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8 de Septiembre
2004:
La Virgen de la Fe y la Esperanza
Homilía de Mons. Felipe de Jesús Estévez, Obispo Auxiliar de
Miami, en la Fiesta de la Virgen de la Caridad, celebrada en la
American Airlines Arena
En estos días, toda nuestra atención ha sido el huracán llamado
Frances. Toda la comunidad del sur de la Florida se ha
preocupado; nos ha causado miedo y ansiedad, nos ha hecho
mudarnos o quedarnos atrincherados y abastecidos esperando lo
mejor, pero preparándonos para lo peor.
Esta noche, damos gracias porque Frances se fue y estamos
contentos de estar juntos para celebrar a la Virgen del mar.
También del mar, porque ante los tres Juanes era primero una
especie de tablita luminosa, surfing (dirían los jóvenes),
zarandeada en las olas del mar Caribe, allá por la Bahía de Nipe.
Pero si Frances causaba temor, la llamada de la Caridad les
causó alegría. Si Frances traía peligro y destrucción, la
llamada de la Caridad, mucho antes, venía como un remedio para
sanar y proteger a los humanos. Si Frances suscitaba en todos el
deseo de que se fuera lejos de la tierra y las ciudades, esta
otra, la Caridad, la Virgen aparecida en el mar, era querida
como el más grande y gratuito tesoro para un nuevo pueblo: el
pueblo cubano.
Cada 8 de septiembre el corazón de cada cubano, y de todos los
cubanos, se orienta hacia El Cobre y, en esta pequeña imagen, le
dice sí a la cubanía. Cubanía noble y profunda. Ya que
Ella es por casi 400 años verdaderamente, indudablemente, la
Reina de Cuba; signo tangible de unidad y gracia de esta cultura
tan sufrida por la soberbia y el egoísmo de sus dirigentes.
Hoy también nosotros decimos presente. Convocados y
presididos una vez más por el Arzobispo Metropolitano de Miami,
Juan Clemente Favalora. Hoy no olvidamos que su Auxiliar Emérito,
Mons. Agustín Román, por 25 años ha hecho todo lo posible y a
veces hasta lo imposible para que esta gran asamblea mariana
diga fuertemente que somos el pueblo católico de la Virgen de la
Caridad: un solo pueblo: dentro y fuera de la isla-perla del
Caribe.
Hoy, con nuestra presencia, afirmamos que somos un pueblo
creyente en Jesucristo, pueblo que sabe que el odio destruye y
divide y que sólo en la caridad, la verdad y la justicia podrán
tantas y tantas heridas sanarse. Sí a la justicia, no a la
venganza.
Afirmamos que no es el Estado, sino la familia la que debe ser
base de la convivencia social, y es la familia amplia y extensa
la que perdura tanto en el tiempo como en la distancia
geográfica. Y esta familia no la queremos olvidar.
Hoy afirmamos que somos un pueblo con derechos intrínsecos y
personales, no concedidos por autoridades humanas.
Hoy afirmamos que también Cuba se merece pronto la democracia y
el Estado de derecho, la libertad, la prosperidad, y la paz
social: “con todos y para el bien de todos”. Una patria nueva
unificada en la adhesión personal y comunitaria al Evangelio de
Jesucristo, el verdadero Hombre Nuevo, y en la presencia de su
Madre, invocada por nosotros como la Virgen de la Caridad.
Y, ¿qué nos dice hoy a nosotros la Virgen de la Caridad, la
Virgen que escucha y guarda amorosamente la Palabra viva de Dios?
1. La Virgen nos abre la Puerta, que es Jesucristo
“¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos? Y apuntando con
la mano a los discípulos dijo: Ahí están mi madre y mis hermanos.
Cualquiera que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, éste es
mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mt.12,48-50.)
Y ella lo sabe por experiencia propia en su inmaculado ser:
“Hágase en mí según tu palabra”.
Toda su vida fue un luminoso reflejo en su ser de querer hacer
lo que su Hijo quería por una profunda unidad de corazones y
miradas. (Jo. 2)
A Jesús por María:
lema sensato que nos invita a entender este amor a la Virgen de
la Caridad, esa atracción por su imagen y sus santuarios,
llevándonos a la conversión a su Hijo Jesucristo, haciendo la
voluntad de su Padre, convirtiéndonos unos y otros en sus
hermanos y hermanas, miembros de su Cuerpo. En una unidad que
acoge la pluralidad de razas, clases sociales, gremios, opciones
políticas diversas en un abrazo de fe hecho posible por el
bautismo y renovado en la eucaristía del domingo, donde la
comunidad de fe se encuentra para este sacramento de unidad y
vínculo de amor fraterno.
La Iglesia es esa reunión (asamblea) de los hermanos y hermanas,
y por eso, así como Jesucristo, por su Sagrado Corazón, esté
bendiciendo gratuitamente a todos los que le miran piadosamente
y mostrando el pecho abierto traspasado para todos, así la
Iglesia de Jesucristo, la de aquí y la de la Isla, y la de todas
partes.
