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Pluralismo religioso e increencia en la Cuba republicana
Énfasis en el tema “Iglesia Católica y sociedad”
Mons.
Carlos Manuel de Céspedes
Texto preparado para
diversos encuentros a lo largo del año 2002, centenario de la
instauración de la República en Cuba. El punto de partida
inmediato es una exposición e intercambio subsiguiente sobre la
presencia de lo religioso plural y de la increencia – con un
énfasis en el tema “Iglesia Católica y Sociedad” - que tuvo
lugar en una sesión del Instituto de Estudios Cubanos, Miami, 10
a 12 de Enero de 2002. Después, con variantes no sustanciales,
dependientes del lugar, he leído este texto en el encuentro de
Historia de la Iglesia en Camagüey, en un seminario en la
Universidad Notre Dame (Indiana), en el Curso de Laicos de Pinar
del Río, en el marco de una serie de encuentros organizados por
la Comisión Diocesana de Cultura de Guantánamo y en el Curso de
Verano de la Universidad Complutense (El Escorial).Trato de
integrar en este texto algunas elaboraciones, ya más remotas en
el tiempo, sobre ambas cuestiones, o sea: tanto sobre algunos
aspectos de la presencia del pluralismo religioso en la Cuba
republicana, cuanto sobre lo que considero un énfasis necesario,
o sea, el tema “Iglesia Católica y sociedad” en la República. No
se trata, en esta segunda referencia, de una mirada
exclusivizante, sino de una apetencia de intelección objetiva de
lo religioso y de la increencia en Cuba.
INTRODUCCIÓN GENERAL CON PARÁBOLAS COMO PÓRTICO.
-Los árboles nacionales de Cuba son la palma real y la ceiba. La
primera es sumamente erguida. Los huracanes le arrancan las
hojas o “pencas” con facilidad, pero difícilmente la quiebran.
Sin embargo, si le cae un rayo, se seca irremisiblemente. La
ceiba no es tan alta como la palma, pero es sumamente robusta.
Los santeros la consideran un árbol sagrado y resulta difícil
encontrar un leñador que se atreva a cortarla. Cuando le cae
carcoma, el tronco es corroído en su interior pero no se percibe
la enfermedad hasta que ya es demasiado tarde; entonces se seca
y se desploma.
{-El
corcho siempre sale a flote. En la década de los años veinte, el
historiador y tantas otras cosas más Ramiro Guerra, llamó a Cuba
“Isla de corcho”. La expresión tuvo fortuna y la seguimos
llamando así.
-La ciguaraya es un árbol con muchas propiedades curativas. Lo
que no cura su raíz, lo curan sus hojas, su flores o sus frutos.
Además tiene la peculiaridad de ser sumamente flexible. Cuando
los huracanes arrasan los bosques, quebrando los troncos de los
árboles más robustos, las ciguarayas del lugar se doblan hasta
el suelo, se recuestan sobre la tierra y, pasada la tormenta, se
enderezan incólumes. Los santeros o creyentes sincréticos
-interpretan esta flexibilidad de la ciguaraya en las grandes
ventoleras como un beso a la madre tierra para que les conserve
la vida. Los “santeros” consideran a la ciguaraya, también, como
un árbol sagrado. No se puede tumbar si no median causas muy
graves y siempre después de rezos y ceremonias de las que se
pueda inferir que el permiso de los orishas ha sido otorgado. A
Cuba la llaman también “El País de la ciguaraya”.
-El caimito, verde o morado, de fruto delicioso, y la umbrosa y
ornamental yagruma, abundan en nuestros campos. En ambos árboles,
varía el color del anverso y del reverso de sus hojas. En Cuba,
a los simuladores, a los hipócritas y también a los volubles, se
les suele decir que son como “hojas de caimito” u “hojas de
yagruma”. Abundan esos árboles y esas personas.
-La masa carnosa del fruto del caimito tiene consistencia
gelatinosa y, para algunos paladares, excesivamente dulce.
Cuando está muy maduro es casi una baba y llega a empalagar. En
Cuba, a las personas excesivamente adulonas o exageradas en
materia de afectos, se les suele llamar babosos y empalagosos.
-La jutía es un mamífero roedor más bien feo y
huidizo, pero tiene la gracia de los ratones. A los cobardes en
Cuba se les llama “jutías”. Me parece que se trata de una
comparación injusta. La jutía no es cobarde, es astuta y escapa
y se esconde y deja de circular por los caminos del monte cuando
se siente perseguida por quien puede dominarla, por quien es más
fuerte que ella. Pero como su carne resulta sabrosa, los
animales más grandes, incluyendo a los racionales, se empeñan en
engañarlas, les dan caza y, como son frágiles, logran
frecuentemente atraparlas. Si se trata de animales racionales, o
sea, de personas, las guisan exquisitamente. ¡Pobres jutías de
mi tierra: tan fácilmente terminan en las ollas! ¡Pobres los
cubanos que se les asemejan: no tanto por ser cobardes, cuanto
por ser frágiles, también terminan en las ollas de los más
poderosos!
1.-En el ámbito de este texto es imposible incluir la referencia
detallada a todos los hechos menudos relacionados con el tema.
Mencionaré algunos que considero imprescindibles y que, quizás,
no sean muy conocidos, pero prefiero detenerme solamente en las
líneas generales de los diversos períodos y situaciones
referidos, con el énfasis en los hechos y las líneas generales
de los períodos más distantes en el tiempo. En primer lugar,
porque supongo sean menos conocidos; en segundo lugar, porque
son más “historia”. Los períodos más recientes son mejor
conocidos y se prestan menos para hacer historia. El género
científico-literario “historia” requiere un cierto
distanciamiento, un reposo en el juicio que resulta muy difícil
de alcanzar cuando quien escribe es testigo y participante. Al
que se ha batido en el ruedo con los toros le resulta más fácil
la crónica que la historia. Por otra parte, reconozco de entrada
que mi interpretación de dichos períodos y situaciones no es
compartida por todos los analistas. Además, me parece que no
deberíamos hablar ni del pluralismo religioso, ni de la
increencia, ni de la Iglesia Católica, en particular, o sea,
como realidades aisladas. Para aproximarnos a la cuestión
religiosa en Cuba – y en casi todas partes – es necesario
interrelacionar. Además, si queremos ceñirnos a los cien años de
régimen republicano, no podemos hacerlo si no desempolvamos
algunos recuerdos de los antecedentes con relación a la cuestión
religiosa, o sea, cómo era o estaba dicha cuestión en Cuba, el
20 de Mayo de 1902. Dudo, en este caso, cuál es el verbo
castellano más correcto, si “ser” o si “estar”, para referirme
al estreno republicano de la religiosidad plural y de la
irreligiosidad en esta Isla de corcho, en la que casi todo,
también la Iglesia Católica, participa en mayor o menor grado de
una de la cualidades del corcho: la de hundirse y desaparecer
temporalmente, para siempre salir a flote, aunque las aguas sean
frecuentemente más procelosas de la cuenta y parecería que
degluten definitivamente lo que navega en ellas. Pero esto, la
ingestión definitiva, no suele ocurrir: después del paso de la
ola más impresionante, en un rinconcito imprevisto del mar,
reaparece, saltarín y entre blancas espumas, el objeto sólo
temporalmente deglutido, dispuesto a continuar su carrera
marina. No reaparece él solo; reaparecen también los otros
objetos que ya creíamos fagocitados por los monstruos que
habitan en las profundidades, no siempre bien conocidas, del mar
insular. Casi todos los objetos, es decir, casi todas las
situaciones, encarnadas en las mismas personas e instituciones o
en otras de personalidad y máscara análogas, cuando se dejan ver
de nuevo, están flotando y corriendo la misma carrera o una
carrera parecida a la que ya les conocíamos antes de la
inmersión. Y no olvidemos que estas personas y situaciones, en
Cuba, además de participar de la condición del corcho,
participan de la naturaleza de la ciguaraya, del caimito, de la
yagruma y de la jutía, sin dejar de ser ceiba y palma real.
2.- En el tema que nos ocupa, los términos de la cuestión son: -a)
las diversas formas de religiosidad presentes en Cuba, con un
peso especial histórico de la Iglesia Católica, lo que no
significa que ella tenga calificación de exclusividad. Bajo el
acápite “formas de religiosidad”, además del mayoritario
catolicismo, incluyo todas las comunidades eclesiales cristianas
– algunas significativamente numerosas -, la amplia gama de
formas religiosas –irreductibles a la unidad - en las que se
sincretizan ingredientes provenientes del catolicismo, con los
provenientes de diversas religiones africanas, y hasta con el
espiritismo y alguna que otra creencia de origen chino. Haré
alguna referencia breve a las Iglesias Orientales, al Judaísmo y
al Islam, presentes en nuestro País, aunque carentes de peso
social significativo en este momento; -b) la
irreligiosidad en sus diversas formas (también la irreligiosidad
es plural); -c) la realidad de la República que, más que
escenario, es también parte de la realidad en cuestión. Para su
comprensión mejor, la historia republicaba suele dividirse en
períodos. Quienes prefieren atenerse a la vigencia de las
constituciones efectivas durante un período significante, suelen
hablar de: - Primera República, desde 1902 hasta 1940, aunque de
hecho la Constitución de 1901 fue reformada durante el gobierno
de Gerardo Machado y se dejó de aplicar durante casi todo el
período que va desde 1933 hasta 1940, en el que el País fue
regido por “leyes constitucionales” muy manipuladas en su
aplicación desde el campamento militar de Columbia; -Segunda
República, desde 1940 hasta 1959, con la contradicción de que la
vigencia de la Constitución de 1940 quedó suspendida el 10 de
Marzo de 1952; -Tercera República, desde el 1º de Enero de 1959
hasta nuestros días, o sea, a partir del inicio del “período
revolucionario”, aunque de hecho la Constitución Socialista de
la República inició su vigencia en 1976 y fue reformada en 1992.
Debido a estas irregularidades en la vigencia de las
constituciones republicanas, otros analistas prefieren
simplemente designar cinco períodos significativos: -1º desde
los inicios de la República hasta la caída del gobierno de
Machado en 1933; -2º desde la caída de Machado hasta la vigencia
de la Constitución de 1940; -3º desde 1940 hasta 1952, o sea,
hasta el golpe de estado de Batista; -4º desde 1952 hasta 1959,
o sea, hasta el inicio del Gobierno Revolucionario; -5º desde el
1º de enero de 1959 hasta nuestros días, es decir, el período
actual.]
[LA
REALIDAD SOCIORELIGIOSA Y ECLESIAL EN CUBA ANTES DE DESPUNTAR EL
SIGLO XX, REALIDAD QUE SE FUE PRECISANDO A TRAVÉS DE LA HISTORIA
PECULIAR DE ESTA ISLA, CUYOS ÁRBOLES NACIONALES SON LA FRONDOSA
CEIBA Y LA SOBERBIA PALMA REAL, PERO NUNCA HA DEJADO DE SER DE
CORCHO Y EN ELLA HAN HECHO PATRIA: LA CIGUARAYA DE USO MÚLTIPLE;
EL CAIMITO Y LA YAGRUMA, DOTADOS DE HOJAS QUE TIENEN UN COLOR
POR EL ANVERSO Y OTRO POR EL REVERSO Y CUYA PULPA ES “BABOSA”;
TAMBIEN HA HECHO PATRIA EN LA ISLA LA HUIDIZA PERO FINALMENTE
INDEFENSA Y FRÁGIL JUTIA.]
