los redactores de la Biblia judía. Más aún, María concibió a
Jesús con la venida sobre ella del Espíritu Santo. Y los
seguidores de Jesús, antes de su resurrección, y a pesar de sus
defectos e incomprensión con respecto a Jesús, también habían
recibido de una manera especial al Espíritu Santo en la medida
que acogieron la llamada de Jesús a seguirle.
Para entender el significado de la venida del Espíritu Santo en
Pentecostés hay que reflexionar sobre la relación que hay entre
la Pascua de la muerte y resurrección de Jesús y los llamados
por Jesús a seguirle. Para ello nos vamos a referir sobre todo
al Evangelio de San Juan, especialmente al relato de la última
cena.
El Evangelio de San Juan está centrado en la venida al mundo
desde el Padre, y su regreso a él, de Jesús. Así pues, durante
la última cena, anticipando su muerte en la cruz, en su
despedida del mundo a sus discípulos, Jesús les dice a ellos:
“Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo para
regresar al Padre” (Jn.16, 28). Esta salida del Padre y retorno
a él de Jesús está basada en la unión espiritual profunda entre
el Padre y Jesús según la cual ambos poseen el mismo Espíritu
Santo en el que se da la única realidad de Dios. Por eso,
refiriéndose, también en la última cena, a la Verdad que procede
del Padre y a la venida del Espíritu Santo sobre sus discípulos,
Jesús les dice que este “…Espíritu de la Verdad… me glorificará,
porque todo lo que les dé a conocer, lo recibirá de mí. Todo lo
que tiene el Padre, también es mío; por eso les he dicho que
todo lo que el Espíritu les dé a conocer, lo recibirá de mí” (Jn.
16, 13-15).
Después de estas palabras, Jesús oró al Padre pidiendo por la
unión de sus discípulos y por los que creerán en él por medio de
la palabra o predicación de ellos: “Yo los he enviado al mundo,
como tu me enviaste a mí… no te ruego solamente por ellos, sino
también por todos los que creerán en mí gracias a su palabra. Te
pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre. Y
que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea
que tu me has enviado” (Jn. 17, 18-21).
Según todo esto, en la última cena se manifiesta la conexión
inseparable entre cuatro realidades decisivas que son el
fundamento del significado de Pentecostés. Estas realidades son:
la muerte y retorno de Jesus al Padre, la venida del Espíritu
Santo a los discípulos de Jesús, la unión de ellos, y su misión
en el mundo.
En efecto, todo ha sido creado por Dios Padre en Jesucristo,
para que así todo lo que salió del Padre por medio de Jesucristo,
regrese también al Padre por medio de Jesucristo. El Espíritu
Santo es precisamente el principio personal de unión amorosa
entre el Padre y el Hijo por medio del cual los seres humanos,
que han sido creados por el Padre en Jesucristo, regresen
también al Padre en el regreso de Jesucristo al Padre. De ahí
que cuando Jesús le pide al Padre que todos sus discípulos “sean
uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre” (17, 20-21), Jesús le
está pidiendo al Padre, en efecto, que venga el Espíritu Santo
sobre ellos, de suerte que ellos, liberados de sus divisiones
egoístas y opresoras que les alejan de Dios, puedan participar
en el retorno de Jesús al Padre. En otras palabras, el Espíritu
Santo es el Espíritu pascual y bautismal por medio del cual
podemos participar en la muerte de Cristo, que nos purifica de
nuestros pecados, para entonces participar también en su
resurrección y retorno a la vida íntima de amor y comunión con
el Padre. Como nos dice Pablo con referencia a nuestro bautismo:
“Si hemos muerto con Cristo confiemos en que también viviremos
con él… vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús” (Rom. 6,
8-10).
Por tanto, si bien el Espíritu Santo ha estado presente en toda
la historia humana, como ya hemos indicado, en la venida del
Espíritu Santo pedida por Jesús al Padre para sus discípulos se
da la plenitud o perfección de esta presencia en un nivel
radicalmente superior. Pues, con esta venida del Espíritu Santo,
los seres humanos no sólo somos sanados del pecado y lejanía de
Dios, ni tampoco somos meramente relacionados con Dios a
distancia, sino que somos elevados a la misma y única realidad
interior del Espíritu de Dios, o como diría Pablo, a ser templos
de Dios donde habita su Espíritu (1Cor. 3, 16).
Esta realidad pascual y bautismal del Espíritu Santo no
solamente reconcilia y congrega a los discípulos de Jesús en la
comunión trinitaria en que se funda la comunidad de la Iglesia:
“…que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre” (Jn.
17, 21). Esta realidad es también la que confiere a los
discípulos congregados de Jesús, es decir a la Iglesia, su
misión universal de llevar a los seres humanos de este mundo
hacia Cristo en su retorno al Padre: “Yo los he enviado al mundo,
como tú me enviaste a mí…” (Jn. 17, 18).
Por consiguiente, en el domingo de Pentecostés, al celebrar la
venida del Espíritu Santo a los discípulos de Jesús,
conmemoramos también la respuesta del Padre a la oración de
Jesús en la última cena. En Pentecostés, esta oración de Jesús
se cumple a través de la presencia del Espíritu Santo en la
Iglesia y de sus diversos dones que él derrama prodigiosamente
sobre los miembros de ésta con el fin de llevar todas las
realidades humanas hacia la reconciliación y salvación de
Jesucristo en su retorno al Padre. Pues es en el Espíritu de
Jesús y del Padre que nos viene con sus dones en Pentecostés,
que los cristianos recibimos la gracia de la vocación y la
misión de transformar nuestra vida personal y la historia humana,
marcadas por las divisiones y opresiones del pecado, hacia la
misma realidad de la vida de comunión que es el mismo Dios.
Dr. Antonio López Villalta, Profesor de Teología y Filosofía en
el Seminario San Vicente de Paul, Boynton Beach, Florida.
Oraciones al Espíritu Santo:
Ven, Espíritu divino,
Envía tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
Don, en tus dones espléndido;
Luz que penetra las almas;
Fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
Descanso de nuestro esfuerzo,
Tregua en el duro trabajo,
Brisa en las horas de fuego,
Gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
Divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
Si tú le faltas por dentro;
Mira el poder del pecado
Cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
Sana el corazón enfermo,
Lava las manchas, infunde
Calor de vida en el hielo,
Doma el espíritu indómito,
Guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
Según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
Dale al esfuerzo su mérito;
Salva al que busca salvarse
Y danos tu gozo eterno. Amén.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu, Señor, y nos darás nueva vida.
Y renovarás la faz de la tierra.
Oh, Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la
luz del Espíritu Santo, concédenos ser dóciles a este mismo
Espíritu, para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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