R E F
L E X I O N E S C A T Ó L I C A S

5 de septiembre de 2004
– 23er. Domingo del Tiempo Ordinario
Lectura del Evangelio según San Lucas 14:25-33
En aquel tiempo, caminaban con Jesús grandes multitudes y,
dirigiéndose a ellos, les dijo: “si alguno quiere venir a mí y
no deja a un lado a su padre, a su madre, a su mujer, a sus
hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, o aun a su propia
persona, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz
para seguirme, no puede ser mi discípulo. En efecto, cuando uno
de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿acaso no
comienza por sentarse a calcular los gastos, para ver si tiene
con qué terminar? Porque si pone los cimientos y después no
puede acabar la casa, todos los que lo vean se burlarán de él y
dirán: ‘Ahí tienen a un hombre que comenzó a construir y fue
incapaz de concluir’. Cuando un rey parte a pelear contra otro
rey, ¿no comienza por sentarse a examinar si puede con diez mil
hombres hacerle frente al otro que viene contra él con veinte
mil? Y si no puede, envía mensajeros, cuando el otro está lejos
todavía y trata de lograr la paz. Del mismo modo, cualquiera de
ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser
discípulo mío”.
Comentario breve:
Este es otro pasaje Lucano que resalta el costo del discipulado.
Hoy Jesús no habla solamente a sus discípulos, sino a las
multitudes, y de una manera dramática les explica el precio que
han de pagar si quieren seguirle. Con este fin usa una
“exageración semítica” muy común entre los maestros para
acentuar un punto. En este caso, Jesús dice que cualquier
persona o cosa que interfiera con su seguimiento, debe ser
abandonada. Nada debe estar por encima del reino de Dios.
Las dos comparaciones del constructor y del rey ilustran la
necesidad de estar bien preparados antes de emprender un
proyecto. Del mismo modo, seguir a Jesús es un proyecto de vida
para el cual debemos estar preparados si queremos ser fieles.
Tres ideas importantes de la lectura:
-
El seguimiento auténtico de Cristo no puede ser superficial
ni es fácil.
-
Si nuestro compromiso con Cristo no incluye todas las
dimensiones de mi vida, estaré viviendo una hipocresía.
-
Vivir el evangelio nos hace revaluar nuestras relaciones y
posesiones. ¡Nada debe interponerse entre nosotros y Dios!
Para la reflexión:
-
¿Cómo muestro con mi estilo de vida que soy un seguidor de
Cristo? Explica.
-
¿Hay algo que se interpone entre Dios y yo? ¿Algo que tengo
que dejar atrás o poner en manos de Dios hoy?

12 de septiembre de 2004
– 24o Domingo del Tiempo Ordinario [Ciclo C]
Lectura del Evangelio según San Lucas 15:1-32
En aquel tiempo, muchos publicanos y pecadores se acercaban a
Jesús para escucharlo. Y por eso los fariseos y maestros de la
Ley murmuraban y criticaban: “Este hombre recibe a los pecadores
y come con ellos”. Entonces, Jesús les dijo esta parábola: “Si
uno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja
las otras noventa y nueve en el campo para ir en busca de la
perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, muy feliz, la
pone sobre los hombros, y al llegar a su casa, reúne amigos y
vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la oveja
que se me había perdido’. Yo les declaro que de igual modo habrá
más alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios
que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de
convertirse. Cuando una mujer pierde una moneda de las diez que
tiene, ¿no enciende una luz, no barre la casa y la busca
cuidadosamente, hasta hallarla? Y apenas la encuentra, reúne a
sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque
hallé la moneda que había perdido’. Les declaro que de la misma
manera hay gozo entre los ángeles de Dios por un solo pecador
que cambie su corazón y su vida”. Jesús puso otro ejemplo: “Un
hombre tenía dos hijos...” (Sigue la parábola del hijo
pródigo que termina con el versículo 32)
Comentario breve:
En este capítulo, que sólo Lucas narra, los líderes religiosos
critican a Jesús porque se asocia con pecadores y cobradores de
impuestos. Esta crítica sirve de introducción a las tres
parábolas que siguen, conocidas como las parábolas de la
misericordia. Lo que une las tres historias es la alegría que se
experimenta cuando encontramos lo que estaba perdido, en este
caso, los pecadores y los marginados. Jesús destaca la
diferencia entre el pensar humano y el de Dios cuando dice: “Si
uno de ustedes pierde una de las cien....” Tal vez nosotros no
dejemos lo que tenemos para buscar lo perdido, pero Dios sí.
