La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia
Sínodo de los obispos
XIª Asamblea General Ordinaria
PRESENTACIÓN
Los Padres de la Décima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de
los Obispos, al final de los trabajos en octubre de 2001, fueron
interpelados acerca del tema de la siguiente asamblea y, entre
las diversas propuestas, sugirieron también el argumento
eucarístico. La acostumbrada consulta a las Conferencias
Episcopales, a las Iglesias Orientales sui iuris, a los
Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de los Superiores
Generales, a su vez, ha indicado, con particular consenso de
opiniones, el tema de la Eucaristía como prioritario.
También los miembros del Consejo Ordinario de la Secretaría
General se pronunciaron en ese sentido. Precisamente éste es el
tema que el Santo Padre eligió y estableció para ser ofrecido a
la meditación colegial de los Obispos reunidos en la Undécima
Asamblea General Ordinaria. La fórmula evoca la doctrina y el
lenguaje del Concilio Vaticano II en estos términos:
“Eucharistia fons et culmen vitae et missionis Ecclesiae”.
Fue, luego, tarea del Consejo de la Secretaría General dedicar a
este título algunas sesiones de trabajo, que, con la ayuda de
expertos, han producido como resultado el presente documento de
los Lineamenta.
Éste, como es sabido, es el primer paso de la consulta
universal, que dará la posibilidad a todas las Iglesias
particulares dispersas por el mundo de entrar en el proceso
sinodal con la reflexión, la oración y las sugerencias más
oportunas, para permitir la preparación del Instrumentum
laboris, que constituirá el orden del día de la asamblea
sinodal.
La consulta para la futura asamblea sinodal registra una novedad
en la historia del Sínodo de los Obispos: el tema. Éste, en
efecto, corresponde al de una reciente encíclica pontificia
sobre la Eucaristía y su relación vital con la Iglesia: Ecclesia
de Eucharistia. La circunstancia merece especial
consideración a causa de su influencia directa sobre la consulta
y sobre los mismos trabajos sinodales.
No sorprende que un sínodo sea llamado a reflexionar sobre una
materia incluida en el magisterio pontificio ordinario. Lo que
llama la atención es la proximidad cronológica y la identidad de
la promulgación: es el mismo Papa que en breve nexo de tiempo
escribe sobre la Eucaristía y confía a un sínodo el mismo
argumento. Todo esto tiene un profundo significado para el
Pontífice, para los Obispos y para la Iglesia.
Es claro que la Encíclica manifiesta la voluntad del Pastor de
estimular a los destinatarios, la Iglesia universal, a dedicarse,
con nuevas energías espirituales y con renovado amor, al
misterio eucarístico, que es vital para la Iglesia. En este acto
de magisterio ordinario se expresa así la preocupación por
repetir al pueblo del Señor, con adecuadas referencias a las
condiciones actuales, una verdad perenne y necesaria para la
sobrevivencia de la Iglesia en la historia.
La asamblea sinodal tiene una finalidad consultiva y esta vez
los Obispos no son convocados por el Papa para que den
sugerencias en vista de intervenciones doctrinales. Sin embargo,
existen abundantes motivos para reunir a los pastores, para que
sobre un argumento tan decisivo para la vida y la misión de la
Iglesia manifiesten las exigencias y las implicaciones
pastorales de la Eucaristía en la celebración, en el culto,
en la predicación, en la caridad y en las diversas obras en
general.
Pero el punto más alto de atención es otro. Teniendo presente la
evidente analogía de los títulos, es inevitable preguntarse
porqué el Papa ha elegido un tema ya tratado. La respuesta a
esta dificultad dialéctica se encuentra en la observación
actualizada de la vida de la Iglesia. Existe hoy en la Iglesia,
innegablemente, una “urgencia eucarística”, que tiene que ver,
no ya con incertidumbres sobre las fórmulas, como sucedía en el
período del Vaticano II, sino con la praxis eucarística, que hoy
necesita un nueva y amorosa actitud hecha de gestos de fidelidad
a Aquel que está Presente para los que hoy continúan a buscarlo:
“Maestro ¿dónde vives?”.
Se espera que estos Lineamenta estimulen a las Conferencias
Episcopales, a las Iglesias Orientales sui iuris, a los
Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de los Superiores
Generales, a la reflexión y a la verificación pastoral,
invitando también a todos los miembros de la Iglesia a ofrecer
la propia colaboración, para que las respuestas al cuestionario
de este mismo documento sean completas y significativas
para permitir un fructuoso trabajo sinodal.
Para un adecuado desarrollo del proceso sinodal será necesario
que las respuestas lleguen a esta Secretaría General antes del
31 de diciembre de 2004.
Con estas
respuestas continúa en todas las Iglesias particulares el camino
del Sínodo, en el cual los Obispos, como Pastores del rebaño, en
colegialidad entre ellos y con el Papa, se preparan a
reflexionar sobre este gran Sacramento del cual vive la Iglesia.
INTRODUCCIÓN
Por qué un Sínodo sobre la Eucaristía
1. El Dios invisible se ha manifestado en el Verbo hecho carne,
el Hijo Jesucristo; después de la ascensión “lo que fue visible
de nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (ritos sagrados)”.[1]
Por ello, “Nosotros vemos una cosa y entendemos otra. Vemos un
hombre (Jesús), pero creemos en Dios”.[2]
La Iglesia, sacramento de salvación de Jesucristo para el
hombre, vive del culto centrado en el Verbo encarnado,
sacramento del Padre; el Canon Romano y la anáfora de San Juan
Crisóstomo definen la Santa Misa, “oblationem rationabilem”
y “logikèn latreían”, una trasformación de la Palabra
divina en evento, en la cual participan el espíritu y la razón.
Aquel que es la Palabra, el Verbo, se dirige al hombre y de él
espera una respuesta comprensible, razonable (rationabile
obsequium). Así, la palabra humana se hace adoración,
sacrificio y acción de gracias (eucharistia). Este “culto
espiritual” (cf Rm 12,1) es el corazón de la
“participación” activa y consciente del pueblo de Dios en el
misterio eucarístico,[3] que alcanza la plenitud en la santa
comunión.[4]
2. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha dedicado al Misterio
Eucarístico el capítulo III de la Constitución de sacra
liturgia; pero todo lo que se dice en este documento sobre
la liturgia, como fuente y cumbre de la acción de la
Iglesia, se refiere principalmente a la celebración de la
Eucaristía, “la Divina Liturgia”, como acostumbran a decir los
orientales. El tema del próximo Sínodo será la Eucaristía. En
ella el pueblo de Dios participa en virtud del bautismo. Ella es
la ‘cumbre’ de la iniciación cristiana, pero también de la
acción apostólica, porque presupone la pertenencia a la comunión
de la Iglesia. Al mismo tiempo ella es ‘fuente’, porque
constituye el alimento para la vida y la misión de la
Iglesia.[5] Por ello, la encíclica del Papa Juan Pablo
Ecclesia de Eucharistia, evocando la Carta apostólica
Nuovo millennio ineunte en la cual había exhortado a conocer,
amar e imitar a Cristo, recuerda que “un nuevo vigor de la vida
cristiana pasa por la Eucaristía”.[6]
3. La VI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
afrontó el tema de la Reconciliación y, en su ámbito, del
Sacramento de la Penitencia, medio ordinario para retornar a la
comunión con Cristo y con la Iglesia, que culmina en la
Eucaristía. La profunda reflexión se plasmó en la Exhortación
apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia.
También la V Asamblea General Ordinaria, tratando de la familia
prestó atención a aquella originaria comunión de sangre y de
espíritu, que encuentra la fuente de su vitalidad precisamente
en otro sacramento, el matrimonio, misterio grande, signo de la
unión entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32). Los cuatro
últimos sínodos ordinarios han reflexionado sobre los
componentes fundamentales de la comunión eclesial: el laicado,
el sacerdocio ministerial, los consagrados y los obispos,
comunión eclesial que la Eucaristía presupone para
perfeccionarla.[7] En consecuencia, resulta comprensible la
convocación de una asamblea sinodal sobre el Sacramento que
manifiesta la apostolicidad y la catolicidad de la Iglesia y que
la hace crecer en la unidad y en la santidad.
Esto permitirá que:
a. la Eucaristía sea conservada en el centro de la atención de
la Iglesia, a nivel universal y local, especialmente en las
parroquias y en las comunidades, ya durante la fase preparatoria
del sínodo;
b. la fe en la Eucaristía sea adecuadamente profundizada;
c. dando preeminencia a este tema, la asamblea sinodal revista
una particular importancia en el inicio del tercer milenio de la
Cristiandad y contribuya al programa de renovación de la vida y
de la misión cristiana de las personas y de las comunidades;
d. la especial atención que la Iglesia ha prestado a la Sagrada
Eucaristía a través de sus enseñanzas - desde el tiempo
apostólico, a los padres y escritores sagrados medievales, desde
los concilios, en particular el de Trento y el del Vaticano II,
hasta los principales documentos interdicasteriales y
pontificios, citados también en la reciente encíclica del Papa
Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia - sea nuevamente y
más profundamente acogida en su totalidad.
4. Il tema elegido por el Papa Juan Pablo II para la XIª
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos es
Eucharistia fons et culmen vitae et missionis Ecclesiae.
Entre las cuestiones que deberán ser objeto de estudio, se
indican tres en particular:
a. El Hijo de Dios, Jesucristo, a través de los gestos
realizados en la última Cena y especialmente con las palabras:
“Haced esto en recuerdo mío”, no ha querido simplemente una
comida fraterna, sino una liturgia, verdadero culto de adoración
al Padre “en espíritu y verdad” (cf. Jn 4,24);
b. con la reforma litúrgica no ha sido destruido el patrimonio
secular de la Iglesia católica sino que se ha querido promover,
manteniendo la fidelidad a la tradición católica, la renovación
de la liturgia para favorecer la santificación de los
cristianos;
c. la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento ha
sido querida por el mismo Señor, para que el Dios Emanuel fuera
hoy y siempre un Dios cercano al hombre, para que fuera su
Redentor y Señor.
