|
El compromiso bautismal
Todos sabemos muy bien nuestra fecha de nacimiento, pero muy
pocos católicos podríamos decir con exactitud cuándo es el
aniversario de nuestro Bautismo.
Este desconocimiento o ignorancia del día en que atravesamos las
aguas bautismales y nacimos como una criatura nueva para Dios,
se debe en parte a nuestra falta de aprecio por el sacramento
del Bautismo.
A pesar de todos los esfuerzos y energías que la Iglesia ha
dedicado a la preparación prebautismal y a la formación de los
fieles, particularmente después del Concilio Vaticano II, aún
una gran mayoría de los católicos permanecemos como bautizados
“de papelito”, en vez de vivir a conciencia la realidad y las
consecuencias de que somos bautizados en el agua y el Espíritu.
A fin de enmendar en cierta forma esta falta de aprecio por este
primer sacramento, lo primero que el católico tiene que hacer es
reconocer su dignidad de Hijo o Hija de Dios, que le viene
precisamente por ser bautizado y no por lo que hagamos o por el
puesto que tengamos en la Iglesia. Por el Bautismo, “se da entre
todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad
y la acción” (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 872). El
ser bautizado nos hace a todos iguales y nos otorga una dignidad
común, no superada por ningún otro cargo o ministerio que se
pueda recibir. ¿Qué podría añadirse a la dignidad de ser hijos
del Dios altísimo? Esto lo resumía profundamente San Agustín con
la célebre frase de uno de sus sermones: “con ustedes soy
cristiano y para ustedes soy obispo”.
Por el Bautismo hemos sido hechos “partícipes de la naturaleza
divina” (2 P 1,4). Al bautizarnos nos transformamos en hijos
adoptivos de Dios (Gál 4,5-7); en miembros de Cristo (1 Co 6,15;
12,27) y coherederos con Él (Rom 8,17); y en templos del
Espíritu Santo (1 Co 6,19). Por el Bautismo somos “linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P
2,9), y al ser ungidos con el Santo Crisma en el Bautismo
participamos del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y
real. Esta plena dignidad nos llama, en primer lugar, a un
aprecio y respeto propio de lo que significa y conlleva ese
Bautismo que un día recibimos. Tenemos que tomar conciencia de
que el mismo fue el comienzo y la puerta que nos dio acceso a la
gracia y a la vida sacramental. Esta nueva visión del valor de
nuestro Bautismo debe imponernos también el compromiso de un
igual reconocimiento y respeto hacia la dignidad de todo hombre
o mujer bautizado.
Por el Bautismo hemos entrado en una relación de fidelidad a
Cristo y de una caridad eficaz por todos los seres humanos,
preferencialmente hacia los más pobres y necesitados. Por el
Bautismo estamos llamados a dar testimonio de esa dignidad de
Hijos de Dios a través del amor y el servicio a todos sin hacer
diferencias de personas. Nuestro compromiso bautismal se
concreta en ser manifestación y “sacramento” de ese Cristo con
el que fuimos configurados (cf. Rom 8,29). Dice el Catecismo que
el “Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos
los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena
comunión con la Iglesia Católica” (núm. 1271). Como bautizados
ya no somos dueños de nosotros mismos (1 Co. 9,19), sino que le
pertenecemos total y plenamente a Cristo, que murió y resucitó
por nosotros (2 Co. 5,15). De ahí que estemos llamados a
someternos y servir a los demás (cf. CIC núm. 1269).
Siempre debemos tener muy presente que Jesucristo rechazó ser el
Mesías real y poderoso que esperaban los judíos. Jesús asumió el
mesianismo más bien como la figura del Siervo Doliente del canto
de Isaías. Entender esta forma diferente de ser Jesús el Mesías
prometido es fundamental para poder asumir el mandato nuevo que
Jesús dio a sus discípulos –y a nosotros– durante la Ultima Cena
del Jueves Santo. Jesús vino a servir y no a ser servido;
nosotros no podemos ser más que el Maestro. Así como Jesús te ha
dado esa dignidad de cristiano, tu respuesta ha de ser la de
ponerte al servicio de los otros, para que Cristo en ti siga
sirviendo a Cristo en los demás.
|