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El compromiso bautismal

 

Antonio Fernández

Todos sabemos muy bien nuestra fecha de nacimiento, pero muy pocos católicos podríamos decir con exactitud cuándo es el aniversario de nuestro Bautismo.

Este desconocimiento o ignorancia del día en que atravesamos las aguas bautismales y nacimos como una criatura nueva para Dios, se debe en parte a nuestra falta de aprecio por el sacramento del Bautismo.

A pesar de todos los esfuerzos y energías que la Iglesia ha dedicado a la preparación prebautismal y a la formación de los fieles, particularmente después del Concilio Vaticano II, aún una gran mayoría de los católicos permanecemos como bautizados “de papelito”, en vez de vivir a conciencia la realidad y las consecuencias de que somos bautizados en el agua y el Espíritu.

A fin de enmendar en cierta forma esta falta de aprecio por este primer sacramento, lo primero que el católico tiene que hacer es reconocer su dignidad de Hijo o Hija de Dios, que le viene precisamente por ser bautizado y no por lo que hagamos o por el puesto que tengamos en la Iglesia. Por el Bautismo, “se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la acción” (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 872). El ser bautizado nos hace a todos iguales y nos otorga una dignidad común, no superada por ningún otro cargo o ministerio que se pueda recibir. ¿Qué podría añadirse a la dignidad de ser hijos del Dios altísimo? Esto lo resumía profundamente San Agustín con la célebre frase de uno de sus sermones: “con ustedes soy cristiano y para ustedes soy obispo”.

Por el Bautismo hemos sido hechos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1,4). Al bautizarnos nos transformamos en hijos adoptivos de Dios (Gál 4,5-7); en miembros de Cristo (1 Co 6,15; 12,27) y coherederos con Él (Rom 8,17); y en templos del Espíritu Santo (1 Co 6,19). Por el Bautismo somos “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P 2,9), y al ser ungidos con el Santo Crisma en el Bautismo participamos del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real. Esta plena dignidad nos llama, en primer lugar, a un aprecio y respeto propio de lo que significa y conlleva ese Bautismo que un día recibimos. Tenemos que tomar conciencia de que el mismo fue el comienzo y la puerta que nos dio acceso a la gracia y a la vida sacramental. Esta nueva visión del valor de nuestro Bautismo debe imponernos también el compromiso de un igual reconocimiento y respeto hacia la dignidad de todo hombre o mujer bautizado.

Por el Bautismo hemos entrado en una relación de fidelidad a Cristo y de una caridad eficaz por todos los seres humanos, preferencialmente hacia los más pobres y necesitados. Por el Bautismo estamos llamados a dar testimonio de esa dignidad de Hijos de Dios a través del amor y el servicio a todos sin hacer diferencias de personas. Nuestro compromiso bautismal se concreta en ser manifestación y “sacramento” de ese Cristo con el que fuimos configurados (cf. Rom 8,29). Dice el Catecismo que el “Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia Católica” (núm. 1271). Como bautizados ya no somos dueños de nosotros mismos (1 Co. 9,19), sino que le pertenecemos total y plenamente a Cristo, que murió y resucitó por nosotros (2 Co. 5,15). De ahí que estemos llamados a someternos y servir a los demás (cf. CIC núm. 1269).

Siempre debemos tener muy presente que Jesucristo rechazó ser el Mesías real y poderoso que esperaban los judíos. Jesús asumió el mesianismo más bien como la figura del Siervo Doliente del canto de Isaías. Entender esta forma diferente de ser Jesús el Mesías prometido es fundamental para poder asumir el mandato nuevo que Jesús dio a sus discípulos –y a nosotros– durante la Ultima Cena del Jueves Santo. Jesús vino a servir y no a ser servido; nosotros no podemos ser más que el Maestro. Así como Jesús te ha dado esa dignidad de cristiano, tu respuesta ha de ser la de ponerte al servicio de los otros, para que Cristo en ti siga sirviendo a Cristo en los demás.