5. La preparación de la XIª Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos y sus trabajos se ubican en el contexto de
todo el magisterio y la doctrina sobre la Eucaristía,
especialmente del Concilio Vaticano II, que ha dado a la Iglesia
una mayor consciencia del hecho que “nuestro Salvador, en la
última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el
sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a
perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la
cruz”.[8] Como amada esposa, la Iglesia sabe que debe celebrar
“el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad,
signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el
cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de
gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.[9]
La doctrina eucarística, con sus fundamentos bíblicos,
patrísticos y teológicos, con su dimensión catequística y
mistagógica, impregna todos los documentos del Concilio Vaticano
II y del magisterio postconciliar, y desea conducir a todos al
misterio de la Santa Eucaristía y a la adoración del mismo, como
es ampliamente ilustrado por las tradiciones de oriente y
occidente, presentes en la única Iglesia católica. Entre los
documentos postconciliares que han aplicado la Constitución
sobre la Sagrada Liturgia, son fundamentales para la comprensión
y la celebración de la Eucaristía, la encíclica Mysterium
fidei de Pablo VI y la Instructio Generalis Missalis
Romani - publicada en el 1970 y reeditada y corregida en el
2000 - con las normas a observar para la Santa Misa en el rito
romano. En estos textos, así como también en el Catecismo de la
Iglesia Católica,[10] en el código de la Iglesia latina[11] y en
el de las Iglesias orientales,[12] en la Instrucción para la
Aplicación de las Prescripciones Litúrgicas del Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, publicada en el 1996, se
encuentran las explicaciones doctrinales y las indicaciones
pastorales que han sido últimamente citadas en la encíclica del
Papa Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia
Capítulo I
El Sacramento de la Nueva y Eterna Alianza
La Eucaristía en la historia de la salvación
6. El ofrecimiento y el sacrificio hechos a Dios como gesto de
agradecimiento, de súplica, de reparación de los pecados,
representan en el Antiguo Testamento el contexto preparatorio
remoto de la última Cena de Jesucristo. Ésta es evocada por la
figura del siervo de Yahveh, que se ofrece en sacrificio,
derramando su sangre para la nueva alianza (cf. Is
42,1-9; 49,8), en substitución y en favor de la humanidad.
También las comidas religiosas de los hebreos, especialmente la
pascual, memorial del Éxodo y del banquete sacrificial, servían
para expresar el agradecimiento a Dios por los beneficios
recibidos y para entrar en comunión con Él gracias a las
víctimas del sacrificio (cf. 1 Cor 10,18-21). También la
Eucaristía hace entrar en comunión con el sacrificio de
Jesucristo. Además, en la tradición y en el culto hebraicos, la
bendición (berakà) constituía, por un lado, la
comunicación de la vida de Dios al hombre, y por otro lado, el
reconocimiento, con asombro y adoración, de la obra de Dios de
parte del hombre. Esto sucedía mediante el sacrificio en el
templo y la comida en la casa (cf. Gn 1,28; 9,1; 12,2-3;
Lc 1,69-79). La bendición era al mismo tiempo eulogia,
es decir alabanza a Dios, y eucaristía, es decir, acción
de gracias; este último aspecto terminará por identificar en el
cristianismo la forma y el contenido de la anáfora
o plegaria eucarística.
Los hebreos consumían también una comida sacra o sacrificio
convival (tôdâ; cf. Sal 22 y 51), habitual en
tiempos de Jesús, caracterizado por la acción de gracias y por
el sacrificio incruento del pan y del vino. Se puede comprender
así otro aspecto de la última Cena: el del sacrificio convival
de acción de gracias. El rito del Antiguo Testamento sobre la
sangre derramada en el sacrificio constituye el tema de fondo de
la alianza que Dios gratuitamente establece con su pueblo (cf.
Gn 24,1-11). Preanunciado por los profetas (cf. Is
55,1-5; Jer 31,31-34; Ez 36,22-28) y absolutamente
necesario para comprender la última Cena y toda la revelación de
Cristo, este mismo rito lleva un nombre (berit, traducido
en griego por diatheke) que indicará también el conjunto
de los escritos del Nuevo Testamento. En efecto, el Señor
sancionó en la última Cena la alianza, su testamento con sus
discípulos y con toda la Iglesia.
Los signos proféticos y el memorial preanunciados en el Antiguo
Testamento (la cena en Egipto, el don del maná, la celebración
anual de la Pascua) se cumplen en los sacramentos o misterios de
la Iglesia. En ellos está contenida la potencia divina de la
santificación, de la transformación y de la divinización de la
muerte y resurrección del Señor, celebrada el domingo y
cotidianamente en la Pascua cristiana. Dice San Ambrosio:
“Ahora, presta atención si es más excelente el pan de los
ángeles o la carne de Cristo, la cual es indudablemente un
cuerpo que da la vida… Aquel evento era una figura, éste es la
verdad”.[14]
El único
sacrificio y sacerdocio de Jesucristo
7. El hecho histórico de la última Cena es narrado en los
evangelios de San Mateo (26, 26-28), San Marcos (14, 22-23), San
Lucas (22, 19-20) y por San Pablo en la primera carta a los
Corintios (11, 23-25), que permiten comprender el sentido del
acontecimiento: Jesucristo se entrega (cf. Jn 13,1) como
alimento del hombre, ofrece su cuerpo y derrama su sangre por
nosotros. Esta alianza es nueva porque inaugura una
nueva condición de comunión entre el hombre y Dios (cf. Hb
9,12); además es nueva y mejor que la antigua porque el Hijo en
la cruz se entrega a sí mismo y a cuantos lo reciben les da el
poder de ser hijos del Padre (cf Jn 1, 12; Gal 3,
26). El mandamiento “Haced esto en conmemoración mía”
indica la fidelidad y la continuidad del gesto, que debe
permanecer hasta el retorno del Señor (cf 1 Co 11, 26).
Cumpliendo este gesto, la Iglesia recuerda al mundo que entre
Dios y el hombre existe una amistad indestructible gracias al
amor de Cristo, que ofreciéndose a sí mismo ha vencido el mal.
En este sentido la Eucaristía es fuerza y lugar de unidad del
género humano. Pero la novedad y el significado de la última
Cena están inmediata y directamente relacionados con el acto
redentor de la cruz y con la resurrección del Señor, “palabra
definitiva” de Dios al hombre y al mundo. De este modo, Cristo,
con su deseo ardiente de celebrar la Pascua, de ofrecerse (cf
Lc 22, 14-16), se transforma en nuestra Pascua (cf. 1 Co
5,7): la cruz comienza en la Cena (cf 1 Co 11,
26). Es la misma persona, Jesucristo, que, en la Cena en modo
incruento y en la cruz con su propia sangre, es sacerdote y
víctima que se ofrece al Padre: “sacrificio que el Padre aceptó,
cambiando esta entrega total de su Hijo, que se hizo “obediente
hasta la muerte” (Flp 2,8), con su entrega paternal, es
decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la
resurrección, porque el Padre es el primer origen y el dador de
la vida desde el principio”.[15] Por este motivo no puede
separarse la muerte de Cristo de su resurrección (cf. Rm
4, 24-25), con la vida nueva que surge de ella y en la cual
somos sumergidos en el bautismo (cf Rm 6,4).
8. El evangelio de Juan se refiere al misterio eucarístico en el
capítulo sexto. Según un esquema similar al de la última Cena,
es descripto el milagro de aquellos pocos panes distribuidos a
una multitud y al mismo tiempo Jesús habla del pan que da la
vida, es decir, de su carne y de su sangre, que son el verdadero
alimento y la verdadera bebida; quien tiene fe en Jesucristo
come su carne y logra vivir eternamente. Es difícil comprender
el discurso sobre la Eucaristía: sólo quien busca a Jesús y no a
sí mismo puede entenderlo (cf. Jn 6,14 s. 26). Tal
consciencia se ha manifestado, después de Pentecostés, en la
participación frecuente de los bautizados, fieles a las
enseñanzas apostólicas, a la comunión fraterna y a la fractio
panis (cf. Hch 2, 42.46; 20, 7-11), en la “Cena del
Señor” (cf. 1 Co 11,20). Éste es el fundamento de la
dimensión apostólica de la Eucaristía. Las narraciones del
Nuevo Testamento sobre la Eucaristía, vivida como acción de
gracias y memoria sacramental, muestran que al reconocer el
cuerpo y la sangre del Señor en la comunión del pan y del vino
consagrados, se reconoce su presencia. Al mismo tiempo se
retiene grave, una verdadera falta, confundir la ‘Cena del
Señor’ con cualquier otra comida (cf. 1 Co 11, 29).
Además, el Apóstol da por supuesto que la presencia del Señor en
su cuerpo y sangre no depende de la condición de quien lo recibe
y que la comunión con ellos hace de todos un solo cuerpo, porque
de ellos fluye la vida de Cristo. Ser un solo corazón y una sola
alma (cf. Hch 2, 46; 4, 32-33), hasta hacer posible la
comunión de los bienes, era la característica de la Iglesia
apostólica, que compartía los gozos y los sufrimientos de sus
miembros, es decir, que vivía la caridad (cf. 1 Co 12,
26-27).
Del cuadro bíblico emergen los siguientes puntos de referencia
en relación a la verdad sobre la Eucaristía, que hacen del
sacramento del altar una única realidad sacrificial y
sacerdotal: la acción de gracias y de alabanza al Padre, el
memorial del Misterio pascual, la presencia permanente del
Señor.[16]
La acción
de gracias y de alabanza al Padre
9. En la memoria de la Iglesia, en el centro de la celebración
eucarística, están las palabras de la presencia de Jesús en
medio a nosotros. “Esto es mi cuerpo, … éste es el cáliz di mi
sangre”. Jesús se ofrece a sí mismo como verdadero y definitivo
sacrificio, en el cual alcanzan su cumplimiento todas las
imágenes del Antiguo Testamento. En Él se recibe lo que siempre
había sido deseado y jamás había hallando realización.
Pero Jesús, a la luz de la profecía (cf. Is 53, 11s.)
sufre por la multitud y demuestra que en Él se cumple la espera
del verdadero sacrificio y del verdadero culto. Él mismo es
aquel que, estando delante de Dios, intercede, no
por sí mismo, sino en favor de todos. Esta intercesión es el
verdadero sacrificio, la oración, la acción de gracias a
Dios, en la cual nosotros mismos y el mundo somos restituidos a
Dios. La Eucaristía es, por lo tanto, sacrificio a Dios
en Jesucristo para recibir el don de su amor.
10. Jesucristo es el Viviente y está en la gloria, en el
santuario del cielo donde ha entrado gracias a la propia sangre
(cf. Hb 9,12); se encuentra en el estado inmutable y
eterno del sumo sacerdote (cf. Hb 8,1-2), “posee un
sacerdocio perpetuo” (Hb 7, 24 s), se ofrece al Padre
y en razón de los infinitos méritos de su vida terrena continúa
a irradiar la redención del hombre y del cosmos que en Él se
transforma y recapitula (cf. Ef 1,10). Todo esto
significa que el Hijo Jesucristo es mediador de la nueva alianza
para aquellos que han sido llamados a la herencia eterna (cf
Hb 9,15). Su sacrificio permanece para siempre en el
Espíritu Santo, el cual recuerda a la Iglesia todo lo que el
Señor ha realizado como sumo y eterno sacerdote (cf Jn
14, 26; 16, 12-15). San Juan Crisóstomo advierte que el
verdadero celebrante de la divina liturgia es Cristo: Aquel que
ha celebrado la Eucaristía “ en la última cena, ése mismo es el
que lo sigue haciendo ahora. Nosotros ocupamos el puesto de los
ministros suyos, mas el que santifica y transforma la ofrenda es
Él”.[17] Por lo tanto, “no es una imagen o una figura del
sacrificio, sino un sacrificio verdadero”.[18]
Dios se ha dignado aceptar la inmolación de su Hijo como víctima
por el pecado y la Iglesia ora para que el sacrificio aproveche
para la salvación del mundo. Hay una identidad plena entre
sacrificio y renovación sacramental instituida en la Cena, que
Cristo ha ordenado celebrar en memoria suya, como sacrificio de
alabanza, de acción de gracias, de propiciación y de
expiación.[19] Por lo tanto, a raíz del amor sacrificial del
Señor “la Misa hace presente el sacrificio de la cruz, no se le
añade y no lo multiplica”.[20] Por ello, el acto prioritario es
el sacrificio. Luego viene el convivio en el cual recibimos como
alimento el Cordero inmolado en la Cruz.