3.- Deberíamos siempre recordar, antes de cualquier análisis
sobre realidades cubanas, que a pesar de ser un país
latinoamericano, Cuba no es nación típicamente latinoamericana;
a pesar de estar geográficamente situada entre América del
Norte, América del Sur y América Central, entre el Golfo de
México y el Mar Caribe y, por ende, ser geográficamente un país
caribeño, Cuba no es un país típicamente caribeño. El por qué
depende tanto de las razones étnicas, cuanto de las históricas
en todas sus dimensiones.
[4.-
Cuando llegaron nuestros antepasados españoles a fines del siglo
XV y principios del XVI, no encontraron la Isla ni una población
aborigen numerosa, ni una civilización aborigen desarrollada,
como sí fue el caso de la mayor parte del Continente, en donde
la presencia de lo aborigen, aún hoy, es patente y, en muchos
casos, mayoritario y socialmente determinante. A causa de las
nuevas condiciones de trabajo impuestas por los colonizadores y
como consecuencia de la ausencia de anticuerpos para los virus
europeos, la ya escasa población aborigen insular se vio
rápidamente diezmada. Los sobrevivientes se mezclaron de tal
manera con los españoles y con los negros africanos importados,
casi todos, como esclavos, que ya a fines del siglo XVIII
resultaba muy difícil encontrar aborígenes puros en la Isla. Hoy
encontramos restos del mestizaje con la población indígena sólo
en algunos lugares del extremo oriental, como p.e. en Yateras y,
menos, en regiones aisladas de las montañas de Guantánamo y de
Baracoa.]
5.- Hasta el siglo XVIII, Cuba fue solamente una factoría de
paso entre España y el Continente americano. Durante los siglos
XVI y XVII el interés económico estaba centrado en los metales
preciosos que, en nuestra Isla, eran sumamente escasos. Valía la
pena explotar solamente el cobre, de mucho menor interés. Sin
embargo, la posición geográfica, los puertos amplios, las
excelentes maderas y las posibilidades de carne y de pescado
salados para las travesías, fueron suficientes razones para
mantener la Isla dentro de las fronteras del Imperio y ponerla
al servicio de las “flotas” en una y otra dirección, servicio
necesario para la mejor organización de la explotación económica
de las colonias continentales, pero no fueron suficientes
razones para poblar la Isla abundantosamente y desarrollar las
instituciones sociales, la Iglesia y la cultura en tal colonia
insular de segunda categoría.
6.- En medio de aquellas limitaciones de los primeros siglos de
la colonización, y más precisamente en los inicios del siglo
XVII, debemos colocar uno de los hechos más enriquecedores de la
historia religiosa de Cuba: el inicio del culto a la imagen de
Nuestra Señora de la Caridad, en el poblado minero de El Cobre,
junto a Santiago de Cuba. La devoción a esta advocación de la
Virgen se extendió rápidamente por la región oriental de la Isla
y más lentamente fue implantándose también en el centro y el
occidente. Ya a inicios de la República, o sea, ya en el siglo
XX, fue declarada Patrona de Cuba. El Santuario Basílica de
Nuestra Señora de la Caridad constituye un punto de referencia
religiosa insustituible y de tal modo se ha extendido la
devoción a Nuestra Señora de la Caridad, más allá de las
fronteras visibles de la Iglesia Católica e incluso imbricada en
creencias sincréticas, que hoy se puede decir que el Santuario
de El Cobre es el “corazón” del pueblo cubano y que esta
devoción, como resulta frecuente con otras advocaciones marianas
en Hispanoamérica, tiene connotaciones no solamente religiosas
polisémicas, sino también connotaciones civiles profundamente
“ecuménicas”. En los grupos religiosos sincréticos, hasta
nuestros días, Nuestra Señora de la Caridad es sincretizada con
el orisha Oshun, del panteón yoruba. Más o menos en la misma
época en que empieza a desarrollarse la devoción a Nuestra
Señora de la Caridad en el oriente de la Isla, en el occidente
empiezan a hacerse presente el culto a Nuestra Señora de Regla,
sincretizada con Yemayá, y a Nuestra Señora de la Merced,
sincretizada con Obbatalá.
7.- La valoración de Cuba por parte de España cambió, cuando por
diversas razones, se acrecentó el interés por la agricultura en
el Imperio, de lo cual no fue ajeno el influjo de los
fisiócratas de la Península. El azúcar, el tabaco y el café
crecían muy bien en la Isla y fueron los productos privilegiados
que determinaron el incremento de la atención sobre Cuba. A ello
se unió el interés que demostraron tener algunos otros países
del continente europeo. Inglaterra llegó a tomar La Habana y sus
alrededores. En la segunda mitad del siglo XVIII, Cuba contaba
ya con las instituciones necesarias para su desarrollo integral,
tanto las nuevas, como p.e. la Universidad Pontificia de La
Habana, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Papel
Periódico, teatros, imprentas, etc., cuanto las que ya existían
pero renovadas entonces (hospitales, escuelas y los dos Reales y
Conciliares Seminarios del País: San Basilio Magno en Santiago
de Cuba, y San Carlos y San Ambrosio, en La Habana, llamados
ambos a tener un gran peso en la evolución ulterior del País y
en la gestación y desarrollo de la nacionalidad cubana. También
por entonces fue erigida la Diócesis de La Habana y aumentaron
rápidamente el número y las condiciones humanas verificables de
la existencia sacerdotal en el País. Si los cálculos no nos
engañan, ya a fines del siglo XVIII La Habana era la tercera
ciudad del continente americano en cuanto a número de
habitantes, después de México y de Lima.
8.- La consecuencia inmediata de la expansión de la agricultura
cañera fue la enorme y paralela expansión de la esclavitud,
desde los últimos años del siglo XVIII, hasta casi el final del
siglo XIX, ya que la esclavitud fue abolida en Cuba en 1886 y
aunque la trata había sido abolida en 1817, de hecho continuó
realizándose de manera clandestina, ilegal, muy lucrativa, con
la complicidad frecuente de las autoridades coloniales. La
población negra y mestiza llegó a ser ya desde los primeros
decenios del siglo XIX superior a la población blanca, a pesar
de la numerosa inmigración española en ese siglo y en el primer
tercio del siglo XX. La importación de esclavos y el nacimiento
de hijos de negros y de mestizos superó los números de los
blancos. Hoy no podemos precisar con exactitud las proporciones
pues los últimos censos no dejan constancia de la raza. En
general, los sociólogos estiman que, a nivel nacional,
simplificando mucho los datos, los cubanos somos un tercio
blancos, un tercio mestizos y un tercio negros. Las proporciones
varían según las regiones del País.
9.- En la esclavitud de los negros africanos deben situarse las
raíces de muchos de nuestros problemas sociales, pasados y
presentes. Sin embargo, creo que se puede sostener la
afirmación, con tal de que no se infle el significado, de que la
presencia de los negros en Cuba ha traído consigo un
enriquecimiento cultural y, probablemente, también biológico.
Condeno la causa primordial de la presencia negra, o sea, la
esclavitud, y considero que de la esclavitud, no de la negritud,
se derivan los problemas sociales, de antaño y de hogaño, que
deploramos. Y no olvido que de la esclavitud en Cuba somos
responsables, en primer lugar, los blancos, españoles y
criollos.
10.- Con la presencia africana se inicia el entrecruzamiento
racial y cultural, o sea, el mestizaje, que no es una realidad
estática, sino un proceso dinámico en constante evolución,
progresiva unas veces, involutiva otras. Me parece que la
expresión que más precisamente define la identidad cultural
cubana, desde antes de la instauración de la República, es
“mestizaje evolutivo”, siempre que no entendamos lo de
“evolutivo” como una realidad mecánica o necesariamente
orientada siempre en una dirección positiva. Una de las
consecuencias inmediatas del mestizaje cultural, ha sido el
surgimiento y los desarrollos ulteriores de las religiones que
sincretizan componentes religiosos africanos, propios de las
diversas etnias que llegaron a Cuba, con los componentes del
catolicismo mal comprendido y peor asimilado, como consecuencia
de una pésima evangelización de los negros esclavos. Es muy
posible que llegaran a nuestras playas algunas formas de
sincretismo católico-africano a través de los llamados “negros
curros” que vinieron directamente de España, no de Africa. El
fenómeno ha mantenido su vigencia religiosa, con repercusiones
en muchos ámbitos de la sociedad que no se inscriben en lo
propiamente religioso, a lo largo de todo el período colonial y
del siglo de vida republicana. Hoy lo encontramos no solo en la
marginalidad negra y mestiza, sino en todos los estratos y
“colores” de la sociedad cubana. Con razón lamentamos la
confusión religiosa creada por el sincretismo, así como las
manifestaciones del mismo que mejor se deberían interpretar como
pura magia y folklore y las manipulaciones a las que se presta
este fenómeno social, no siempre de diáfano carácter religioso,
que suele presentarse como la religión propia de nuestro pueblo
en proceso de mestizaje creciente. Pero mejor haríamos si
dejáramos ya a un lado los lamentos ante una realidad
irreversible e invirtiéramos más y mejores esfuerzos por conocer
bien esa compleja realidad y encararla con un discernimiento
esclarecedor y evangelizador razonable. Además, si no debemos
olvidar que de la esclavitud fuimos responsables los blancos
criollos y españoles, de la mala evangelización de los negros
también lo somos y precisamente en cuanto miembros de la
Iglesia, que como tal tuvo y tiene a su cargo la evangelización
de los blancos, de los negros y de los mestizos, así como de las
“situaciones” creadas y sostenidas dentro del proceso de
mestizaje que nos ha acompañado desde los inicios de la
colonización.
