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 Cambiando nuestros corazones de piedra en corazones de carne

Patricia Stockton

En 1971, cientos de personas necesitadas de viviendas invadieron el área que hoy se conoce como Villa del Salvador, en Perú, donde hoy crece una comunidad que es ejemplo vivo de solidaridad cristiana.

Era la primera noche que pasábamos en Villa del Salvador, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Nos reunimos para celebrar la Eucaristía con la comunidad de la Capilla de San Martín de Porres. Una mujer, que caminaba hacia el altar con su bastón –era ciega– se acercaba a recibir la Eucaristía, y alguien –David, un seminarista del grupo que visitábamos– se percató de que quizá ella necesitaría ayuda, y se acercó y la tomó del brazo y caminó con ella hasta el altar, y se aseguró de que regresara a su sitio. Observé cómo dos o tres personas que fueron testigos de este gesto, sonreían al ver la gentileza, el cariño con que uno de ellos había sido acompañado. No tenía cámara fotográfica, pero ese gesto se quedó grabado en mi alma como algo simbólico de lo que yo quería hacer esos días: caminar con ellos, mis hermanos y hermanas, en sus alegrías, en sus tristezas, en sus luchas…Le pedí a Dios que, en su fiesta del Sagrado Corazón, nos regalara un corazón abierto y generoso.

Este es el quinto año que nuestro grupo de Miami va a Villa del Salvador –un “pueblo joven”, como ellos le llaman, que está en las afueras de la cuidad de Lima, Perú. El primer año, fue el P. Pedro Corces solo, para reemplazar al P. John O’Leary, sacerdote diocesano de esta Arquidiócesis de Miami que ya lleva muchos años allá, trabajando como misionero con la Sociedad de Santiago Apóstol. Los dos años siguientes, regresó con dos seminaristas; el cuarto año, el grupo creció y éramos ocho: los P. Pedro Corces y Octavio Colominas, los seminaristas Michel García y Juan Torres (hoy ya ordenados sacerdotes), Melvin Montanez, Harry Loubriel, Silvia Muñoz y yo. Este año el grupo siguió creciendo y regresamos todos menos Melvin, que se ordenaba de diácono en Puerto Rico, además de dos seminaristas nuevos –Jim Cogan y David Zirilli–, Natalia Lasa, Jesús Correa y Daisy Vizcaíno, de la Parroquia de San Vicente de Paúl.

La historia de Villa del Salvador es muy interesante. En 1971, cientos de personas necesitadas de viviendas, invadieron esta área, que hoy se conoce como Villa del Salvador. En Perú, como en otros países latinoamericanos, hay un gran problema de centralización, y las áreas rurales –en este caso lo que se conoce como la sierra del Perú– aunque ricas en materia prima, no tienen ni los instrumentos ni el dinero para convertir esa materia prima en algo que sea utilizable. Muchos gobiernos latinoamericanos, abrumados por la deuda externa, han optado por abandonar las áreas rurales, abandonando así los subsidios para la agricultura, así como para la educación rural. Todo se ha centralizado en Lima, que es la capital. Por eso la gente se ve forzada a abandonar sus tierras, para ir a la capital en busca de mejores condiciones de vida y de una educación para sus hijos. Dicho sencillamente, es quizá una relación de causa y efecto: la migración es consecuencia de la pobreza, por lo que, a medida que la pobreza en las áreas rurales ha crecido, la migración ha crecido también. Otro factor importante que causó estos grandes desplazamientos, es el surgimiento del movimiento guerrillero Sendero Luminoso, que trajo mucha violencia a la Sierra del Perú, sobre todo en el sur, y de la que la gente se vio obligada a huir.

Los comienzos de Villa del Salvador fueron de mucha lucha, durante los cuales un obispo a quien conozco personalmente, Mons. Luis Bambaren, fue encarcelado por celebrar la Eucaristiíta en este lugar. La Iglesia, en la persona de sus ministros ordenados, caminaba con su pueblo en sus luchas y alegrías, como lo continúa haciendo hoy.

El último censo indica que Villa del Salvador tiene una población de unos 350,000 habitantes, de los cuales 66% es menor de 30 años y el 51% son mujeres. Villa del Salvador ha crecido enormemente, y lo ha hecho de un modo muy organizado, tanto que unos años atrás fue propuesta para el Premio Nobel de la Paz. Está organizada en 10 sectores y tiene una zona agropecuaria donde se cultivan, entre otras plantas, el maíz y la alfalfa, y se cría ganado; así como una zona industrial donde hay alrededor de 1,200 empresas (carpintería, calzado, cueros, artesanía, etc.) y se generan unos 15,000 puestos de trabajo. Para quienes llegan ahora a Villa del Salvador, resulta estimulante ver que los que llegaron al comienzo disfrutan ya de una situación mejor. Junto con esta realidad, hay mucho desempleo, problemas en los hogares, hambre y pobreza –en algunos casos extrema, de la que quizá algunos de nosotros nunca antes habíamos visto. Y un invierno muy gris, donde el sol sale muy poco.

Pero la riqueza de Villa del Salvador está en su gente. Allí experimentamos la presencia de vidas vividas en una generosidad radical; gente que comparte todo lo que tiene, con un sentido de gratitud que reconoce y agradece lo más pequeño e insignificante; vidas vividas con un fuerte sentido de fe en la providencia de Dios, que nunca les abandona y que les cuida día a día; vidas enraizadas en un fuerte sentido de esperanza, que les da fuerzas para luchar en las dificultades; vidas vividas en un fuerte sentido de solidaridad, que les mueve a buscar soluciones comunitarias a las situaciones difíciles que afrontan. Quizá por todo esto las liturgias parecen tener allí tanta vitalidad, porque quizá recogen una experiencia vivida comunitariamente.

Dios nos ha regalado la oportunidad de caminar con estas personas, que han tocado nuestras vidas de un modo muy profundo, y nos han invitado a vivir con más profundidad nuestro compromiso cristiano, quizá que a través de ese gesto sencillo de ofrecer el brazo como punto de apoyo. Posiblemente en ese deseo de caminar junto a ellos, en ese preciso punto de contacto, Dios nos esté recreando y cambiando nuestros corazones de piedra en corazones de carne.

 

Directora de la Pastoral Universitaria de la Arquidiócesis de Miami y miembro de la Institución Teresiana