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Leyenda
e historia de los Evangelios Apócrifos
Los “evangelios
secretos”, los “evangelios silenciados por la Iglesia”, los
“verdaderos evangelios”, los “evangelios que la Iglesia no
quiere que usted lea”… Las denominaciones son aún más numerosas,
y las ediciones y los sitios de la Internet donde es posible
conocer estos “evangelios” aumentan en la misma medida en que
aumentan el interés o la curiosidad por sus “secretos”.
Pero una gran
parte de los misteriosos documentos ha estado a la disposición
de los lectores, prácticamente, desde que se escribieron. Se
trata de los Evangelios Apócrifos, todo un cuerpo de relatos
sobre la vida de Jesús escritos durante los tres primeros siglos
del cristianismo; relatos que nunca fueron secretos, pero que
tampoco fueron aceptados por los Padres de la Iglesia como
canónicos, es decir, como parte del Nuevo Testamento.
¿Por qué?
Modernamente, se insiste en que dichos relatos no contribuían a
cimentar el poder institucional de la naciente Iglesia, por lo
que ésta los rechazó y condenó. Se olvida –o se desconoce
interesadamente– que durante aquellos primeros siglos la Iglesia
cristiana ocupaba el primer lugar en la lista de los proscritos,
por lo que difícilmente podía dedicarse a reprimir. Algunos de
los primeros campeones de la ortodoxia cristiana fueron, al
mismo tiempo, perseguidos por el poder romano y murieron por su
fe. La causa de la exclusión (no de la destrucción sistemática)
de los Apócrifos, fue mucho más sencilla: su conocida falta de
autenticidad testimonial, y su tendencia a sustentar la
naturaleza sobrenatural de Jesucristo atribuyéndole a éste la
realización de prodigios espectaculares, lo que relegaba a un
plano muy secundario la trasmisión del mensaje cristiano.
En efecto, la
significación original del calificativo “apócrifo” es la de “fabuloso”,
y ésta es la condición de gran parte de las historias que
integran el cuerpo de los Evangelios Apócrifos, a lo cual habría
que añadir el contenido gnóstico de algunos de ellos, sobre todo
de los que se descubrieron en la biblioteca egipcia de Nag
Hammmadi en 1945, y que responden a creencias que se valieron de
las nacientes estructuras eclesiales para difundir un mensaje
esencialmente distinto del cristiano, anteponiendo el
conocimiento elitista de “verdades” supuestamente ocultas a la
fe en el sacrificio redentor de Jesucristo. Pero todos los
Apócrifos –gnósticos o no– son posteriores a los cuatro
Evangelios canónicos (San Marcos, San Mateo, San Lucas y San
Juan), y aun posteriores a la Didaké, posiblemente el
texto cristiano más antiguo que se conserva después de los
cuatro Evangelios, y que se consideraba perdido hasta que, en
1873, fue redescubierto por un sacerdote griego. La Didaké
se escribió, aproximadamente, entre los años 95 y 100 d. C., y
su redactor formaba parte activa de una comunidad cristiana
establecida; Mateo y el Discípulo Amado, a quien se considera
autor del Evangelio de San Juan, acompañaron a Jesucristo
durante su misión; Marcos y Lucas, por su parte, aprendieron de
los primeros apóstoles y discípulos. Independientemente del
proceso de desarrollo textual sufrido por estos cuatro
Evangelios hasta alcanzar la forma en que los conocemos, sus
autores “tenían una historia que contar” de primera mano, una
historia que habían vivido y contribuido a protagonizar, nada
menos que junto a Jesús o muy cerca de él.
Los Apócrifos, en
cambio, se escribieron despúes, con el fin de llenar los
espacios vacíos dejados por los cuatro relatos originales, en
los que se hace muy poca mención de la infancia de Jesús, y
ninguna de sus años juveniles: todo un largo período al que se
ha llamado, justamente, su “vida oculta”. Los autores de los
Apócrifos apelaron a dos fuentes principales: los cuatro
Evangelios y las tradiciones orales de las diversas comunidades
cristianas –a veces separadas entre sí no sólo por distancias
geográficas, sino por interpretaciones y polémicas doctrinales–.
