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Bajar al corazón
para encontrar a Dios
Una entrevista con el teólogo y novicio trapense
Erasmo Leiva-Merikakis
Angelique Ruhí-López
La Voz Católica
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Erasmo Leiva-Merikakis, conocido actualmente como el Hno. Simeón,
es novicio trapense en el monasterio de St. Joseph de Spencer,
Massachusetts. El hermano, que visitó el Centro Pastoral
recientemente, ha publicado más de cinco libros de teología.
Foto:
Angelique Ruhí-López |
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En 1975, el cubano Erasmo Leiva-Merikakis comenzó a trabajar
como profesor de literatura y teología en la Universidad de San
Francisco. Casado, y con tres hijos y cuatro nietos,
Leiva-Merikakis había escrito cinco libros, entre ellos una
amplia exégesis del Evangelio de San Mateo.
Pero cambios ocurridos en su vida hace un año –junto con un
profundo discernimiento– lo llevaron a postularse, a los 57 años
de edad, en el monasterio trapense de St. Joseph’s Abbey, de
Spencer, Massachussets, donde actualmente es conocido como el
Hno. Simeón. En una visita reciente a Miami para ver a su
familia y a un amigo de muchos años, el Obispo Auxiliar Felipe
de Jesús Estévez, el Hno. Simeón habló con La Voz Católica.
¿Cuál fue el camino que lo llevó a optar por la vida monástica?
Ocurrieron varios acontecimientos en mi vida hace dos años y
medio, tanto en la vida académica como en la vida familiar y en
la vida interior, espiritual, que resultaron en un cambio
radical de dirección. Siempre tuve interés en la vida monástica,
del monje. Todos esos cambios, de repente, me hicieron posible
pasar por una puerta que desde hace mucho tiempo me atraía. Me
estaba invitando el Señor. ¡Sería tonto no seguir Su llamado!
Con cada paso que daba desde entonces, sentía que la tierra se
hacía más firme debajo mis pies, y vi que lo que estaba haciendo
era correcto.
El noviciado lo empecé el año pasado, y dura dos años. En 2006,
haré votos temporales, que duran 3 años. Y en 2009, serán los
votos perpetuos, para ser monje de por vida. Tengo tranquilidad
en el alma, y alegría de cumplir la voluntad de Dios. Tengo un
sentimiento profundo de intimidad con Cristo. Pero en el
monasterio, uno vive el día de hoy. Vivimos a la buena de Dios.
Me parece que todo va bien. Estoy leyendo las señas de la vida.
Me gustaría seguir, si me admiten. Uno nunca sabe.
¿Cómo ha podido conciliar su vida familiar con su vocación
monástica?
Mi matrimonio se disolvió hace dos años con anulación de la
Iglesia, pero un padre nunca deja de ser padre, por crecidos que
estén sus hijos. Estoy encontrando la manera de ser monje que se
armonice con mi realidad.
La separación de la familia es difícil. Tengo un hijo y dos
hijas. Los muchachos y muchachas reaccionan distinto. Las dos
muchachas tienen hijos, mis nietos, y lo encuentran muy difícil.
Ellas dicen: “entendemos que tengas que ir por un tiempo.” Pero
añaden que este retiro tiene que acabarse. Se les hace más
difícil cuando ven que quizás sea permanente. Mi hijo es el más
joven, y él ve que éste es el camino para mí.
Llevo ya más de un año en el monasterio. Al fin y al cabo, mis
hijos me dicen: “te vemos tan contento que francamente nos
molestaría hacer algo para que te sintieras mal. Sabemos que
estás haciendo lo que Dios te pide”.
La vida de oración es acercarse a Dios. Y al acercarse a Dios,
todo lo más querido de la vida también se acerca. En esa
intimidad con Cristo, encuentro a mis hijos. Así seguimos.
¿Qué tipos de libros ha escrito?
Empecé traduciendo libros, especialmente del teólogo Hans-Urs
Von Baltasar, del alemán. Después escribí cinco libros míos. De
ellos, considero que el más importante es Fire of Mercy,
Heart of the Word: Meditations on the Gospel According to St.
Matthew (“Fuego de misericordia, corazón de la palabra:
Meditaciones sobre el Evangelio según San Mateo”). En este libro,
voy versículo por versículo por el Evangelio de San Mateo.
Son dos volúmenes de casi 600 páginas cada uno. Sólo he llegado
al capitulo 19. Los superiores me han dado permiso para
terminarlo y hacer un tercer volumen, pero después que termine
con el noviciado y con la preparación para los votos. Faltan
algunos años para hacerlo.
¿Qué peso han tenido su origen y su cultura en el desarrollo y
la manifestación de sus creencias?
Nací en Cuba, en la Habana. Salí en 1959, cuando tenía 12 años.
Por parte de madre tenía abuelos estadounidenses, y nos fuimos
al estado de Nueva York, donde estuvimos dos años. Después, vine
a Miami por tres años. Estudié en Southwest High School y me
gradué en 1964. Nunca volví a Miami. Me casé en México. Mi
esposa era mexicana. Luego estuve en San Francisco hasta el año
pasado.
Mi cultura religiosa es ciento por ciento hispana. Yo me eduqué
en Cuba con los Hnos. Maristas, que eran mayormente españoles en
ese entonces. Esos Hermanos me enseñaron los cimientos de la fe;
los pusieron dentro de mí muy fuertemente. Mi devoción
eucarística y mariana, y mi sentimiento de la Iglesia Católica
como iglesia apostólica, se los debo a ellos. Todo ese lado
dogmático lo tengo muy firme, y esto lo recibí de mi educación
hispanocubana, junto a la piedad de mis abuelos cubanos. Vino
desde la cuna la religión, la práctica de la fe, y el
sentimiento.
Nuestra fe hispana tiene una modalidad muy particular, que une
la fe con el corazón. No es una fe abstracta: es también
afectiva, e involucra a todo el ser
humano. Siempre mi oración interior es en español. Si estoy
rezando solo, soy incapaz de rezar un rosario en inglés. En
español, aprendí mi fe.
También soy griego por parte de madre. Toda la familia de mi
madre es ortodoxa griega, que es una religión parecida a la
religión católica hispana. Se trata de una creencia fuerte, con
afectividad. Me ha ayudado en mi vida de oración. Aprender a
orar es aprender a bajar dentro del corazón y encontrar a Dios.
Nunca es igual.
¿Cómo ve usted su experiencia del exilio desde la perspectiva
del monasterio?
En el monasterio, los cuatro novicios, junto con un profesor,
estamos haciendo lectio divina, leyendo juntos el libro
del Éxodo. Empezamos a compartir lo que significa este libro
para nosotros. Me impresionó mucho comparar la experiencia
cubana del exilio con la experiencia de Egipto. Nadie escogería
exiliarse. La historia lo impone. Por mucho que duela, esto se
puede compartir en camino de gracia y purificación, al descubrir
a Dios en el desierto. Se siente uno necesitado, desesperado,
desnudo.
Como cubano exiliado y como monje, pienso en el Señor, que me
dice: “déjalo todo y sígueme”. El que encuentra a Cristo lo
encuentra todo. Tomo el peregrinar de los judíos como patrón de
vida y fuente de esperanza. Es muy fuerte para mí. Veo cómo Dios
nos nutre con el maná de cada día. Hay que confiar que Él nos lo
dará mañana. Al confiar en esto, cambia uno completamente su
manera de vivir. Nos damos cuenta de que tenemos que andar a
cada momento con las manos vacías. Lo mucho o lo poco que damos,
es necesario durante ese día.
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