Ignacio de Loyola: Santo perfecto
Eduardo M. Barrios, S.J.
El
año pasado, después de haber publicado un artículo sobre las
limitaciones humanas de San Ignacio de Loyola, prometimos otro
sobre su perfección y santidad. Por supuesto que usamos
“perfección” en sentido relativo; nunca debe olvidarse que en
sentido absoluto, “bueno sólo es Dios” (Mc. 10, 18).
Señalábamos entonces que San Ignacio tenía límites en sus
cualidades naturales, como todo simple mortal. Conviene añadir
que también tenía muy buenas cualidades humanas, como la
valentía, la constancia, la lealtad, la nobleza y la fortaleza
de carácter.
Ya
antes de su conversión se dejaba ver la fibra de aquel hombre.
Hay una anécdota escalofriante de su vida que ilustra la
reciedumbre de su carácter. Cuando convalecía en el castillo de
Loyola por haber caído herido en combate, quedó descontento del
estado de su pierna herida. Le dijeron que sólo podría
corregirse con cirugía. Él mismo da testimonio de la prueba:
“Los cirujanos le dijeron que podía cortarse el hueso, pero que
los dolores serían mayores que todos los que había pasado por
estar aquello ya sano, y ser menester espacio para cortarlo.
Pero él se determinó a martirizarse por su propio gusto, aunque
su hermano mayor se espantaba y decía que no se atrevería a
sufrir tal dolor.” (Autobiografía # 4).
Ahora bien, más que en las cualidades naturales del santo vamos
a fijarnos en sus virtudes sobrenaturales. Veamos:
1)
Fe. San Ignacio se educó en la fe cristiana, pero esa fe
se personalizó durante su estancia en Manresa, pueblo catalán,
donde “Dios lo trataba de la misma manera que un maestro de
escuela a un niño” (Aut. #27). En la oración prolongada y
recogida su fe experiencial llegó a quilates tales que pudo
hacer esta sorprendente afirmación: “Si no hubiera Sagrada
Escritura que nos enseñase las cosas de la fe, él se
determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto” (Aut.
29). Se refiere a las experiencias místicas que lo elevaron a la
más transparente fe.
2)
Esperanza. Esta virtud se refiere a la confianza de
llegar a poseer eternamente a Dios. San Ignacio anhelaba
vivamente la vida eterna con Dios. A muchas personas les aterra
pensar en la muerte. San Ignacio, por el contrario, sentía gran
devoción ante el pensamiento de la muerte, pues confiaba que así
llegaría a la comunión perfecta con Dios. Su médico le prohibió
meditar en la muerte, pues tantas lágrimas de devoción le
estaban afectando la vista.
3)
Caridad. Su amor vertical, es decir, hacia la divinidad,
se hizo cada vez más intenso. En su Diario Espiritual, diario
que no mostraba a nadie y que se salvó parcialmente de las
llamas, se descubre su espiritualidad trinitaria y el amor que
sentía hacia Dios en su única naturaleza y también en la
trinidad de personas. Ese amor no se expresaba solamente en la
devoción sensible, sino en el sincero deseo de agradar a Dios en
todo. Tan teocéntrica y cristocéntrica se hizo su vida
espiritual, que sólo le interesaba glorificar a Dios. Con
justicia se ha dicho que su lema era “buscar la mayor gloria de
Dios”. Ese interés por la voluntad divina se nota en el modo de
concluir sus cartas: “Termino rogando a Dios N.S., por su
infinita y suma bondad, nos quiera dar su gracia cumplida para
que su santísima voluntad sintamos y enteramente la cumplamos”.
De su amor horizontal, es decir, fraterno, dan
testimonio los que lo conocieron. Cuentan que no hablaba mal de
nadie, que se interesaba sinceramente por todos y que se afanaba
por buscarles solución a los problemas del prójimo. Su deseo de
hacer el bien se ve en las obras que fundó para remediar los
males de Roma. Recordemos, por ejemplo, la fundación de la Casa
Santa Marta para mujeres descarriadas, entre otras muchas obras
de bien social que creó en la Ciudad Eterna. Se interesaba
minuciosamente en los problemas de los demás. A Doña Juana de
Aragón y Pignatelli le escribió una larga carta, dándole 22
razones para que se reconciliase con su esposo el príncipe
Ascanio Colonna. Como la carta no surtió el efecto deseado,
viajó en medio de un aguacero hacia Alvito, reino de Nápoles,
para entrevistarse con Doña Juana y poderla aconsejar mejor.
Hay
quienes piensan erróneamente que los santos son mojigatos que no
entienden de amor conyugal. No así San Ignacio. Sucedió que
Madama Margarita de Austria, hija ilegítima del Emperador Carlos
V, llegó viuda a Roma para contraer segundas nupcias con Octavio
Farnese, nieto de Paulo III. Después de la boda, ella se acogió
a la soledad. San Ignacio le aconsejó que hiciese vida conyugal
normal. La dama siguió el consejo del santo y con el tiempo dio
a luz mellizos, los cuales le alegraron la vida. Ella le quedó
muy agradecida a San Ignacio y le brindó mucho apoyo económico
para llevar adelante sus obras apostólicas.
Un
rasgo de su caridad fraterna era que no discriminaba a nadie por
su raza o nacionalidad. En una época en que los judíos eran mal
vistos, y los españoles se preocupaban mucho por la limpieza de
sangre, San Ignacio dijo: “Pues a mí me gustaría ser judío por
pertenecer a la estirpe de Jesús y de María”.
En
una época en que crecía la rivalidad entre Francia y España
(Casa de Austria), el español Ignacio no sentía ninguna aversión
hacia los franceses. Al contrario, simpatizaba mucho con la
cultura y la pedagogía de los franceses. Recordemos que pasó
cinco fructuosos años en París, donde completó su formación en
orden al sacerdocio.
4)
HUMILDAD. San Ignacio nunca dejó de sentirse muy pecador
y pequeño ante Dios. También tenía muy buena opinión de los
demás y no se consideraba digno de gobernar a otros. Cuando lo
eligieron Superior General de la recién nacida Compañía de
Jesús, se negó. Ante la insistencia de sus compañeros, dijo que
dejaría la decisión en manos de un confesor. Entonces se fue a
la iglesia de San Pedro in Montorio a confesarse con un
franciscano con fama de santo. Hizo confesión general,
probablemente exagerando sus pecados de juventud. Pero el
iluminado fraile discernió que Ignacio era un sincero convertido
que había roto plenamente con su vida pasada, y le ordenó
aceptar la elección.
El
autor es sacerdote jesuita.
mailto:ebarriossj@aol.com
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