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La
Iglesia en diálogo: Un espacio sagrado
En la tercera
semana de agosto, el sur de la Florida fue testigo una vez más
del encuentro entre sacerdotes y laicos de Cuba, con sacerdotes
y laicos cubanos que viven fuera de Cuba. A los 17 delegados
cubanos se les unieron alrededor de 30 delegados de fuera de
Cuba, que no solamente provenían de Miami, sino también de
California, Maryland y Washington, D.C.
El encuentro
entre estos grupos de representantes y delegados, tanto de la
Conferencia de Obispos de Cuba como de la de los Estados Unidos,
se vino preparando por un año, para tratar dos temas de suma
importancia para los cubanos de la isla o fuera de la isla: la
Familia y la Reconciliación. Reunidos en Cayo Hueso, primero con
los sacerdotes, en la parroquia de St. Mary Star of the Sea, el
grupo de laicos prosiguió su junta después, en la Casa de Retiro
Juan Pablo II de Miami (Agrupación Católica Universitaria). Las
ponencias fueron dictadas por el P. Antonio Rodríguez, de
Artemisa; el P. Rolando Cabrera, de la Habana; el P. Florentino
Azcoitia, SJ, de Miami, y los Doctores Damián Fernández, Andrés
Gómez y Juan Clark, profesores de distintos centros académicos
del condado Miami-Dade.
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Empezando por detrás, de izq. a der.: Padre Padre Manuel
González, Patrick Hidalgo, Humberto Esteve, Justo Luis (Tito)
Rodríguez, Padre Gustavo Miyares, Manela Suárez-Diez, Padre
Fernando Hería, José Ramón Pérez, Manolo Fernández, René Ruiz,
Padre Ramón Suárez Polcari, Rogelio Zelada, Ondina Menocal,
Padre Vicente Pérez, Padre Juan Sosa, María de los Angeles
García, Orlando Márquez, Rolando Halley. Sentados: Padre Antonio
Rodríguez, Beatriz San Pedro, Padre José Antonio Esquivel, Mons.
Dionisio García, Mons. Felipe de Jesús Estévez, Laura María
Fernández, Sor Aida Ramírez. Sentados en el piso: Sergio San
Pedro, Gustavo Andújar., Padre Michel García, Germán Miret, José
Leonardo Fernández y Padre Francisco Hernández. Foto
Hermana Ondina Cortés, RMI |
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Tanto en la
reunión del clero como en la de los laicos se creó un “espacio”
sagrado, un espacio de Iglesia donde transcurrió un verdadero
“diálogo” entre hermanos y hermanas en la fe. Dicho espacio se
hizo palpable cuando, reunidos en el Santuario Nacional de
Nuestra Señora de la Caridad, el Arzobispo Favalora –junto a
Mons. Agustín Román, Mons. Pedro Meurice, de Santiago de Cuba, y
Mons. Felipe Estévez– presidió la liturgia eucarística
acompañado de muchos sacerdotes y seglares. Hacemos notar que
tanto la palabra “espacio” como la palabra “diálogo”, a veces
asumidas por definiciones reduccionistas o ideologías
determinantes, han formado parte del “sentir” de la Iglesia como
Iglesia desde sus comienzos. Por ello, trataremos de expandir
sus definiciones más ampliamente en los siguientes párrafos.
De hecho, la
palabra “espacio” puede indicar, entre otros, tres significados
diferentes: el espacio físico de la Iglesia, también llamado
templo, donde acuden individualmente o se reúnen en comunidad
los católicos para orar y sentir la presencia de Dios; el
espacio ritual donde se escucha la Palabra y se celebra el
encuentro de los fieles con el Señor Resucitado por medio de los
Sacramentos, es decir, la liturgia o culto oficial de la Iglesia
que, de por sí, contiene un lenguaje y unas acciones específicas;
y el espacio no físico, fuera de la Iglesia-templo, que destaca
el contexto dentro del cual las reuniones no rituales se pueden
llevar a cabo, no solamente entre católicos, sino entre todos
aquellos que se congregan con “buena voluntad”, como lo indica
el Gloria de la Misa.
Indiscutiblemente, a lo largo de la historia, la Iglesia se ha
convertido en el “espacio” sagrado que ha congregado a
individuos, grupos y hasta naciones para lidiar con diferentes
situaciones. Ante múltiples y, a veces, difíciles
acontecimientos, la Iglesia ha brindado un espacio sagrado fuera
del templo o de la liturgia, para ejercer su mediación o para
destacar un evento específico y especial para una nación o un
grupo determinado de personas: desde la coronación de monarcas
hasta la firma de tratados importantes, o las conversaciones
entre líderes mundiales y las negociaciones por la justicia y
por la paz, sobre todo en aquellas áreas donde la opresión del
ser humano prevalece y los derechos humanos son ignorados, o
donde la comunidad eclesial peligra en su existencia y
desarrollo.
El Santo P. Juan
Pablo II, en sus venticinco años de pontificado, nos ha mostrado
cómo transformar grandes planicies y terrenos donde se han
celebrado las misas papales en “espacios” sagrados que han
impactado para siempre la memoria de los fieles congregados.
En este espacio
sagrado como contexto se necesita dialogar más que conversar, ya
que las conversaciones pueden ser muchas y superficiales, pero
el diálogo implica la revelación personal del ser que se conoce
a sí mismo ante el otro que no conoce, en una articulación de
sentimientos junto con palabras. En el diálogo se envuelve el
corazón con el intelecto, aunque todo diálogo debe ser guiado
por el intelecto y no puramente por la afectividad que, por sí
sola, conlleva a percepciones erróneas y a sentimientos
indeseables.
El diálogo
auténtico, tan claramente expresado por filósofos tales como
Kierkegaard, Marcel y Buber, y por teólogos como Rahner, von
Balthazar, Schillebeckx y Congar, conduce a la comunión y a la
unidad, aunque no necesariamente a la uniformidad de
pensamientos o conceptos.
El diálogo humano,
ejercido en el contexto de la fe y de la Iglesia, nace del
diálogo por excelencia: el de Dios con Su pueblo.
Dios le habló a
Su pueblo escogido desde antiguo; le habló por los Patriarcas y
Profetas, aunque ese pueblo no lo quiso escuchar.
Por fin se hizo
El mismo Palabra para dialogar en la plenitud de Su ser con
todos nosotros: en Jesucristo, el Verbo hecho carne.
Por ello, es
deber y responsabilidad de la Iglesia hacer lo posible por que
cada espacio en que haya una conversación-diálogo se transforme
en una espacio sagrado, dentro del cual los criterios de la fe
sean la luz que conduzca a todos los que participan juntos por
buscar la verdad que guíe a los pueblos hacia la salvación en el
Señor.
Para el año
próximo, los delegados al Encuentro han propuesto discernir
sobre los temas de Misión y Evangelización, ambos importantes
para transmitir la hospitalidad de Jesús y la propia vida del
Señor a todos los cubanos que se quieran encontrar con El dentro
de este tiempo y de esta historia.
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