Un año después
Artículo ganador del Premio de Excelencia General
en Periodismo 2004, otorgado por la Unión Católica Internacional
de la Prensa (UCIP). El organismo celebrará su congreso Los
retos para los medios frente al pluralismo cultural y religioso:
Por un nuevo orden social, justicia y paz en Bangkok, Tailandia,
del 9 al 17 octubre de 2004.
Orlando Márquez
Entre marzo y abril de 2003 todo el país vibró con las
detenciones, los juicios sumarios y las condenas impuestas a
varias decenas de cubanos. El torbellino que desató trajo
también otros ingredientes a la vida nacional y modificó el
sabor de la convivencia.
Internamente quedó claro, entre otras cosas, que las duras leyes
vigentes son aplicables cuando se trate de garantizar la
fortaleza del Estado; que las apariencias engañan y no
podemos estar tan seguros si de verdad la persona que tenemos
junto a nosotros es quien dice ser, lo que potencia la
desconfianza entre los nacionales.
Hacia el exterior y por el rechazo amplio hacia tales sanciones,
las relaciones de Cuba con otros países se han visto afectadas,
de modo particular con la Unión Europea cuando ésta puso en
práctica medidas de respuesta a las sanciones, y aún no se
vislumbra una mejora; el intercambio de dura retórica entre Cuba
y Estados Unidos se agudizó, reforzado por la decisión del
segundo -comprometido en una guerra internacional contra el
terrorismo cuyo fin es impredecible- de incluir a Cuba entre los
países patrocinadores, promotores o protectores de terroristas.
Podría considerarse también la no respuesta a la solicitud de
“un gesto significativo de clemencia” hecha por el Papa Juan
Pablo II, lo que es significativo si tenemos en cuenta que altos
representantes del gobierno cubano han reconocido públicamente -más
de una vez- la autoridad moral del Papa, y en otros momentos se
ha respondido positivamente a tales solicitudes.
No
obstante lo anterior, el mensaje de las autoridades cubanas fue
muy claro: cualesquiera fueran los costos económicos y
políticos, la decisión era irrevocable y los costos asumidos.
¿Sería posible hoy un indulto para los detractores del gobierno
cubano que guardan prisión desde hace un año?, ¿tal vez una
conmutación de las largas sentencias? ¿Se debilitaría el Estado
cubano si diera un paso en esta dirección?
Todo Estado debe garantizar la seguridad interna de las amenazas
que se presenten, esa es una de sus misiones principales. Para
ello se promulgan leyes y se ejecutan.
En
el caso cubano es evidente que los conceptos de amenaza y
seguridad han variado en estas casi cinco décadas de
gobierno revolucionario. En los años 60s hubo enfrentamientos
armados entre el gobierno y sus opositores; tras su derrota,
muchos de aquellos cubanos que se rebelaron en armas contra el
gobierno fueron sentenciados a muerte, un número mucho mayor fue
enviado a prisión. Sin embargo, lo ocurrido el año pasado
demostró que un secuestro frustrado e incruento puede ser
considerado hoy un acto tan criminal como haber intentado hace
cuarenta años derrocar al gobierno por las armas; o que enviar
información no clasificada al exterior puede provocarle a su
emisor una sanción de 28 años, una condena que en otro tiempo se
aplicaba en lugar de la pena de muerte. De esta manera se busca
preservar, en nuestros días, la seguridad y fortaleza del
Estado.
Como vemos, el concepto seguridad del Estado suele ser
muy ambiguo, pues depende de quién dictamine lo que entiende
como tal y del momento histórico. Normalmente es definido por
criterios militares, ante el peligro más o menos real de
enfrentar una guerra. Este ha sido el argumento comúnmente
aplicado también en el caso cubano durante estos años, muy
dosificados por los enfrentamientos y hostilidades entre Cuba y
Estados Unidos. Estamos en presencia de un ambiente permanente
de hostilidad -no bélica pero sí muy efectista- entre dos
gobiernos que se reconocen mutuamente como enemigos. Por tanto
es posible hacernos la pregunta: si no hubiera existido contacto
entre los detenidos y la representación de Estados Unidos en
Cuba, ¿habrían terminado en la cárcel? Tal vez no. O tal vez sí,
porque no todos los detenidos establecieron tales contactos,
pero el “motivo” para su detención y procesamiento fue el
contacto con el enemigo.
Ciertamente hay una paradoja, pues ese país regido por un
gobierno “enemigo” se ha convertido hoy en el principal
abastecedor de alimentos para Cuba. Mas eso es parte del
pragmatismo político, que también atiende, entre otras, la
cuestión económica.
Pero la seguridad es asunto colectivo, o sea que debe ser
definida junto a otras “seguridades”, no en contra de otras
“seguridades”. La aplicación de las duras leyes para defender el
concepto de seguridad del Estado, disminuye nuestras
libertades frente al poder del Estado. Siempre podrá
argüirse -lo que no justifica- que tal seguridad está
condicionada por la amenaza que representa Estados Unidos, y que
cuando tal amenaza desaparezca la situación interna puede
cambiar, como han dicho alguna que otra vez altos funcionarios
cubanos. Pero no creo que exista alguien capaz de responder
cuándo cambiará esa situación. Ese espacio de tiempo indefinido
-sabemos cuándo empezó pero no cuándo habrá de terminar- es el
que precisamente define hoy las limitaciones a nuestras
libertades y debilita la seguridad de un número de
ciudadanos cubanos que están, o podrían estar, en la cárcel por
expresar desacuerdos con la posición oficial.
