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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

Los sacerdotes necesitan saber
que sus vidas son importantes

Queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

Últimamente, parece que los sacerdotes sólo figuran en las noticias en dos ocasiones: cuando hacen algo malo, o cuando mueren.

Vean la reciente cobertura informativa sobre la muerte del P. Jorge Sardiñas, nuestro singular sacerdote-artista. Los periódicos y las estaciones de televisión locales han coincidido en testimoniar la honda pena que ha sobrecogido a todos los que trabajaron o aprendieron con él en la Universidad St. Thomas, así como a aquellos entre quienes ejercía su ministerio pastoral los fines de semana, en la parroquia de Our Lady of the Lakes.

El P. Sardiñas fue, en efecto, un sacerdote especial cuya prédica y cuya presencia acercaron a cientos de personas a Dios. Estoy seguro de que no conocía personalmente a muchos de los que han llorado su muerte. Tal vez, en algunos momentos durante sus 27 años de sacerdocio, hasta habrá dudado de si su ministerio pastoral significaba algo para los demás.

Es muy triste que haya tenido que morir para que el mundo se enterara de cuán especial era, y de cuánto ha significado su vida en las vidas de incontables personas.

Esto sucede a menudo con personas a las que amamos, pero de cuya importancia no nos damos cuenta hasta el momento en que las perdemos.

Tristemente, así suele ocurrir con los sacerdotes. Son una presencia cotidiana en nuestras parroquias; celebran Misa cada domingo y escuchan confesiones los sábados; entierran a los muertos y ungen a los enfermos; consuelan a los dolientes y a los afligidos; mantienen el techo de la iglesia sin goteras y la escuela parroquial abierta.

Raramente alguien les da las gracias. Raramente alguien les dice: “Padre, usted me ayudó”, o “Padre, usted cambió mi vida familiar”, o “Padre, esa homilía fue formidable”.

La gente sólo parece darse cuenta –y quejarse– cuando un sacerdote no está disponible. Basta con que deje de responder a la llamada de un enfermo, o con que no pueda escuchar una confesión de inmediato, y las familias empiezan a enojarse. Algunos hasta se aprovechan de estas circunstancias como excusas para dejar la Iglesia.

Los propios sacerdotes pocas veces se dan cuenta del bien que hacen en medio del frenesí cotidiano.

Tristemente, es la muerte imprevista de un sacerdote lo que nos hace darnos cuenta a todos –sacerdotes y laicos– de cuán importante es la acción de un sacerdote en el mundo y en las vidas de los feligreses.

Es por esto que a veces, como sacerdotes, tenemos que detenernos un momento y pasarle revista a nuestras vidas, para recordar lo que hacemos y por qué lo hacemos, y para renovar el compromiso de hacerlo.

Nos hace falta un momento de respiro para recordarnos a nosotros mismos que no somos tan malos como algunos nos presentan, ni tan buenos como el Cristo al cual seguimos. Somos simplemente seres humanos que tratamos de vivir nuestro llamado de la mejor manera que conocemos.

Es por esto que la convocación de los sacerdotes de la Arquidiócesis de Miami para reunirse, esta semana, en las instalaciones de Bonaventure Resort, ha sido tan importante. Los sacerdotes tienen o hacen pocas veces el tiempo necesario para estar unos con otros y relajarse, para rezar juntos y disfrutar de su mutua compañía, para recordar que nuestra vocación es fuente de bien.

Espero que cada sacerdote regrese renovado a su parroquia este fin de semana gracias a esta convocación.

Rezo para que todos nuestros sacerdotes encuentren la fortaleza para continuar su ministerio, y para no verse abrumados por el trabajo incesante y las responsabilidades.

Rezo también para que ustedes no esperen a que los sacerdotes mueran, para decirles lo que han significado en sus vidas.