El Memorial
del Misterio Pascual
11. Hacer memoria de Cristo significa ciertamente recordar toda
su vida, porque en la Misa se hacen presente, en cierto modo
durante el curso del año, los misterios de la redención; pero
especialmente, según San Pablo, la humillación (cf. Flp
2), el amor supremo que lo ha hecho obediente hasta la cruz.
Cada vez que comemos su cuerpo y bebemos su sangre anunciamos su
muerte, hasta que Él vuelva (cf. 1 Co 11,26), y también
su resurrección (cf. Hch 2,32-36; Rm 10,9; 1 Co
12,3; Flp 2,9-11). De ahí que Él es el Cordero pascual
inmolado (cf. 1 Co 5,7-8), que permanece de pie porque ha
resucitado (cf. Ap 5,6).
La institución de la Eucaristía ha comenzado en la última Cena:
las palabras que allí pronuncia Jesús son la anticipación de su
muerte; pero también ésta restaría vacía, si su amor no fuera
más fuerte que la muerte, para llegar a la resurrección. He aquí
el motivo por el cual la muerte y la resurrección son llamadas
en la tradición cristiana mysterium paschale. Esto
significa que la Eucaristía es mucho más que una simple cena; su
precio ha sido una muerte que ha sido vencida con la
resurrección. Por ello, el costado abierto de Cristo es el lugar
originario del cual nace la Iglesia y provienen los sacramentos
que la edifican, el bautismo y la Eucaristía, don y vínculo de
caridad (Jn 19,34). Así, en la Eucaristía adoramos al que
estuvo muerto y ahora “vive por los siglos de los siglos” (Ap
1,18). El Canon Romano expresa esto inmediatamente después de la
consagración: “Por eso, Señor, nosotros, tus siervos, y todo tu
pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de
Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del
lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos,
te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes
que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de
vida eterna y cáliz de eterna salvación”.
Durante la ‘cena mística”,[21] en la persona de Jesucristo
coexisten como pasado el Antiguo Testamento, como presente el
Nuevo Testamento y como futuro la inmolación inminente.[22] Con
la Eucaristía entramos en otra dimensión temporal no ya sujeta a
nuestras categorías. Entramos en un tiempo en el cual el futuro,
iluminando el pasado, se nos ofrece como estable presente; por
lo tanto, el misterio de Cristo, alfa y omega, se hace
contemporáneo a cada hombre en todo tiempo.[23] El tiempo se ha
abreviado (cf. 1 Co 7,29), esperamos la resurrección de
los muertos y ya vivimos en el cielo: “Este misterio hace que la
tierra se transforme en cielo”.[24]
La
Presencia permanente del Señor
12. En todos los sacramentos Jesucristo actúa a través de signos
sensibles que, sin cambiar la apariencia, asumen una capacidad
de santificar. En la Eucaristía, Él está presente con su cuerpo
y sangre, alma y divinidad, entregando al hombre toda su persona
y su vida. En el Antiguo Testamento Dios, a través de sus
enviados, señalaba su presencia en la nube, en el tabernáculo,
en el templo; con el Nuevo Testamento, en la plenitud de los
tiempos, Él viene a habitar entre los hombres en el Verbo hecho
carne (cf. Jn 1,14), siendo realmente Emanuel (cf. Mt
1,23) habla por medio del Hijo, su heredero (cf. Hb
1,1-2).
San Pablo, para explicar lo que sucede en la comunión
eucarística, afirma: “Mas el que se une al Señor, se hace un
solo espíritu con Él” (1 Co 6,17), en una nueva vida que
proviene del Espíritu Santo. San Agustín ha profundamente
comprendido esto, pero antes que él Ignacio de Antioquía y,
después, muchos monjes, místicos y teólogos. La Divina Liturgia
es esta presencia de Cristo “que reúne (ekklesiázon) a
todas las criaturas”,[25] las convoca en torno al santo altar y
“providencialmente las une a sí mismo y entre ellas”.[26] Dice
San Juan Crisóstomo: “Cuando estás por acercarte a la Santa Misa,
cree que allí está presente el Rey de todos”.[27] Por ello la
adoración es inseparable de la comunión.
¡Grande es el misterio de la presencia real de Jesucristo!.[28]
Ella tiene para el Concilio Vaticano II el mismo sentido de la
definición tridentina: con la transubstanciación el Señor
se hace presente en su cuerpo y sangre.[29] Los padres
orientales hablan de metabolismo[30] del pan y del vino
en cuerpo y sangre. Son dos modos significativos de conjugar
razón y misterio, porqué, como afirmó Pablo VI, el modo de
presencia de Cristo en la Eucaristía “constituye en su genero el
mayor de los milagros”.[31]
Capítulo II
La Eucaristía: un don ofrecido a la Iglesia, para develar
constantemente
Los Padres y Doctores de la Iglesia
13. De la última Cena la Iglesia ha pasado a la Eucaristía,
nombre preferido respecto a los otros: Cena del Señor, Fracción
del pan, Santo Sacrificio y oblación, Asamblea eucarística,
Santa Misa, Cena mística, Santa y Divina Liturgia,[32] para
indicar que ella es sobre todo un dar gracias (del griego
eucharistein). Esto explica el hecho que la Eucaristía
comienza a ser celebrada en la mañana del domingo por los
bautizados, mientras quedan excluidos los catecúmenos y los
penitentes. El esquema de la celebración aparece ya delineado en
el evangelio de San Lucas (cf. 24, 25-31): en Emaús, al
atardecer del día de la Pascua, el Señor resucitado aparece a
sus discípulos, ellos lo escuchan en modo cada vez más profundo,
hasta que Él se deja reconocer en la acción de gracias y en la
fracción del pan. En la Traditio Apostolica la Eucaristía
es revelación del Padre en el misterio de su Hijo que redime al
hombre y, al mismo tiempo, es agradecimiento de la Iglesia por
esta redención salvífica.[33] En este texto, considerado uno de
los más antiguos testimonios después de la edad apostólica, se
cita repetidamente a la Iglesia, para subrayar su nexo
indisoluble con la Eucaristía, y después de la consagración, se
invoca la presencia del Espíritu Santo, para que haga digna a la
Iglesia de cumplir la ofrenda.
San Ignacio de Antioquía se refiere en sus escritos a la
importancia del compromiso a recibir frecuentemente la
Eucaristía para reforzar la concordia en la fe y poder vencer
las divisiones que provoca Satanás. También invita a todos a
vivir la Eucaristía en la unidad, porqué una es la carne y la
sangre del Señor, uno el altar y el obispo; y además exhorta a
reconocer en la Eucaristía la carne de Jesucristo, que ha
sufrido por los pecados y ha resucitado.[34] La Eucaristía es el
alimento espiritual para la vida eterna, el sacrificio universal
anunciado por el profeta Malaquías, fuente de la verdadera
paz.[35] Es célebre la descripción que hace San Justino de la
Eucaristía dominical, día en el que ha tenido lugar la creación
del mundo y la resurrección de Jesucristo.[36] San Ireneo
refiriéndose a la Eucaristía afirma la realidad de la
encarnación, contra el gnosticismo. Además subraya muchas veces
la presencia real de Cristo en el cuerpo y la sangre, así como
la necesidad de nutrirse de ese Él para que nuestro cuerpo
resucite.[37] También Cipriano insiste en la identidad del pan y
del vino con el cuerpo y la sangre de Cristo, y sobre los
efectos de la comunión: la fuerza de los mártires y la unidad de
los cristianos.[38]
14. Con el reconocimiento oficial de la Iglesia, comenzó la
primera reflexión teológica que determinará la futura doctrina
eucarística sobre la presencia de Cristo, sobre el modo en el
cual se realiza y sobre la dimensión sacrificial. Así lo
demuestran las catequesis de los Padres que precedían,
acompañaban y seguían a la iniciación cristiana. San Gregorio de
Nisa, por ejemplo, sostiene que con la comunión se adhiere al
cuerpo de Cristo, mientras que con la fe se adhiere a su
alma[39] y se recibe la inmortalidad. También el obispo San
Cirilo de Jerusalén, aludiendo a San Pedro, recuerda que la
Eucaristía nos hace partícipes de la naturaleza divina.[40] San
Juan Crisóstomo considera la Eucaristía, en el contexto de la
iniciación bautismal, como alimento de la vida recibida y sostén
en la lucha contra Satanás. Particularmente eficaz, en relación
a la tensión escatológica, es esta explicación suya: “Cuando ves
al Señor inmolado y yaciente, al sacerdote que preside el
sacrificio y ora, y a todos bañados en aquella preciosa sangre,
¿piensas que aún estás entre los hombres y sobre la tierra y, en
cambio, no piensas que al punto has emigrado al cielo?
¿Desechando todo pensamiento carnal, no ves, con el alma desnuda
y la mente pura, lo que hay en el cielo?”.[41]
El realismo eucarístico, conjuntamente con la fuerza
santificadora de la pasión y resurrección de Jesucristo, así
como también la epíclesis que lleva a la unidad cuantos hacen la
comunión eucarística, caracterizan la reflexión doctrinal y
ritual de Teodoro de Mopsuestia.[42] También para él la vida
bautismal se nutre de la Eucaristía. Para San Ambrosio la
Eucaristía está entre la economía del Antiguo Testamento y la
escatología;[43] además, las palabras de Jesús pronunciadas por
el sacerdote, a través de las cuales Él ofrece y es ofrecido al
Padre, prueban su presencia real. Varios Padres comienzan a
reflexionar sobre la transformación de la sustancia del pan y
del vino. En San Agustín, a propósito de la Eucaristía,
prevalecen las reflexiones sobre su realismo y sobre sus
símbolos,[44] sobre el nexo con la Iglesia-cuerpo (Christus
Totus)[45] y sobre el valor sacrificial del Sacramento.[46]
15. La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo.
Esto, afirma Santo Tomás de Aquino, lo diferencia de los otros
sacramentos.[47] El término representar, por él
utilizado, indica que la Eucaristía no es un devoto recuerdo,
sino la presencia efectiva y eficaz del Señor muerto y
resucitado, que desea alcanzar a cada hombre.[48] La
significación del Sacramento es triple: “Una, respecto del
pasado, en cuanto es conmemoración de la pasión del Señor, que
fue verdadero sacrificio … y así se llama ‘sacrificio’. La
segunda, respecto al presente, y es la unidad eclesiástica, de
la que por él participan los hombres … La tercera, en relación
con lo futuro, por prefigurar este sacramento la fruición de
Dios, que tendremos en la patria”.[49] En el oficio del
Corpus Domini nos ha dejado la célebre antífona que propone
líricamente ese mismo significado: “O Sacrum Convivium, in
quo Christus sumitur, recolitur memoria passionis eius, mens
impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur”.