[11.-
Ya de la etapa inmediatamente anterior a la República, señalo
que: a) Cuba y Puerto Rico fueron los únicos países
iberoamericanos que vivieron el siglo XIX como parte del ámbito
español, lo que significa que vivieron la “modernidad” bajo la
influencia cultural y política, muy ajustadas, de España. –b) La
Iglesia Católica en Cuba padeció, como la de España, las oleadas
anticlericales y antirreligiosas desarrolladas en el marco del
pensamiento liberal español del siglo XIX, así como la resaca
opuesta, o sea, los afanes de manipulación, exitosa o no, de la
religiosidad católica por parte de los gobiernos conservadores o
de “restauración”. Y esta experiencia, tan española, se vivió en
Cuba con casi igual intensidad que en la Península. –c) Las
guerras independentistas en Cuba empezaron más tarde que las del
Continente, su duración fue más prolongada y su carácter fue,
probablemente, más sangriento que el de las guerras anteriores y
mas breves que tuvieron lugar en el Continente. Los miembros del
ejército español presentes en Cuba durante la última guerra
(1895-98) fueron más numerosos que todos los que combatieron en
el resto del Continente tomados en su
conjunto..-d)Simultáneamente, el movimiento autonomista (con
relación a España) y el movimiento anexionista (con relación a
los Estados Unidos) tuvieron un Cuba más adeptos, en términos
proporcionales, que los que tuvieron en los demás países y
regiones del Continente. Durante los últimos cincuenta años de
gobierno colonial español, ya el comercio de Cuba, en las dos
direcciones, era más voluminoso con los Estados Unidos que con
España; y el número de emigrados cubanos en los Estados Unidos
era, proporcionalmente, más numeroso que el de cualquier país
del Continente, salvo el caso de los mexicanos del Oeste, que no
eran entonces precisamente emigrantes. Además, había más
emigrantes cubanos en los Estados Unidos que en España.
Inevitablemente, este conjunto de realidades dejó una huella en
el pueblo cubano que condicionó el inicio de la vida
republicana. Con ese pueblo y no con otro tuvo inicio la
República de Cuba.]
12.- No se debe soslayar la hipoteca que significó, para la
Iglesia Católica, la Ley de Patronato Regio, que convertía a la
Iglesia Católica en uno de los componentes del estatuto colonial
español. Es posible que su existencia se justificara en los
inicios del proceso de colonización, pero ya a fines del siglo
XIX resultaba anacrónica y servía de justificación legal para
manipulaciones de la Iglesia Católica por parte de las
autoridades españolas. La imagen de la misma resultaba empañada
a los ojos del pueblo y ello incrementó las dificultades de la
evangelización católica y facilitó la evangelización
protestante, cuando ya ésta fue posible, durante la intervención
norteamericana y a partir de los inicios de la República. Sin
embargo, desde fines del siglo XVIII y a todo lo largo del siglo
XIX y, posteriormente, en la República, a pesar de los aires
anticlericales que nutrieron en buena medida su origen, la
Nación ha estado acompañada por la sombra de algunas
instituciones y personalidades católicas fundacionales y
paradigmáticas, tanto en el orden estrictamente religioso, como
en el cultural y en el sociopolítico. Pienso - y cito como
ejemplos no exhaustivos - en instituciones como los Seminarios
“San Basilio Magno” y “San Carlos y San Ambrosio” en los
primeros decenios de su historia, [en el Padre Esteban
Salas, primer exponente conocido de compositor y ejecutor de
buena música en nuestro País,] y en el Padre de nuestra
cultura, el sacerdote habanero y Siervo de Dios Félix Varela y
Morales. Gracias, sobre todo, a la siembra de este último, el
mismo proyecto de república democrática y de independencia
política de España no podían aparecer como sustancialmente
contradictorios con la existencia de la Iglesia Católica, y las
ideas republicanas escaparon de la tentación de un liberalismo
individualista extremista y han estado ungida, desde el siglo
XIX hasta nuestros días, por un especial sensibilidad ética con
relación a los derechos sociales de la persona humana,
componente histórico de la enseñanza social de la Iglesia
Católica.
13.- Para los interventores norteamericanos y para los cubanos
que crearon la República, la libertad religiosa y las
facilidades ofrecidas a la evangelización protestante
constituían uno de los presupuestos del régimen democrático que
se deseaba implantar pero, simultáneamente, fueron un medio de
incrementar el distanciamiento con relación al peso evidente de
“lo español” que, a veces muy superficialmente, se identificaba
con “lo católico” en la realidad cubana. Ahora bien, de hecho,
el estilo con el que los interventores norteamericanos
implantaron su concepción de la libertad religiosa, la
naturaleza de esta misma concepción en aquellos años y la
coyuntura histórica en la se implantó, lo que lograron fue
debilitar enormemente las posibilidades de proyección social de
la Iglesia Católica en la Cuba republicana.
[¿QUÉ
HA PASADO CON LA REPUBLICA, EN CUYO ENTRAMADO VARIOPINTO HEMOS
VIVIDO, FLOTADO, ANDADO HACIA DELANTE Y HACIA ATRÁS; HEMOS SIDO
LEONES Y HEMOS SIDO TAMBIÉN JUTÍAS; PALMAS REALES, PERO TAMBIÉN
HOJAS DE CAIMITO Y DE YAGRUMA; NOS HEMOS ENFERMADO DE HASTÍO Y
DESALIENTO, PERO HEMOS SIDO RESANADOS UNA Y OTRA VEZ, COMO SI
ESTUVIÉRAMOS PERENNEMENTE INJERTADOS A UN PALO DE CIGUARAYA? Y,
EN DEFINITIVA, ¿QUÉ HA PASADO CON LA RELIGIÓN EN EL SIGLO XX,
NUESTRO PRIMER SIGLO REPUBLICANO, EN ESTE PUEBLO QUE
IDENTIFICAMOS POR LAS PARÁBOLAS MENCIONADAS?]
14.- La suerte de “lo religioso” en el siglo republicano ha
dependido de la naturaleza del pueblo, de sus virtudes y
patologías, así como de la Historia en todas sus facetas, antes
y después de los hechos de 1898 y de 1902. Con respecto a la
historia anterior ya he hecho alusiones, con respecto a las
virtudes y patologías que han afectado la evolución de “lo
religioso”, me parece que no es éste el espacio para desarrollar
un estudio de psicología social y/o de patologías sociales, en
el que el sujeto fuese el pueblo cubano. Me remito a los
estudios ya realizados, hace muchos decenios, por Fernando Ortiz
y por Jorge Mañach y que han servido de armazón para casi todo
lo que ha venido después en esta dirección. Sobre el tema que
nos ocupa, me limito a señalar lo que Jorge Mañach calificó como
“choteo” e identificó como característica del cubano medio y
raíz de una buena parte de las calamidades históricas de nuestro
pueblo en casi todos los ámbitos de la existencia. “Choteo”
vendría a ser sinónimo de “relajo criollo”, de “superficialidad
jocosa”, de “hurto del cuerpo” ante las realidades más
comprometedoras, etc. Consiste fundamentalmente en ese no tomar
la vida en serio, proyectado positivamente sobre realidades que
no hay por qué tomar demasiado en serio, que no se deben
dramatizar, ni deben engendrar fanatismos; su cara negativa
reside en que, sin discernimiento responsable, el “choteo” o
“relajo” se proyecta también sobre las realidades que sí se
deberían tomar siempre muy en serio. Escojo la terminología de
Mañach, tomada en préstamo de su ensayo “La indagación del
choteo”, pues me parece, simultáneamente, precisa y
sencilla, pero otras palabras serían posibles, y de hecho son
las que han empleado otros autores para referirse a, más o
menos, la misma característica negativa del cubano medio: p.e.
superficialidad, oquedad ontológica, vacío existencial, vivir a
la intemperie, etc.
15.- No todos los cubanos han sido o son así, portadores
impenitentes del relajo. Ha habido y hay entre los cubanos
personas que llevan siempre la luminosidad consigo y creo que,
gracias a ellos, esta Isla ha logrado mantenerse a flote y la
identidad cubana, más frágil y menos identidad que lo que
solemos tener en cuenta, no se ha disuelto en aguas negras. Pero
son seres de excepción. Con un gran peso específico, pero seres
de excepción. La tónica, la media cubana está, lamentablemente
en el no tomar en serio lo que sí se debe tomar en serio,
llamémosle a esto choteo, relajo, superficialidad, oquedad
ontológica, vacío existencial o vivir a la intemperie. Esta
patología social no es republicana. Ya era bien conocida en los
inicios del siglo XIX, si es que no andaba errática ya antes por
estas tierras. Los pensadores del siglo XIX, incluyendo a los
Obispos, aluden a ella con frecuencia. Sin embargo, también se
refieren unos y otros a la capacidad de recuperación y a los
hombres de luz que, de tanto en tanto, en determinadas
coyunturas, logran la sanación. [Al parecer, al menos
hasta ahora, en las recuperaciones no se trata de lo que en
Derecho Canónico se denomina sanatio in radice, sanación
en la raíz. Si de cura de la raíz se hubiese tratado, no
aparecería de nuevo con tanta frecuencia y en tan variados
ámbitos.
16.- La intervención norteamericana de 1898 a 1902 y la Enmienda
Platt - que con mayor precisión que “enmienda” debería llamarse
“apéndice” pues el texto constitucional no fue enmendado -,
impuesta por el gobierno norteamericano a la primera
Constitución republicana (1901), y que estuvo vigente hasta
1934, han sido fuente de frustraciones y de desalientos para
muchos cubanos. No para todos. No podemos negarnos a nosotros
mismos que hubo cubanos, mambises inclusive, que desearon la
intervención y la Enmienda. Es más, entre los cubanos, ya lo he
mencionado, no faltaron los anexionistas y el primer Presidente
de la República, Don Tomás Estrada Palma, de quien Carlos Manuel
de Céspedes tuvo muy mal juicio y José Martí lo tuvo espléndido,
fue anexionista confeso y fue hombre de la Guerra de 1868 a 1878
y el Delegado del Partido Revolucionario Cubano por designación
de José Martí.
17.- Como pasa a menudo con las realidades de orden político,
vistas las cosas a distancia y con la cabeza fría, no todo lo
que se derivó de la intervención y de la Enmienda es
vituperable. Según mi entender discutible, vituperables fueron
en sí mismas y vituperable que bajo el capote jurídico de una
enmienda o, mejor, apéndice constitucional impuesto, los
sucesivos gobiernos norteamericanos dictaminaran sobre asuntos
cubanos, sin que fuera el interés de Cuba, sino “los intereses
norteamericanos” los que orientaran tales dictámenes y los
hechos que de ellos se derivaron. Personalmente, como la mayoría
de los historiadores y de los cubanos que hoy pensamos con un
cierto nivel de información sobre estas realidades, yo habría
preferido que no hubiesen tenido lugar ni la intervención, ni la
Enmienda. Pero, no dejo de preguntarme, ¿es cierto o no que la
intervención aceleró el final de la Guerra de Independencia?
¿Estaban en condiciones Cuba y España de prolongar mucho más
tiempo ese Guerra? ¿Cuál habría sido el desenlace si ambos
grupos en pugna se hubiesen visto obligados a negociar?
¿Independencia política de España o amplia autonomía hasta que
en alguna circunstancia posterior se hubiera obtenido la
independencia? ¿Qué habría convenido más a Cuba en aquel marco
geopolítico y económico de fines del siglo XIX? Las preguntas
sin respuesta contundente podrían prolongarse. Los hechos fueron
los que fueron, gústennos o no, y con ellos hubo que bregar. En
materia religiosa, la intervención y la enmienda o apéndice
significó el ya mencionado debilitamiento de la presencia social
de la Iglesia Católica y el incremento vertiginoso de las
comunidades eclesiales de carácter protestante norteamericano,
así como a una relativización de lo religioso cristiano que, a
la larga y a la no tan larga, conduce al agnosticismo y al
indiferentismo, así como a un cierto ateísmo práctico.