A estas dos fuentes se añadió un poderoso recurso literario: la
imaginación. Si Jesús era el hijo de Dios hecho hombre, nada le
impedía obrar actos sobrenaturales de todo tipo, y a algunos
autores les pareció que la resurrección de Lázaro no bastaba
para demostrar la sobrenaturalidad del Maestro, por lo que le
atribuyeron a éste una infinidad de prodigios francamente
mágicos. Para revestir de autenticidad estas narraciones, su
autoría se atribuyó a algunos de los primeros apóstoles. De este
modo se compusieron los relatos evangélicos de “Andrés”, “Juan”,
“Pedro”, “Felipe” y “Tomás”… todos ellos, muchos años después de
la muerte de sus respectivos “autores”. Bastaba este
procedimiento, ampliamente conocido en la época en que tales
relatos proliferaron, para excluir los Evangelios Apócrifos del
cuerpo canónico. Pero, a la inautenticidad de su origen, algunos
de los Apócrifos unían episodios dudosos, cuando no heréticos;
tal fue el caso del llamado Evangelio de Pedro, donde Jesús
moría en la cruz sin que pareciera sufrir dolores físicos, lo
cual exaltaba su divinidad en detrimento de su humanidad. En una
época en que la Iglesia se afanaba por defender su cuerpo de
creencias no sólo de los errores doctrinales, sino de la
oposición rabínica y de la persecución romana, la exclusión de
todo lo que atentara contra su unidad doctrinal era una medida
tan necesaria como previsible. Sobre la base de esta exclusión,
el calificativo de “apócrifo” ha venido a significar “falso”.
Pero los
Evangelios Apócrifos nunca fueron condenados a la destrucción
por la Iglesia naciente, al menos en su totalidad; antes bien,
algunos de ellos circularon todo lo ampliamente que los medios
de difusión de los cuatro o cinco primeros siglos lo permitían,
como expresión de la intensa religiosidad de las diversas
comunidades cristianas entre las que se originaron. Este es el
caso de los llamados Apócrifos de la Natividad, de la Infancia,
y de la Pasión y Resurrección, historias que exaltan, exageran o
aun inventan las manifestaciones sobrenaturales en las vidas de
María y de Jesús, pero cuya proyección espiritual no puede
calificarse de herética. No fue hasta el siglo VI que la ya
oficializada Iglesia de Roma, mediante el llamado Decretum
Gelasianum, rechazó los Apócrifos como inauténticos. Pero ni
siquiera esta medida, dictada por el afán de separar el trigo de
lo que entonces parecía cizaña, hizo desaparecer los
imaginativos textos. Aquellos que se oponían abiertamente a la
doctrina de la Iglesia –caso que ilustran los llamados
Evangelios Gnósticos– fueron buscados entonces con especial
ahínco para garantizar su destrucción, de la cual parecen
haberse salvado algunos por obra de una comunidad de monjes
asentada en el desierto egipcio. El descubrimiento de los textos
de Nag Hammadi nos ha hecho tomar conciencia de los graves
desafíos doctrinales que tuvo que sortear el cristianismo
durante sus primeros siglos de existencia, enfrentándose a
sectas que actuaban secretamente dentro de las agrupaciones
eclesiales, y que pretendían apoderarse de la imagen de
Jesucristo para difundir contenidos religiosos contrarios a la
esencia de la Redención. En este sentido se destacan los
“evangelios” de “Tomás” y de “Felipe”, dos colecciones de
sentencias gnósticas puestas en boca de Jesús.
Tomados como lo
que realmente son –relatos e interpretaciones que abordan la
vida de Jesús con una imaginación tan devota como desbordante, o
aun desde una perspectiva abiertamente heterodoxa–, los
Evangelios Apócrifos constituyen una valiosísima fuente para
conocer y estudiar el desarrollo de la tradición cristiana, de
la cual se hicieron eco ampliamente, incluso aquellos que, como
los gnósticos (del griego gnosis, “conocimiento”), se
basaban en ella para contradecirla.
Entre los
Evangelios Apócrifos no heréticos se destaca el
Protoevangelio de Santiago, así llamado porque ofrece una
relación de los hechos que precedieron el nacimiento de Jesús,
atribuida al Apóstol Santiago el Menor. El Protoevangelio
es, en realidad, una hermosa narración simbólica centrada en el
nacimiento, la infancia y la consagración de María, cuya
condición de doncella elegida por Dios ocupa el primer plano de
la historia; entendido en su dimensión simbólica, el
Protoevangelio expresa la intensa veneración rendida a la
Madre de Jesús desde los primeros siglos del cristianismo. En
este sentido, es una auténtica prueba de que la devoción a la
Santísima Virgen tiene sus raíces en los fundamentos de la
religión cristiana, y así lo han entendido especialmente las
iglesias orientales, que han tenido en alta estima el
Protoevangelio de Santiago.
Las modernas
ediciones y traducciones de que han gozado los Evangelios
Apócrifos, en torno de los cuales han vuelto a entablarse
vivísimas polémicas intelectuales y religiosas, es una prueba
incuestionable de que el cristianismo ha sido y es la más alta
aventura espiritual del ser humano.
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