Cuba: La injerencia y la virtud
Orlando Márquez
Editorial que aparece en la última edición de la revista
católica cubana Palabra Nueva, firmado por su director,
Orlando Márquez, quien es también portavoz de la Conferencia
de Obispos Católicos de Cuba.
Las medidas anunciadas por el gobierno de Estados Unidos, y las
contramedidas -aumentos de precios- rápidamente anunciadas y ya
practicadas en Cuba, son como para recordarnos que no hemos
salido de la “guerra fría”. La vida tuvo siempre algo de
inseguridad en los países envueltos en la guerra fría, y por
razones económicas fue siempre más inestable donde mayor era la
pobreza.
Estos últimos acontecimientos —tal vez sea mejor decir los
penúltimos, o antepenúltimos— que inciden con más gravedad en la
vida de los cubanos, y su secuela de complicaciones humanas,
merecen, más que lamento, queja o protesta, algo de reflexión.
Es bueno reflexionar en medio de las crisis, porque si bien no
siempre se puede hallar solución a todo el problema, al menos
mirarlo desde otro ángulo puede ayudar a comprender mejor,
disminuir las tensiones y modificar la percepción sobre los
implicados.
Preguntarnos cómo sería la vida nacional cuando entre Cuba y los
Estados Unidos existan relaciones armoniosas, superando tanto
acontecimiento dramático, es algo normal y hasta positivo,
porque de algún modo expresa el deseo de superar una
confrontación prolongada durante demasiado tiempo, que ha
afectado la vida de mucha gente en las formas más variadas e
inimaginables. Pero al mismo tiempo pensar en esa posibilidad, a
todos los niveles, permite a primera vista descubrir que es
mucho lo que se gana con las buenas relaciones.
De hecho, en el discurso inaugural de la tercera Conferencia “La
nación y la emigración”, el Ministro cubano de exteriores,
Felipe Pérez Roque, dio su versión de lo que podría ocurrir.
Entre otras cosas, dijo el Ministro, los cubanos podrán
viajar entre ambos países sin restricciones, los que deseen
reestablecerse en Cuba después de jubilarse podrán hacerlo, la
inversión en Cuba no tendría obstáculos, no habrá emigración
ilegal, no habrá amenazas de guerra, la retórica mediática
desaparecería. De este modo, afirmó, “la nación cubana habrá
alcanzado al fin, tras siglos de lucha y enormes sacrificios, su
derecho a vivir con plena justicia y libertad.”
Como por esos días se habían anunciado las medidas recomendadas
por la Comisión para la Ayuda a una Cuba Libre, aprobadas por el
Presidente Bush y aún no ejecutadas al momento de escribir estas
líneas, el Ministro manifestó que ante esta situación, los
cubanos se hallaban en una nueva “encrucijada”: optar por “el
retorno a la República corrupta…
que nos ofrecen”, o elegir “la República viril, libre e
independiente, ‘con todos y para el bien de todos’, soñada por
José Martí que nuestro pueblo ha construido y está dispuesto a
defender”. De la opción que se tome dependerá, según el Ministro,
“el derecho de llamarse cubano.”
Personalmente y desde hace muchos años, he soñado también con la
República “con todos y para el bien de todos”, la he imaginado y
deseado pero no la he visto, no la hemos construido. La propia
Conferencia mencionada demuestra que el sueño martiano no se ha
logrado: tantos cubanos emigrados, por razones políticas o
económicas, son prueba de que todos no estamos ni hemos
alcanzado el bien deseado en este suelo. A ello podría
añadirse el número indeterminado de los que desean emigrar. Y
cuando Martí escribió todos, yo creo firmemente que
quería decir todos sin excepción. Pensar que alguien deba
quedar fuera no es congruente con la voluntad martiana, si bien
la autoexclusión podría ser la excepción.
Falta mucho por hacer. Pero coincido en que las medidas
propuestas por Estados Unidos (deben comenzar a implementarse a
fines de este mes), superan el más de lo mismo. Si las
restricciones a los viajes constituirían efectivamente un
auténtico bloqueo a los contactos familiares, interfiriendo
relaciones que deben estar por encima de intereses políticos -bloqueo
que ya habíamos padecido y, en buena medida, ha sido superado
desde aquí-, sugerir que el futuro de la nación cubana será
concebido por un grupo de estrategas norteamericanos nombrados
ad hoc, resulta realmente “inaceptable”. Nombrar hoy un
“Coordinador de Transición” en el Departamento de Estado para
que dirija el futuro de Cuba, además de ser políticamente
incorrecto, nos recuerda inevitablemente la política aplicada a
inicios del siglo XX, cuyas consecuencias históricas aún se
viven, junto a las provocadas por los mismos cubanos. No debe
ocurrir otra vez. De la grandeza norteamericana, que es real,
debe llegarnos la amistad respetuosa.