18.- No podemos soslayar ni el pluralismo de opinión política de
los cubanos de entonces y de los españoles que permanecieron en
Cuba, ni el pro-norteamericanismo de la mayoría de los que
estaban en condiciones de conducir la cosa pública en Cuba, como
era el caso de Tomás Estrada Palma, Primer Presidente de la
República. Se suele afirmar que la República que nació el 20 de
Mayo de 1902 no fue la que soñaron los mambises. Esto es verdad
sólo en cierta medida, pues aunque hubo patriotas que no
desearon ni la intervención, ni la Enmienda, ni la anexión,
muchos mambises sí pensaron tanto en la intervención
norteamericana, para acelerar el fin de las guerras, cuanto en
la posibilidad de otras intervenciones norteamericanas y hasta
en la anexión política al país del norte. Sin que debiéramos
olvidar que el autonomismo – con relación a España - era también
una forma de patriotismo. Y esto ya era así desde los inicios
del siglo XIX. El Padre Varela, en las décadas de 1820 a 1850,
era un independentista y un antianexionista sostenido, mas
reconoce sin embargo que su opinión no sólo es minoritaria, sino
excepcional, pues la mayoría de los cubanos de la emigración
soñaban entonces con la anexión a los Estados Unidos y la
mayoría de los que estaban en Cuba, con la “reforma, en la línea
de una mayor autonomía, no de independencia de España.
19.- Entre las consecuencias positivas de la intervención y de
la Enmienda me parece que se podrían mencionar, a título de
ejemplo: - a)una cierta apertura a la “modernidad”
norteamericana, tanto en lo socio-político, cuanto en lo
tecnológico; esto se hizo evidente en diversas realidades, pero
sobre todo en la implementación de servicios públicos, desde la
educación a la policía, pasando por la organización de la salud.
Para los standards de América Latina en el momento, Cuba alcanzó
en este ámbito un nivel más que aceptable en un período muy
breve de tiempo; -b) el tránsito pacífico a la instauración de
la República y un cierto cuidado, no sostenido, pero sí
ocasionalmente presente, por parte de los políticos, en evitar
fricciones que podían conducir a intervenciones norteamericanas;
a veces ocurrieron inevitablemente, pero en ocasiones el temor a
la intervención propició la mesa de negociaciones internas, lo
cual fue positivo, y éstas lograron alejar las intervenciones,
reducirlas al nivel de amenazas y, por último, la eliminación de
la Enmienda; -c) el flujo de capital norteamericano privado, que
se sentía protegido por la Enmienda, en un momento en que el
País necesitaba con urgencia las inversiones extranjeras para
echar a andar después de los desastres de la Guerra de 1895 a
1898, etc. La pregunta que siempre queda colgada es la de la
balanza entre esas consecuencias positivas y las negativas
acarreadas por la Enmienda.]
20.- En realidad, basta hurgar un poco en los archivos
españoles, cubanos, norteamericanos y vaticanos, para establecer
que cuando se abre el período de la intervención norteamericana,
nadie sabía exactamente cuál sería el destino político final de
Cuba, incluyendo en esta consideración a la Iglesia Católica.
Los católicos criollos en su mayoría deseaban la sustitución de
los Obispos españoles de La Habana y de Santiago de Cuba,
designados al amparo de la Ley de Patronato Regio. Ambos habían
sido enemigos tanto del proyecto independentista, cuanto del
anexionista. En Santiago la sustitución de Mons. Francisco Sáenz
de Urturi y Crespo, O.F.M. resultó fácil, pues el Arzobispo
mismo la solicitó, no considerándose el hombre adecuado para el
momento y él mismo también señaló quién entendía debería ser el
sustituto, que era un sacerdote cubano ejemplar, identificado
como independentista, Mons. Francisco de Paula Barnada y
Aguilar. En La Habana, la solución resultó más ardua, pues el
Obispo, Mons. Manuel Santander y Frutos no veía la conveniencia
de su sustitución y deseaba permanecer en la Diócesis. Como ya
Cuba era independiente de España, no se podía recurrir a la
Nunciatura en Madrid para los asuntos eclesiales de la Isla. El
responsable directo de timonear la situación eclesial era el
Delegado Apostólico en Cuba, designado por S.S. León XIII el 16
de Septiembre de 1898, o sea, inmediatamente después de la
derrota española. Se trataba de Mons. Placide Chapelle,
Arzobispo de Nueva Orléans, francés de nacimiento y
norteamericano por naturalización. La solución episcopal
momentánea para La Habana fue Mons. Donato Sbarretti, italiano,
Auditor de la Delegación Apostólica en Washington. O sea, ni
español, ni cubano, ni norteamericano. Mons. Sbarretti mantenía
buenas relaciones con los círculos gubernamentales
norteamericanos, desconfiaba de la capacidad de los cubanos para
gobernarse a sí mismos – fuese en el orden civil, fuese en el
eclesiástico – y, al parecer, era anexionista. Cuando se definió
el destino político de Cuba, fue sustituido por Mons. Pedro
González Estrada, sacerdote cubano, bueno y discreto, quien
durante el período de las luchas independentistas no se había
identificado exteriormente con ninguna de las posiciones
políticas presentes en el tablero criollo. Los criollos
“patriotas” proponían otras posibles designaciones, pero la
Santa Sede entendió que, por sus cualidades personales, esos
candidatos no se equiparaban a Mons. Barnada, el propuesto para
Santiago de Cuba, que sí fue aceptado por la Sede Apostólica.
21.- Antes de dejar Cuba definitivamente, Mons. Sbarretti,
actuando de consuno con Mons. Barnada y asistido por su
colaborador, el P. Buenaventura Broderick –que llegaría a ser
Obispo Auxiliar de La Habana -, dejó encaminada la solución de
la espinosa indemnización a la Iglesia por las propiedades
incautadas a tenor de las llamadas “leyes de Mendizábal” o
“leyes de desamortización”, en el siglo XIX. Gracias a esa
indemnización, hecha efectiva a partir de 1908, pudo la Iglesia
Católica tener un soporte económico en sus primeros pasos
republicanos.
22.- Porque lo cierto es que el cuadro de la Iglesia Católica en
aquellos inicios republicanos no podía ser peor. Templos escasos
y, en las zonas rurales, casi todos o derruidos o en pésimas
condiciones materiales; número insuficiente de sacerdotes y de
religiosos y religiosas; nivel medio de formación más bien bajo,
tanto en los sacerdotes y religiosos, como en los laicos;
escasas instituciones eclesiásticas con un nivel aceptable de
prestigio social y de eficacia evangelizadora; “mala fama”
sociopolítica y cultural de la Iglesia Católica entre los
criollos que tomaban las riendas de la cosa pública y se
destacaban en el ámbito cultural. A pesar de que la mayoría del
pueblo más sencillo mantenía un cierto nivel de vinculación con
la Iglesia Católica, las simpatías emergentes iban en la
dirección de la masonería, más o menos anticlerical, y del
estilo norteamericano de religiosidad protestante.
Paradójicamente, si las personas más sencillas y la población
marginal, sobre todo, los de raza negra, mantenían ese grado de
vinculación con el catolicismo raigal, esto se debía, por una
parte a las formas sincréticas de religiosidad –que exigían esa
vinculación con la Iglesia Católica -, y por otra al racismo
explícito de la cultura norteamericana de entonces.
23.- En el ámbito cultural y educacional imperaba la autoridad
de Enrique José Varona, una especie de “santo” agnóstico y
anticlerical, venerado por una buena parte de la población y
autor de los planes de estudio que estuvieron vigentes en el
País hasta la década de los años cuarentas. Los maestros
rápidamente formados en los años de la intervención
norteamericana tuvieron el privilegio, desde el punto de vista
pedagógico, de ser enviados a Boston que, por aquel entonces,
era ciudad identificada como centro de la renovación de los
métodos de enseñanza. Los contenidos eran, evidentemente, los
propios de los ambientes intelectuales bostonianos de la época,
o sea, una suerte de protestantismo liberal matrimoniado con la
masonería y con el estilo norteamericano de democracia “laica”,
lo que sintonizaba tanto con lo que primaba en los ámbitos
pronorteamericanos de Cuba, cuanto con la esfera de influencia
de Enrique José Varona. En este clima laicista, del que la
dimensión religiosa de la persona quedaba excluída, fue el que
reinó en Cuba desde los inicios de la República. Empero, el
ateísmo militante y la increencia explícita fueron fenómenos de
excepción durante los primeros decenios de la República. Las
mujeres fácilmente se identificaban con la Iglesia católica o
con alguna confesión religiosa de origen protestante, salvo los
grupos minoritarios de “mujeres intelectuales” que solían
militar en los grupos laicistas. Entre los hombres
sobreabundaba, este laicismo, de tonalidad anticlerical no
excesivamente violenta, unida a una especie de religiosidad
difusa en la que podían entrar tanto los componentes católicos,
como los protestantes y el espiritismo. De la “santería” o sea,
de las religiones sincréticas, no se hablaba mucho, aunque
secretamente era asumida por muchos, preferentemente entre la
población socialmente marginada de origen africano. Desde un
punto de vista teórico, esa vertiente del mestizaje cultural
comenzó a ser estudiada por Fernando Ortiz y por Lydia Cabrera,
ya a fines del primer decenio republicano.
24.- Afortunadamente, las leyes republicanas dejaban un margen
suficiente para la organización de escuelas privadas, siempre
que éstas asumieran los planes oficiales de estudio. Al calor de
esta legislación educacional – que con ligeras variantes estuvo
vigente en Cuba hasta mayo de 1961 –, desde los inicios
republicanos, la Iglesia puso uno de sus énfasis primordiales en
la educación católica explícita. Desde los primeros años del
siglo XX se multiplicaron en nuestro País las escuelas
católicas, tanto los grandes colegios, propios de las ciudades,
capitales de provincia o no, cuanto las escuelas primarias más
sencillas, que en la década de los cincuentas ya llegaron a
estar presentes en casi todas las parroquias rurales del País.
La primera universidad católica de nuevo cuño fue fundada varios
decenios más tarde, en 1946. En materia educacional, casi todo
el peso recaía sobre las órdenes y congregaciones religiosas.
Algunas desempeñaban estas tareas ya desde los tiempos de la
colonia – como p.e. la Compañía de Jesús, la Escuela Pía, las
Damas del Sagrado Corazón y las Madres Ursulinas -, pero otras
órdenes y congregaciones comenzaron a establecerse en los
inicios del régimen republicano. Las pequeñas escuelas
parroquiales rurales continuaron dependiendo casi exclusivamente
de la misma red parroquial. Y así fue hasta 1961.
