Ciudadanos Comprometidos
Un Llamado Católico a la Responsabilidad Política
Declaración del Comité Administrativo de la Conferencia
de Obispos Católicos de
los Estados Unidos
Cada cuatro años desde 1976, el Comité Administrativo de la
United States Conference of Catholic Bishops (USCCB) ha emitido
una declaración sobre las responsabilidades de los católicos
hacia la sociedad. El fin de dicha declaración es comunicar la
enseñanza de la Iglesia, que llama a todo católico a practicar
una ciudadanía activa y plena de fe, basada en una conciencia
adecuadamente informada, en la que cada discípulo de Cristo sea
testimonio público del compromiso de la Iglesia con la vida y la
dignidad humana, con especial preferencia por los pobres y
vulnerables. Ciudadanos comprometidos: Un llamado católico a la
responsa-bilidad política fue elaborado bajo la conducción de
los Comités de Política Interna y de Política Internacional, con
el Comité de Prioridades y Planes, y en colaboración con muchos
otros comités y oficinas de la USCCB. Fue revisado y aprobado en
septiembre del 2003 por el comité Administrativo y está
autorizado para su publicación por el abajo firmante.
Mons. William P. Fay
Secretario General, USCCB
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Introducción
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Tareas y preguntas para los creyentes
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Un llamado a ser ciudadanos comprometidos
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La Contribución católica en el terreno público
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El papel de la Iglesia
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Temas de la enseñanza social católica
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Prioridades morales para la vida pública
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Conclusión
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Principales declaraciones católicas sobre la vida pública y
los asuntos morales
Introducción
Las elecciones nos brindan una oportunidad para debatir y tomar
decisiones sobre los dirigentes, las políticas y los valores que
guiarán a nuestra nación. Desde la última elección presidencial
y desde nuestra última reflexión sobre el compromiso cívico,
nuestra nación ha sido atacada por terroristas y ha ido a la
guerra dos veces.1 Hemos pasado de considerar cómo repartir los
excedentes presupuestarios a cómo asignar la responsabilidad de
los déficits. Al acercarnos a las elecciones del 2004,
enfrentamos difíciles retos para la nación y el mundo.
Nuestra nación ha sido herida. El 11 de septiembre y la
situación posterior a esa fecha nos enseñaron que no hay fuerza
militar, poder económico ni avances tecnológicos que puedan
verdaderamente garantizar la seguridad, la prosperidad y el
progreso. Los desafíos más importantes que enfrentamos no son
simplemente políticos, económicos o tecnológicos, sino también
éticos, morales y espirituales. Enfrentamos cuestiones
fundamentales sobre la vida y la muerte, sobre la paz y la
guerra, sobre quién progresa y quién se queda atrás.
Nuestra Iglesia también está trabajando para curar heridas.
Nuestra comu-nidad de fe y especialmente nosotros, como obispos,
estamos trabajando para asumir nuestra responsabilidad y para
tomar todas las medidas necesarias con el fin de superar el
dolor, los daños y la pérdida de confianza resultantes de la
maldad del abuso sexual clerical. Mientras trabajamos para
proteger a los niños y para recuperar la confianza, no debemos
abandonar el importante papel de la Iglesia en la vida pública y
el deber de alentar a los católicos para que actúen sobre la
base de nuestra fe en la vida política.
Esta época y estas elecciones nos pondrán a prueba como
católicos esta-dounidenses. Un renovado compromiso con una
responsabilidad cívica basada en la fe puede ayudar a curar las
heridas de nuestra nación, de nuestro mundo y de nuestra
Iglesia. Lo que hemos sufrido ha cambiado muchas cosas, pero no
ha modificado la misión y el mensaje fundamental de los
católicos en la vida pública. En épocas de terror y de guerra,
de inseguridad global e incertidumbre económica, de falta de
respeto por la vida y la dignidad humana, necesitamos volver a
los principios morales básicos. La política no puede centrarse
meramente en el conflicto ideológico, en la búsqueda de ventajas
partidarias o en las contribuciones políticas. Debe tratarse de
elecciones morales fundamentales. ¿Cómo protegemos la vida
humana? ¿Cómo compartimos en forma justa las bendiciones y el
peso de los desafíos que enfrentamos? ¿Qué tipo de nación
deseamos ser? ¿Qué tipo de mundo deseamos moldear?
La política durante este año de elecciones y en el futuro debe
centrarse en una idea vieja con nuevo poder: el bien común. La
pregunta central no debería ser, “¿Ha mejorado su situación en
los últimos cuatro años?” Debería ser “¿Cómo puede mejorar
nuestra situación —la de todos nosotros, especialmente la de los
pobres y la de los vulnerables— en los próximos años? ¿Cómo
podemos proteger y promover la vida humana y su dignidad? ¿Cómo
podemos ir en busca de la justicia y la paz?”
Al enfrentar estos desafíos, ofrecemos una vez más una imagen
simple —la de la mesa.2 ¿Quién tiene un lugar en la mesa de la
vida? ¿Dónde está el lugar en esa mesa para el millón de niños
de nuestra nación cuyas vidas se destruyen cada año antes de
nacer? ¿Cómo podemos asegurar un lugar en esa mesa para los
hambrientos y para los que carecen de cuidado médico en nuestra
tierra y en el mundo? ¿Dónde está el lugar en esa mesa para
aquellos en nuestro mundo que carecen de libertad para practicar
su fe o para defender sus creencias? ¿Cómo podemos asegurar que
las familias de nuestras zonas urbanas y de nuestras comunidades
rurales, de los barrios de América Latina y de los pueblos de
África y Asia tengan un lugar en la mesa —es decir, lo
suficiente para comer, un trabajo y un salario decente,
educación para sus hijos, cuidado médico y vivienda adecuada y,
más que nada, esperanza en el futuro?
Recordamos especialmente a los que no están ahora en la mesa de
la vida —a aquellos que perdimos en el terror del 11 de
septiembre, al servicio de nuestra nación y en los sangrientos
conflictos de Irak, Afganistán, en el Medio Oriente y en África.
La mesa también es un lugar donde nuestras comunidades, nuestra
nación y el mundo toman decisiones importantes. ¿Cómo pueden los
más pobres de la tierra y los vulnerables en nuestro país,
incluyendo a los inmigrantes y a los que sufren de
discriminación, tener un verdadero lugar en la mesa en la que se
establecen las políticas y las prioridades?
Para los católicos, es en una mesa especial —en el altar del
sacrificio, donde celebramos la Eucaristía— donde encontramos la
fuerza y dirección para llevar nuestras creencias al terreno
público, usando nuestras voces y votos para defender la vida,
promover la justicia, luchar por la paz y encontrar un lugar en
la mesa para todos los hijos de Dios.
Tareas y
preguntas para los creyentes
Nuestra nación tiene la suerte de gozar de libertad, democracia,
abundantes recursos y gente generosa y religiosa. Sin embargo,
nuestra prosperidad no llega lo suficientemente lejos. Nuestra
cultura a veces no nos eleva, sino que nos deprime en el aspecto
moral. Nuestro mundo ha sido herido por el terrorismo,
desgarrado por los conflictos y perseguido por el hambre.
Al acercarnos a las elecciones del 2004, renovamos nuestro
llamado a una nueva política —centrada en principios morales y
no en las últimas encuestas; en las necesidades de los pobres y
los vulnerables, y no en las contribuciones de los ricos y
poderosos; y en la búsqueda del bien común, y no en las
exigencias de intereses especiales.
El llamado a ser ciudadanos comprometidos requiere que los
católicos vean las responsabilidades cívicas y políticas a
través de los ojos de la fe, para llevar nuestras convicciones
morales a la vida pública. La gente de buena voluntad y de una
fe sólida puede diferir sobre la aplicación específica de los
principios católicos. Sin embargo, los católicos en la vida
pública tienen en particular la responsabilidad de unir en forma
coherente su fe, sus principios morales y sus responsabilidades
públicas.
