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 Los cristianos marginados de Tierra Santa

“¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea  a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina sus polluelos bajo las alas, y no han querido! Pues bien, se les va a dejar desierta su casa. Les digo que no me volverán a ver hasta que llegue el día en que digan: “Bendito el que viene en nombre del Señor” (Lc 13: 34-35).

Dora Amador Morales

Los cristianos hemos abandonado Tierra Santa. La emigración masiva de cristianos de Israel y de la Autoridad Palestina ha disminuido esa población de un 25 a un 2 por ciento. El miedo a la violencia permanente en la región también ha logrado reducir a niveles casi inexistentes las peregrinaciones a los lugares santos vinculados a la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Es por esta situación gravísima que los franciscanos, custodios de los lugares sagrados cristianos en Tierra Santa desde el siglo XIII, hacen un llamado urgente al mundo para que vayan a Jerusalén, Belén y todos los santos lugares tan arraigados en el corazón de cada cristiano.

 

El conflicto

El portavoz de la Custodia Franciscana de Tierra Santa, el P. David Jaeger , pidió el 22 julio que Naciones Unidas convoque a una conferencia de paz para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos.

El fraile franciscano presentó la propuesta después que la Asamblea General de la ONU aprobara el día anterior una resolución que insta al gobierno israelí a cumplir con una decisión de la corte Internacional de Justicia de la Haya de derribar el muro de separación.

El muro “ha invadido en varios puntos las propiedades de la Iglesia Católica, incluidas algunas de los franciscanos en Tierra Santa en el Monte de los Olivos”, dijo el fraile. En esa área “se ha tomado una gran parte de la propiedad sagrada y el muro excluiría de Jerusalén el Santuario de Lázaro”. 

Pero, aunque la misma Corte Suprema de Israel ordenó el 30 de junio cambiar la ruta por donde se estaba construyendo el muro, porque “violaba los derechos humanos de los palestinos”, el gobierno de Ariel Sharon ordenó que continuara la edificación, que se extenderá a 600 kilómetros.

Una cicatriz más en la sufrida región donde Dios se le reveló de forma más cercana a la humanidad: fue aquí donde el pueblo judío tuvo su experiencia fundacional de la Alianza; aquí donde Dios “puso su morada entre nosotros”, haciéndose visible en su Hijo, Jesús, llevando así a plenitud la historia de la salvación con la encarnación del Amor, que es Dios. Aquí fue también donde el profeta Mahoma desarrolló su pensamiento religioso y jurídico.

Cierto, los israelíes tienen razón para tomar medidas desesperadas para protegerse de los ataques de terroristas palestinos suicidas. Y el gobierno de Sharon se enfrenta a guerras internas muy peligrosas, por seguir adelante con los planes de desmantelar los asentamientos judíos y retirar el ejército de ocupación de Gaza.

Pero razón tienen los palestinos de ver en ese muro una infamia contra su dignidad. Más de 250,000 personas han quedado desplazadas, porque el muro no ha sido construido en la frontera trazada por Naciones Unidas, que delimita los territorios de ambos pueblos, sino que se adentra en villas y pueblos palestinos. Si antes éstos vivían marginados, ahora la cuota de sufrimiento se ha elevado a niveles más inhumanos. El muro, como una daga, atraviesa el corazón de cientos de miles de familias que han quedado separadas; eleva el nivel de desempleo; interrumpe la vida normal escolar de los niños, e impide el acceso a los hospitales y lugares de servicio médico cercano. Tiene portones para pasar de un lado a otro, pero muy distantes, y muchos están casi siempre cerrados.

 

“Puentes, no muros”

“En realidad, ¡Tierra Santa no tiene necesidad de muros, sino de puentes!”, exclamó Su Santidad Juan Pablo II en una de sus insistentes intervenciones a favor de la paz en la región. “Sin reconciliación de los espíritus no puede haber paz. Que los responsables tengan el valor para retomar el diálogo y la negociación”, expresó el Papa.

Los cristianos de esa parte del mundo se sienten abandonados en medio de una mayoría musulmana dentro de un Estado judío, rodeados de sus compatriotas palestinos y atrapados en las guerras sangrientas entre unos y otros. Los católicos se han ido convirtiendo en una minoría triple: como árabes entre judíos; como árabes cristianos entre árabes musulmanes, y como una minoría dentro de la sociedad cristiana. (La Santa Sede y el Medio Oriente, documento de los obispos católicos de EE.UU., de 1999).