La tercera parábola es la más famosa por su contenido y su
belleza literaria. En realidad, la historia no es sobre “el hijo
pródigo”, sino sobre el amor incondicional y extravagante del
padre por sus dos hijos. Después de despilfarrar su fortuna, la
miseria forzó al hijo menor a regresar a la casa paterna, donde
fue recibido por el padre con los brazos abiertos. No hay
reproches, solamente la alegría de haber recobrado lo que estaba
perdido. La parábola continúa narrando la reacción del hijo
mayor que hasta se niega a entrar a la casa si su hermano está
allí. El padre sale también a buscar a este hijo y le reafirma
que todas sus riquezas son suyas, pero a la vez lo anima a que
se alegre con él porque su hermano ha sido encontrado.
Tres ideas importantes de la lectura:
-
Los fariseos y los escribas excluían a los pecadores. Jesús
los incluía en su plan amoroso.
-
Todo lo que el padre posee le pertenece al hijo mayor, el
cual no pierde nada por recibir a su hermano en la casa.
-
Dios “derrocha” su perdón y misericordia con nosotros y está
siempre esperando a que regresemos a casa.
Para la reflexión:
-
¿Me es difícil aceptar que Dios es bueno y misericordioso
con los pecadores? Explica.
-
¿Creo en el perdón de Dios? Da ejemplos.

19 de septiembre de 2004
– 25o Domingo del Tiempo Ordinario [Ciclo C]
Lectura del Evangelio según San Lucas 16:1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Había un hombre
rico que tenía un mayordomo y vinieron a acusarlo de que estaba
malgastando sus bienes. Lo mandó a llamar y le dijo: ‘¿Qué es lo
que me dicen de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya
no podrás seguir en tu puesto’. El mayordomo pensó entonces:
‘¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me quita mi puesto?
Trabajar la tierra es superior a mis fuerzas, y pedir limosnas
me daría vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar
el puesto, tenga gente que me reciba en su casa’. Llamó uno por
uno a los que le debían a su patrón y dijo al primero: ‘¿Cuánto
le debes a mi patrón?’ Le contestó: ‘Cien barriles de aceite’.
Dijo el mayordomo: ‘Toma tu recibo y escribe cincuenta’. Después
dijo a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cuatrocientos
quintales de trigo’. El mayordomo le dijo: ‘Toma tu recibo y
escribe trescientos’. El patrón admiró la manera de obrar tan
inteligente de su mayordomo ladrón: en verdad los de este mundo
son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus
semejantes. Yo también les digo: Aprovechen el maldito dinero
para hacerse de amigos, para que cuando se les acabe, los
reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que se mostró
digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de
confianza también en las importantes, y el que no se mostró
digno de confianza en cosas mínimas, tampoco será digno de
confianza en lo importante. Por lo tanto, si ustedes han
administrado mal el maldito dinero, ¿quién van a confiarles los
bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza
en cosas ajenas ¿quién les confiará los bienes que son realmente
nuestros? Ningún sirviente puede quedarse con dos patrones:
verá con malos ojos al primero y despreciará al segundo.
Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios
dinero”.
Comentario breve:
La parábola es una historia que dramatiza una experiencia humana
ordinaria para llevar un mensaje central que es su propósito
didáctico. El resto de los detalles son secundarios. En la
parábola de hoy, Jesús parece elogiar el astuto proceder del
mayordomo ladrón, el cual después de haber derrochado los bienes
de su amo, se las agenció para logra que en el futuro otros le
dieran trabajo. En realidad, lo que el Señor está haciendo, es
contrastando la astucia de los “hijos de este mundo” con la
tibieza de los “hijos de la luz”. La inmoralidad de las acciones
del mayordomo no son el punto de la historia. En aquella época,
la mayoría de los mayordomos imponían impuestos exorbitantes en
nombre del patrón, pero eran ellos los que se quedaban con el
dinero. Es probable, que en esta historia, la cantidad de
barriles de aceite deducidas hayan sido el interés ilegal que el
mayordomo se robaría de todas maneras. Como las parábolas son
muy ricas en significado, Jesús puede también comendar al
mayordomo por cambiar su vida y comenzar a practicar la justicia
aunque fuera motivado por salvar su empleo.