En este momento, algunos católicos pueden sentirse políticamente
desam-parados, al percibir que ningún partido político y pocos
candidatos comparten una preocupación constante por la vida
humana y su dignidad. Sin embargo, no es el momento adecuado
para retraerse o desanimarse. Necesitamos que haya un compromiso
más solido en el ámbito político y no lo contrario. Exhortamos a
los católicos a que participen más —lanzándose como candidatos a
cargos políticos; trabajando dentro de los partidos políticos;
contribuyendo monetariamente o donando su tiempo para las
campañas; y participando en las redes legislativas diocesanas,
en las organizaciones comunitarias y en otras iniciativas para
poner en práctica los principios católicos en el terreno público.
La comunidad católica es una comunidad de fe diversa, no un
grupo de interés. Nuestra Iglesia no ofrece contribuciones ni
endosos. En cambio, nosotros formulamos una serie de preguntas,
con la intención de elevar la dimensión moral y humana de las
alternativas que enfrentan electores y candidatos:
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Después del 11 de septiembre, ¿cómo podemos construir un
mundo no sólo más seguro, sino también mejor —más justo, más
pacífico, que respete más la vida humana y su dignidad?
-
¿Cómo protegeremos a los más débiles que se encuentran entre
nosotros —a los niños inocentes aún no nacidos? ¿Cómo
podemos impedir que nuestra nación recurra a la violencia
para resolver algunos de sus problemas más difíciles —el
aborto para hacer frente a embarazos difíciles; la pena de
muerte para combatir la delincuencia; la eutanasia y el
suicidio asistido como manera de lidiar con las dificultades
de la edad, la enfermedad y la discapacidad; y la guerra
para responder a las disputas internacionales?
-
¿Cómo responderemos al trágico hecho de que más de 30.000
niños mueren diariamente como resultado del hambre, la deuda
internacional y la falta de desarrollo en el mundo, así como
también al hecho de que cuanto más joven uno es, más
probabilidades tiene de ser pobre aquí, en la nación más
rica de la tierra?
-
¿Cómo puede nuestra nación ayudar a los padres a criar hijos
que respeten la vida, que tengan valores morales firmes, un
sentido de esperanza y una ética de responsabilidad? ¿Cómo
puede nuestra sociedad defender la institución fundamental
del matrimonio y apoyar de una mejor manera a las familias
en sus papeles y responsabilidades morales, ofreciéndoles
opciones verdaderas y recursos financieros para poder
obtener una educación de calidad y una vivienda decente?
-
¿Cómo trataremos el problema del creciente número de
familias e indi-viduos que carecen de cuidado médico que
esté al alcance de su bolsillo? ¿Cómo puede el cuidado
médico proteger mejor la vida humana y respetar la dignidad
humana?
-
¿Cómo puede nuestra sociedad combatir el continuo prejuicio,
superar la hostilidad hacia los inmigrantes y refugiados, y
curar las heridas del racismo, el prejuicio religioso y
otras formas de discriminación?
-
¿Cómo buscará nuestra nación los valores de la justicia y de
la paz en un mundo en el que la injusticia es común, la
pobreza es generalizada y frecuentemente la paz es abatida
por la violencia?
-
¿Cuáles son las responsabilidades y limitaciones de las
familias, de las organizaciones comunitarias, de los
mercados y del gobierno? ¿Cómo pueden estos elementos de la
sociedad funcionar conjuntamente para superar la pobreza, ir
tras el bien común, cuidar de la creación y vencer la
injusticia?
-
¿Cuándo debería nuestra nación usar, o evitar usar, la
fuerza militar —con qué propósito, bajo qué autoridad y a
qué costo humano?
-
¿Cómo podemos unirnos a otras naciones para guiar al mundo
con el fin de que haya un mayor respeto por la vida humana y
su dignidad, por la democracia y la libertad religiosa, por
la justicia económica y por el cuidado de la creación de
Dios?
Esperamos que estas preguntas y las campañas del 2004 den lugar
a un menor cinismo y a una mayor participación, a un menor
partidismo y a un diálogo más civil sobre temas fundamentales.
Un llamado a
ser ciudadanos comprometidos
Uno de los grandes dones en los Estados Unidos es nuestro
derecho y responsabilidad de participar en la vida cívica. Todo
el mundo puede y debe participar. Incluso los que no pueden
votar tienen el derecho de hacer que sus voces se escuchen sobre
asuntos que afectan a sus comunidades.
La Constitución protege el derecho de los individuos y de los
organismos religiosos a expresarse sin interferencia,
favoritismo, ni discriminación del gobierno. Los asuntos
públicos más importantes poseen una dimensión moral. Los valores
religiosos tienen consecuencias públicas significativas. Nuestra
nación se ve enriquecida y nuestra tradición de pluralismo se ve
realzada, no amenazada, cuando los grupos religiosos contribuyen
con sus valores en los debates públicos.
Como obispos, tenemos la responsabilidad, como estadounidenses y
como maestros religiosos, de expresar las dimensiones morales de
la vida pública. La comunidad católica se introduce en la vida
pública no para imponer una doctrina sectaria, sino para poner
en práctica nuestras convicciones morales, para compartir
nuestra experiencia en el servicio de los pobres y los
vulnerables, y para participar en el diálogo sobre el futuro de
nuestra nación.
El marco moral católico no se adapta fácilmente a las ideologías
de la “derecha” y la “izquierda”, ni a las plataformas de ningún
partido. Nuestros valores a menudo no son “políticamente
correctos”. Se les llama a los creyentes a formar una comunidad
de conciencia dentro de la sociedad más amplia y a poner a
prueba la vida pública mediante los valores de las Escrituras y
los principios de la enseñanza católica. Nuestra responsabilidad
consiste en evaluar a todos los candidatos, las políticas, los
partidos y las plataformas según la forma en que protejan o
socaven la vida, la dignidad y los derechos de la persona humana
—si protegen o no a los pobres y los vulnerables, y promueven el
bien común.
Jesús nos llamó a “amarnos los unos a los otros”.3 Las palabras
y el ejemplo del Señor exigen que cada uno de nosotros cuide a
“aquellos más insigni-ficantes”.4 Sin embargo, también requieren
de nuestros actos en una escala más amplia. La responsabilidad
cívica basada en la fe se extiende más allá de las elecciones.
Requiere una participación continua en el constante proceso
político y legislativo.
Una reciente declaración del Vaticano sobre la participación
católica en la vida política destaca la necesidad de
involucrarse:
Las actuales sociedades democráticas… exigen nuevas y más
amplias formas de participación en la vida pública por parte de
los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos
pueden contribuir por medio del voto a la elección de los
legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la
formación de las orientaciones políticas y las opciones
legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien
común.5
En la tradición católica, la ciudadanía responsable es una
virtud; la partici-pación en el proceso político es una
obligación moral. Se llama a todos los creyentes a desempeñar
una ciudadanía responsable, a convertirse en partici-pantes
informados, activos y responsables del proceso político. Como
hemos dicho, “Animamos a todos los ciudadanos, especialmente a
los católicos, a que consideren su ciudadanía no sólo como un
deber y un privilegio, sino como una oportunidad para
parti-cipar [más plenamente] en la edifi-cación de la cultura de
la vida. Todas las voces cuentan en el foro público. Todos los
votos cuentan. Todos los actos de ciudadanía res-ponsable son un
ejercicio de gran valor individual”.6 Se llama incluso a
aquellos que no son ciudadanos
a participar en los debates que moldean nuestra vida común.
La
contribución católica en el terreno público
Nuestra comunidad de fe brinda tres contribuciones principales
ante estos desafíos.