25.- Para valorar en sus justas dimensiones el esfuerzo de las
instituciones de la Iglesia en materia educacional y de
asistencia social, debemos recordar que el régimen laico
implantado por la intervención norteamericana y por la
República, impedía casi totalmente la ayuda oficial a
instituciones de enseñanza o de beneficencia explícitamente
católicas. Era la norma norteamericana, pero era aceptada de
buen grado por los intelectuales criollos marcados por ella y
por el liberalismo anticlerical de raíz española. Esto obligaba
a mantener dichas instituciones o por la colaboración de los
mismos beneficiarios o por la generosidad de las personas de
recursos económicos más o menos abundantes. Esto dificultaba su
extensión y les confería un carácter frecuentemente ambiguo que
poco ayudaba a una genuina evangelización. A pesar de ello y sin
dejar de percibir los inconvenientes, pero sin muchas
alternativas económicas efectivas, pobre como era, la Iglesia
Católica se dedicó desde los inicios de la República, a
desarrollar estos servicios de enseñanza y de asistencia social,
uniéndolos a los que sobrevivieron a la destrucción de la Guerra
de Independencia, esforzándose por compensar con su presencia
nueva, privada, la ausencia eclesial católica en los servicios
estatales, de los que se había eliminado esta presencia, casi
totalmente, desde los años de la intervención norteamericana. La
Iglesia, desde siempre, en Cuba y en todas partes, ha
contemplado esta presencia en el dominio de la enseñanza y de la
asistencia social, como algo connatural, es decir, como una
tarea derivada de su misma naturaleza. Hasta donde pudo, la
Iglesia hizo presente la caridad evangélica con un número
creciente de hogares y asilos de ancianos y de niños, así como
con una apreciable red de escuelas de diverso tipo, incluyendo
la formación tecnológica, casi siempre gratuitas, para niños y
jóvenes de escasos recursos. Casi todas estas instituciones
subsistieron, creciendo, hasta mayo de 1961.
26.- De los primeros años republicanos también habría que
recordar los esfuerzos de la Iglesia Católica por implementar
una efectiva pastoral vocacional, a partir de la reorganización
de los seminarios. La hipoteca de la escasez de vocaciones
nativas pesaba sobre la Iglesia desde mediados del siglo XIX y
nunca ha sido superado este problema. La presencia de sacerdotes
extranjeros, sobre todo españoles, en el amanecer de la
República, resultaba inevitablemente ambigua a los ojos del
pueblo, amén de que no por voluntad explícita en contrario, sino
por el peso mismo de la realidad, dificultaba la inculturación
de la Iglesia Católica en la Isla. Esto no siempre se apreció
con clarividencia. Además, no se puede soslayar que no todas las
órdenes y congregaciones se preocuparon por el cultivo de las
vocaciones de cubanos. Todavía eran abundantes las vocaciones
sacerdotales y religiosas en España. Lo fueron hasta la década
de los sesentas. Algunas órdenes y congregaciones preferían
“importar” sacerdotes y religiosos de la Madre Patria y
canjearlos por ayudas económicas. Recuerdo que en una de las más
importantes órdenes religiosas presentes en el País, sus
miembros, con humor de pésimo gusto, se referían a este canje
como “nuestra trata de blancos”.
27.- Otro énfasis de la época fundacional fue el esfuerzo por
hacerse presente en el mundo de los medios de comunicación
social, en el de la cultura y en el de la política, o sea, en lo
que conocemos como “vida pública” o proyección social de la
dimensión evangelizadora de la Iglesia. Era un esfuerzo
contracorriente, de pasos muy pequeños y discretos. Apunto, como
“signo” de lo que afirmo, que en todo nuestro primer siglo de
historia republicana ningún Presidente de la República, durante
el ejercicio de su cargo, ha sido católico practicante,
comprometido con la Iglesia, y ni siquiera han sido
identificados como católicos de la periferia. Han sido hombres
bautizados en la Iglesia Católica; algunos han mantenido una
real práctica religiosa católica durante la niñez y la primera
juventud, pero en su edad adulta, cuando empezaron a
manifestarse como “políticos”, ya no se han identificado con la
Iglesia. Algunos han manifestado cercanía y la han apoyado en la
medida en que las leyes vigentes lo han permitido y han
participado en celebraciones religiosas muy especiales, pero no
mucho más. Sin embargo, la mayoría han sido casados por la
Iglesia y, hasta el actual período de “república socialista”,
han educado a sus hijos en colegios católicos. Las esposas y una
buena parte de la familia de algunos de ellos sí han sido
miembros explícitos de la Iglesia. Algunos, en una etapa
posterior, después de su gestión presidencial, ya al final de su
vida, han regresado a la práctica religiosa católica. Entre los
ministros de gobierno, altos funcionarios judiciales y miembros
del poder legislativo ha habido algunos católicos diafanamente
identificados como tales, pero nunca han sido mayoría en los
cien años de República.
28.- Un hecho que mejoró de manera difícilmente calculable el
clima sociocultural y político con relación a la Iglesia
Católica, al menos en La Habana, fue la designación de Manuel
Arteaga y Betancourt como Vicario General, por parte de Mons.
Pedro González Estrada, Obispo de La Habana.[Tomó
posesión como el 4 de Mayo de 1915. Era nieto de D. Juan de
Arteaga y Agramonte, que tuvo que sufrir proceso judicial y
exilio por haber participado en la revolución de Joaquín Agüero,
en 1851. Todos sus hijos, excepto Ricardo, que era sacerdote,
participaron en la Guerra de los Diez Años. El padre del nuevo
Vicario General de La Habana era uno de ellos, D. Rosendo
Arteaga, que combatió bajo las órdenes de Carlos Manuel de
Céspedes y llegó a ser Comandante del Ejército Libertador.
Después de la muerte de Carlos Manuel de Céspedes, se exiló en
Jamaica, como muchos patriotas vinculados con el Padre de la
Patria. La familia de su madre, Dña. Delia Betancourt había
tenido una historia análoga. De hecho, Rosendo y Delia se
conocieron en el exilio, en Kingston, y en su Iglesia Parroquial
católica se casaron el 8 de agosto de 1877. D. Rosendo y Dña.
Delia habían regresado a Puerto Príncipe después de la guerra y
allí murió Rosendo en 1886. En 1892 pudo venir a Cuba
temporalmente, a visitar a sus familiares, el Tío D. Ricardo
Arteaga, el sacerdote, exilado en Venezuela. Cuando regresó a
Caracas llevó consigo al sobrino Manuel, que había nacido en
Puerto Príncipe el 28 de Diciembre de 1879. O sea, contaba trece
años de edad cuando partió con su tío. Por esta razón había
realizado sus estudios civiles y eclesiásticos y había iniciado
su vida sacerdotal en Venezuela.
29.- En el momento en que Mons. Pedro González Estrada le
propone ser su Vicario General, el Padre Manuel Arteaga era
párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, en la
ciudad de Puerto Príncipe, ya Camagüey, y había sido elegido
Concejal, por el Partido Conservador, en las elecciones de
Noviembre de 1912. No se nos escape el dato que entonces las
mujeres no tenían derecho al voto, lo que hace más significativa
la elección del Padre Arteaga, en un momento de escasísima
presencia masculina en nuestros templos. A sus treinta y dos
años y a pesar de haber vivido fuera de Cuba diecinueve de
ellos, el joven sacerdote era ya apreciado no sólo como persona,
sino también por su trabajo parroquial, y por su desempeño
periodístico al frente del periódico católico La Opinión de
Camagüey y de la revista Religión y Patria. Tuvo buen ojo el
Padre Cándido Arbeloa S.J. cuando dirigió hacia el Padre Arteaga
la atención de Mons. González Estrada, en búsqueda entonces de
un Vicario General, porque el anterior, Mons. Saínz Vencomo,
había sido designado Obispo de Matanzas.] Después de la dolorosa
renuncia de Mons. Pedro González Estrada a la mitra de La
Habana, Mons. Arteaga continúo siendo Vicario General durante
todo el episcopado de Mons. Manuel Ruiz. A la muerte de éste fue
elegido Vicario Capitular; luego designado Arzobispo de La
Habana y el 24 de Febrero de 1942 fue consagrado como tal. En el
primer Consistorio de Pío XII después de la II Guerra Mundial,
fue designado Cardenal, recibiendo el Capelo en febrero de 1946.
30.- La presencia de Mons. Arteaga en La Habana desde 1915,
permitió incrementar las relaciones de la Iglesia con los medios
oficiales, políticos y culturales. Gracias a él se reinició la
atención pastoral carcelaria que, con los años, se
institucionalizó como “La Obra del Preso”, a cargo de las Hijas
de la Caridad y de los Padres Paúles. Hizo lo que pudo por
reiniciar también las capellanías militares, pero sólo consiguió
que él personalmente pudiera celebrar Misa, confesar, predicar,
etc. en los campamentos militares. Lo hizo mientras sus
ocupaciones se lo permitieron. Llegó un momento en que ya no
pudo continuar con esa labor que, en todo caso, muy
probablemente, se habría visto interrumpida a partir del
Gobierno de Gerardo Machado. Como ejemplo de su aceptación en
medios culturales no católicos y de su apertura al tratamiento,
inclusive, de temas entonces un tanto “escabrosos”, anoto que
cuando en 1921 y gracias a la iniciativa de Don Fernando Ortiz y
de Lydia Cabrera, se fundó la primera institución dedicada a la
investigación de la “otra” raíz de nuestra cultura, la africana,
en la presidencia del acto de constitución estaba Manuel Arteaga
junto a los fundadores.
31.- A Mons. Arteaga se debe atribuir también, probablemente, la
iniciativa y, seguramente, el patrocinio eclesiástico, de la
creación de la Federación de Antiguos Alumnos de los Colegios
Católicos. La fecha oficial de la fundación fue el 11 de febrero
de 1928, o sea, ya dentro del gobierno episcopal de Mons. Manuel
Ruiz, y en pleno “machadato. La idea era reagrupar y acompañar a
los jóvenes y a las muchachas que iban terminando sus estudios
en los colegios católicos, cuyo número se había incrementado
sensiblemente desde el inicio de la República. Era una
institución de carácter formativo y apostólico, en sentido
amplio, pues incluía la educación de la responsabilidad social
de los jóvenes católicos. Mons. Arteaga fue el primer asesor
eclesiástico y su presencia mucho contribuyó a limpiar de
sospechas extrañas el nacimiento de la institución. Con el
tiempo, cuando los Obispos crearon la Acción Católica, la
Federación se convirtió en las dos ramas juveniles.