Es “inaceptable que el futuro de Cuba sea diseñado a base de
exclusiones y menos aún de intervenciones concebidas por un
gobierno extranjero”, afirmaron los obispos que integran el
Comité Permanente de la COCC, en nota emitida el pasado 26 de
mayo en relación con este asunto.
Muchos cubanos residentes en el exterior, incluso declarados
enemigos políticos del gobierno cubano, han rechazado también
tal posibilidad. Del mismo modo lo han hecho la mayor parte de
los opositores cubanos dentro de Cuba. La actitud de rechazo
ante la propuesta, por parte del gobierno cubano y sus
detractores, dentro o fuera de Cuba, es una señal que merece
particular atención en Washington pero también en La Habana:
Cuba une a los cubanos, piensen como piensen en materia
política.
La declaración pública de los Obispos, quienes se manifiestan
“comprometidos como Pastores con el presente y el futuro del
pueblo cubano”, denota que si bien el Reino de Dios no es de
este mundo, es difícil desentenderse del lugar donde se nace. No
es simple patriotería, es una expresión coherente de pertenencia
y de identidad, reflejo de una “amarga inconformidad” ante
dictados ajenos, como definiera hace muchos años Manuel Márquez
Sterling, tratando situaciones similares. Cuba es para los
cubanos motivo aglutinante, de adhesión, de ligazón y de unión,
es decir, de cohesión.
Esto no oculta las diferencias de criterios políticos. Pero sí
revela que los interesados en el asunto Cuba se lo toman
muy en serio, aún cuando manifiesten preferencias políticas
distintas.
Y esto es un buen síntoma de salud nacional. ¿Por qué no
aprovechar en beneficio nacional este compromiso de tantos? Si
verdaderamente, como dijo el Ministro, no queda otro remedio que
esperar al mejoramiento de las relaciones entre Cuba y Estados
Unidos para que los cubanos puedan viajar libremente entre ambos
países sin restricciones, o para que quienes residan allí puedan
participar en el comercio y la inversión en Cuba -no especificó
cuando podrán participar los que residen aquí, lo cual sería
bueno saberlo-, ¿por qué no levantar de una vez el proyecto “con
todos y para el bien de todos” los cubanos, incluyendo a
todos los que piensan de forma diversa o tienen criterios
políticos diferentes dentro de Cuba y desean participar?, ¿se
seguirá llamando mercenarios -y excluyendo- a esos opositores o
disidentes que públicamente han defendido la nación soberana e
independiente y tienen, por el mismo hecho -y por mucho más-,
“el derecho de llamarse cubanos” y ser reconocidos como tales?
Del gobierno cubano debería llegar la apertura a todos
los cubanos.
Pero, por otro lado, esperar al mejoramiento de las relaciones
entre Cuba y Estados Unidos, algo tan deseable como impredecible,
para que la nación cubana alcance al fin “su derecho a vivir con
plena justicia y libertad”, según palabras del Ministro, ¿no es
concederle demasiada responsabilidad al Gobierno de turno en
Estados Unidos? Creo que sí, y no debe hacerse.
Si las medidas aprobadas por el Presidente Bush llegan a ponerse
en práctica en toda su potencialidad es algo que está por verse.
Sin embargo, han generado un rechazo bastante generalizado. Ha
habido aquí una buena y oportuna muestra de virtud doméstica
-como aquella reclamada en su momento por Manuel Márquez
Sterling- ante la injerencia extraña, síntoma de
identidad nacional que debe ser aprovechado por el mismo
gobierno cubano: sumar, integrar de una vez. Cuba gana con la
unidad y la participación de todos los que se comprometen con
ella aún desde posiciones distintas. Cuba pierde con la
exclusión de uno sólo. Cuando hablo de ganar y perder, no pienso
sólo en cuestiones morales, pienso también en beneficios
materiales reales, necesarios siempre, pero de modo particular
en esta época.
Estoy convencido, como cubano con pleno derecho, pero también
como cristiano que trata de ver la condición del ser humano más
allá, o más acá, de las opciones ideológicas o políticas, que
estamos así ante otra suerte de encrucijada no menos importante
para el futuro de nuestra Nación: sumar cubanos aunque piensen
de manera distinta para levantar -de un vez-la nación con todos
y para el bien de todos, o restar y excluir, manteniendo la
nación de los unos frente a los otros. Sólo la primera opción es
virtud.
Por debajo de la duramadre me rebota en estos días aquella otra
idea de José Martí, en la que resumía, creo que con mucho
acierto, el proceso de gesta y formación de las naciones: “se
empieza con la guerra, se continúa con la tiranía, se siembra
con la revolución, se afianza con la paz”. Creo que es la hora
de la paz entre todos los cubanos. Y esta no depende solamente
de la injerencia extraña, pero sí dependerá siempre de la virtud
doméstica.
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