Un marco moral coherente
La Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia nos proporcionan
una forma particular de ver el mundo. Las Escrituras nos llaman
a “elegir la vida”, a servir a “aquellos más insignificantes”, a
tener “hambre y sed de justicia” y a “trabajar por la paz”. 7
La enseñanza católica ofrece principios morales coherentes para
evaluar el impacto que pueden tener los diversos asuntos, las
plataformas políticas y las campañas sobre la vida y su dignidad
humana. Como católicos, no estamos libres de abandonar a los
niños aún no nacidos porque no son deseados o se les considere
una inconveniencia; de dar la espalda a los inmigrantes porque
carezcan de documentos apropiados; de crear y después destruir
vidas huma-nas en la búsqueda de avances o beneficios médicos;
de alejarnos de las muje-res y niños pobres, porque carecen de
poder económico y político; o de ignorar a los enfermos porque
no tienen seguro. Así como tampoco podemos descuidar las
responsabilidades mundiales en la situación posterior a la
guerra porque los recursos son escasos. La enseñanza católica
nos pide que alcemos la voz por los que no tienen voz y que
actuemos conforme a valores morales universales.
La experiencia cotidiana
Nuestra comunidad también aporta en la vida pública una
experiencia amplia en el servicio de los necesitados. Todos los
días, la comunidad católica educa a los jóvenes, cuida de los
enfermos, da refugio a los desamparados, alimenta a los
hambrientos, ayuda a familias necesitadas, da la bienvenida a
los refugiados y sirve a los ancianos.8 En defensa de la vida,
extendemos nuestra mano a los niños y a los enfermos, a los
ancianos y a los discapacitados que necesitan ayuda. Apoyamos a
las mujeres que tienen embarazos difíciles, y asistimos a
aquellas personas que han sido heridas por el trauma del aborto
y de la violencia doméstica. En muchos temas, hablamos por los
que no tienen voz. No son temas abstractos para nosotros; tienen
nombres y rostros. Contamos con la experiencia práctica y
cotidiana para contribuir al debate público.
Una comunidad de pueblos
La comunidad católica es grande y diversa. Somos Republicanos,
Demócratas e Independientes. Somos miembros de todas las razas,
provenimos de todos los grupos étnicos y vivimos en comunidades
urbanas, rurales y suburbanas de los cincuenta estados. Somos
ejecutivos y trabajadores agrícolas migrantes, senadores y
personas que reciben asistencia pública, dueños de empresas y
miembros sindicales. Pero se les llama a todos los católicos a
adquirir el compromiso común de proteger la vida humana y apoyar
a las personas pobres y vulnerables. Se nos llama a todos a ser
levadura moral para nuestra democracia, a ser la sal de la
tierra.9
El papel de
la Iglesia
La iglesia es llamada a educar a los católicos sobre nuestra
enseñanza social, a destacar la dimensión moral de las políticas
públicas, a participar en debates sobre asuntos que afectan al
bien común y a ser testimonio del Evangelio en la práctica de
nuestros servicios y ministerios. La participación de la
comunidad católica en los asuntos públicos no socava sino que
enriquece el proceso político, y afirma el genuino pluralismo.
Los líderes de la Iglesia tienen el derecho y el deber de
compartir la enseñanza católica y de educar a los católicos
sobre las dimen-siones morales de la vida pública, de manera tal
que puedan formar su conciencia a la luz de su fe.
La reciente declaración del Vaticano sobre la vida política
señala esos aspectos:
[La Iglesia] no quiere ejercer un poder político ni eliminar la
libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones
contingentes. Busca, en cambio —en cumplimiento de su deber—
instruir e iluminar la con-ciencia de los fieles, sobre todo de
los que están comprometidos en la vida política, para que su
acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la
persona y del bien común.10
Urgimos a nuestros conciudadanos a que “vayan más allá de la
política partidista, que analicen las promesas de las campañas
con un ojo crítico y que escojan sus dirigentes políticos según
su principio, no su afiliación política o el interés propio”.11
Como obispos deseamos formar la conciencia de nuestro pueblo. No
deseamos instruir a las personas sobre cómo votar refrendando u
oponiéndonos a ciertos candidatos. Esperamos que los elec-tores
examinen la posición de los candidatos en la gama plena de
asuntos, así como también su integridad, su filosofía y su
desempeño personal. Estamos convencidos de que una ética
coherente de la vida debería ser el marco moral desde el cual
tratar los asuntos en la arena política.12
Para los católicos, la defensa de la vida y su dignidad humana
no es una causa estrecha, sino una forma de vida y un marco para
la acción. Un mensaje clave de la declaración del Vaticano sobre
la vida pública es que los católicos en la política deben
reflejar los valores morales de nuestra fe con una clara y
constante prioridad por la vida y dignidad de la persona
humana.13 Ésta es la vara moral fundamental para medir su
servicio. La declaración del Vaticano también señala:
Hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no
permite a nadie favorecer un programa político o la aprobación
de una ley particular que contengan propuestas alternativas o
contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.
Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no
es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en
detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El
compromiso político a favor de un aspecto ais-lado de la
doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la
responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad.14
Las decisiones sobre los candidatos y las elecciones sobre
políticas públicas requieren un compromiso claro a los
principios morales, un discernimiento cuidadoso y juicios
prudentes basados en los valores de nuestra fe.
Las elecciones que se avecinan proveen importantes oportunidades
para unir nuestros principios, nuestra experiencia y nuestra
comunidad en un testi-monio público eficaz. Esperamos que las
parroquias, diócesis, escuelas, universidades y demás
instituciones católicas alienten la participación activa
mediante el registro no partidario de electores, e iniciativas
de educación, así como también mediante las redes legislativas y
programas de incidencia15 en curso. Como católicos necesitamos
compartir nuestros valores, elevar nuestras voces y usar
nuestros votos para dar forma a una sociedad que proteja la vida
humana, promueva la vida familiar, camine hacia la justicia
social y practique la solidaridad. Estos esfuerzos pueden
fortalecer nuestra nación y renovar la Iglesia.
Temas de la
enseñanza social católica
El enfoque católico de una ciudadanía comprometida se inicia con
principios morales, no con plataformas partidarias. Las
instrucciones para nuestro testimonio público se encuentran en
las Escrituras y en la enseñanza social católica. He aquí
algunos temas claves en el corazón de nuestra tradición social
católica.16
Vida y dignidad de la persona humana
Toda persona humana es creada a imagen y semejanza de Dios. Por
lo tanto, deben respetarse la vida y dignidad de cada individuo,
ya sea la de un niño inocente que aún no ha nacido y está en el
seno materno, ya sea la de una persona que trabajaba en las
Torres Gemelas o en un mercado de Bagdad, o inclusive la de un
criminal que ha sido condenado y está en la espera de la pena
capital. Creemos que toda vida humana es sagrada desde su
concepción hasta su término natural, que la gente es más
importante que las cosas, y que la vara para medir toda
institución es si ésta protege y respeta la vida y la dignidad
de la persona humana. Tal y como señala la reciente declaración
del Vaticano, “La Iglesia es consciente de que la vía de la
democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación
directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se
hace posible en la medida en que se funda sobre una recta
concepción de la persona. La participación católica en la vida
política no puede poner en riesgo este principio”.17
Llamado a la familia, a la comunidad y a la participación
La persona humana no sólo es sagrada sino también social. Las
instituciones, establecidas por Dios, el matrimonio —el
compromiso de por vida entre un hombre y una mujer— y la familia
son centrales, y sirven como fundamentos de la vida social. El
matrimanio y la familia deben ser apoyados y fortalecidos, no
socavados. Toda persona tiene el derecho a participar en la vida
social, económica y política, y el deber correspondiente de
trabajar para la promoción del bien común y del bienestar de
todos, especialmente de los pobres y los débiles.
Derechos y responsabilidades
Toda persona tiene el derecho fundamental a la vida —el derecho
que hace que todos los demás derechos sean posibles. Toda
persona también tiene el derecho a las condiciones para vivir
una vida decente— es decir, a la fe y la vida familiar, a los
alimentos y el refugio, a la educación y el empleo, a la
asistencia médica y la vivienda. También tenemos el deber de
asegurar y respetar estos derechos no sólo para nosotros, sino
para los demás, y de cumplir con nuestras responsabilidades
hacia nuestras familias, hacia el pró-jimo y hacia la sociedad
en general.