También San Buenaventura ha contribuido a la teología de la
Eucaristía, insistiendo sobre el espíritu de piedad necesario
para unirse a Cristo. Él recuerda que en la Eucaristía, además
de las palabras de la última Cena, se realiza la promesa del
Señor: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo” (Mt 28,20).[50] En el Sacramento Él está real y
verdaderamente presente en la Iglesia.
El
sacramento de la unidad y de la santidad de la Iglesia
16. La Eucaristía revela también la naturaleza de la Iglesia
una, santa, católica y apostólica, tanto a nivel local como
universal. La reciente encíclica del Papa Juan Pablo II,
Ecclesia de Eucharistia, constituye un acto de magisterio
iluminador para la comprensión de la relación entre la
Eucaristía y la Iglesia. La grandeza y la belleza de la Iglesia
católica consisten exactamente en el hecho que ella no permanece
inmóvil en una época o en un milenio, sino que crece, madura,
penetra más profundamente en el misterio, lo propone entre las
verdades que deben creerse y en la liturgia que se celebra.
También en esto se observa que en ella continúa a existir la
única Iglesia de Cristo.
San Agustín explicaba la Eucaristía a los neófitos durante la
noche pascual con estas palabras: “Debe quedar claro lo qué
habéis recibido. Escuchad pues, brevemente, lo que dice el
Apóstol o, mejor aún, Cristo por medio del Apóstol, sobre el
sacramento del cuerpo del Señor: ‘Uno sólo es el pan, nosotros
somos un cuerpo sólo aún siendo muchos’. He aquí: esto es todo;
os lo he dicho rápidamente; pero, vosotros no contad las
palabras, pesadlas!”.[51] En esta frase del Apóstol existe,
según el santo obispo de Hipona, la síntesis del misterio que
ellos reciben.
Pero, desde los orígenes de la Iglesia se puede constatar la
resistencia a esta realidad de parte de cuantos preferían más
bien encerrarse en el propio círculo (cf. 1 Co 11,
17-22); sin embargo, la Eucaristía, a causa de su eficacia
unificadora[52] ha siempre conservado el sentido de convocación,
de superación de las barreras, de conducción de los hombres a
una nueva unidad en el Señor. La Eucaristía es el
sacramento con el cual Cristo nos une a sí en un solo cuerpo y
hace santa a la Iglesia.
La
apostolicidad de la Eucaristía
17. El Señor ha dejado los sacramentos a los Apóstoles. Así, la
Iglesia, los ha recibido y desde hace dos mil años los transmite
con la misma fe apostólica. Desde el día de la ascensión, la
Iglesia mantiene la mirada fija en el Señor, que ha dicho “Nadie
ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del
hombre” (Jn 3,13). Cristo resucitado ha subido al cielo
con su cuerpo de carne y glorioso, pero se ha quedado en la
tierra en su cuerpo místico que es la Iglesia, en sus miembros
(cf. 1 Co 12,5) y en los sacramentos, especialmente en la
Eucaristía. Él había preanunciado: “si no me voy, no vendrá a
vosotros el Paráclito” (Jn 16,7), que había hecho posible
el Corpus Verum en la encarnación y que habría dado vida
al Corpus Mysticum de la Iglesia.
La apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia no constituye
una noticia meramente histórica, sino la manifestación
permanente que Cristo es contemporáneo a cada hombre y en todo
tiempo,[53] y se refiere a nuestro misterio de comunión. La
encíclica Ecclesia de Eucharistia cita la incisiva
afirmación de Agustín: “(vosotros) recibís el misterio que sois
vosotros”.[54] Esta presencia, consecuencia de la Encarnación,
es, por eso mismo, el misterio de la fe. En esto se revela
también el misterio de la Iglesia, que en la celebración
eucarística, llena de asombro,[55] es llevada a contemplar:
Ave verum Corpus, natum da Maria Vergine.
18. El Concilio Vaticano II ha afirmado que, a través de la obra
de la redención presente en el Sacramento del altar, crece la
Iglesia.[56] Pablo VI recuerda que en el Misal Romano está la
prueba de la tradición ininterrumpida de la Iglesia romana y “la
teología del misterio eucarístico”.[57] El Papa Juan Pablo II,
después de haber insistido en el vínculo inseparable entre
Eucaristía e Iglesia con el conocido aforismo ‘la Eucaristía
edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía’, afirma que
cuanto se profesa de la Iglesia una, santa, católica y
apostólica en el Símbolo niceno-constantinopolitano se debe
aplicar a la Eucaristía y sobre todo a la apostolicidad[58] “no
porque el Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino
porque….la Iglesia celebra la Eucaristía …. en continuidad con
la acción de los Apóstoles”.[59] Además, “la sucesión de los
Apóstoles en la misión pastoral conlleva necesariamente el
sacramento del Orden”.[60] Así vivida, la nota apostólica de la
Iglesia es intrínseca a la comunión profunda del cuerpo místico
y causa de transformación interior. Esto ayuda a comprender
mejor aún el hecho que la Eucaristía es ‘don y misterio’, “que
supera radicalmente la potestad de la asamblea”;[61] no es la
comunidad a dárselo desde su interior, sino que viene a la
comunidad desde lo alto. Ello es subrayado con fuerza por el
hecho de la ordenación del ministro, que la Iglesia da a una
comunidad local, para que él pueda celebrar.
Por lo tanto, “es necesario no olvidar que, si la Iglesia hace
la Eucaristía, la Eucaristía hace a la Iglesia, a tal punto, que
se transforma en criterio para confirmar la recta
doctrina.”.[62] También por este motivo la Eucaristía es un don
para descubrir personalmente, como comunión con Cristo,
profundidad del misterio y verdad existencial.
La
catolicidad de la Eucaristía
19. No menos importante es la catolicidad de la
Eucaristía, es decir su relación con la Iglesia universal y
local. La comunión, palabra que “no es casualidad …. se haya
convertido en uno de los nombres específicos de este sublime
Sacramento”,[63] indica también la naturaleza de la Iglesia. Si
es verdad que la Iglesia “vive y crece continuamente”[64] con la
Eucaristía y en ella se expresa, también es cierto que su
celebración “no puede ser el punto de partida de la comunión,
que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a
perfección”.[65] El Concilio Vaticano II recuerda que la
comunión católica se expresa en los ‘vínculos’ de la profesión
de fe, de la doctrina de los Apóstoles, de los sacramentos y del
orden jerárquico.[66] Ella exige, por lo tanto, “un contexto de
integridad de los vínculos, incluso externos, de comunión”,[67]
especialmente el bautismo y el orden sagrado. La Eucaristía como
sacramento se encuentra entre estos vínculos necesarios, mas
para que sea visiblemente católica debe ser celebrada una cum
Papa et Episcopo, principios de unidad visible universal y
particular. Es una “exigencia intrínseca de la celebración del
Sacrificio eucarístico”, que “por el carácter mismo de la
comunión eclesial, …. aún celebrándose siempre en una comunidad
particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad,” sino
“imagen y verdadera presencia de la Iglesia una, santa, católica
y apostólica”.[68]
20. En los primeros siglos de difusión del cristianismo se daba
la máxima importancia al hecho que en cada ciudad existiera un
solo obispo y un solo altar, como expresión de la unidad del
único Señor. Él se da en la Eucaristía todo entero en cada lugar
y, por ello, allí donde es celebrada, la Eucaristía hace
plenamente presente el misterio de Cristo y de la Iglesia. En
efecto, Cristo, que es en cada lugar un único cuerpo con la
Iglesia, no puede ser recibido en la discordia. Precisamente
porque el Cristo es indivisible e inseparable de sus miembros,
la Eucaristía tiene sentido sólo si es celebrada con toda la
Iglesia.
Pablo VI, en la Constitución apostólica Missale Romanum
del 1969, manifestaba el deseo que el misal, renovado según las
normas del Concilio Vaticano II, fuera acogido como medio para
testimoniar y afirmar la unidad de todos y expresar, en la
variedad de los idiomas, ‘una sola e idéntica oración’. Aquí se
encuentra el sentido de la observancia de las normas litúrgicas
y canónicas relativas a la Eucaristía. La Iglesia, cuando dicta
las normas sobre la Eucaristía, considera la orden de Jesús a
los Apóstoles de preparar la Pascua (cf. Lc 22,12) como
un mandato dirigido a ella misma.
En consecuencia: “La íntima relación entre los elementos
invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva
de la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este
contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y
la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una
exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la
comunión y concretamente, en la integridad de todos los vínculos”.[69]
Capítulo III
La Eucaristía: Misterio de Fe proclamado
El Magisterio de la Iglesia católica
21. La tradición apostólica y patrística de oriente y de
occidente es la fuente primaria, de la cual se nutre el
magisterio conciliar y pontificio de la Iglesia católica, para
definir la fe en la Eucaristía y para responder a las
desviaciones doctrinales y pastorales que una y otra vez se han
presentado.