 

Un signo de luz

Pero esa pequeñísima presencia cristiana, que funda su fe en el amor, el perdón y la reconciliación, ha demostrado ser una esperanza para la región: recordemos, cuando la Basílica de la Natividad fue asediada, cómo los franciscanos, arriesgando sus vidas, sirvieron de puente entre los dos bandos, evitando una masacre de proporciones inmensas. El santo lugar donde nació Jesús fue una luz, un signo de paz en el Medio Oriente.

Cuando Su Santidad visitó Tierra Santa en el Año Jubilar, 2000 del nacimiento de Cristo, fue recibido en el aeropuerto de Tel-Aviv por tres niños israelíes: un judío, un palestino y un cristiano. Cuando los niños le presentaron el recipiente lleno de tierra,  el Papa la besó emocionado. Ese era sólo el primer gesto simbólico de los muchos que realizaría en pos de la paz y la reconciliación en esa región.

 

Las palabras del Papa

“Mi viaje es una peregrinación, con espíritu de humilde gratitud y esperanza, a los orígenes de nuestra historia religiosa. Es un tributo a las tres tradiciones religiosas que conviven en esta tierra. Desde hace mucho tiempo esperaba reunirme con los fieles de las comunidades católicas, en su gran variedad, y con los miembros de las diversas Iglesias y comunidades cristianas presentes en Tierra Santa. Pido al Señor que mi visita contribuya a incrementar el diálogo interreligioso, que impulse a judíos, cristianos y musulmanes a encontrar en sus respectivas creencias y en la fraternidad universal que une a todos los miembros de la familia humana, la motivación y la perseverancia para trabajar en favor de la paz y la justicia que los pueblos de Tierra Santa no poseen aún y que anhelan tan profundamente. El salmista nos recuerda que la paz es don de Dios: ‘Voy a escuchar lo que dice Dios. Sí, habla de paz para su pueblo y para sus amigos, y para cuantos se vuelven a él de corazón’ (Sal 85, 9). Que Dios conceda la paz como don a la tierra que él se escogió. ¡Shalom!”

Día a día somos bombardeados con las brutales imágenes televisivas de violencia que nos llegan de allá. Pero no basta con lamentarse, y aunque rezar “por la paz en el mundo” es bueno y necesario, el Papa nos está llamando a algo más, que es nuestra presencia solidaria con los cristianos olvidados de Tierra Santa.

Hoy podemos contar con la Fundación Franciscana de Tierra Santa, una organización creada por la Custodia Franciscana de Tierra Santa, para salvaguardar los derechos humanos básicos de los cristianos palestinos y preservar, proteger y restaurar los lugares santos del cristianismo.

“Para los hermanos cristianos atrapados en un ambiente hostil cargado de desconfianza étnica, la Fundación Franciscana se ha convertido en su principal voz y medio de ayuda”, dice el fraile franciscano Peter F. Vasko, presidente de la fundación.

 

Agentes de solidaridad

Hace unas semanas, el nuncio apostólico ante Israel y la Autoridad Palestina, Pietro Sambi, urgió a los peregrinos a visitar Tierra Santa como discípulos de Cristo, testigos de la paz y agentes de la solidaridad humana. “Vengan a Tierra Santa; los cristianos aquí esperan por ustedes; los israelíes y los palestinos están esperando por ustedes”, dijo el arzobispo. “Una peregrinación sería un regalo a los pueblos de Israel y Palestina, y un regalo mayor para los peregrinos… es una espiritualidad mayor la que aquí se vive”.

 

Peregrinación

Ahora todo me lleva a Tierra Santa. Quiero montarme en un botecito y navegar por el Mar de Galilea, mirar de cerca el río Jordán, subir al Monte de las Bienaventuranzas y quedarme mucho tiempo en silencio en el Jardín de Getsemaní; entrar en la gruta de la Natividad; visitar el Cenáculo; entrar en las iglesias de la Anunciación, del Santo Sepulcro; tomar vino en Caná.

Y, con mi presencia y la de muchos peregrinos despojados de miedo, ser seguidores del mensaje de Jesús, que nos pidió ser levadura. Levadura que puede transformar la masa humana.

 

La Fundación Franciscana de Tierra Santa cuenta con una maravillosa página en la red: www.ffhl.org, llena de información valiosísima, medios para ayudar y numerosas ofertas de peregrinaciones a Tierra Santa organizadas y guiadas por los frailes. Tiene también una excelente lista de enlaces –links– que recomiendo visitar. La sede de la fundación está en Washington, D.C., pueden llamar al 1-866-905-3787.