Opción por los pobres y vulnerables
Las Escrituras nos enseñan que Dios tiene una preocupación
especial por los pobres y los vulnerables.18 Los profetas
denunciaron la injusticia hacia los pobres como una falta de
fidelidad al Dios de Israel.19 Jesús, que se identificó a sí
mismo con “aquellos más insignificantes”,20 vino “para anunciar
a los pobres la buena nueva y proclamar la liberación a los
cautivos”.21 La Iglesia nos llama a todos para abrazar esta
opción preferencial por los pobres y los vulnerables,22 para
encarnarla en nuestras vidas, y para trabajar con el fin de que
esta opción fomente las prioridades y las políticas públicas.
Una manera fundamental de medir nuestra sociedad es cómo
cuidamos y apoyamos a los pobres y vulnerables.
Dignidad del trabajo y derechos de los trabajadores
La economía debe servir a la gente y no a la inversa. El trabajo
es más que una forma de ganarse la vida; es una forma de una
participación continua en el acto de la creación de Dios. Si la
dignidad del trabajo debe ser protegida, entonces los derechos
básicos de los trabajadores, propietarios, y otros deben ser
respetados —el derecho a un trabajo productivo, a jornales
justos y decentes, a organizarse y a ser miembro de un sindicato,
a la iniciativa económica, a ser propietarios y a la propiedad
privada. Estos derechos deben ejercerse de manera que promuevan
el bien común.
Solidaridad
Somos una familia. Somos los cuidadores de nuestros hermanos y
hermanas, dondequiera que éstos se hallen. El Papa Juan Pablo II
insiste, “Todos somos verdaderamente responsables de todos”.23
Amar a nuestro prójimo tiene dimensiones globales en un mundo
cada vez más pequeño. En la esencia de la virtud de la
solidaridad está la búsqueda de la justicia y de la paz. El Papa
Pablo VI expresó que “si quieres la paz, trabaja por la justicia”.24
El Evangelio nos llama a “trabajar por la paz”.25 Nuestro amor
hacia todos nuestros hermanos y hermanas exige que seamos
“centinelas de la paz” en un mundo herido por la violencia y el
conflicto.26
Cuidado de la creación de Dios
Se nos ha confiado el mundo que Dios creó. El uso que de él
hagamos debe ser guiado por el plan de Dios hacia la creación,
no simplemente por nuestro propio beneficio. Nuestra
responsabilidad de cuidar la tierra es una forma de
participación en el acto de Dios de creación y sustento del
mundo. Al hacer uso de la creación, nos debe guiar la inquietud
por las generaciones veni-deras. Mostramos nuestro respeto por
el Creador cuidando de su creación.
Estos temas anclan el papel de nuestra comunidad en la vida
pública. Nos ayudan a resistir el excesivo interés personal, el
partidismo ciego y los programas ideológicos. También nos ayudan
a evitar las distorsiones extremas del pluralismo y de la
tolerancia, que niegan todo valor fundamental y desechan las
contribuciones y convicciones de los creyentes. Como lo explica
la declaración del Vaticano sobre la vida pública, no podemos
aceptar una comprensión del pluralismo y de la tolerancia que
sugiera que “todas las posibles concepciones de la vida [tienen]
igual valor”.27 Sin embargo, esta insistencia en que hay valores
morales fundamentales “no tiene nada que ver con la legítima
libertad de los ciudadanos católicos de elegir entre las
opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral
natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma
mejor a las exigencias del bien común”. 28
Prioridades
morales para la vida pública
Deseamos llamar la atención de manera especial a temas que
creemos que son importantes en el debate nacional en esta
campaña y en los años venideros. Estos breves resúmenes no
reflejan la profundidad ni los detalles de las posiciones que
hemos adoptado en los documentos que se citan al final de esta
declaración.
Proteger la vida humana
La vida humana es un don de Dios, sagrado e inviolable. Dado que
toda persona humana es creada a imagen y semejanza de Dios,
tenemos el deber de defender la vida humana desde su concepción
hasta su término natural y en todas las condiciones.
Nuestro mundo no carece de amenazas para la vida humana.
Observamos con horror la mortal violencia del terrorismo, la
guerra, las hambrunas, y los niños que mueren de enfermedades.
Nos enfrentamos a una nueva e insidiosa mentalidad que niega la
dignidad de algunas vidas humanas vulnerables y encara la
eliminación de ellas como una elección personal y un bien
social. Como escribimos en Vivir el Evangelio de la Vida, “El
aborto y la eutanasia se han convertido en amenazas constantes a
la dignidad humana porque atacan directamente a la vida misma,
el más fundamental de los bienes humanos y la condición para
todos los demás”.29 El aborto, la eliminación deliberada de un
ser humano antes del nacimiento, nunca es moralmente aceptable.
La destrucción de los embriones humanos como objetos de
investigación es inmoral. Este mal se agrava cuando se crea la
vida humana mediante la clonación u otros medios, sólo para que
sea destruida. La resuelta eliminación de la vida humana
mediante el suicidio asistido y la eutanasia nunca es un acto de
misericordia. Es una agresión injustificable a la vida humana.
Por las mismas razones, el ataque intencional de civiles en la
guerra o en los atentados terroristas siempre es inmoral.
Al proteger la vida humana, “Debemos comenzar con el compromiso
de nunca matar intencionalmente, ni participar en la matanza de
cualquier vida humana inocente, no importa lo defectuosa,
deformada, minusválida o deses-perada que parezca.” 30
Urgimos a los católicos y a otros a promover leyes y políticas
sociales que protejan la vida humana y su dignidad en el mayor
grado posible. Las leyes que legitiman el aborto, el suicidio
asistido y la eutanasia son profundamente injustas e inmorales.
Apoyamos la protección constitucional de la vida humana aún no
nacida, así como también las iniciativas legislativas para
terminar con el aborto y la eutanasia. Alentamos la aprobación
de leyes y programas que promuevan los partos y las adopciones,
en lugar del aborto, y que asistan a las mujeres embarazadas y a
los niños. Apoyamos la ayuda para aquellos que están enfermos y
agonizantes mediante la promoción de cobertura de cuidado médico
para todos, así como también cuidados paliativos eficaces.
Hacemos un llamado al gobierno y a los investigadores médicos
para que basen sus decisiones referentes a la biotecnología y la
experimentación humana en el respeto a la inherente dignidad e
inviolabilidad de la vida humana desde su mismo principio,
independientemente de las circunstancias de su origen.
La enseñanza católica nos llama a que trabajemos con el fin de
evitar la guerra. Las naciones deben proteger el derecho a la
vida buscando maneras cada vez más eficaces para evitar que se
produzcan conflictos, para resolverlos por medios pacíficos y
para promover la reconstrucción y reconciliación posterior al
conflicto. Todas las naciones tienen el derecho y el deber de
defender la vida humana y el bien común contra el terrorismo, la
agresión y otras amenazas similares. Después del 11 de
septiembre, hicimos un llamado para que hubiera un contacto
continuo con los que habían sido perjudicados, una clara
resolución en respuesta al terrorismo, un freno moral en los
medios utilizados, un respeto por los límites éticos en el uso
de la fuerza, una mayor focalización en las raíces del terror y
un serio esfuerzo para compartir justamente las cargas de esa
respuesta. Mientras la fuerza militar como último recurso puede
justificarse para defenderse de la agresión y de amenazas
similares al bien común, hemos presentado serias preocu-paciones
morales y preguntas sobre el uso preventivo de la fuerza.