El Concilio de Trento, especialmente en tres decretos, ha
definido la doctrina eucarística después de la Reforma
protestante, preocupándose particularmente por la presencia
verdadera, real y substancial del Señor Jesús, verdadero Dios y
verdadero hombre, bajo las especies del pan y del vino. También
ha afirmado que el cuerpo del Señor está presente no sólo
en el pan sino también en el vino y que su sangre está
presente no sólo en el vino sino también en el pan. Además, en
ambas especies el Señor Jesucristo está presente también con su
alma y con su divinidad. Por lo tanto, Cristo,
Verbo del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre, está
presente todo entero bajo las dos especies y en cada parte de
ellas.[70] El mismo concilio define también la
transubstanciación,[71] el modo de recibir la comunión[72] y
la relación entre el sacrificio incruento de la Misa y el
sacrificio cruento de la cruz.[73] Igualmente ha afirmado que
sería delictuoso e indigno entender en modo figurado,
tipológico y metafórico, las palabras de la institución y el
mandato de hacer memoria de ellas.[74] Por otra parte, la
institución del sacrificio eucarístico hace presente el
sacerdocio de Cristo, mientras la fuerza redentora de la cruz
concede a los hombres el perdón de los pecados, para los vivos y
para los difuntos.[75]
La naturaleza sacrificial de la Misa, profundizada por la
Mediator Dei de Pío XII,[76] es confirmada por el Concilio
Vaticano II: Cristo es el único sacerdote; los ministros obran
en su nombre, hacen presente el único sacrificio del
Nuevo Testamento que regenera continuamente la Iglesia en la
espera de su venida;[77] ellos, válidamente ordenados,[78] obran
in persona Christi.[79]
La
naturaleza de la Eucaristía
22. El Concilio Vaticano II, partiendo de la doctrina tridentina
sobre la Eucaristía, explica los diversos modos de la presencia
de Cristo, mientras ilustra específicamente las diversas
características de la presencia eucarística.[80] Así, la obra de
la redención, cumplida de una vez para siempre por Jesucristo,
continúa a extender sus efectos cada vez que sobre el altar se
hace memoria del sacrificio de la cruz, en el cual Cristo,
nuestra Pascua, ha sido inmolado.[81] En cuanto a los efectos
sacramentales, la Eucaristía completa la edificación de
la Iglesia, cuerpo de Cristo, y la hace crecer;[82] por
lo tanto, tiene efectos salvíficos sobre los miembros de la
Iglesia, confiriendo a ellos la gracia de la unidad y de la
caridad, puesto que la Eucaristía es alimento espiritual del
alma, antídoto contra el pecado, inicio de la gloria futura y
fuente de santidad.
Pablo VI ha confirmado en la encíclica Mysterium fidei
que la Misa es siempre una acción de Cristo y de la Iglesia, aún
cuando sea celebrada excepcionalmente en privado, es decir, sólo
por el sacerdote. Cristo no está presente en modo espiritual o
simbólico, sino realmente, en la Eucaristía, que es fuente de
unidad de la Iglesia, su cuerpo.[83] Según la fe que la Iglesia
ha profesado desde el principio, la Eucaristía, diversamente de
los otros sacramentos, es “la carne de nuestro Salvador
Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma
que, por su bondad, fue resucitada por el Padre”.[84] En lo que
se refiere a la transubstanciación de las especies, además de la
encíclica, la Profesión de fe de Pablo VI confirma el
vínculo causal con la presencia: Cristo se hace presente en la
Eucaristía por una conversión de toda la substancia de las dos
especies.[85]
La enseñanza de Pablo VI profundiza el argumento de la
transubstanciación declarando que después de esta mutación
substancial, las dos especies “adquieren un nuevo significado y
un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que
con razón denominamos ontológica”.[86]
La
Eucaristía y la encarnación del Verbo
23. Jesús es el Hijo de Dios corporalmente presente en medio de
los hombres. Esto no sólo ha sido afirmado por Él, sino también
ha sido atestiguado concordemente por el Espíritu Santo y por el
Padre, especialmente en el bautismo y en la transfiguración. El
Señor está presente cotidianamente, “todos los días hasta el fin
del mundo” (Mt 28,20), a través de las épocas históricas.
Esta presencia, que tiene su origen en el Padre y que es
continuamente referida a Él, se hace contemporánea para cada
hombre en todos los tiempos, gracias al Espíritu. La plenitud
divina del Verbo de la vida estaba en la humanidad de Jesús de
Nazaret. Después de su ascensión (cf. Mc 16,19-20; Lc
24,50-53; Hch 1,9-14) permanece en el misterio de la
Eucaristía, sacramento máximo de la Presencia de Dios ante el
hombre. La ascensión, en efecto, no significa la desaparición de
Cristo en un cielo cerrado; la apertura del cielo alude a un
modo de retorno: “Por eso, … el hijo del hombre se mostró Hijo
de Dios de una manera más excelente y misteriosa cuando fue
recibido en la gloria de la majestad paterna, y comenzó, de un
modo más inefable, a ser más presente por su divinidad al
alejarse más su humanidad … Cuando subiré al Padre, entonces me
tocaréis más perfecta y verdaderamente”.[87] Por lo tanto,
a partir de la ascensión, Jesucristo no está ausente en el mundo,
sino presente en un modo nuevo.
Cristo había dicho: “no me volveréis a ver hasta que digáis:
Bendito el que viene en nombre del Señor” (Mt 23,39). El
cáliz de la bendición fue tomado nuevamente en las manos de los
apóstoles, después que Él retornó resucitado en medio a ellos;
desde aquel momento la Iglesia, cuando se reúne, siempre lo
aclama como ‘bendito’ y en la liturgia, después del triple
Santo, agrega: Bendito el que viene en nombre del Señor.
24. En consecuencia, la fe cristiana no consiste en creer en la
existencia de Dios o de la persona histórica de Jesús, sino en
el hecho que, en Él el Verbo de Dios se ha hecho carne y
continúa a habitar entre nosotros. Al comienzo de su vida
terrena, con un cuerpo mortal de propiedades vinculadas al
espacio y al tiempo, después, con un cuerpo resucitado no ya
vinculado a ellas. Por este motivo, el Resucitado entra mientras
las puertas están cerradas, supera en un instante distancias
considerables, para hacerse conocer, oír, ver y tocar por los
suyos. A partir del momento de la resurrección y de la ascensión
su presencia es una realidad nueva.
Esta metodología de Dios, que atraviesa la historia llegando a
cada hombre, es presentada en la primera carta de San Juan: “Lo
que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras
manos acerca de la Palabra de vida, … os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn
1,1-3). Y San Ambrosio comenta: “… probamos la verdad del
misterio con el mismo misterio de la encarnación. ¿Acaso fue
seguido el curso ordinario de la naturaleza cuando el Señor
Jesús nació de María?… Entonces, aquello que nosotros
presentamos es el cuerpo nacido de la Virgen … Es la verdadera
carne de Cristo que fue crucificada y sepultada. Es, por lo
tanto, verdaderamente el sacramento de su carne”.[88]
Por esta razón, la verdad y la realidad de la encarnación del
Verbo es el fundamento del Cuerpo eucarístico y del Cuerpo
eclesial,[89] de la doctrina eucarística y de la teología
sacramental. San Hilario afirmaba que “verdaderamente la Palabra
se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14) y nosotros recibimos
verdaderamente la Palabra hecha carne como alimento del Señor”.[90]
De ahí que el Papa Juan Pablo II recuerda: “La Eucaristía,
mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo
tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la
anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su
cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se
realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las
especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.”[91]
Luces y
sombras en la comprensión del Don
25. El magisterio del Papa y de los obispos, después del
Concilio Vaticano II, ha intervenido en diversas ocasiones para
alentar la aplicación de la reforma litúrgica y para evaluar sus
resultados. En la encíclica Ecclesia de Eucharistia, el
Papa Juan Pablo II, después de haber señalado entre las luces,
principalmente la participación de los fieles en la liturgia,
“con profundo dolor” indica también las sombras: en algunos
lugares el descrédito del culto de adoración eucarística y los
abusos “que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina
católica sobre este admirable Sacramento”.[92] Es necesario
distinguir la luz de la Eucaristía como sacramento, de las
sombras que son obra de los hombres. Por ejemplo, en la
catequesis y en la praxis eucarística se notan insistencias
unilaterales sobre el carácter convival de la Eucaristía, sobre
el sacerdocio común, sobre el anuncio retenido eficaz sólo por
sí mismo, sobre los ritos eucarísticos ecuménicos contrarios a
la fe y a la disciplina de la Iglesia.
En el respeto de las tradiciones rituales, es necesario
recuperar la unidad integral del misterio eucarístico, que
comprende: la palabra de Dios proclamada, la comunidad reunida
con el sacerdote celebrante in persona Christi, la acción
de gracias a Dios Padre por sus dones, la transubstanciación del
pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor, su presencia
sacramental causada por la palabra de Jesús que consagra, el
ofrecimiento al Padre del sacrificio de la cruz, la comunión con
el cuerpo y la sangre del Señor resucitado. Dice el Papa: “El
Misterio eucarístico - sacrificio, presencia, banquete - no
consiente reducciones ni instrumentalizaciones, debe ser
vivido en su integridad… Entonces es cuando se construye
firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es”.[93]
26. La encíclica aclara todavía: “La Iglesia vive continuamente
del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de
un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual,
puesto que este sacrificio se hace presente,
perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece
por manos del ministro consagrado”.[94] La Eucaristía contiene
la energía del Espíritu que se trasmite al hombre en la comunión
y en la adoración del Señor realmente presente.
La vida de la gracia se transmite a través de los signos
sensibles en cada sacramento, pero con más evidencia en la
Eucaristía. La Iglesia no se da la vida ni se edifica a sí misma;
ella vive de una realidad que la precede, es decir, que “la
acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que
está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su
permanencia, continúa en la Eucaristía”.[95] Por lo tanto, la
Iglesia no nace desde abajo, porque la communio es gracia,
don que viene desde lo alto.
“La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no
sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso,
sino como el don por excelencia, porque es don de sí
mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra
de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues ‘todo lo
que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres
participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos’…”.[96]
La Eucaristía,
signum unitatis
27. “Os congregáis … en unánime fe y en Jesucristo - dice San
Ignacio de Antioquía - … rompiendo un solo pan, que es medicina
de inmortalidad”.[97] Para San Juan Crisóstomo “es ésta la
unidad de la fe: cuando todos somos una cosa sola, cuando todos
juntos reconocemos lo que nos une”.[98] La unidad de la fe
recibida en el bautismo es el presupuesto para ser admitidos en
la unidad de la divina Eucaristía, porque con ella entramos en
comunión con Aquel que creemos consubstancial al Padre, según la
fe que profesamos en Él. ¿Cómo sería entonces posible comulgar
con Cristo junto con personas que, en relación a Él, tienen un
credo diverso? Seríamos reos del cuerpo y sangre del Señor (cf.