Esta Iglesia quiere ser casa de todos, abriendo las puertas de
par en par para los alejados e ignorados, y brindando desde sus
limitaciones ayuda humanitaria sin preguntar la ideología, la
raza, o tipo de religión de los que la necesitan.
Que seamos hermanos—dice la canción-plegaria a la Virgen Mambisa.
En esta escuela de Nazaret nos encontramos en la casa de María
de la Caridad. Y así como hablamos de nuestros vecinos y amigos,
conviene esta bendita noche preguntarnos: ¿Cómo sería la casa de
Nazaret, la de Jesús, su Madre María y el esposo de la Virgen,
San José? Esa casa que es casa de todos los tiempos y lugares al
ser asumida por el Verbo eterno del Padre encarnado en Jesús
como un hermano nuestro. En esa casa intuyo que el adversario no
es tratado como un enemigo, ni el pecador es dejado de lado en
su tiniebla, ni el que odia es vencido por un odio más violento
y fuerte. En la casa de María todo, todo “concurre al bien de
los que aman a Dios, de los llamados según su designio” (Rom.
8,28).
Los designios de Dios no claman venganza, sino justicia. Los
designios de Dios no ponen una clase en contra de otra, sino
alientan a una y a otra al bien común. Los designios de Dios no
dividen a unos, que piensan de esta forma, contra otros que
piensan de otra manera, sino invitan a sentarse con respeto a la
mesa de la comunicación para entenderse mejor. Los designios de
Dios no están en llegar a perdonar al enemigo por el poder del
Evangelio, para después mantenerlo lo más alejado de sí para
siempre, sino que el designio reconciliador del Crucificado va
más lejos: partiendo desde la justicia y la memoria histórica
reconocida en la verdad, capacita para poder llegar aun a darse
la mano en la eucaristía y en la convivencia social.
2. Animados por la esperanza
El pueblo cubano de las dos orillas, sufre del desgaste y el
desaliento:
-
no entendemos por qué se demoran tanto los cambios
necesarios;
-
no entendemos por qué la solidaridad ante el sufrimiento
cubano, especialmente sus presos de conciencia, sea tan
tímida y limitada;
-
no entendemos qué el miedo o el dolor sea tan poderoso y
paralizante;
-
no entendemos por qué, si es que todos queremos el bien para
todos, a veces nos percibimos tan opuestos en los medios y
las medidas que parecen dividirnos. Por eso es que, ante la
tentación del olvido o la pasividad o la confusión, todos
estamos necesitados de la fuerza de la esperanza por el bien
de Cuba en su futuro y su presente, para que, como decía con
frecuencia Mons. Boza Masvidal, el exilio fuera fecundo.
La esperanza se forja cuando crece la concordia, la buena lógica,
el clima de serenidad que sustituye y así nos dice el llamado
profeta del exilio, Mons. Boza: “la visión parcial, apasionada y
exagerada, es decir, la visión desequilibrada de las cosas, que
nos lleva a adoptar posiciones perjudiciales y negativas”
(Eduardo Boza Masvidal, Voz en el destierro, p.169).
La esperanza hace a las personas activas por el bien común y el
bienestar de los demás. Hay esperanza cuando se invita a la
participación de los jóvenes, quienes son en sí mismos símbolos
atractivos de la propia esperanza.
Admiro a estos jóvenes deseosos de escuchar la sabiduría de los
mayores a quienes consideran ricos en la memoria histórica y la
fidelidad a las raíces.
El 24 de enero de 1998 fue un día verdaderamente histórico para
la nación cubana. En esa mañana Juan Pablo II, este peregrino de
la esperanza, visitó la Arquidiócesis de Santiago de Cuba, y
allí, junto a Mons. Pedro Meurice y la Catedral, no lejos del
santuario de El Cobre –que tiene la distinción de ser el primer
lugar en la isla donde se conquisto la libertad para los
esclavos–, allí, Su Santidad coronó a la imagen de la Virgen
como Reina de Cuba, pidiéndole a la Virgen de la Caridad que
reuniera a todos sus hijos donde quiera que estuvieran, por
medio de la reconciliación y la fraternidad.
Es oportuno oír esta noche de nuevo las mismísimas palabras con
que el Santo Padre Juan Pablo II se dirigió ante Ella, la misma
que había sido descubierta brillando como una estrella en la
alborada casi 400 años antes de ser llevada a la colina de El
Cobre; y le dijo desde el corazón:
Oración del Papa a la Virgen de la Caridad
¡Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra!
Ruega por nosotros ante tu Hijo Jesucristo,
intercede por nosotros con tu corazón maternal,
inundado de la caridad del Espíritu.
Acrecienta nuestra fe, aviva la esperanza,
aumenta y fortalece en nosotros el amor.
Ampara nuestras familias, protege a los jóvenes y a los niños.
Consuela a los que sufren.
Sé Madre de los fieles y de los pastores de la Iglesia,
modelo y estrella de la nueva evangelización.
¡Madre de la reconciliación!
Reúne a tu pueblo disperso por el mundo.
Haz de la nación cubana un hogar de hermanos y hermanas
para que este pueblo abra de par en par
su mente, su corazón y su vida a Cristo,
único Salvador y Redentor,
que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
Amén.
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