Aun cuando la fuerza militar esté justificada, debe ser
discriminada y proporcional. Los ataques directos e
intencionales sobre la población civil en la guerra nunca son
moralmente aceptables. Como tampoco lo es el uso de las armas de
destrucción masiva, u otras armas que causan un daño
desproporcionado, o que no pueden desplegarse en forma que se
pueda distinguir entre civiles y soldados. Por lo tanto, urgimos
a nuestra nación a que fortalezca las barreras contra las armas
nucleares, a que expanda los controles sobre los elementos
nucleares ya existentes y otras armas de destrucción masiva, y a
que ratifique el Tratado de prohibición completa de los ensayos
como un paso hacia recortes más profundos y finalmente la
eliminación de armas nucleares. También urgimos a nuestra nación
a que se una al tratado para prohibir las minas terrestres
antipersonales y para tratar el tema de las consecuencias
humanas causadas por las bombas en racimo. Además urgimos a
nuestra nación a que tome medidas inmediatas y serias para
reducir su desproporcionado papel en el escandaloso tráfico
global de armas, que contribuye a violentos conflictos en el
mundo entero.
La sociedad tiene el derecho y el deber de defenderse de los
delitos violentos, y el deber de extender la mano a las víctimas
de la delincuencia. Sin embargo, la creciente dependencia de
nuestra nación en la pena de muerte no puede justificarse. No
podemos enseñar que matar es inmoral, matando a aquellos que
matan a otros. El Papa Juan Pablo II ha dicho que la pena de
muerte es “cruel e innecesaria”.31 El antídoto para la violencia
no es más violencia. A la luz de la insistencia del Santo Padre
en que esto es parte de nuestro compromiso provida, promovemos
soluciones para los delitos violentos que reflejen la dignidad
de la persona humana, urgiendo a nuestra nación a que abandone
el uso de la pena capital. También urgimos la aprobación de
legislación que encare los problemas del sistema penal, y
restrinja y refrene el uso de la pena capital mediante el uso de
pruebas de ADN como evidencia, la garantía de una defensa legal
eficaz, e iniciativas para lidiar con asuntos de justicia
racial.
Promover la vida familiar
Dios estableció la familia como célula básica de la sociedad
humana. Por lo tanto, debemos esforzarnos para convertir las
necesidades e inquietudes de las familias como una prioridad
nacional. El matrimonio debe protegerse como el compromiso de
por vida entre un hombre y una mujer, y nuestras leyes deberían
reflejar ese compromiso. El matrimonio, como Dios lo concibió,
provee el fundamento básico para la vida familiar y el bien
común. Debe apoyarse ante las múltiples presiones que operan
para socavarlo. Las políticas que tienen que ver con la
definición del matrimonio, los impuestos, el lugar de trabajo,
el divorcio y el bienestar social deben diseñarse con el fin de
ayudar a que las familias permanezcan unidas y de recompensar la
responsabilidad y el sacrificio que hacen por los niños. Dado
que los factores financieros y económicos tienen un impacto tan
grande sobre el bienestar y la estabilidad de las familias, es
importante que se paguen salarios justos a los que trabajan para
sostenerlas, y que seamos generosos con la ayuda que se ofrece a
las familias pobres.
Los niños deben ser protegidos y cuidados. Afirmamos nuestro
compromiso con la protección de los niños en todos los diversos
escenarios y momentos, y apoyamos políticas que aseguren que el
bienestar de todos los niños sea salvaguardado. Esto se refleja
en el seno de nuestra Iglesia en los Estatutos para la
Protección de Niños y Jóvenes y en otras políticas adoptadas por
nuestra conferencia episcopal y por las diócesis para garantizar
la seguridad de los niños.
La educación de los niños es una responsabilidad fundamental de
los padres. Los sistemas educativos pueden apoyar o socavar los
esfuerzos de los padres para educar y cuidar a los niños. No hay
un modelo o medio único de educación que sea apropiado para las
necesidades de todas las personas. Los padres —los primeros y
más importantes educadores— tienen el derecho fundamental de
escoger la educación más apropiada según las necesidades de sus
hijos, incluyendo las escuelas privadas y religiosas. No se
debería negar esta opción especialmente a las familias de medios
modestos debido a su situación económica. El gobierno debería
ayudar a proporcionar los recursos requeridos por los padres
para ejercitar este derecho básico sin discri-minación. Con el
fin de apoyar el esfuerzo que hacen los padres de familia para
compartir los valores básicos, creemos que puede lograrse un
consenso nacional para que todos los estudiantes, en toda
institución educativa, tengan la oportunidad de recibir una
formación moral y del carácter para complementar su desarrollo
físico e intelectual.
Los medios de comunicación desempeñan un papel creciente en la
sociedad y en la vida familiar. Los valores de nuestra cultura
están moldeados y son compartidos en los medios impresos así
como también en la radio, en la televisión y en la Internet.
Debemos equilibrar el respeto de la libertad de expresión con el
cuidado del bien común, promoviendo reglamentaciones
responsables para proteger a los niños y a las familias. En años
recientes, la reducción de controles gubernamentales ha
resultado en un nivel más bajo de programación, ha abierto las
puertas a material que es cada vez más ofensivo, y ha ido
desplazando programas religiosos sin contenido comercial.
Apoyamos las reglamentaciones que limiten la concentración del
control de estos medios; que rechacen las ventas de medios de
difusión que atraen propietarios irresponsables cuyo interés
principal es lucrarse; y que abran estos medios a una mayor
variedad de programación, incluyendo la religiosa. Apoyamos un
sistema de evaluación de programas televisivos y una tecnología
que ayude a los padres a supervisar lo que sus hijos miran.
La Internet ha creado muchos beneficios y algunos problemas.
Esta tecnología debería estar a disposición de todos los
estudiantes, independientemente de sus ingresos. Dado que la
Internet presenta serios peligros al dar fácil acceso a material
pornográfico y violento, apoyamos un cumplimiento vigoroso de
las leyes existentes contra la obscenidad y la pornografía
infantil, así como también los esfuerzos de la industria para
desarrollar una tecnología que ayude a los padres, a las
escuelas y a las bibliotecas a bloquear materiales inadecuados.
Ir en busca de la justicia social
Nuestra fe refleja la especial preocupación de Dios por los
pobres y los vulnerables, y nos llama a convertir sus
necesidades en la prioridad más importante de la vida pública.
La doctrina de la Iglesia sobre la justicia económica insiste en
que las decisiones e instituciones económicas sean evaluadas
para determinar si protegen o socavan la dignidad de la persona
humana. Apoyamos políticas que crean empleos para todos los que
pueden trabajar, con condiciones laborales decentes y paga
adecuada que refleje un salario digno. También apoyamos las
iniciativas para superar las barreras que impiden salarios y
empleos igualitarios para las mujeres y los que sufren de una
discriminación injusta. Reafirmamos el apoyo tradicional de la
Iglesia al derecho de los trabajadores a elegir organizarse, ser
miembros de un sindicato, negociar colectivamente y ejercer sus
derechos sin represalias. También afirmamos la doctrina de la
Iglesia sobre la importancia de la iniciativa y la libertad
económica, y el derecho a la propiedad privada, mediante los
cuales tenemos las herramientas y recursos para ir tras el bien
común.
Los esfuerzos para satisfacer las necesidades económicas básicas
de los niños y las familias pobres deben realzar sus vidas y
proteger su dignidad. La vara para medir la reforma del
bienestar social debe ser la reducción de la pobreza y de la
dependencia, no la restricción de los programas y recursos.
Buscamos enfoques que promuevan una mayor responsabilidad y que
ofrezcan medidas concretas para ayudar a las familias a dejar
atrás la pobreza. La reforma del bienestar social se ha
concentrado en proveer trabajo y capacitación, principalmente
para empleos de bajos salarios. Se necesitan otras formas de
apoyo, incluyendo créditos fiscales, cuidado médico, cuidado de
los niños y vivienda asequible y segura. Puesto que creemos que
las familias necesitan ayuda para criar a sus hijos, apoyamos el
aumento de los créditos fiscales por hijos y que éstos sean
totalmente reembolsables. Estos créditos permiten que las
familias de medios modestos con niños retengan más de lo que
ganan y los ayuden a salir de la pobreza.