1 Co 11,27). La Iglesia, que es madre, advierte el dolor
y el amor por cada hombre, no creyente, catecúmeno, lejano de la
fe, pero no tiene el poder de dar la comunión a los no
bautizados, ni a los heterodoxos, ni a los inmorales”.[99]
Recibiendo el único Pan, entramos en esta única vida y
nos transformamos así en un único Cuerpo del Señor. Fruto
de la Eucaristía es la unión de los cristianos, antes dispersos,
en la unidad del único pan y del único cuerpo. Y por esta misma
razón la Eucaristía puede ser recibida sólo en unidad con toda
la Iglesia, superando toda separación religiosa o moral.[100]
28. En esta perspectiva deberíamos tratar acerca de la llamada
intercomunión con la debida humildad y paciencia. En vez
de ciertos experimentos que quitan al misterio su grandeza,
reduciendo la Eucaristía a un instrumento en nuestras manos, es
preferible disponerse, en la oración común y en la esperanza, a
“respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de
comunión en la fe y en la sucesión apostólica”.[101]
Con las Iglesias ortodoxas compartimos la misma fe eucarística,
porque ellas tienen verdaderos sacramentos.[102] Por ello, en
ciertos casos la comunión eucarística es posible.[103] Sin
embargo, debe prestarse especial atención a la relación entre
hospitalidad eucarística y proselitismo. También algunas
comunidades eclesiales de la Reforma, sobre todo luteranas,
creen en la presencia de Cristo durante la celebración, pero a
raíz de la falta del sacramento del orden, no han conservado la
genuina e integra substancia del misterio eucarístico.[104] Hay
acercamientos, pero no existe todavía un pleno consenso. En
consecuencia, sólo en casos de necesidad espiritual un miembro
no católico bien preparado, es decir que profese la misma fe en
la Eucaristía, puede acercarse a ella; mientras un católico
puede hacerlo sólo si el ministro está validamente ordenado.[105]
Capítulo IV
La Liturgia de la Eucaristía
El centro de la liturgia cósmica
29. La encarnación del Señor y su ascensión han hecho posible la
comunicación entre el cielo y la tierra, prefigurada en la
visión de la escalera de Jacob (cf. Gn 28,12) e
preanunciada por el mismo Cristo (cf. Jn 1,51). El
Apocalipsis, con el altar del Cordero en el centro de la
Jerusalén que desciende desde el cielo sobre la tierra, es el
arquetipo del culto cristiano: adoración a Dios de parte del
hombre y comunión del hombre con Dios.[106] El Canon Romano en
la invocación Supplices te rogamus menciona “el altar del
cielo”, porque desde allí desciende la gracia de Aquel que es el
Resucitado y el Viviente, cumpliéndose así el maravilloso
intercambio que salva al hombre.
Cristo es el catholicus Patris sacerdos,[107] a través de
cuya humanidad el Espíritu Santo transmite la vida divina al
creado y al hombre, llevándola a la perfección. La naturaleza
humana de Cristo es fuente de salvación, Él es el supremo
liturgo y sacerdote. Según los orientales, la presencia de la
Trinidad confiere a la sináxis eucarística la característica de
una alianza entre la tierra y el cielo: “la morada de Dios con
los hombres” (Ap 21,3). Dice San Dionisio el Areopagita
que Dios “es llamado belleza … porque llama (kaleí)
a sí todas las cosas … y todas las recoge (synagheí)
uniéndolas”.[108] Los términos griegos son sinónimos de la
convocación eclesial. La presencia de Cristo, allí donde se
reúnen los fieles para la Eucaristía, hace de la tierra un
cielo: “Este misterio transforma para ti la tierra en cielo … Te
mostraré en efecto, sobre la tierra lo que en el cielo existe de
más venerable …No te muestro a los angeles ni a los arcángeles,
sino al mismo Señor de ellos …”.[109]
Por lo tanto, en la celebración de la Eucaristía se puede
“experimentar intensamente su carácter universal y, por así
decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra
sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía
se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo.
Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la
creación”.[110]
Cuando la
Eucaristía es válidamente celebrada
30. El sacramento es “un signo sensible de la realidad sagrada y
una forma visible de la gracia invisible”.[111] No debe parecer
obsoleta esta definición del concilio de Trento, porque sirve
todavía para recordar los elementos que forman necesariamente
parte también del sacramento eucarístico: el ministro, los que
lo reciben y el gesto sensible.
En cuanto a los elementos, el gesto de la Eucaristía es posible
sólo con el pan, con el vino y algunas gotas de agua, que
expresan la unión del pueblo santo con el sacrificio de
Cristo,[112] aún cuando, para la validez del gesto, el agua no
es necesaria.[113] En cuanto a la fórmula, para la fe católica,
son esenciales y necesarias sólo las palabras de la
consagración.[114] El ministro es el sacerdote válidamente
ordenado.[115] En modo válido pueden recibir la Eucaristía sólo
los bautizados, a los cuales, según la tradición latina, se pide
el uso de la razón, con la finalidad de conocer, en la medida en
que sea posible, los misterios de la fe y acercarse a ellos con
recta intención y devoción. Se pide también el estado de gracia,
que después del pecado mortal, se obtiene con la confesión
sacramental.[116]
De todo esto se comprende que la liturgia no es una propiedad
privada que puede ser subordinada a la propia creatividad, ya
sea en las celebraciones comunitarias como también en aquellas
con pocos fieles o simplemente sin ellos.[117] La forma de la
Misa concelebrada por varios ministros, en la cual se
manifiesta elocuentemente la unidad del sacerdocio, del
sacrificio y del pueblo de Dios, está reglamentada en el rito
romano por normas precisas.[118] En los ritos orientales, como
alta expresión de unidad, la concelebración es desaconsejada “en
particular cuando el número de los concelebrantes es
desproporcionado con respecto al de los fieles laicos presentes”.[119]
31. El capítulo I de la Instructio Generalis Missalis Romani,
refiriéndose a la “importancia y dignidad” de la celebración
eucarística, declara que ella, en cuanto acción de Cristo y del
pueblo de Dios jerárquicamente ordenado, es el centro de toda la
vida cristiana para la Iglesia universal, para la iglesia local
y individualmente para los fieles. Los principales “elementos y
partes de la Misa”,[120] en gran parte comunes a todos los ritos
de oriente y de occidente, muestran el profundo simbolismo y la
dimensión pastoral de la Eucaristía, que no permiten ni las
interpretaciones parciales o erradas de la llamada creatividad
litúrgica, ni la crítica de lo que es legítimo.
El acto
penitencial
32. Propio del rito romano, el acto penitencial tiene como
objetivo predisponer a escuchar la Palabra de Dios y a
celebrar dignamente la Eucaristía. En los ritos bizantino,
armenio y sirio-antioqueno existen oraciones preparatorias del
sacerdote, junto a gestos de purificación (lavatorio, incienso),
que son propios también de los ritos maronitas, caldeo y copto.
Las fórmulas propuestas por el Misal Romano favorecen el
reconocimiento de nuestro estado de pecadores, el discernimiento
para la contrición del corazón y hacen sentir más
evidentemente el deseo del perdón de Dios y de los
hermanos. No se puede hablar de un examen de consciencia, que
requiere tiempo y profunda reflexión personal y es una condición
de la confesión sacramental. El acto penitencial se concluye con
la invocación de la misericordia de Dios.[121]
La Palabra
de Dios y el Símbolo de la fe
33. En la primera parte de la Misa, según los ritos orientales,
se vive el misterio de la encarnación del Verbo, que entra en el
mundo, para hacerse escuchar y para alimentar al hombre. Con el
alimento y la bebida eucarísticos, como dice la Didaché,
se nos ofrece y recibimos el conocimiento de Dios.[122]
El Evangelio tiene por objeto la Palabra, el Verbo, el anuncio
gozoso (euangélion): Dios ha descendido a la tierra para
darnos el alimento que no perece. La Eucaristía nos hace amigos
de Cristo, que es la Sabiduría de Dios. ¡Es el ‘Evangelio de la
esperanza’![123]
Como respuesta a este anuncio, después de la homilía, para los
latinos y los armenios, o después del traslado de los Dones para
los bizantinos y los otros orientales, se proclama el ‘símbolo
de la fe’.[124] Éste no puede ser interpolado ni cambiado: es
una de las condiciones necesarias para acercarse a la
Eucaristía, porque la mesa de la Palabra y la de la
Eucaristía[125] son una única mesa del único Señor, y exigen “un
solo acto de culto”.[126]
La
presentación de los Dones
34. En el rito romano la liturgia eucarística comienza con la
preparación de los dones. En este momento desempeñan una parte
importante los fieles laicos, que llevan el pan y el vino hasta
el presbiterio, donde el sacerdote los recibe para ofrecerlos a
Dios Padre. Se admite también la posibilidad de ofrecer otros
dones, cuya finalidad es ayudar a los pobres o a otras iglesias.
La presentación del pan y del vino, junto con los dones
destinados a la caridad, subraya el fuerte vínculo que existe
entre la Eucaristía y el precepto del amor. Sin embargo, la
liturgia dispone que el pan y el vino sean colocados
directamente sobre el altar, mientras los otros dones no deben
ser apoyados sobre la mesa eucarística, sino fuera de ella y en
un lugar adecuado; tal disposición pretende expresar la debida
veneración hacia los elementos que luego se convertirán en el
cuerpo y sangre del Señor.[127]
En la liturgia bizantina se pone sobre el altar, además del
mantel, un lino sacro, en el cual está representado el
descendimiento de Cristo de la cruz; allí se colocan los dones,
que se transformarán en el cuerpo y la sangre del Señor, con un
gesto que simboliza la pasión inmaculada del Señor y su
sepultura.[128] El sacerdote, para ser digno de ofrecerlos por
sí mismo y por los pecados del pueblo, después del “Gran
Ingreso” dirige al Padre una súplica. Él debe ser ajeno al
pecado (amartía); “no por naturaleza, sino … por la
dignidad del sacerdote”.[129] Después tiene lugar la incensación
de los santos Dones, prefiguración de descendimiento del
Espíritu Santo sobre ellos[130] y de la oración de adoración
que, en Cristo, asciende al Padre. La preparación y presentación
de los dones no es simplemente un momento funcional, sino una
parte integrante y altamente simbólica del Sacrificio.
La Plegaria
eucarística
35. El sacerdote, o el diácono en los ritos orientales,
introduce la plegaria eucarística con la invitación: “levantemos
el corazón”. En las Constituciones Apostólicas se dice:
“Dirigiéndose al Señor, con temor y temblor permanecemos de pie
para ofrecer la oblación”.[131] El diálogo sirve, dice San Juan
Crisóstomo, “para que podamos presentar erguida - de pie -
nuestra alma delante de Dios, eliminando la postración provocada
por los quehaceres de la vida cotidiana …. Piensa junto a quién
estás, en compañía de quién te preparas a invocar a Dios: en
compañía de los Querubines… Ninguno participe pues en el canto
de esos himnos sacros y místicos con un fervor relajado… Mas
cada uno, extirpando del propio espíritu todo lo que pertenece a
la tierra y transfiriéndose enteramente al cielo, como si se
encontrara junto al mismo trono de la gloria y volara junto a
los Serafines, ofrezca de este modo el himno santísimo al Dios
de la gloria y de la magnificencia. He aquí porqué se nos
exhorta a estar bien dispuestos en ese momento…, es decir, a
estar con ‘temor y temblor’ (Flp 2,12), con un alma
despierta y vigilante”.[132]
Esta misma elevación es significada por la palabra anáfora:
la acción de los creyentes de levantar en alto los
corazones.[133] Los Dones no son llevados sólo al altar terreno,
sino levantados hasta el altar del cielo y esto debe realizarse
en paz, en el espacio de la imperturbable paz del cielo.[134]
Además, el sacrificio se ofrece con una única finalidad: el amor
y la misericordia. Esto lo hace agradable al Señor. Es
sacrificio de alabanza porque exalta el amor del Señor.[135]
36. Los fieles se unen respondiendo: “Es justo y necesario”.
Observa San Juan Crisóstomo: “La acción de gracias, la
Eucaristía, es un acto común: no agradece, en efecto, sólo el
sacerdote, sino todo el pueblo. Toma primero la palabra el
sacerdote; los fieles expresan, inmediatamente después, el
propio consenso: Es cosa digna y justa. Sólo entonces el
sacerdote comienza la acción de gracias, la Eucaristía”.[136]
Así se expresa la participación del pueblo de Dios, su
peregrinar hacia la Iglesia celestial, que culmina en el
Sanctus, el himno de la victoria (epiníkio), fusión
del himno angélico en la visión de Isaías y de la aclamación del
pueblo de Jerusalén al Señor que entraba en la Ciudad Santa para
cumplir voluntariamente su pasión.