[32.-
En la época resultaba un tanto sorprendente la constatación de
las diferencias políticas entre el Arzobispo, Mons. Ruiz, y su
Vicario General, Mons. Arteaga. El primero era simpatizante del
Partido Liberal y, por lo tanto, apoyaba al Presidente Machado
que, sobre todo en su última etapa, adoptó un estilo personal de
gobierno de mano dura, del que estuvieron ausentes casi todas
las notas que permiten identificar una democracia. Por su parte,
Mons. Arteaga simpatizaba con el Partido Conservador, que
entonces formaba parte de la oposición. Esta diversidad en las
simpatías políticas, al parecer, no creó quiebras sustanciales
entre ambos y de hecho Mons. Arteaga continuó siendo Vicario
general de Mons. Ruiz hasta que este falleció. Cuando se
desplomó el gobierno del General Machado, el 12 de Agosto de
1933, hubo algunos días de descontrol ciudadano, de venganzas
por mano propia y de saqueos en las casas de algunos de los que
habían apoyado al General Machado. No faltaron entre los
sectores izquierdistas y anticlericales de la oposición quienes
recordaron las simpatías de Mons. Ruiz por el gobierno depuesto
y quienes hasta citaron las alabanzas que muy poco tiempo atrás
el Arzobispo de La Habana le había dedicado, lo que excitaba las
iras de algunos grupos. Afortunadamente, tampoco faltaron
quienes hicieron notar que su Vicario General era
“antimachadista” y al parecer esto evitó reacciones negativas de
importancia contra la Iglesia.
33.- Esa misma década de los años veintes vio la organización
del Primer Partido de inspiración marxista en el País. Congregó
un número no muy extenso de miembros, pero su influencia a lo
largo de su historia, hasta la creación del nuevo partido
comunista de Cuba, el actual (1965), siempre se extendió más
allá del número de sus miembros. Fue una organización clave en
la historia del movimiento obrero y logró atraer las simpatías
de grupos muy significativos de artistas e intelectuales. Me
parece, en honor a la verdad, que la difusión del socialismo
desde el partido contribuyó al mantenimiento y desarrollo de las
inquietudes sociales en el seno del pueblo y, probablemente,
sirvieron también de estímulo a la Iglesia a tomar en serio la
enseñanza social católica que entonces, en el mundo entero,
vivía un período de enriquecimiento que no se ha detenido hasta
nuestros días. Como era frecuente en los partidos comunistas de
la época, entre los requisitos para ser incorporados al mismo no
se incluía la profesión de “ateísmo militante”, lo que sí fue un
requisito en el partido comunista actual, desde su fundación en
1965 hasta el IV Congreso en 1991. Entre los miembros de aquel
partido hubo muchos ateos y agnósticos e indudablemente la
dirección del partido estuvo siempre en manos de ellos, pero
entre sus miembros de los niveles intermedios y de la base hubo
muchos creyentes “independientes” y personas – casi siempre
marginados socialmente - que en mayor o menor grado participaban
en grupos sincréticos. No conocí católicos o protestantes,
diafanamente identificados como tales, que fuesen miembros de
aquel partido. Aunque la Iglesia y las comunidades eclesiales
protestantes difundían un cristianismo social, la orientación
era profundamente anticomunista, como lo era en casi todo el
mundo, debido a las historias, difundidas por todas partes,
acerca de la implantación del gobierno marxista en la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas, tanto durante el gobierno de
Lenin, como en el de Stalin.]
34.- Resulta también digno de señalamiento que, después de la
caída del gobierno de Machado, en el período de inestabilidad
política que va de 1933 a 1940, o sea, hasta la elaboración y
puesta en vigor de la nueva constitución republicana y la
recuperación de una relativa estabilidad política, años en los
que hacen crisis los partidos políticos tradicionales (conservador
y liberal) y surgen varios partidos nuevos que cubrían una
amplia gama ideológica, no surgió ningún partido de corte
demócrata cristiano, como sí surgieron en otros países de Europa
y de nuestro continente. Los católicos con vocación política
militaban en todos los partidos, menos en el socialista, y el
voto de los católicos se distribuía también entre todos los
partidos. En más de una ocasión, siendo aún muy joven, escuché
que los Obispos de la época no simpatizaban con la idea de un
partido demócrata cristiano que, aunque oficialmente no fuese
confesional, inevitablemente sería identificado con la Iglesia
Católica. Los Obispos, en términos generales, al parecer,
preferían la presencia de católicos en los partidos con diversas
plataformas políticas, según las convicciones de cada uno,
siempre que no estuviesen en contradicción con la ética católica.
Otro tanto puede afirmarse de la militancia política de los
protestantes a lo largo de todo el período republicano.
35.- Del General Batista siempre se dijo que era sincrético y en
la loma de Regla se mostraba una casa más que aceptable de la
que se afirmaba que pertenecía a su “brujo” y que el propio
Batista se la había regalado. Su segunda esposa, y tengo
entendido que también la primera, eran identificadas como
católicas; sus hijos recibieron educación en colegios católicos
y he oído decir que, después que se fue de Cuba el 1º de enero
de 1959, el propio Ex - Presidente Fulgencio Batista iba a la
iglesia con su esposa y murió con los sacramentos de la Iglesia.
En los últimos años de su vida, en España, parece que un
sacerdote de la Compañía de Jesús tuvo un fuerte ascendiente
espiritual sobre él. En esto, pues, historia semejante a la de
otros Presidentes de la República.
36.- En la década de los años treintas se fueron estableciendo
las bases de lo que en los cuarentas y cincuentas sería uno de
los movimientos culturales más interesantes y fecundos de
nuestra historia republicana. Me refiero al llamado “Grupo
Orígenes”, animado por el escritor católico José Lezama Lima y
por el sacerdote Ángel Gaztelu. No fue un grupo confesional,
pero los principios éticos y estéticos sobre los que se asentaba
eran evidentemente católicos. No fue el único movimiento
cultural significativo de la época, pero sí creo que fue el de
mayor peso específico, el más abarcador y ecuménico y el que
mejor sintonizó con la realidad nacional y, simultáneamente, con
las ondas intelectuales y artísticas que recorrían el mundo
occidental. Quienes se fueron separando de él, no dejaron de
ostentar un cierto sello de “Orígenes” en sus avatares
posteriores y los miembros que viven aún, son personas sumamente
respetadas y a quienes se acude en demanda de luz. No debemos
dejar de citar como astro independiente, con relaciones
personales con muy diversos grupos, pero independiente de todos,
a Dulce María Loynaz, de larguísima e internacionalmente
reconocida carrera literaria, también identificada como católica
desde sus primeros pasos literarios – sus primeros pasos en la
poesía, todavía inmaduros, estuvieron dedicados la Eucaristía -,
hasta el final reciente de sus días.
37.- Los años cuarentas y cincuentas fueron años sumamente
ambiguos en nuestro período republicano. Cada una de las
realidades positivas que se pueden objetivamente catalogar,
presenta ángulos deplorables y viene acompañada por realidades
negativas. Cito dos ejemplos que ilustran mi afirmación: -a) el
crecimiento de la macroeconomía en la inmediata postguerra,
estuvo acompañado por las escandalosas injusticias sociales
nacidas de la exageradamente desigual distribución de los
ingresos y de la corrupción administrativa y privada; -b) la
aprobación del texto constitucional de 1940, no exento de
defectos desde el punto de vista de la “técnica” jurídica, fue
una fiesta nacional, pero con el discurrir de los años, en muy
buena medida, no totalmente, dicho texto se redujo a un elenco
de buenos deseos que no encontraron los canales jurídicos y
administrativos necesarios para que los mismos fuesen llevados a
vías de hecho.
[38.-
Sólo por caminos zigzagueantes y andando muy lentamente se
dieron pasos positivos que nos parecía aseguraban la
institucionalidad democrática, aunque tan lentamente y con
actores tan poco prestigiosos – debido a diversas causas, no
siempre relacionadas directamente con la corrupción -, que
cuando ocurrió la catástrofe del Golpe de Estado de 1952, casi
todos los cubanos lo lamentamos pero, en el primer momento, casi
ninguno movió un dedo para impedirlo. Tuvieron que ponerse en
evidencia las consecuencias negativas del mismo para que,
progresivamente, la mayor parte de los cubanos se fueran
moviendo de manera efectiva, en mayor o menor grado, hacia la
sustitución del General Batista por un gobierno más limpio y
eficaz en el orden administrativo, que restaurase el orden
democrático postulado por la Constitución de 1940. Al menos,
esos eran los deseos de la mayor parte del pueblo y a la sombra
de la restauración de la Constitución, de la reorganización de
los partidos políticos y de la convocatoria a elecciones
democráticas, fue ganando adeptos el movimiento revolucionario
que encabezaba el Dr. Fidel Castro. Los intentos de diálogo
político, que conducían a los mismos fines pero por vías de
negociación, no de revolución violenta, fracasaron uno tras
otro, tanto por la tozudez del General Batista y el apoyo de los
gobiernos norteamericanos casi hasta la última hora, como por
las divisiones entre los políticos y, en general, entre los
hombres públicos o leaders sociales, que nunca acababan de
ponerse totalmente de acuerdo en los pasos a dar en torno a la
sustitución de Batista y la reorganización posterior del País.
39.- El fracaso de los intentos de sustitución por las vías de
la negociación facilitó la dinámica adhesión a la vía de la
revolución violenta. Este fue el camino que, en definitiva, se
impuso. El Dr. Fidel Castro tomó el poder el 1º de Enero de 1959
y su estilo de gobierno evolucionó rápidamente hacia una
radicalización de tipo socialista, explícita desde 1961, y de
inspiración marxista-leninista, explícita desde 1965. Dichas
“explicitaciones” tuvieron lugar con manifestaciones de
aceptación mayoritaria del pueblo cubano. Bajo ese patrón, común
en todas las repúblicas en las que ha estado vigente el llamado
“socialismo real”, se organizó el Estado cubano, que encontró su
legitimación en la Constitución de 1976, reformada en 1992 y
todavía vigente. Creo que hoy se puede hablar de una tímida e
insuficiente transición económica, sin que vaya acompañada,
hasta el momento, por signos de una transición política. En ese
sentido, la actitud del gobierno cubano podría homologarse con
la de Viet Nam y con la de China, aunque en estos dos países la
transición económica en curso es mucho más audaz y aparentemente
mucho más eficaz que la que con trabajo se percibe en nuestro
País. Corren rumores de pasos próximos más consistentes y
articulados en Cuba con relación a la economía, pero eso no
forma parte de la Historia, sino de la Futurología y no he
realizado estudios en este ámbito…ni tengo bola de cristal, ni
creo en los sistemas adivinatorios propios de las religiones
sincréticas, relacionados con los caracoles!]