Damos la apertura a las iniciativas para reconocer y apoyar el
trabajo de agrupaciones basadas en la fe, no como sustitutos
sino como aliados de los esfuerzos gubernamentales. Las
comunidades y organizaciones de fe con frecuencia están más
presentes, dan una mayor respuesta y son más eficaces en las
comunidades y países más pobres. Nos oponemos a los esfuerzos
que socaven la identidad, integridad y libertad de la
instituciones basadas en la fe que sirven a los necesitados. Nos
resistimos vigorosamente a que se abandonen los esfuerzos que
protegen los derechos civiles existentes para que los grupos
religiosos preserven su identidad, mientras sirven a los pobres
y promueven el bien común.
Nos preocupa, igualmente, la seguridad de los ingresos de los
trabajadores de salarios medios y bajos, y de sus familias,
cuando se jubilan, quedan inválidos o mueren. En muchos casos,
las mujeres sufren particulares desventajas. Toda propuesta para
modificar el Social Security [Seguro Social] debe proveer un
ingreso fiable para estos trabajadores y los que dependen de
ellos.
El cuidado médico asequible y disponible es una salvaguarda
esencial para la vida humana, un derecho humano fundamental y
una urgente prioridad nacional. Necesitamos reformar el sistema
de servicios de salud de la nación y dicha reforma debe estar
enraizada en valores que respeten
la dignidad humana, que protejan la vida humana y que satisfagan
las necesidades de los pobres y los que no tienen seguro. Ante
decenas de millones de estadounidenses sin seguro médico básico,
apoyamos las medidas para garantizar que exista un cuidado
médico decente y accesible para todos como un imperativo moral.
También apoyamos medidas para fortalecer Medicare y Medicaid, y
para extender la cobertura del cuidado médico a los niños, a las
mujeres embarazadas, a los trabajadores, a los inmigrantes y a
otros sectores vulnerables de la población. Apoyamos las
políticas que provean un cuidado eficaz y compasivo, y que
reflejen nuestros valores morales, para aquellos que sufren de
VIH/SIDA y para aquellos que sufren de adicciones.
La carencia de vivienda segura y asequible es una crisis
nacional. Apoyamos un nuevo compromiso con el lema nacional de
“vivienda segura y asequible” para todos, y con políticas
eficaces que aumenten el suministro de vivienda de calidad y
protejan, mantengan y mejoren la vivienda existente. Promovemos
las alianzas públicas/privadas, especialmente aquellas que
involucran a comunidades religiosas. Continuamos oponiéndonos a
la discriminación injusta en la vivienda y apoyamos medidas para
asegurar que las instituciones financieras cubran las
necesidades de crédito de las comunidades locales.
La principal prioridad para una política agrícola debería ser la
seguridad de alimentos para todos. Los alimentos son necesarios
para la vida misma. Nuestro apoyo a las Estampillas para
Alimentos, al Programa Especial de Nutrición para Mujeres y
Niños (WIC, siglas en inglés) y a otros programas que benefician
directamente a la gente de bajos recursos se basa en nuestra
creencia de que nadie debería enfrentar el hambre en una tierra
de abundancia. Los que cultivan nuestros alimentos deberían
poder sustentarse decentemente y preservar su estilo de vida.
Los agricultores que dependen de la tierra para mantenerse
merecen ingresos decentes por su trabajo. Las comunidades
rurales merecen ayuda, de manera tal que puedan continuar siendo
fuentes de energía y apoyo para un estilo de vida que enriquece
nuestra nación. Nuestra preocupación prioritaria por los pobres
nos llama a defender especialmente las necesidades de los
trabajadores agrícolas, cuya paga es generalmente inadecuada,
cuyas condiciones de vivienda son a menudo deplorables y quienes
son particularmente vulnerables a la explotación. Urgimos a que
las políticas públicas apoyen una agricultura sostenible y una
cuidadosa responsabilidad por la Tierra y por sus recursos
naturales.
El mandato del Evangelio de amar a nuestro prójimo y acoger al
forastero lleva a la Iglesia a cuidar y apoyar a los
inmigrantes, tanto los documentados como los indocumentados.
Mientras afirmamos el derecho y la responsabilidad de las
naciones soberanas de controlar sus fronteras y de garantizar la
seguridad de sus ciudadanos, especialmente después del 11 de
septiembre, buscamos protecciones básicas para los inmigrantes,
incluyendo el derecho al proceso legal, el acceso a beneficios
públicos básicos, y oportunidades justas de naturalización y
legalización. Nos oponemos a las iniciativas que detienen la
inmigración que no dirigen eficazmente sus causas fundamentales
y permiten la continuidad de las desigualdades políticas,
sociales y económicas que contribuyen a ella. Creemos que
nuestra nación debe seguir siendo un lugar de refugio para los
que escapan de la persecución y sufren la explotación —para los
refugiados, los que buscan asilo y las víctimas del tráfico de
seres humanos.
Todas las personas, por virtud de su dignidad como personas
humanas, tienen el derecho inalienable de recibir una educación
de calidad. Debemos asegurar que los jóvenes de nuestra nación —especialmente
los pobres, los que sufren discapacidades y los más vulnerables—
reciban preparación apropiada para convertirse en buenos
ciudadanos, para vivir vidas productivas, y para ser social y
moralmente responsables en el mundo complejo y tecnológicamente
desafiante del siglo veintiuno. Eso requiere que todas las
instituciones educativas presenten un entorno ordenado, justo,
respetuoso y no violento, donde los recursos profesionales y
materiales adecuados sean accesibles. Apoyamos las iniciativas
necesarias que proveen fondos adecuados para educar a todas las
personas, independientemente de la escuela a la que asistan —pública,
privada o religiosa— o de su condición personal.
También apoyamos salarios y prestaciones que reflejen los
principios de la justicia económica para todos los maestros y
administradores, así como también la asignación de los recursos
necesarios para que los maestros estén preparados académica y
personalmente para las tareas críticas que enfrentan. Como una
cuestión de justicia, creemos que cuando existen servicios
dirigidos a mejorar el entorno educativo —especialmente para los
que están en situación de riesgo— a disposición de estudiantes y
maestros de las escuelas públicas, esos servicios también
deberían estar a disposición de estudiantes y maestros de las
escuelas privadas y religiosas.
Nuestras escuelas y nuestra sociedad en general deben encarar la
creciente “cultura de la violencia”. Debemos promover un mayor
sentido de responsabilidad moral, defender la disminución de la
violencia en los medios, apoyar las medidas de seguridad para
las armas de fuego y restricciones razonables para el acceso a
las armas de agresión y de corto alcance, y oponernos al uso de
la pena de muerte. También creemos que la ética católica de
responsa-bilidad, rehabilitación y restitución puede convertirse
en el fundamento para la importante reforma de nuestro
imperfecto sistema de justicia penal.
Nuestra sociedad también debe continuar combatiendo la
discriminación basada en el sexo, la raza, el grupo étnico, las
discapacidades o la edad. La discriminación constituye una grave
injusticia y una afrenta a la dignidad humana. Debe ser
resistida enérgicamente. En las áreas donde aún persisten los
efectos de la discriminación del pasado persisten, la sociedad
tiene la obligación de adoptar medidas positivas para superar el
legado de injusticia. Apoyamos los programas de affirmative
action [acción afirmativa] administrados juiciosamente como
herramientas para superar la discrim-inación y sus continuos
efectos.
Como ha dicho el Papa Juan Pablo II, el cuidado de la Tierra y
del medio ambiente es un “asunto moral”.32 Apoyamos las
políticas que protegen la tierra, el agua y el aire que
compartimos. Se requieren iniciativas razonables y eficaces para
la conservación de la energía y el desarrollo de recursos
alternativos, renovables y de energía limpia. Alentamos a los
ciudadanos y a los funcionarios públicos a encarar seriamente el
cambio climático global, concentrándonos en la prudencia, el
bien común y la opción por los pobres, particularmente en su
impacto sobre las naciones en desarrollo. Estados Unidos debería
guiar a las naciones desarrolladas para contribuir al desarrollo
sostenible de las naciones más pobres, y para una distribución
más justa de la responsabilidad del descuido y de la
recuperación del medio ambiente.