Al final de la anáfora los fieles responden con el Amen a
la doxología trinitaria y “con esta aclamación se apropian de
todas las expresiones del sacerdote”.[137]
La
institución de la Eucaristía
37. El Señor en la vigilia de su pasión tomó el pan, dio
gracias, lo partió ….. y dijo. El mandato “Haced esto en
conmemoración mía”, dirigido a los Apóstoles, que en la Cena
mística representan a toda la Iglesia, comenzando por sus
sucesores, se refiere a todo el acto eucarístico. Su punto
culminante está en la conversión del pan y del vino en el cuerpo
y la sangre del Señor, y en la fe en sus palabras.
Desde sus orígenes la Iglesia cumple solemnemente los gestos del
Señor, considerándolos individualmente para meditarlos uno por
uno, como para aprender siempre de nuevo el significado de
ellos: la presentación de los Dones, la consagración, la
fracción y distribución de la Comunión.[138] Por ello, las
palabras “Tomad y comed” no incluyen simultáneamente el gesto de
la fracción de la hostia; en tal caso debería tener lugar
enseguida la comunión. Por el contrario, en este momento
altamente místico, la liturgia indica que el celebrante debe
inclinarse y proferir las palabras con voz clara, no alta, para
que sea favorecida la contemplación, como hace el Obispo en el
Jueves Santo cuando exhala sobre el crisma. El celebrante “en su
actitud y en su modo de pronunciar las palabras divinas debe
insinuar a los fieles la presencia viva de Cristo”.[139] En este
momento, en efecto, se cumple el Sacrificio sacramental.[140]
La
epíclesis sobre los Dones consagrados
38. En los primeros siglos, una invocación acompañada por el
gesto de las manos extendidas (epíclesi), para la
santificación y la transformación del pan y del vino en el
cuerpo y la sangre del Señor, era dirigida al Padre antes de la
consagración, para que enviara el Espíritu Santo. El fundamento
de esta oración se encuentra en las palabras pronunciadas por el
Señor después de haber instituido el misterio: “Cuando venga el
Paráclito,…Él dará testimonio de mi…y os recordará todo lo que
yo os he dicho…Él me dará gloria” (Jn 15,26; 14,26;
16,14). A causa de las controversias sobre la divinidad del
Espíritu Santo, entre los siglos IV y V, fue propuesta la
epíclesis, como lo atestiguan algunas tradiciones litúrgicas. La
mayor parte de las anáforas la conserva en su puesto original,
como el Canon Romano, que pide al Padre que envíe el Espíritu,
“el poder de su bendición”.[141]
Los Padres, que han sostenido la importancia de la epíclesi
al Espíritu, consideraban que ésta debía estar unida a las
palabras de la institución para que el signo sacramental se
cumpliera. En efecto, las palabras del Señor son espíritu y vida
(cf. Jn 6,63). Él obra conjuntamente con el Espíritu
Santo y es el único que consagra la Eucaristía y que dispensa el
Espíritu. De todos modos, el Concilio de Trento ha establecido
que la epíclesis no es indispensable para la validez de la
Eucaristía.[142]
Como indica San Ambrosio: “… ¿qué decir de la bendición de Dios,
en la cual actúan las mismas palabras del Señor y Salvador?
Puesto que este sacramento que tu recibes se cumple con la
palabra de Cristo … La palabra de Cristo, por lo tanto, que ha
podido crear desde la nada aquello que no existía, ¿no puede
cambiar las cosas que son en lo que no eran? En efecto, no es
menos difícil dar a las cosas una existencia que cambiarlas en
otras … El mismo Señor Jesús proclama: ‘Esto es mi cuerpo’.
Antes de la bendición de las palabras celestiales la palabra
indica un particular elemento. Después, de la consagración ya
designa el cuerpo y la sangre de Cristo. Él mismo la llama su
sangre. Antes de la consagración se llamaba con otro nombre.
Después de la consagración es llamada sangre. Y tu dices: ‘Amén’,
es decir, ‘así es’”.[143]
La Iglesia
de los santos en la Eucaristía
39. En la Divina Liturgia se hace memoria de aquellos en quienes
Cristo vive. San Dionisio el Areopagita dice: “Está presente,
inseparablemente, la multitud de los santos, que demuestra cómo
ellos están indivisiblemente unidos a Él con una unión
sobrehumana y sagrada”.[144] No puede existir, por lo tanto,
contraposición entre el culto al Señor y el culto a los santos.
Cuando ellos tenían vida trataban de hacer todo para la gloria
de Dios, ahora se alegran por el hecho de que por causa de ellos
Dios es glorificado.[145] Las Intercesiones expresan la
ofrenda de la Eucaristía en comunión con toda la Iglesia,
celeste y terrena, por todos sus miembros vivos y difuntos.[146]
En primer lugar es invocada la Madre de Dios y siempre Virgen
María, porque la consagración que ella hizo de sí al Señor, es
análoga a la entrega de nuestra vida que se renueva siempre en
el sacrificio eucarístico. Ofrecemos la Eucaristía en memoria de
los santos para honrarlos y para agradecer a Dios, que nos los
ha dado como intercesores en nuestro favor. Ellos mismos, que
representan una acción de gracias de parte de los hombres por
los beneficios divinos, interceden e intervienen en
nuestras eucaristías.
Cristo se entrega a sí mismo también a los difuntos “según una
modalidad - dice Cabasilas - que solo Él conoce”;[147] si se
encuentran en estado de purificación, reciben una gracia no
menor a aquella de los vivos, observa San Juan Crisóstomo, que
obtiene para ellos la remisión de los pecados.[148]
La
preparación a la comunión
40. La Eucaristía es la presencia viviente de Cristo en la
Iglesia. La humillación del Señor, lo ha llevado a transformarse
en alimento para el hombre (cf. 1 Co 10,16; 11,23 s). Uno
de los símbolos tradicionales de este misterio es el pez: “… me
preparó como alimento el pez de la fuente … incontaminado, que
la virgen pura toma y cada día ofrece a los amigos para que
coman, con vino excelente, que ofrece mezclado con el pan”, como
indica el célebre epígrafe de San Abercio, obispo del II siglo,
el más antiguo de contenido eucarístico. Otro símbolo de la
donación de sí mismo es el pelicano: “Pie pellicane Jesu
Domine….” exclama Santo Tomás de Aquino en el himno Adoro
te devote. El misterio de la encarnación del Verbo continúa
en el Cuerpo eucarístico, pan del hombre. Jesús lo ha
preanunciado en el discurso de Cafarnaúm: “Yo soy el pan que ha
bajado del cielo” (Jn 6,41). Su carne es verdadero
alimento, su sangre es verdadera bebida (cf. Jn 6,55). En
la comunión eucarística se alimenta la comunión eclesial, la
comunión con los santos; en efecto: “Porque aún siendo muchos,
un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de
un solo pan” (1 Co 10,17).
41. La Eucaristía es el convivio pascual del Cordero inmolado,
Cristo el Señor. La plena participación de los fieles en la Misa
se cumple en la santa comunión, recibida con las debidas
disposiciones externas e internas.[149] Por lo tanto, así como
no es aceptable la abstención prolongada por exceso de escrúpulo,
así tampoco debe alentarse la frecuencia indiscriminada.
La exclusión de la comunión a causa de pecados graves es
atestiguada por las mismas palabras de la institución: “sangre
de la Alianza, que es derramada ….. para perdón de los pecados”
(Mt 26,28) y también por las antiguas anáforas.[150]
Desde los orígenes la Iglesia ha exigido un itinerario para los
catecúmenos y para los penitentes; estos últimos podían
participar en la Mesa como akoinônetôi (privados de la
comunión); para los pecados graves era necesario recurrir a la
penitencia canónica. El hecho de que muchos Padres insistan en
la necesidad de ser dignos, demuestra que el pedido de la
remisión de los pecados, también en la epíclesi
postconsagratoria, no es una invitación dirigida a los reos de
pecados graves a acercarse a la Eucaristía sin la previa
penitencia. Si bien es posible participar válidamente en la Misa
también sin la comunión, que es parte integrante, pero no
esencial, del sacrificio,[151] sin embargo se afirma que la
participación plena en el cuerpo de Cristo no se realiza sin una
buena disposición.[152]
42. La preparación personal se perfecciona a través de los ritos
de la Comunión:
- Padre nuestro: en esta oración está el pedido del pan
cotidiano, que es también el pan eucarístico, mientras “se
implora la purificación de los pecados, de modo que realmente
los santos Dones sean dados a los santos”[153] Pidiendo
el perdón, se pide también saber perdonar, para que el Reino y
la voluntad de Dios se cumplan en nosotros y seamos hechos
dignos de recibir el Sacramento.
- El rito de la paz: el saludo de la paz, es decir del
perdón, que en las liturgias orientales y en la ambrosiana se
hace antes de la anáfora, en el rito romano tiene lugar antes de
la comunión. El Señor resucitado apareció en medio a los suyos y
ofreció su paz, preparó, dice San Juan Crisóstomo, “la mesa de
la paz”.[154] La Eucaristía da la paz y la salvación de las
almas, que es el mismo Cristo (cf. Ef 2,13-17); Él ha
sido inmolado para pacificar las realidades celestes y terrenas,
para vivir en paz con los hermanos.[155] Por ello, la Eucaristía
es el vínculo de la paz (cf. Ef 4,3): “Así como la paz
establece la unidad entre las cosas diversas, así la agitación
divide lo que es uno en muchos”.[156] En efecto, “paz … es la
Iglesia de Cristo”.[157] El cristiano, pidiendo la paz, en
realidad pide el Cristo: “Quien busca la paz busca a Cristo pues
Él es la paz.”.[158] La liturgia es el misterio con el cual la
paz de Cristo llega de nuevo a toda la creación.
