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Publicada
conmovedora autobiografía del Papa
ACI
Con ocasión del cumpleaños número 84 del Papa Juan Pablo II se
publicó el 18 de mayo Levantaos, vamos, el libro en el
que el Santo Padre escribe acerca de su experiencia como obispo
y reflexiona sobre el ministerio episcopal.
El volumen, de 178 páginas, tiene un prólogo, seis capítulos,
notas y una lista de citas de la Biblia y documentos del
Magisterio.
El primer capítulo comienza cuando, encontrándose de excursión
recibe una carta “ordenándole reportarse a Varsovia”.
Apenas se enteró que había sido nombrado obispo por labios del
Primado de Polonia, Juan Pablo II comunicó la noticia a su
Arzobispo en Cracovia, rezó las estaciones del Via Crucis y
retornó al lago Masuri donde se encontraba navegando en canoa.
El Papa pensó que tal vez esa sería la última vez que gozaría la
zona del lago; sin embargo, escribe que encontró la forma de
regresar cada año hasta 1978.
El Papa revela en el libro, según explica la agencia AsiaNews,
que nunca se ha sentido solo; y utiliza este argumento para
rechazar los comentarios de algunos sacerdotes que señalan que
necesitan casarse para llenar su soledad.
Sin embargo, en la obra el Pontífice señala que la paternidad
del obispo debe extenderse incluso a los sacerdotes que han
abandonado su ministerio o se han apartado de él; porque el
obispo es también “un pastor”, tal como Cristo en la parábola
del Buen Pastor. El Papa volverá constantemente a esta parábola
en su escrito.
El Papa señala además que tal vez “no estuve suficientemente a
cargo”; pero señala que esto se debió no sólo a su carácter,
sino a que buscaba seguir el ejemplo de Cristo que destacaba
mucho más la necesidad de que el líder sea el que sirve, y no el
que es servido.
En su época como obispo, el Papa afirma que era tarea de todos
los prelados luchar contra la ideología del comunismo,
especialmente cuando pretendía restringir la libertad religiosa.
Al respecto recuerda que siempre prefirió actuar discretamente y
de manera no confrontacional, hasta que llegó el episodio de la
Iglesia de Nova Huta, la “ciudad ideal comunista” construida en
su diócesis, donde no permitían la edificación de una parroquia.
Con los trabajadores de su parte, y pese a confrontaciones con
la policía que costaron muchos heridos, el Arzobispo Wojtyla, ya
nombrado Cardenal, bendijo la iglesia construida con el esfuerzo
de los fieles.
Como Cardenal, el Papa recuerda la importancia emocional de la
monumental Catedral de Wawel, que de niño había visto humillada
por una bandera nazi flameando desde su mástil. Fue en este
templo donde el Papa celebró su primera Misa, en la tumba de San
Leonardo. Como obispo, el Pontífice mantuvo un estrecho vínculo
espiritual y afectivo con esta Catedral, símbolo de la
resistencia del catolicismo polaco a las ideologías
anticristianas.
Su amada Polonia
En esta nueva obra, el Pontífice se refiere en numerosas
ocasiones a su tierra natal, Polonia. El Papa señala la
importancia de Polonia no sólo porque allí se desarrollan los 20
años narrados en el libro, sino porque se siente “profunda e
inseparablemente” parte de su país y de su historia.
Recuerda, por ejemplo, el santuario donde realizó su retiro
antes de ser ordenado obispo, y cómo vio la necesidad de volver
a él como Papa, a dar gracias por la tarea que él sintió que
tenía que aceptar. El Papa admite que “Tal vez no soy solamente
yo (que es así), sino todos en Polonia”.
Numerosas anécdotas marcan este período de la vida del Papa.
Cuenta, por ejemplo cómo Kotlarczyk, el director de su antiguo
grupo de teatro, le dijo que estaba “desperdiciando su talento”
cuando supo que el futuro Papa quería ser sacerdote.
El Pontífice recuerda también su amor por la literatura como
estudiante y joven actor, cuando ocupaba horas leyendo a
Shakespeare y a Molière.
También comparte su interés por filósofos como Santo Tomás de
Aquino y Max Sheler, durante sus estudios de metafísica y
filosofía camino al sacerdocio.
El Pontífice comparte también su profunda admiración por Edith
Stein, la judía conversa y carmelita muerta en un campo de
concentración, a quien él mismo canonizaría como Papa,
nombrándola copatrona de Europa.
Hacia el final de la obra, el Pontífice anima a los lectores a
permanecer “firmes en la fe”. “El gran defecto de los apóstoles
era su temor y su falta de fe en su Maestro”.
“En efecto”, escribe el Papa, “no podemos darle la espalda a la
verdad ni dejar de predicarla”.
“Necesitamos dar testimonio de la verdad, incluso a riesgo de la
muerte, tal como Jesús mismo hizo”, concluye la obra.
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