Practicar la solidaridad global
El 11 de septiembre nos ha dado un nuevo sentido de
vulnerabilidad. Sin embargo, debemos tener cuidado de no definir
nuestra seguridad primordialmente en términos militares. Nuestra
nación debe unirse a otras para encarar políticas y problemas
que proveen un campo fértil para que el terrorismo prospere. No
hay injusticia que legitime el horror que hemos experimentado.
Pero un mundo más justo será un mundo más pacífico.
En un mundo en que la quinta parte de la población vive con
menos de un dólar diario, en que alrededor de veinte países
están involucrados en un conflicto armado, y donde la pobreza,
la corrupción y los regímenes represivos provocan incalculable
sufrimiento a millones de personas, simplemente no podemos
permanecer indiferentes. Por ser una nación rica y poderosa,
Estados Unidos tiene la capacidad y la responsabilidad de
encarar este escándalo de pobreza y subdesarrollo.
Por ser una fuerza primordial de la globalización, tenemos la
responsabilidad de humanizar la globalización, y de distribuir
sus beneficios a todos, especialmente a los más pobres del mundo,
a la vez que encaramos sus consecuencias negativas. Siendo la
única superpotencia del mundo, Estados Unidos también tiene una
oportunidad sin precedentes de trabajar en alianza con otros
para construir un sistema de seguridad cooperativa, que conduzca
a un mundo más unido y más justo.
-
Estados Unidos debe adoptar un papel de liderazgo para
ayudar a mitigar la pobreza global mediante un programa de
desarrollo amplio, que incluya el aumento sustancial de la
ayuda externa para los países más pobres, políticas
comerciales más equitativas y esfuerzos continuos para
aliviar las aplastantes cargas de la deuda y la enfermedad.
-
Esfuerzos más unidos para asegurar la promoción de la
libertad de culto y otros derechos humanos básicos deberán
ser esenciales en la política exterior estadounidense.
-
Es un imperativo moral que Estados Unidos trabaje para
revertir la proliferación de las armas nucleares, químicas y
biológicas, y para reducir su propia dependencia de las
armas de destrucción masiva buscando un desarme nuclear
progresivo. También deberá reducir su propio papel
predominante en el tráfico de armas convencionales.
-
Estados Unidos debe proveer un apoyo político y financiero
más coherente a programas apropiados de las Naciones Unidas,
a otros organismos inter-nacionales y al derecho
internacional, para que estas instituciones sean agentes más
eficaces, responsables y sensibles al encarar los problemas
globales.
-
Se les debe brindar asilo a todos los refugiados que lleven
consigo un temor profundo por la persecución en sus países
de origen. Nuestro país debería apoyar la protección de las
personas que huyen de la persecución mediante abrigo seguro
en otros países, incluyendo Estados Unidos, especialmente
para niños no acompañados, mujeres solteras, mujeres que son
cabeza de familia y minorías religiosas.
-
Estados Unidos debe adoptar una política de inmigración y de
refugiados más generosa, que se base en proporcionar refugio
temporal o permanente para los que lo necesiten; en proteger
de la explotación a los trabajadores migrantes; en promover
la reunificación familiar; en salvaguardar el derecho de
todas las personas a volver a su patria; en asegurar que los
beneficios públicos, y un proceso justo y eficiente para
obtener la ciudadanía, sean accesibles para los inmigrantes;
en extender a los inmigrantes la plena protección de la ley
estadounidense; en ofrecer un programa generoso de
legalización para los inmigrantes indocumentados, y en
encarar las causas fundamentales de la migración.
-
Nuestro país debería ser líder —en colaboración con la
comunidad internacional— en encarar los conflictos
regionales en el Medio Oriente, los Balcanes, el Congo,
Sudán, Colombia y África Occidental. El liderazgo en el
conflicto palestino-israelí es una prioridad de carácter
urgente. Estados Unidos debería buscar negociaciones amplias,
que conduzcan a una resolución justa y pacífica de este
conflicto, que respeten los reclamos legítimos y las
aspiraciones tanto de los israelíes como de los palestinos,
garantizando la seguridad para Israel, un estado viable para
los palestinos y paz en la región. Estados Unidos,
trabajando con la comunidad internacional, también debe
adoptar el compromiso sostenido necesario para ayudar a
proveer estabilidad, democracia, libertad y prosperidad a y
Afganistán.
Construir la paz, combatir la pobreza y la desesperación, y
proteger la libertad y los derechos humanos no sólo son
imperativos morales; son sabias prioridades nacionales. Dado su
enorme poder e influencia en los asuntos mundiales, Estados
Unidos tiene una gran responsabilidad de ser una fuerza para la
justicia y la paz más allá de sus fronteras. “Libertad y
justicia para todos” no es sólo una profunda promesa nacional;
es un objetivo valioso para cualquier líder mundial.
Conclusión
Esperamos que estas reflexiones contribuyan a una vitalidad
política renovada en nuestra tierra. Urgimos a todos los
católicos a que se registren, voten y participen más en la vida
pública, para proteger la vida y su dignidad humana, y para
promover el bien común.
Las elecciones del 2004 y las opciones políticas que enfrentamos
en el futuro presentan desafíos significativos para nuestra
Iglesia. Como institución, esta-mos llamados a ser políticos
pero no partidistas. La Iglesia no puede ser capellán de ningún
partido específico ni apoyar a ningún candidato. Nuestra causa
es la protección de los débiles y vulnerables, y la defensa de
la vida y su dignidad humana, no un candidato o partido en
particular.
La Iglesia está llamada a tener principios pero no a ser
ideológica. No pode-mos comprometer nuestra doctrina ni nuestros
valores básicos, pero debe-mos estar abiertos a distintas formas
de promoverlos.
Se nos llama a ser claros, pero también corteses. Una Iglesia
que defiende la justicia y la caridad debe practicar estas
virtudes en la vida pública. Debemos ser claros con respecto a
nuestros principios y prioridades, sin poner en duda los motivos
de otros y sin insultar.
La Iglesia está llamada a participar pero no a ser usada. Damos
la bienvenida al diálogo con candidatos y líderes políticos,
buscando captar y persuadir a los funcionarios públicos. Pero no
debemos permitir que los eventos y las oportunidades “para estar
frente a las cámaras” sustituyan la labor concreta de
iniciativas de ley que reflejen nuestros valores.
El llamado a una responsabilidad cívica basada en la fe genera
una pregunta fundamental para todos nosotros. ¿Qué significa ser
un católico que vive en Estados Unidos en el año 2004 y en los
años posteriores? Como católicos, las elecciones y las opciones
políticas relacionadas con ellas nos llaman a realizar un nuevo
compromiso para llevar los valores del Evangelio y de la
doctrina de la Iglesia al terreno público. Como ciudadanos y
residentes de Estados Unidos, tenemos el deber de participar
ahora y en el futuro en los debates y opciones sobre los valores,
la visión y los dirigentes que guiarán nuestra nación.
Este doble llamado de fe y ciudadanía es la esencia de lo que
significa ser un católico en Estados Unidos. La ciudadanía
comprometida nos llama a buscar “un lugar en la mesa” de la vida
para todos los hijos de Dios en las elecciones del 2004 y más
adelante.
Principales
declaraciones católicas sobre la vida pública y los asuntos
morales
Los siguientes documentos de la United States Conference of
Catholic Bishops exploran en gran detalle los asuntos
relacionados con las políticas públicas analizados en Ciudadanos
comprometidos. Para obtener copias, sírvase llamar al
800-235-8722 o visitar www.usccb.org.