Finalmente, el evangelio nos presenta una disyuntiva excluyente:
o Dios o el dinero. El cristiano no puede subordinar a Dios a
las posesiones.
Tres ideas importantes de la lectura:
-
Debemos aprovechar nuestro dinero para ayudar a los
necesitados y así conseguir de Dios la recompensa eterna.
-
Jesús invita a los “hijos de la luz” a luchar por el reino
de Dios con la misma determinación que el mayordomo luchó
por su bienestar material.
-
Si nos afanamos ciegamente por conseguir el dinero, éste
terminará esclavizándonos y se convertirá en nuestro dios.
Para la reflexión:
-
¿Cuál es la posición Cristiana ante las riquezas? Explica.
-
¿Cómo estoy administrando los bienes que Dios me ha dado?

26 de septiembre de 2004
– 26o Domingo del Tiempo Ordinario [Ciclo C]
Lectura del Evangelio según san Lucas 16:19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre
rico que se vestía con ropa finísima y que cada día comía
regiamente. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo
cubierto de llagas, que se tendía a la puerta del rico, y que
sentía ganas de llenarse con lo que caía de la mesa del rico, y
hasta los perros venían a lamerle las llagas. Pues bien, murió
el pobre y fue llevado por los ángeles hasta el cielo cerca de
Abraham. Murió también el rico y lo sepultaron. Estando en el
infierno, en medio de tormentos, el rico levanta los ojos y ve
de lejos a Abraham y a Lázaro cerca de él. Entonces grita:
‘Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que se moje
la punta de un dedo para que me refresque la lengua, porque
estas llamas me atormentan’. Abraham respondió: ‘Hijo, acuérdate
de que recibiste ya tus bienes durante la vida, lo mismo que
Lázaro recibió males. Ahora él aquí encuentra consuelo y tú, en
cambio, tormentos. Y además, por estos lados se ha establecido
un abismo entre ustedes y nosotros, para que los que quieran
pasar de aquí para allá no puedan hacerlo, y que no atraviesen
tampoco de allá hacia nosotros’. Contestó el rico: ‘Entonces te
ruego, padre, que mandes a Lázaro a mis familiares, donde están
mis cinco hermanos, para que les advierta, y no vengan ellos
también a este lugar de tormento’. Y Abraham contestó: ‘Tienen a
Moisés y a los profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abraham,
dijo el rico. Si uno de entre los muertos los va a visitar, se
arrepentirán’. Pero Abraham le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés y
a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no le
creerán’“.
Comentario breve:
El capítulo 16 del
Evangelio de Lucas continúa hoy con el tema de las riquezas y
del peligro de que éstas se apoderen del corazón humano y se
conviertan en su dios. La parábola consta de dos partes. La
primera (19-26) enseña cómo tratar a los pobres. Obviamente la
intención de Lucas no es ofrecer un falso consuelo a los pobres
y pedirles resignación, sino recordarle a los ricos que cuando
la riqueza no es administrada con sabiduría y generosidad,
traerá ruina y no felicidad. La segunda parte (27-31) enseña que
cuando los poderosos están totalmente consumidos por sus
posesiones e ignoran el clamor de los pobres, no cambiarán aún
si el Mesías viene a ellos (lo que ya estaba pasando en la época
en que Lucas escribe su evangelio).
Tres ideas importantes de la lectura:
-
Desafortunadamente, las oportunidades de hacer el bien que
desaprovechamos no pueden ser recuperadas.
-
Ni los milagros ablandarán el corazón de los que están
cegados por su avaricia y egoísmo.
-
La manera en que la suerte del rico y del pobre se
invirtieron ilustra las enseñanzas de Jesús en el Sermón de
las Bienaventuranzas (6:20-21, 24-25).
Para
la reflexión:
-
¿He dejado alguna vez que una de estas oportunidades de
hacer el bien se me escapara?
¿Qué pasó?
-
¿Veo la diferencia que hay entre trabajar para tener una
vida mejor y trabajar dominad” por una ambición desmedida?
Explica.