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Los católicos en la vida política
Declaración de la Conferencia de Obispos Católicos de los
Estados Unidos,
aprobada en su asamblea especial de junio y hecha pública el 7
de julio de 2004
Nos dirigimos a
ustedes como obispos, como maestros de la fe católica y de la
ley moral. Tenemos la obligación de enseñar sobre la vida humana
y la dignidad, el matrimonio y la familia, la guerra y la paz,
las necesidades de los pobres y las exigencias de la justicia.
Hoy continuamos nuestros esfuerzos de enseñar sobre un asunto
singular e importante que ha surgido recientemente como fuente
de preocupación tanto para los católicos como para otras
personas.
Desde un
principio, la Iglesia Católica ha enseñado, basada en su
entendimiento del testimonio de su Señor respecto a la santidad
de la vida humana, que el dar la muerte a una criatura por nacer
es siempre algo intrínsicamente perverso y nunca puede ser
justificado. Si las personas que practican un aborto, y las que
cooperan voluntariamente en esa acción, son totalmente
concientes del objetivo malévolo de su actuar, están cometiendo
un pecado grave y, por consiguiente, están separándose ellas
mismas de la gracia de Dios. Esta es la enseñanza trasmitida de
manera permanente por la Iglesia. Esta es también la convicción
de muchas personas de buena voluntad.
Legalizar esta acción, que
es intrínsicamente perversa, es en sí algo malo. Este es un
punto que recientemente se ha enfatizado más en la enseñanza
católica oficial. Se puede decir que tal sistema legal coopera
con esa maldad cuando no protege la vida de aquellos que no
tienen protección alguna, excepto bajo la ley. En los Estados
Unidos de América, el aborto solicitado se ha convertido en un
derecho constitucional por medio de una decisión de la Corte
Suprema. El no proteger la vida de los miembros inocentes e
indefensos de la raza humana, es pecar contra la justicia. Por
lo tanto, quienes formulan las leyes tienen la obligación de
conciencia de trabajar para rectificar las leyes defectuosas en
lo moral, para no ser culpables de cooperar en esa maldad y de
pecar contra el bien común.
Así como nuestra
Conferencia ha insistido en Ciudadanos Comprometidos, los
católicos que viven sus convicciones morales en la vida pública
no son una amenaza a la democracia o al pluralismo; más bien los
enriquecen; al igual que a la nación. La separación entre la
iglesia y el Estado no exige una división entre la creencia y la
acción pública, entre los principios morales y las opciones
políticas; más bien protege los derechos de los creyentes y de
los grupos religiosos a practicar su fe y a vivir sus valores en
la vida pública.
En estos
momentos, nuestra obligación como obispos es enseñar claramente.
Es con solicitud pastoral hacia todos los que participan en el
proceso político que también advertiremos a los funcionarios
públicos católicos que su apoyo persistente al aborto solicitado
les pone en riesgo de hacerles colaboradores de esta maldad de
una manera pública. Insistiremos en nuestro deber de dar
consejo, con la esperanza de que el escándalo que representa su
cooperación en dicha maldad pueda resolverse con la adecuada
formación de su conciencia.
Habiendo recibido
un extenso informe interino del Grupo de Trabajo sobre Obispos
Católicos y Políticos Católicos, y esperando recibir el informe
completo, destacamos varios puntos del informe interino que
sugieren algunas directrices para nuestro esfuerzo:
• Debemos
continuar enseñando claramente –y ayudar a otros líderes
católicos a enseñar claramente– sobre nuestro inquebrantable
compromiso con la protección legal de la vida humana, desde el
momento de la concepción hasta la muerte natural. Nuestra
enseñanza sobre la vida y la dignidad humanas deberá reflejarse
en nuestras parroquias y en nuestros ministerios dedicados a la
educación, al cuidado de la salud y a los servicios sociales.
• Debemos hacer
mucho más para persuadir a todos de que la vida humana es
preciosa y que la dignidad humana debe ser defendida. Esto
requiere de un diálogo y de un compromiso más eficaz con los
funcionarios públicos, especialmente con los funcionarios
públicos católicos. Acogemos gustosos todo diálogo iniciado por
los propios líderes políticos.
• Los católicos
deben vivir y apoyar estos principios y políticas en la vida
pública. La transformación del mundo es la vocación especial de
los laicos. Debemos animar esta vocación y esforzarnos más para
que todos los creyentes participen en esta misión. Como obispos,
no apoyamos ni nos oponemos a ningún candidato. Más bien,
queremos formar la conciencia de nuestro pueblo para que todos
analicen la posición de los candidatos y hagan su selección
basados en la enseñanza moral y social católica.
• La comunidad
católica y las instituciones católicas no deben honrar a quienes
realicen acciones que desafían nuestros principios morales
básicos. No debe dárseles premios, honores o plataforma alguna
que pueda sugerir un apoyo a sus acciones.
• Nos
comprometemos a mantener la comunicación con los funcionarios
públicos, que son quienes diariamente toman las decisiones que
afectan asuntos concernientes a la vida y la dignidad humanas.
La Eucaristía es
la fuente y la cumbre de la vida católica. Por lo tanto, como
todas las generaciones católicas que nos precedieron, debemos
guiarnos por las palabras de San Pablo: “Por lo tanto, el que
come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el
cuerpo y la sangre del Señor” (1 Cor 11:27). Esto quiere decir
que todos deberán hacer un examen de conciencia para ver si son
dignos de recibir el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor. Este
examen incluye fidelidad a la enseñanza moral de la Iglesia en
la vida pública y en la vida privada.
La pregunta
planteada es si es necesario negarles la Santa Comunión a
algunos católicos que están en la vida pública debido a su apoyo
al aborto solicitado. Dado el número de circunstancias que es
preciso tener en cuenta para llegar a un juicio prudencial sobre
un asunto tan serio, reconocemos que ésta es una decisión que
deberá tomar cada uno de los obispos, de acuerdo con los
principios canónicos y pastorales establecidos. Los obispos
pueden, en forma legítima, formular juicios diferentes sobre el
camino más prudente de acción pastoral. Sin embargo, todos
compartimos el compromiso inequívoco de proteger la vida y la
dignidad humanas y de predicar el Evangelio en tiempos difíciles.
Las tendencias
polarizantes y politizadas de un año electoral pueden crear
circunstancias en las que la enseñanza católica y la práctica
sacramental pueden ser manipuladas con fines políticos. El
respeto por la Sagrada Eucaristía, de manera especial, exige que
sea recibida dignamente y que sea vista como la fuente de
nuestra misión común en el mundo.
Redactado por el
Equipo de Trabajo sobre los Obispos Católicos y los Políticos
Católicos, de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados
Unidos (USCCB), en colaboración con el Cardenal Francis George,
OMI, el Arzobispo Charles J. Chaput, OFMCap, y el Obispo Donald
W. Wuerl. Su publicación fue aprobada por el cuerpo en pleno de
los obispos en su Reunión General de junio de 2004, y ha sido
autorizada por
Mons.
William P. Fay, Secretario General, USCCB.
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