Proteger la vida humana
A Matter of the Heart: A Statement on the Thirtieth Anniversary
of Roe v. Wade, 2002
Statement on Iraq, 2002
A Pastoral Message: Living with Faith and Hope After September
11, 2001
Llamado del viernes santo para abolir la pena de muerte, 1999
Vivir el evangelio de la vida, 1999
Welcome and Justice for Persons with Disabilities, 1999
Fidelidad por toda la vida, 1995
Confrontando a la cultura de la violencia, 1995
Sowing the Weapons of War, 1995
The Harvest of Justice Is Sown in Peace, 1993
Nutrition and Hydration: Moral and Pastoral Reflections, 1992
NCCB Administrative Committee Statement on Euthanasia, 1991
Pastoral Statement of U.S. Catholic Bishops on Persons with
Disabilities, 1989, 1984
Resolution on Abortion, 1989
Plan pastoral para actividades pro-vida, 1985
A Report on the Challenge of Peace and Policy Developments
1983-1988, 1989
The Challenge of Peace: God’s Promise and Our Response, 1983
U.S.
Bishops’ Statement on Capital Punishment, 1980
Community and Crime, 1978
Documentation on the Right to Life and Abortion, 1974, 1976,
1981
Promover la vida familiar
Cuando pido ayuda, 2002
A Family Guide to Using the Media, 1999
A Family Perspective in Church and Society, 1998
Compartiendo la enseñanza social católica: Desafíos y rumbos,
1998
Renovar la mentalidad de los medios de comunicación, 1998
Siempre serán nuestros hijos, 1997
Statement on Same-Sex Marriage, 1996
Caminen en la luz, 1995
Principles for Educational Reform in the United States, 1995
Sigan el camino del amor, 1993
Putting Children and Families First, 1992
In Support of Catholic Elementary and Secondary Schools, 1990
Value and Virtue: Moral Education in the Public School; 1988
Sharing the Light of Faith; National Catechetical Directory,
1979
To Teach As Jesus Did, 1972
Statements and testimony by the USCC Department of
Communications before Congress and the Federal Communications
Commission
Ir en busca de la justicia social
Un lugar en la mesa: Renovación del compromiso católico de
superar la pobreza y respetar la dignidad de todos los hijos de
Dios, 2002
Cambio climático global, 2001
Responsabilidad, rehabilitación y restitución: La perspectiva
católica de la delincuencia y justicia penal, 2000
A Commitment to All Generations: Social Security and the Common
Good, 1999
Caridad en todas las cosas, 1999
Confrontando a la cultura de la violencia, 1995
Ethical and Religious Directives for Catholic Health Care
Services, 1995
Moral Principles and Policy Priorities for Welfare Reform, 1995
Una familia en Dios, 1995
A Framework for Comprehensive Health Care Reform, 1993
The Harvest of Justice Is Sown in Peace, 1993
Putting Children and Families First, 1992
Renewing the Earth, 1992
New Slavery, New Freedom: A Pastoral Message on Substance Abuse,
1990
Brothers and Sisters to Us, 1989
Food Policy in a Hungry World, 1989
Called to Compassion and Responsibility: A Response to the
HIV/AIDS Crisis, 1989
Homelessness and Housing, 1988
Justicia económica para todos, 1986
Practicar la solidaridad global
A Call to Solidarity with Africa, 2001
Un llamado jubilar para cancelar las deudas, 1999
Llamados a la solidaridad mundial, 1998
Sowing the Weapons of War, 1995
Una familia en Dios, 1995
Statements on South Africa, 1993, 1994
The Harvest of Justice Is Sown in Peace, 1993
War in the Balkans: Moral Challenges, Policy Choices, 1993
Refugees: A Challenge to Solidarity, 1992
The New Moment in Eastern and Central Europe, marzo 1990
Toward Peace in the Middle East, 1989
Relieving Third World Debt, 1989
USCC Statement on Central America, 1987
Notas
1 Desde 1976, la United States Conference of Catholic Bishops ha
producido una reflexión sobre los “ciudadanos comprometidos” en
vísperas de cada elección presidencial. Esta declaración
continúa esa tradición. Es un resumen de la doctrina católica
sobre la vida pública y sobre cuestiones morales clave. Estas
reflexiones se basan en declaraciones anteriores sobre la
responsabilidad política e integran temas de una reciente
declaración sobre los católicos en la vida pública de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, así como también temas
de diversas declaraciones recientes de los obispos, incluyendo
Vivir el Evangelio de la vida y Un lugar en la mesa. Para
brindar información adicional sobre la doctrina católica sobre
estos asuntos, al final de estas reflexiones se presenta una
lista de las principales declaraciones católicas sobre la vida
pública y las cuestiones morales.
2 Véase Un lugar en la mesa: Renovación del compromiso católico
de superar la pobreza y respetar la dignidad de todos los hijos
de Dios, de la United States Conference of Catholic Bishops
(Washington, DC: United States Conference of Catholic Bishops,
2002).
3 Jn 13:34-35.
4 Mt 25:40-45.
5 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre
algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política (24 de noviembre de 2002), no. 1.
6 United States Conference of Catholic Bishops, Vivir el
Evangelio de la vida: Reto a los católicos de Estados Unidos
(Washington, DC: United States Conference of Catholic Bishops,
1999), no. 34.
7 Dt 30:19-20, Mt 25:40-45, Mt 5:3-12.
8 La comunidad católica está presente prácticamente en todas
partes de la nación, incluyendo casi 20.000 parroquias, 8.600
escuelas, 237 universidades, 1.062 hospitales y centros de salud
y 3.044 entidades de servicios sociales. La comunidad católica
es la mayor proveedora no gubernamental de educación, asistencia
médica y servicios humanos de Estados Unidos.
9 Mt 13:33, Mt 5:13-16.
10 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre
algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política (24 de noviembre de 2002), no. 6.
11 United States Conference of Catholic Bishops, Vivir el
Evangelio de la vida, no. 34.
12 Véase Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal
sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta
de los católicos en la vida política, no. 4.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Se pueden obtener recursos diseñados para ayudar a las
parroquias y diócesis a compartir el mensaje de una ciudadanía
fiel y para desarrollar programas de registro no partidista de
electores, de educación y de incidencia, en la United States
Conference of Catholic Bishops. Para mayor información, sírvase
llamar al 800-235-8722 o visitar www.usccb.org/faithfulcitizenship.
16 La enseñanza social católica tiene una larga tradición
enraizada en las Escrituras y en las experiencias vividas por el
pueblo de Dios. Ha sido desarrollada en los escritos de los
líderes de la Iglesia desde épocas antiguas, y más recientemente
ha sido expresada en una tradición de documentos papales,
conciliares y episcopales modernos. Para una discusión más
detallada de los temas identificados aquí y de sus raíces, se
puede consultar Catecismo de la Iglesia Católica (Washington,
DC: United States Conference of Catholic Bishops, 2000),
Compartiendo la enseñanza social católica: Desafíos y rumbos
(Washington, DC: United States Conference of Catholic Bishops,
1998), el sitio Web de la USCCB (www.usccb.org/publishing), y el
sitio Web del Vaticano (www.vatican.va).
17 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre
algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política (24 de noviembre de 2002), no. 3.
18 Ex 22:20-26.
19 Is 1:21-23; Jer 5:28.
20 Mt 25:40-45.
21 Lc 4:18-19.
22 Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte (6 de enero de 2001),
no. 49.
23 Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, no. 38
24 Pablo VI, Jornadas por la Paz (1 de enero de 1972).
25 Mt 5:9.
26 Juan Pablo II, Angelus (23 de febrero de 2003), no. 1.
27 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre
algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política (24 de noviembre de 2002), no. 2.
28 Ibid., no. 3.
29 United States Conference of Catholic Bishops, Vivir el
Evangelio de la vida, no. 5.
30 Ibid., no. 21.
31 Juan Pablo II, Homilía en St. Louis (27 de enero de 1999).
32 Juan Pablo II, La crisis ecológica: Una responsabilidad común
(1 de enero de 1990), no. 15.
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