Las Constituciones Apostólicas describen así el rito de
la paz: “Los miembros del clero saluden al obispo y, entre los
laicos, los hombres saluden a los hombres y las mujeres a las
mujeres.”.[159] El beso de la paz es una acción sagrada, una
experiencia de unidad que aúna a los fieles entre ellos y con el
Verbo.[160] En consecuencia, la paz se implora principalmente
con la oración que pide también la unidad para la Iglesia y para
la familia humana, expresando el amor recíproco con un breve
diálogo entre el sacerdote y los fieles. El rito, de todos
modos, no obliga al intercambio del gesto de la paz, que se
cumple según la oportunidad.[161] En tal caso, tanto en el
estilo sobrio de la liturgia romana como en estilo rico del rito
bizantino, cada uno da el saludo de la paz a aquellos
inmediatamente vecinos, evitando abandonar el propio puesto y
procurando no crear distracción. Sería oportuno, por lo tanto,
disciplinar este rito para el decoro de la liturgia.
“Paz” es uno de los nombres que los primeros cristianos daban a
la Eucaristía, porque ella significa reunir, superar las
barreras, conducir a los hombres a una nueva unidad. Con la
comunión eucarística los cristianos, perdonándose unos a otros
antes de comulgar, han creado condiciones de paz en un mundo sin
paz.
- Fracción del Pan: este rito significa que, aún siendo
muchos, al compartir el pan partido nos trasformamos en un solo
cuerpo. Dice San Juan Crisóstomo: “Lo que Cristo no ha padecido
en la cruz lo padece en la oblación por causa tuya y acepta ser
partido para poder saciar a todos”[162] Pero el Cristo aún
partido no se divide. Después de la fracción cada partícula del
santo pan es Cristo entero. [163] Todos aquellos que se acercan
a la comunión reciben todo el Cristo, que satisface totalmente.
Ninguna comunidad puede recibir Cristo sino con toda la Iglesia.
- Unión de las especies: es un gesto simple en el rito
romano pero de gran significado, que exalta la obra del
Espíritu, desde la encarnación a la resurrección del Señor. La
liturgia bizantina lo explica como “Plenitud del Espíritu
Santo”; además, en el singular rito del zéon, vertiendo
agua caliente, se dice: “Fervor del Espíritu Santo. ¡Ahora
Cristo resucita!”
-Preparación personal: la realiza el sacerdote con
espléndidas oraciones recitadas en voz baja y con algún instante
de silencio, que anticipa aquel más prolongado después de la
comunión. Es un ejemplo para ayudar a los fieles en la propia
preparación.
La santa
comunión
43. El sacerdote eleva la Hostia consagrada, como el Cuerpo de
Cristo fue elevado sobre la cruz,[164] diciendo en la liturgia
latina: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo. Dichosos los llamados a la cena del Señor”; y en la
bizantina: “Las cosas santas a los santos”. Además, “dado que la
comunión a los misterios no es permitida indiferentemente a
todos, el sacerdote no invita a todos … invita a comulgar a
cuantos están en la condición de participar dignamente: Las
cosas santas a los santos … él aquí llama “santos” a quienes
son perfectos en la virtud, y también a cuantos tienden a
aquella perfección, aunque todavía les falte para tenerla. En
efecto, nada impide a éstos que, participando en los santos
misterios, sean santificados”[165]
La Eucaristía es el sacramento de los reconciliados, ofrecido
por el Señor a quienes son una sola cosa con Él. Por este motivo,
desde el inicio, el discernimiento precede a la Eucaristía (cf
1 Co 11,27 s) bajo pena de sacrilegio.[166] La Didaché
asume esta tradición apostólica y hace pronunciar al
sacerdote, antes de la distribución del sacramento, estas
palabras: “Si uno es santo, venga; se no lo es, se arrepienta”.[167]
La liturgia bizantina contiene todavía este llamado. En la
liturgia romana el sacerdote invita a la comunión y con los
fieles pronuncia la frase evangélica “Señor, no soy digno” para
expresar sentimientos de humildad;[168] la respuesta es el
Amén personal de cada fiel al comulgar.
44. De las fuentes antiguas se deduce que la comunión no se toma
sino que se recibe, como símbolo de lo que significa, es decir
Don recibido en actitud de adoración. En los casos previstos de
comunión bajo las dos especies, en el rito latino, debe
recordarse la doctrina católica al respecto.[169] En los ritos
orientales debe observarse la tradición según los respectivos
cánones.[170]
Se recomienda una verdadera devoción al acercarse a recibir la
comunión. San Francisco de Asís “ardía de amor hacia el
sacramento del Cuerpo del Señor, con todas las fibras de su ser,
lleno de estupor, más allá de todo límite, por tan benévola
dignación y generosísima caridad … Comulgaba frecuentemente y
con tanta devoción, que conmovía a los otros”.[171] Y Cabasilas
invita a reflexionar que “mientras comulgamos con una carne y
una sangre humanas, recibimos en el alma a Dios: cuerpo de Dios
no menos que de hombre, sangre y alma de Dios, mente y voluntad
de Dios no menos que de hombre”[172] La realidad del Cuerpo de
Cristo es su persona y su vida, misterio y verdad salvífica para
abrazar, como Santo Tomás de Aquino, con la fe y la razón.
Finalmente, la oración después de la comunión pide los frutos
del misterio celebrado y recibido, puesto que a la obtención de
los mismos está ordenada la Santa Misa.[173]
Capítulo V
La Mistagogía Eucarística para la Nueva Evangelización
Los Padres
45. El Señor ha prometido: “Y he aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). No
somo nosotros quienes lo hacemos presente, sino que es Él quien
se hace presente entre nosotros y permanece todos los días. Para
tener acceso al misterio de su presencia permanente, los fieles
son instruidos a través de la catequesis para los catecúmenos,
íntimamente unida a la liturgia, y la mistagogía o
catequesis postbautismal para los iniciados.[174]
La iniciación cristiana alcanzó su estructuración
teológico-litúrgica en los comienzos del V siglo, gracias a las
homilías catequísticas. Los alejandrinos, comenzando con
Orígenes y terminando con el Pseudo Dionisio, proponían una
mistagogía alegórica: consideraban la liturgia y la Escritura,
como un camino de elevación de la letra al espíritu, de los
misterios visibles, los sacramentos, al misterio invisible. Así
la liturgia seguía la narración bíblica y proponía una
escatología moral personal como itinerario de esta vida hacia
Dios. La mistagogía de los antioquenos, especialmente San Cirilo
de Jerusalén, San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia,
consistía en describir a través de la liturgia los hechos
históricos y mistéricos de la salvación, vistos como tipológicos.
Para ellos los sacramentos reproducen imitando (mímesis)
o hacen memoria (anánmnesis) de los gestos salvíficos de
la vida de Jesús y anticipan la liturgia definitiva, más aún, la
transfieren al presente a causa de la presencia del Señor
resucitado entre aquellos que se reúnen para el culto.
La negación
actual del misterio
46. Mientras en algunas partes del mundo el sentido del misterio
permanece verdaderamente fuerte, en otras, en cambio, se nota
una difundida mentalidad que no niega formalmente el misterio de
Dios, sino la posibilidad de reconocerlo con la razón y adherir
a él libremente. Un neopaganismo ofrece mensajes que invitan a
evadirse de la realidad y a refugiarse en los mitos, en los
ídolos, que pueden consolar la existencia sólo por un instante.
Al mismo tiempo, se manifiesta ampliamente también una exigencia
de espiritualidad.[175] Además, avanzan las tendencias gnósticas
que llevan a buscar el sentido de la historia en pocos
privilegiados, que lo conocerían por presunta revelación.
La Iglesia quiere ayudar a la humanidad a encontrar nuevamente
el misterio escondido desde siglos y manifestado en Jesucristo
(cf. Ef 3,5-6). Dado que mistagogía significa conducir
por un camino que lleva al misterio, se comprende porqué no
basta un itinerario litúrgico sin una comprensión personal.
La
mistagogía hoy
47. El Señor camina con su pueblo, acompaña siempre la misión de
la Iglesia con su presencia, que nos transforma y nos hace
entrar en el tiempo definitivo (éschaton). Al principio
de la mistagogía hay un encuentro de fe con el Señor a
través de su gracia. La costumbre de las Iglesias orientales de
dar la comunión a los niños junto con el bautismo y la
confirmación indica claramente que la gracia de la Eucaristía
viene antes que cualquier intervención humana. ¿Cómo podría
hacerse mistagogía sin ser atraídos por Jesús? El Evangelio
narra encuentros de Jesús con hombres y mujeres de distintas
condiciones. Del encuentro de Cristo con el hombre nace un
camino de conocimiento que se despliega en experiencia de fe:
“¿dónde vives? …. y se quedaron con él aquel día” (Jn
1,38-39). Así sucedió que algunos lo siguieron. Ésta es la
mistagogía de Dios hacia el hombre: comienza por tomar nuestra
realidad humana para llevarla a la redención.
La mistagogía hoy en día deberá evitar el alegorismo, que a
menudo resulta incomprensible y abstracto e induce a comentarios
confusos; en cambio, la mistagogía confiará en la fuerza del
Espíritu, que se comunica mediante la sobriedad de las palabras
y de los gestos sacramentales. La misión del Espíritu Santo es
hacer comprender lo que Jesucristo ha revelado. Él es el
mistagogo invisible. Según San Basilio Magno, aún cuando las
personas de Trinidad cumplan individualmente algo en modo
exclusivo, permanece en las tres el mismo plan de conjunto.[176]
Por lo tanto, volver a descubrir la metodología de los padres es
importante para responder a la necesidad visual de imágenes y
símbolos, que caracteriza al hombre contemporáneo. La misma
contribución de los teólogos medievales es útil para responder a
la exigencia racional de la adhesión al misterio. Este
patrimonio es conservado en las oraciones y en los ritos
litúrgicos: de su comprensión depende en parte la participación
al misterio eucarístico.[177] Pero también la catequesis debe
ayudar a los sacerdotes y a los fieles a comprender y a poner en
práctica los diversos aspectos de la celebración de la
Eucaristía.[178]
Presidir la
Eucaristía
48. El método mistagógico consiste en leer en los ritos el
misterio de Cristo y contemplar la subyacente realidad
invisible. Por ello, el mistagogo en la liturgia no habla en
nombre proprio, sino que se hace eco de la Iglesia, la cual le
ha confiado aquello que a su vez ella ha recibido. La liturgia
no puede ser tratada por el celebrante y por la comunidad “como
propiedad privada”.[179]
San Juan Bautista es la figura más emblemática del ministro que
se hace pequeño para dejar crecer al Señor. Éste es el
fundamento del poder sacro, exousía en el Espíritu Santo,
confiado a l |