Hace varios meses, después de iniciada la guerra en Irak,
escuché decir a un destacado académico y politólogo inglés que
por primera vez sentía miedo del poder de Estados Unidos.
No creo que sea el único ¿Constituye Estados Unidos una amenaza
para Cuba? ¿Es Cuba un peligro para Estados Unidos? Mientras se
mantenga la actual situación entre los dos países la respuesta
puede ser sí, en ambos casos. Por ello sigo considerando que los
cubanos, y en cierto grado también los ciudadanos de Estados
Unidos, estamos atrapados entre la hostilidad que enfrenta a
nuestros gobiernos. Pero como cubano, claro está, me afectan
mucho más las consecuencias internas.
En
el pasado siglo solía medirse la fortaleza del Estado tomando
como referente el poderío militar que éste mostraba de su país y
se consideraba el tamaño de su ejército, el presupuesto militar,
la capacidad combativa medida en escenarios de guerra, el
desarrollo de la industria militar, etc, para indicar su
fortaleza o debilidad. Pero hoy el concepto ha variado. Quizás
el ejemplo más representativo de aquella errada concepción sea
la desintegración de la Unión Soviética, que militarmente no
sólo fue el contrapeso de Estados Unidos, sino que en algunos
tipos de armas llegó a superar a la potencia del norte. En
nuestros días, China es ejemplo de un Estado no capitalista que
busca fortalecerse aplicando reformas económicas y hasta
políticas. China no ha abandonado su industria militar y ahora
impulsa programas espaciales, pero al parecer sus gobernantes
comprendieron que la fortaleza del Estado yace en la
capacidad de satisfacer las demandas de la población, y
aunque las reformas empezaron en 1978, la aceleración reformista
se produjo después de las protestas de Tiananmén, y continúa en
todos los frentes.
No
es el poderío militar lo que fortalece a un Estado, sino su
capacidad de dar respuesta a las expectativas ciudadanas, tanto
en el orden cultural, como social, económico y político. Cuando
el Estado por sí mismo no pueda cubrir tales demandas, o no
existan otras estructuras en la sociedad para atenderlas, los
ciudadanos buscarán la forma de cubrir sus necesidades, lo que
suele hacerse de forma irregular, no legal, quebrantando tanto
el canon jurídico como el moral, debilitando el orden interno y
deshaciendo los hilos de la trama Estado-sociedad. Mientras
menor sea la brecha que se abre entre las expectativas
ciudadanas y la capacidad de respuesta del Estado, mayor serán
la fortaleza de este último y la estabilidad ciudadana o social,
y viceversa.
El
Estado moderno ha de procurar cada vez mayor consenso social, lo
que no se logra mediante leyes que establecen la obediencia
ciudadana y limitan su iniciativa. Aquí me inclino por la
propuesta del alemán Jürgen Habermas, según la cual no soy yo
quien decide que mi acción habrá de convertirse en una ley
universal aceptada por todos, sino que yo estoy dispuesto a
someter mi acción, y mi argumentación, a la libre y racional
discusión y argumentación de todos para probar su pretensión de
universalidad.
Pero en el caso de los opositores detenidos está también la
cuestión humanitaria. Las condiciones carcelarias de los
sancionados hace un año por motivos políticos -ubicados a
cientos de kilómetros de sus casas, con cuatro visitas
familiares al año y difíciles condiciones de reclusión, de
acuerdo con los testimonios de sus familiares-, unido a las
largas sanciones, hacen más difícil comprender la situación.
Un significativo gesto de clemencia,
como pidió el Papa, sigue siendo un reclamo válido. Un acto de
clemencia no es manifestación de debilidad, sino de fortaleza,
sobre todo moral. Un Estado que practica la clemencia y la
benevolencia mediante leyes que alivien el peso de la ciudadanía,
que busque cada vez más el consenso y tenga en cuenta las
opiniones divergentes, se fortalece ante los ojos de los
ciudadanos. Considero que un indulto o conmutación de las duras
sanciones a estos opositores o disidentes es conveniente en Cuba
hoy, y no sería la primera vez. Conveniente no para evitar el
voto de censura en Ginebra, ni porque lo demanden otros
gobiernos o para buscar el fin de determinadas sanciones, sino
porque ello haría más estable y armónica la vida nacional. El
costo humano provocado por las limitaciones legales internas,
para nuestra convivencia nacional, es mucho más determinante e
importante que el costo político o económico provocado por las
sanciones impuestas desde el exterior.
No
se trata de ceder ante la crítica de terceros -algo difícil de
evitar en estos tiempos-, sino del derecho de todos los
cubanos a lograr, dentro de un marco legal lógico, ordenado
y equilibrado, una vida más plena y feliz que incluye también
establecer canales apropiados para expresar los más diversos
criterios que aquí, como en toda sociedad, existen y merecen
respuesta. No todos pensamos ni pensaremos lo mismo en Cuba,
pero Cuba es y seguirá siendo el mismo y único espacio de todos.
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