40.- Una de las ambigüedades de las décadas de los cuarentas y
de los cincuentas y hasta más acá, hasta alcanzar el periodo
posterior a la instalación del gobierno
socialista-marxista-leninista, se me hace evidente en el terreno
religioso. Si nos dejamos guiar por los números, por lo que la
mayoría de los cubanos decía y hacía y por los signos de
prestigio o, al menos, aceptación social, las décadas de los
cuarentas y de los cincuentas fueron de un significativo
crecimiento religioso cristiano, tanto católico como
protestante, así como de los movimientos religiosos libres de
corte pentecostal y adventista. El número de personas que se
acercaba regularmente a los templos crecía, las instituciones de
diversa índole aumentaban en cantidad y calidad, y era
notablemente mayor el número de los cristianos de diversas
confesiones –sobre todo católicos – que asumían
responsabilidades sociales y culturales en diversos niveles y
sectores, con un buen rango de aceptación en su desempeño
público. No habían desaparecido las ventoleras de agnosticismo y
de escepticismo, de anticlericalismo y hasta de ateísmo, pero la
curva se inclinaba hacia la disminución. Si tuviera que
mencionar un nombre, de este período, un solo nombre de un
católico laico adulto, comprometido política y socialmente y
diáfanamente comprometido con la Iglesia y que podría tipificar
lo que quiero decir, escogería al Dr. Manuel Dorta Duque,
prestigioso abogado y profesor universitario, constituyentista
de 1940, Senador de la República, representante de nuestro País
en más de una reunión internacional de importancia, difusor de
la enseñanza social de la Iglesia –en estrecha unión con el
Arzobispo de La Habana, el Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt,
con la Compañía de Jesús y con los Padres Dominicos –, cabeza de
los Caballeros de Colón y, en todas las cosas, hombre
integérrimo. Si con la misma finalidad tuviera que escoger a un
joven de prematura vida pública e indiscutible leader
universitario, escogería a José Antonio Echevarría, Presidente
de la FEU, miembro de los Escuderos de Colón y católico
practicante hasta el día de su muerte. Si tuviese que escoger
una institución apostólica, escogería a la Acción Católica en
todas sus ramas; si de publicaciones se tratase, escogería “La
Quincena”; si de avanzadillas culturales fuese cuestión,
hablaría del Centro Católico de Orientación Cinematográfica y de
su revista Cine-Guía, así como de la no confesional, pero de
inspiración católica y ya mencionada anteriormente, revista
Orígenes, dirigida por José Lezama Lima y con la colaboración
del Padre Angel Gaztelu; si de obras sociales, mencionaría la
extensión del sistema educacional católico, la multiplicación de
hogares de niños y de ancianos desamparados y la obra de
asistencia a las prisiones. Ninguna de estas menciones tiene
carácter de exclusividad, sino solamente de ejemplo indicativo.
41.- Las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en la
Iglesia Católica y a la vida pastoral en las confesiones
evangélicas tuvieron también un sólido incremento en estas
décadas. Seguíamos considerándonos con razón un País necesitado
de ayuda misionera para la expansión del Cristianismo, pero el
aumento paulatino pero sostenido de los cubanos en esta vida
consagrada a la misión y a la acción humanitaria de la Iglesia y
de las demás confesiones cristianas parecía irreversible.
42.- Con relación a los diversos grupos de religiones
sincréticas, las apariencias y lo que los mismos adeptos
afirmaban, indicaban que el número de personas adscritas a esos
grupos disminuía sensiblemente. En la medida en que negros y
mestizos marginales y las escasas minorías blancas también
marginales que participaban en estos ritos eran promovidos
cultural y socialmente, abandonaban esas prácticas a favor de
una religión socialmente aceptable, fuese el catolicismo
–mayoritariamente – fuese alguna forma de cristianismo
evangélico. Muy pocos cubanos que deseasen ser “socialmente bien
vistos” confesaban tener prácticas sincréticas. Si las tenían,
las ocultaban porque sabían que mayoritariamente eran
consideradas “un atraso” cultural y una involución de la
verdadera religión y, para muchos, hasta el caldo de cultivo de
algunas formas de conducta delincuencial. Quienes éramos
curiosos acerca de nuestra identidad integral, estudiábamos el
fenómeno, leíamos a Fernando Ortiz y asistíamos a sus cursos
libres en la Universidad y en alguna ocasión hasta mirábamos con
distanciamiento algún “culto” sincrético, pero nada más!
Sabíamos que continuaban estando vigentes estos ritos, más
cercanos a la magia, el espiritismo y al folklore que a una
verdadera religión vinculante, pero los considerábamos en
recesión en el terreno religioso, mientras simultáneamente se
incrementaba el reconocimiento y el estudio académico de los
mismos como parte del sedimento africano, en el terreno cultural
mestizo propio de Cuba.
[43.-La
ya aludida designación como Cardenal, de quien era Arzobispo de
La Habana desde el 24 de febrero de 1942, Mons. Manuel Arteaga y
Betancourt, en el primer Consistorio posterior a la II Guerra
Mundial, debe colocarse en este clima de crecimiento de la
Iglesia Católica en Cuba. La decisión de Pío XII eran un signo y
un estímulo. Ningún otro País de la zona geográfica de Cuba
había recibido tal gesto de confianza. El anuncio tuvo lugar el
24 de Diciembre de 1945 y el Capelo le fue conferido en el
Consistorio Público del 21 de febrero de 1946. Los que tenemos
edad suficiente para recordarlo, nunca hemos olvidado el júbilo
generalizado de católicos y de una cantidad significativa de no
católicos: primero ante la noticia y, luego, el día del regreso
a La Habana, el 27 de Abril del mismo año cuando desde la proa
del Magallanes saludaba a la población congregada por
miles en la Avenida del Puerto, multitud que inmediatamente lo
acompañó a la Catedral para el solemne Te Deum.]
Y si en esos años el Cardenal Arteaga nos estaba aportando
su elegancia integral y su gallardía criolla, simultáneamente
Mons. Enrique Pérez Serantes, primero en Camagüey y luego en
Santiago de Cuba, sería la encarnación patente de una
excepcional sensibilidad en el ámbito misionero y en el de la
acción social de la Iglesia; Mons. Martínez Dalmau el testigo de
una erudición poco frecuente al servicio de una cubanía
irrenunciable; Mons. Alberto Martín Villaverde el
portaestandarte de la sabiduría pastoral omnipresente y Mons.
Evelio Díaz, en Pinar del Río y en La Habana, en los años más
difíciles de la historia de la Iglesia en Cuba, el pastor de la
serenidad, la confianza y el buen humor indeficiente.
44.- Los actos públicos masivos – Congresos Eucarísticos y
Marianos, Misas en parques y plazas, procesiones, ceremonias de
coronación de imágenes, etc. – se unían a las expresiones del
crecimiento y la estabilidad de la Iglesia en hechos mencionados
anteriormente (multiplicación de instituciones de beneficencia,
escuelas, asociaciones de laicos, etc.). No sólo en La Habana,
sino prácticamente en todas las Diócesis, y no sólo en el seno
de la Iglesia Católica sino también, en naturalmente menor
proporción, en las comunidades eclesiales surgidas de la
reforma, que también experimentaron un significativo crecimiento
en número y en aprecio social en este período. Hasta la mucho
menos numerosa comunidad hebrea creció en estas décadas como
consecuencia de la emigraciones de judíos de Europa Central con
motivo primero del nazismo y después de las secuelas de la
Guerra y el crecimiento fue también acompañado del éxito
económico y del prestigio social Tengo entendido que en la
década de los cincuentas la comunidad hebrea en Cuba contaba con
más de 15.000 miembros, ubicados predominantemente en La Habana,
pero con miembros en toda la Isla.
45.- Sin embargo, al menos con relación al Catolicismo, esta
imagen color de rosa, al parecer, ocultaba una realidad diversa.
¿Simulación social, semejante a las hojas de yagruma y de
caimito o a la palma real internamente partida por un rayo o a
la ceiba carcomida? El discurso de Pío XII al Congreso
Eucarístico Nacional de 1947, transmitido en directo en la
mañana del 24 de Febrero de 1947, y las predicaciones y
conferencias del P. Lombardi S.J., Director del Movimiento por
un Mundo Mejor, muy pocos años después, señalaban una cierta
inconsistencia del catolicismo cubano, al que encontraron poco
sólido, distanciado de la práctica religiosa regular e
inconsciente de los problemas socioeconómicos y políticos que
minaban las raíces del País, simbolizado por una palma real en
cuya base comenzaba a enroscarse una serpiente, en el discurso
de S.S. Pío XII que nos estremeció a todos los que lo
escuchamos. El Padre Lombardi, en su visita a Cuba y
posteriormente, utilizó palabras aún más descarnadas.
46.- La encuesta realizada por la Agrupación Católica
Universitaria en la década de los cincuentas ratifica esos
criterios: el pueblo cubano se confiesa mayoritariamente
religioso, pues casi todo el mundo “cree en algo”, y era
entonces preponderantemente católico, pero muy distante de la
práctica regular y de la frecuencia de los sacramentos y
manifestaba en proporciones significativas criterios que no son
los de la Iglesia en materias como p.e. el divorcio con
disolución del vínculo, el celibato de los sacerdotes, etc. La
proporción de los que se confesaron “protestantes” es muy
reducida; más reducida aún la de los sincréticos y la de los no
creyentes. La encuesta fue muy amplia, pero ateniéndome al tema
religioso, la lectura de sus “signos” me lleva a la conclusión
de que los cubanos en su mayoría eran religiosos, pero en
realidad no católicos en el sentido íntegro, sino solamente en
un sentido sumamente superficial o periférico, no comprometidos.
Eran lo que suele decirse “católicos a su manera”. Sin embargo,
dejo constancia de que para algunos exegetas de la Encuesta –
como su Director José Ignacio Lasaga – esos “signos” eran
suficientes como para catalogar al pueblo cubano como “un pueblo
católico”. Es evidente que yo ni suscribía, ni suscribo esta
afirmación, a no ser que la entendamos con un sentido más
humilde, como S.S. Juan Pablo II en el discurso en el Aula Magna
de la Universidad de La Habana en enero de 1998, que se limitó a
afirmar que el pueblo cubano conserva “su alma cristiana”.
47.- Pocos años después de la encuesta, tuvo lugar la
instalación del poder revolucionario que tan rápidamente
evolucionó hacia el socialismo marxista. En aquellos años y
hasta 1991, o sea durante treinta años, hizo del ateísmo uno de
los componentes de su ideología. Los mismo cubanos que siete
años antes asistían al menos ocasionalmente a Misa y a las
celebraciones religiosas populares –p.e, en Semana Santa o en
honor de Ntra., Sra. de la Caridad -, que se confesaban
católicos a los encuestadores de la ACU y bautizaban a sus
hijos, aunque no fuesen a Misa todos los domingos y fiestas,
aplaudieron la nacionalización de la enseñanza privada y la
prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas, unida a
la promoción de la enseñanza del ateísmo desde la escuela
primaria; no se conmovieron ante la expulsión de sacerdotes y de
religiosas; cohonestaron con su presencia las manifestaciones
antirreligiosas reiteradas en torno a los edificios de culto; ni
se enteraron de la inclusión de laicos católicos, de sacerdotes
y de seminaristas en los campos de trabajo forzado que
eufemísticamente se denominaron Unidades Militares de Ayuda a la
Producción, etc. Sé que todo puede encontrar “explicaciones” en
el difícil contexto de la época en la que coexistían, por una
parte, el entusiasmo popular ante el carisma inicial del Dr.
