Carta de
Santa Clara a la Santa Inés de Praga
Dichoso, en
verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado
banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya
belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo
afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya
benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo
ilumina suavemente, cuya fragancia retornará a los muertos a la
vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la
Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, un
reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo
que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y
observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y
adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de
las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu
vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima
del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la
santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si,
con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.
Atiende al
principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que
fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable
humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor
del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio
del espejo considera la humildad, al menos la dichosa pobreza,
los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la
redención del género humano. Al final de este mismo espejo
contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz
y morir en ella con la clase de muerta más infamante. Este mismo
espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas
consideraciones, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis
por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!
Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz
y un solo espíritu: Mi alma lo recuerda y se derrite de
tristeza dentro de mí. De este modo, tu caridad arderá con
una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.
Contemplando
además sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos,
y suspirando por el intenso deseo de tu corazón proclamarás:
“Arrástrame
tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes,
esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me
introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda
esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses
con los besos deliciosos de tu boca”. Contempla estas cosas,
dígnate acordarte de ésta tu insignificante madre, y sabe que yo
tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi
corazón, ya que te amo más que nadie.
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