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El Camino de Santiago: la Ruta de las Estrellas

Rogelio Zelada

Este año, en que el 25 de julio cayó en domingo, todos los caminos llevan de manera especial a la tumba de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y Salomé, la hermana de María, y hermano de Juan el Evangelista; el pescador reclutado a primera hora por Jesús en Cafarnaúm; el impulsivo compañero de Simón y Andrés, que quiso arrasar con fuego del cielo las poco hospitalarias aldeas samaritanas; el mismo que, en persona o usando fuertes influencias familiares, trató de asegurarse un buen puesto en el reparto de poderes del nuevo reino. Sant-Yago Zebedeo, el fogoso animador y jefe de la comunidad apostólica postpascual de Jerusalén, que fue decapitado hacia el año 42 por orden de Herodes Agripa, es el primer mártir del grupo de los doce, y el punto de partida de una historia que ha entretejido el camino espiritual y cultural de España y de Europa.

Luego de la decapitación de Santiago en Jerusalén, se cuenta que sus discípulos Anastasio y Teodoro, tras siete días de navegación y luego de varias y milagrosas peripecias, atracaron en las costas gallegas con el cuerpo y la cabeza del apóstol. Al finis terrae del mundo conocido llevaron a enterrar al Hijo del Trueno, en un mausoleo donado por la reina Lupa, al pie del monte Libredón.

No será sino hasta la segunda mitad del siglo VI cuando las tradiciones orales respecto a la presencia de Santiago en España empiecen a ser referencia escrita en venerables documentos, como el “Breviario de los Apóstoles”, en el Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana, del siglo VIII.

El 25 de julio de 814, durante el reinado de Alfonso II el Casto, un ermitaño de Solovio llamado Pelayo contemplaba asombrado la lluvia de estrellas que caía cada noche sobre un pequeño monte del bosque Libredón. Impresionado por tal prodigio. Solovio corre a informar al obispo Teodomiro, y con insistencia logra convencerlo y llevarlo al bosque, para que contemple por sí mismo la extraordinaria cascada luminosa. El resplandor que se abre paso entre la oscura vegetación los llevará ante una tumba de piedra. En ella descubrirán los cuerpos de Santiago, Teodoro y Anastasio. Avisado el Rey, llega a toda prisa desde Oviedo y ordena levantar una basílica y un monasterio benedictino en ese mismo lugar. No era para menos, el hallazgo de las reliquias de Santiago venía providencialmente, y en el momento preciso, a fortalecer a la Iglesia frente a la expansión del Islam. Aquel campo tachonado de estrellas, campus estellae, dará finalmente nombre al sitio: Compostela.

En Clavijo, cerca de Logroño, el 23 de mayo del 844, Ramiro I de Asturias se enfrenta a Abderramán II, que lo supera en soldados y caballería. En medio de la batalla la aparición de Santiago, a caballo y espada en mano, da la victoria a los cristianos y se convierte en la encarnación de la Reconquista. Esta visión de Santiago “Matamoros” será el aglutinante definitivo contra el Islam en la Reconquista de la península ibérica, donde los ejércitos cristianos combatirán desde entonces al grito de “¡Santiago y cierra España!”.

Pronto comenzaron a llegar peregrinaciones de todos los puntos de Europa, promovidas principalmente por los monjes de Cluny. Nacía el Camino de Santiago. Fue tan impresionante el flujo de peregrinos hacia Compostela desde todos los lugares de Europa, que poco a poco se formó una red de caminos o rutas en los que hubo que fundar hospederías, hospitales, lazaretos y cementerios. Se alzaron puentes, se construyeron catedrales, iglesias, ermitas, monasterios y abadías. Se indicaron los senderos con cruceros de piedra, y se fortificaron los territorios conquistados. En torno a la ruta jacobea fueron apareciendo y consolidándose importantes núcleos de población para asistencia de los peregrinos.

En la Edad Media, los papas Calixto II y Alejandro III instituyeron el Año Santo Compostelano (el Xacobeo) y dieron el impulso definitivo a las peregrinaciones a la tumba de Santiago, al conceder Indulgencia Plenaria a todos los que peregrinaran a Compostela en el año durante el cual el 25 de julio cayera en domingo. Para ganar esta indulgencia, idéntica a la del Año Santo Romano, debían visitar la Catedral y la tumba del Apóstol, rezar por las intenciones del Papa y confesarse y comulgar en la quincena anterior o posterior a la visita.

La gran peste negra del siglo XIV, la irrupción de la reforma protestante y las guerras de religión hicieron decaer enormemente las peregrinaciones.

Ante el peligro de un posible ataque del pirata Francis Drake, y movido por el temor de que se profanaran las reliquias del apóstol, el Arzobispo San Clemente las ocultó secreta y eficazmente en el año 1589. Como sólo él conocía el sitio donde estaban ocultos los restos de Santiago, la muerte repentina del arzobispo privó a Compostela y a la Iglesia de España de su más preciado tesoro: a partir de ese momento, las veneradas reliquias se extraviaron durante 300 años, en los que prácticamente desapareció toda peregrinación a Compostela.

No fue sino hasta el siglo XIX cuando el cardenal Payá, luego de incansables investigaciones y muchísimas y complicadas excavaciones, logró dar finalmente con los restos perdidos, cuya autenticidad fue confirmada por León XII en 1844. A partir de entonces, millones de persona reiniciaron como peregrinos la ruta hacia la tumba de Santiago el Mayor, y su Camino recobró la vigencia de su antiguo esplendor.

Goethe afirmó que “Europa se hizo peregrinando a Compostela”, definiendo así el papel del Camino de Santiago, la ruta de las estrellas, en la difusión de la cultura y la creación de una común identidad entre los pueblos del viejo continente. Por eso, en 1987, el Consejo de Europa reconoció la ruta compostelana como Primer Itinerario Cultural Europeo y la UNESCO la declaró, junto con la ciudad de Compostela, como “Patrimonio de la Humanidad”.