Fidel Castro y la creatividad de los primeros años de Gobierno
Revolucionario y, por otra parte, el enfrentamiento, quizás
inevitable, entre la Iglesia y el Estado Marxista. Ahora bien,
“explicaciones” no equivale a “justificaciones” o
“legitimaciones” y, en todo caso, dicha explicación
contextualizada no me aporta razones suficientes que me ayuden a
comprender el cambio brusco de actitud de la mayoría del pueblo,
si tomamos en serio sus afirmaciones anteriores con relación a
su catolicidad, hechas muy pocos años antes por el mismo pueblo
que casi inmediatamente después no tenía escrúpulos de
conciencia en firmar las planillas de solicitud de admisión a la
Juventud Comunista o al Partido, en las que afirmaban que eran
ateos. Una parte significativa de ese mismo pueblo
entusiásticamente socialista, no muchos años después, ha
emprendido el camino de la emigración a países no socialistas en
los que satanizan el sistema de organización sociopolítica y
económica al que antes adhirieron. Y una buena parte de ese
mismo pueblo, de los que mayoritariamente permanecen en Cuba,
ahora se acercan a alguno de los grupos religiosos presentes en
el País, sea a la Iglesia Católica, sea a grupos sincréticos,
sea a confesiones religiosas de tradición evangélica.
48.- Todo esto resulta inexplicable para quien tome en serio lo
que el cubano medio - de antes, de entonces y de ahora -, dice
que cree, que apoya o que rechaza, sea en el terreno puramente
religioso, sea en cualquier otra de la dimensiones de la
existencia. En el ámbito que ahora nos ocupa, o sea, el
religioso y, dentro de él, la pertenencia a la Iglesia Católica,
todo resulta bastante claro si aceptamos las reiteradas
ambigüedades y simulaciones, de una buena parte de los cubanos,
en el ser y en el decir; y, por lo tanto como expresé
anteriormente, que aunque se decían católicos, en realidad, la
mayoría de los cubanos no lo eran tanto, y ni siquiera eran
creyentes en un Dios personal, a nivel medianamente profundo,
capaz de comprometer éticamente a la persona humana. Entonces,
me parece, todo nos resulta diáfano y se comprenden los cambios
de actitud externa y las vueltas de la tuerca. Aunque no es
lugar para desarrollar un argumento que he desarrollado en otros
textos, tengo la impresión de que esa inconsistencia religiosa
de la mayoría de los cubanos tampoco puede separarse de lo que
nuestro Jorge Mañach llamaba “espíritu de choteo”, al que ya me
he referido. De ese espíritu de choteo o del “relajo criollo”, o
sea, de la falta de responsabilidad ante la existencia, sin
discernimientos de sabiduría entre lo que es serio y lo que no
lo es, nacen – a mi entender - la inconsistencia en materia
religiosa, cultural, política, etc. Como consecuencia de esta
dolorosa convicción, estimo que, tanto los responsables de la
sociedad civil como los animadores de la vida eclesial, deberían
trabajar de consuno para ayudar a nuestro pueblo a superar este
relajo pluridimensional que resulta tan connatural a la mayoría
de los cubanos, que ni siquiera lo perciben como la carcoma que
nos destruye como Nación. Paulatina pero progresivamente. El
temprano ensayo “El pueblo cubano”, de Don Fernando Ortiz, es
mucho más desesperanzador con respecto a nuestro pueblo que lo
que fue posteriormente Jorge Mañach y que lo que afirmo ahora en
este texto. Yo no cierro las puertas que siempre me abre la
Esperanza, hermana menor de las virtudes teologales, según del
decir de Charles Péguy. No las cierro con relación a Cuba, ni
con relación a ninguna otra realidad intramundana.
“Contrimenos”, dirían los campesinos de mi tierra, con relación
a las realidades trascendentes.
49.- Después de unos años de estupor y de aplastamiento ante lo
que sucedía en el País, años de casi total silencio y de
desconcierto ante la privación de los medios tradicionales de
realización de su misión evangelizadora, años de muchas
preguntas sin respuestas claras y unívocas ante sus propias
responsabilidades históricas, años – en fin – de casi total
incomunicación entre las autoridades de la Iglesia y quienes
ostentaban - y en muchos casos todavía ostentan - las mayores
responsabilidades políticas y administrativas, la Iglesia
Católica comenzó un camino lento y discreto de reanimación,
tomando como punto de partida para la misma la concentración en
lo que era posible: la Liturgia y la formación de sus miembros
en todos los niveles. De los inicios de este despertar azorado
datan las dos cartas pastorales de 1969, en las que los Obispos
reafirman la voluntad eclesial de continuar viviendo y sirviendo
y de realizar su misión, con espíritu de diálogo, en el nuevo
marco sociopolítico y económico creado por el movimiento
revolucionario, armada por la confianza en Dios, en la
intercesión maternal de Nuestra Señora de la Caridad y en la
capacidad de buena voluntad de todos los ciudadanos de nuestro
País, creyentes y no creyentes. De este despertar agradeceremos
siempre el empeño lúcido de los Obispos del momento y de quien
entonces ostentaba la representación de la Santa Sede en Cuba,
Mons. Cesar Zacchi, que nunca nos olvidó y quiso bien a los
cubanos hasta el final de sus días.
50.- Fueron los años espléndidos del Beato Juan XXIII y de Pablo
VI, del Concilio Vaticano II (1962-65) y de Medellín (1968), los
años del Congreso de Apostolado Seglar (1967) y del inmediato
postconcilio. El clima de renovación en la Iglesia Universal
coincidía con el cambio cultural de los sesentas en el mundo
occidental. Y si estos cambios culturales facilitaron la
instalación del movimiento revolucionario cubano en la
iconografía de la época, la renovación eclesial estimuló el
esfuerzo de la Iglesia en Cuba por “situarse” en la nueva
realidad, sin quiebras en su identidad. Ya en un clima
discretamente creciente de inserción y de mayor comunicación en
ambas direcciones entre la Iglesia y el Estado en el interior
del País, y de una mejor comunicación de la Iglesia en Cuba con
las realidades del mundo exterior, eclesiales y seculares,
llegamos al Pontificado de Juan Pablo II (1978), a Puebla
(1979), a la cuidadosa preparación (Reflexión Eclesial Cubana –
REC –1981 a 1985) y a la realización del Encuentro Nacional
Eclesial Cubano (ENEC, 1986), a las frecuentes “misiones
populares” posteriores, al capelo cardenalicio de Mons. Jaime
Ortega, nuestro segundo Cardenal Arzobispo de La Habana, y por
último a la visita pastoral del Santo Padre a Cuba, verdaderos
días de fiesta, en el sentido más integral de la palabra, para
la Iglesia y para todo el pueblo, que durante cuatro días dejó a
un lado muchas de sus tribulaciones y conflictos.
51.- A partir del ENEC y en torno a la visita del Santo Padre,
la Iglesia Católica en Cuba pasó de ser una Iglesia de la
conservación y de la defensiva con vistas a la supervivencia, a
ser una Iglesia en estado de misión y crecimiento, no
espectacular, pero sostenido. El fenómeno del éxodo iniciado en
los primeros años de esta etapa de nuestra historia republicana,
no ha desaparecido y continuamos formando buenos laicos
católicos y protestantes para que la mayoría vaya a evangelizar
en países extranjeros. La Iglesia Católica en Cuba es hoy como
al parecer siempre ha sido y como describen las parábolas del
Evangelio al referirse a la instauración del Reino de Dios:
grano de mostaza y polvo de levadura. No más que éso, pero
tampoco menos que eso.
52.- Lamentablemente también estos últimos años han sido
testigos de un crecimiento desmesurado de los movimientos
religiosos libres de corte pentecostal, desgajados del
protestantismo histórico, así como de grupos de la vasta gama de
religiosos sincréticos, con una tendencia hacia una mayor
africanización o, más exactamente, paganización, con el
concomitante debilitamiento del componente católico habitual e
histórico de dichos grupos. Al parecer, esta tendencia se
origina, en ocasiones, en la convicción de algunos etnólogos que
tienen creencias sincréticas, pero no deja de presentar signos
de una manipulación proveniente de convicciones de otra índole,
ajenas a lo religioso. Utilizo a conciencia el adverbio
“lamentablemente” para referirme a ambas situaciones porque
entiendo que, salvo en casos que considero excepcionales, los
exponentes de ambos grupos manifiestan signos de una realidad
que dista mucho de ser una “religión” en el genuino sentido de
la palabra, y ambas actitudes, tal y como se presentan en los
años recientes, comportan rompimientos culturales de
consecuencias deteriorantes de la cultura y la nacionalidad, ya
precarias.
53.- Las relaciones con el Estado han logrado una mejor fluidez
en las dos direcciones, aunque todavía insuficiente, también en
ambas direcciones. De la agenda de la Iglesia en esa relación
han desaparecido algunos temas, pero otros continúan estando
presentes, como son, p.e. las deficiencias en la gestión oficial
en detrimento del bienestar integral del pueblo y el acceso de
la Iglesia a los grandes medios masivos de comunicación y a la
educación. Las publicaciones eclesiales contemporáneas son un
factor positivo, como lo son también las celebraciones
religiosas fuera de los templos, tanto las masivas, como las de
pequeño grupo, pero estos “espacios” de evangelización no
compensan los espacios perdidos en los años sesenta y no
satisfacen la vocación misionera, evangelizadora, de la Iglesia.
54.- No quiero dejar de mencionar la sensibilidad social de la
mayor parte del pueblo cubano y, consecuentemente, de la Iglesia
como porción católica del mismo. Esa tradición arranca desde
nuestros balbuceos en la Historia, en el siglo XVI, encuentra
una expresión sistemática en la generación áurea del Seminario
“San Carlos y San Ambrosio”, se prolonga en los discípulos de
esa generación y, ya en la República, se hace patente, de manera
humilde, pero real y efectiva, en la Academia Católica de
Ciencias Sociales de los Padres Dominicos, en la obra del Padre
Foyaca S.J. asumida por la Compañía de Jesús y en la revista “La
Quincena” de los Padres Franciscanos.
55.- Investigaciones sociológicas realizadas hace algunos años
(1994-1996) por una institución gubernamental, antes de la
visita de S.S.. Juan Pablo II, revelan que un 86% del pueblo
cubano está abierto a la Trascendencia, o sea, que “creen en
Algo más allá de nuestras realidades intramundanas”, aunque sólo
un 15% tiene referencias explícitas con alguna religión
institucionalizada. Sorprendente resultado después de más de
treinta años de promoción oficial del ateísmo militante, pero
que, a mi entender, reitera los resultados de la investigación
de la Agrupación Católica Universitaria de los años cincuentas.
56.- Así, según las “parábolas” o comparaciones cubanas, un poco
jutías y un poco caimitos y yagrumas, como somos, continuamos
encontrando ciguarayas que nos sanen, volvemos a salir a flote,
como el corcho, y mantenemos viva nuestra vocación de ceibas y
de palmas reales. ¿La llegaremos a realizar en esta orilla de la
Historia? Lo deseo, pero no apuesto. El “choteo” criollo,
nuestra pandemia secular, continúa vigente, sean cuales sean los
regímenes sociopolíticos y las coyunturas nacionales… Y yo [ya
lo dije antes], no soy futurólogo, ni tengo bola de
cristal, ni creo en los sistemas adivinatorios de las religiones
sincréticas.
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