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Mensaje de los obispos nicaragüenses por el 150º aniversario del dogma de la Inmaculada

Mons. Rodrigo Urbina Vivas, párroco de la Basílica de la Inmaculada Concepción de El Viejo, de Nicaragua, vino a la parroquia de Nuestra Señora de la Divina Providencia, en Miami, el 12 de agosto, para ofrecer una charla sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, en ocasión de conmemorarse el 150° aniversario de su proclamación. Arriba aparece rodeado de fieles nicaragüenses, que fueron a la misa y a escuchar su charla.
Fotos: Marlene Quaroni

En este año 2004 celebramos el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de Maria. El Papa Pío IX definió como dogma esta verdad en 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. El Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia, ha reafirmado ambos aspectos del dogma: preservada inmune de toda mancha de culpa original (LG 59) y “enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular” (LG 56). Este privilegio está insinuado en dos textos de la Sagrada Escritura. Primero, en Génesis 3, 15, en que se habla de la victoria de la mujer y de su descendencia sobre la serpiente. Y segundo, en Lc 1, 28, en las palabras que el ángel dirigió a María: “Dios te salve, llena de Gracia”.

Los Obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, fieles a la misión de animar y acompañar al pueblo fiel en sus manifestaciones de piedad que, como en este caso a la devoción de “La Purísima”, reconoce en ella a la Intercesora por excelencia en cada una de las circunstancias que le ha tocado vivir, la Inmaculada Concepción es un misterio de fe y de salvación, es una manifestación del amor de Dios que vence el pecado y la muerte y un signo de esperanza para todos. La Santísima Virgen María “por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” (LG 62,1).

Secuencia de la exposición teológica de Mons. Rodrigo Urbina Vivas.

¿Cómo no expresar nuestra profunda gratitud por la solicitud materna que María ha mostrado siempre por sus hijos, peregrinos en esta historia? Nuestra sociedad necesita volver los ojos a María, implorarle la paz y la justicia que tanto necesitamos, para que Maria aplaste con su pie virginal la soberbia, la mentira y las divisiones que tanto daño hacen a nuestra sociedad; porque mientras se siga sembrando odio y venganza política, no habrá paz ni justicia. Si los corazones no están dispuestos a la reconciliación y la paz, no serán capaces de una nueva mirada de corazón para retomar con esperanza la construcción de una nueva sociedad. Sin el recurso humilde a Dios, nada se logrará de bien, sino sólo aumentar la tensión, las discordias y las divisiones que tanto daño hacen al Bien Común.

María es Reina de la Paz; si los nicaragüenses permanecemos fieles a la fe que hemos sido convocados, en virtud del sacramento del Bautismo, podemos reconocer a María como aquella en la que nos debemos convertir: en verdaderos cristianos. Que los nicaragüenses oigamos e imploremos este mensaje de siempre: “construyan la paz”, “hagan la paz” . En efecto, nuestra Reina de la Paz, al mismo tiempo que hace un llamamiento a la gracia de Dios, siembra también en quien lo reza esa semilla de bien, de la que se pueden esperar los frutos de justicia y de solidaridad. Sólo con fe obediente nos podemos impulsar a construir la paz que tanto necesitamos.

María es verdaderamente la Madre de la Vida, que hace vivir a todos los hombres; al engendrar a esa Vida, de alguna manera ha regenerado a todos los que iban a vivir con ella. Sus entrañas, fecundadas una sola vez, pero no agotadas, no dejan de engendrar el fruto de la bondad. El dogma de la Inmaculada Concepción nos introduce en el corazón del misterio de la Creación y de la Redención (Cf. Efesios 1, 4-12; 3, 9-11). Dios ha querido entregar a la criatura humana la vida en abundancia (Cf. Juan 10, 10).

Nos preguntamos si verdaderamente María es reconocida como Madre de la Vida en cada familia nicaragüense: Si nos hemos dejado regenerar de esta vida sobrenatural o nos hemos dejado engañar por el mal. Tristemente contemplamos los espacios que ocupan las oprobiosas campañas en contra de la vida humana en programas de estudios, en velados programas de salud de la mujer, y en algunos medios de comunicación. Vemos como la conciencia individual se va depravando y las sanas costumbres van degradándose por el influjo atrevido de pornografía, alcohol y drogas, que se ha expresado en su punto máximo en una creciente violencia institucionalizada.

El prodigio de la Inmaculada Concepción recuerda a los creyentes una verdad fundamental: sólo es posible alcanzar la salvación participando dócilmente en el proyecto del Padre, quien quiso redimir al mundo a través de la muerte y de la resurrección de su unigénito Hijo. (Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la Jornada Mundial del Enfermo, 2004). La vida debe ser acogida, respetada y defendida desde su inicio hasta su ocaso natural. Junto a ella, debe ser tutelada la familia, cuna de toda vida que nace.

La consecuencia del pecado es la muerte, y el sacrificio de los inocentes debe resonar en nuestras conciencias. Nos apremia defender el carácter inviolable de la vida humana, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre: «No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1, 13-14). Nicaragüenses, si verdaderamente amamos a la Purísima Inmaculada, tratemos de imitarle con un Sí generoso por la Vida y por la Paz.

María es siempre camino que conduce y nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre. María, la Madre de Cristo no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). Roguemos a nuestra Purísima Patrona que aleje de Nicaragua la cultura de la muerte, del odio y la mentira. Que rompa las cadenas del miedo, del desaliento y del pecado para que todos podamos experimentar la libertad que Cristo nos ha conseguido con su muerte y resurrección.

Managua, 23 de julio de 2004.
Mons. Juan Abelardo Mata Guevara

Obispo de Estelí
Secretario General
Conferencia Episcopal de Nicaragua