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 Retrato de familia con Mons. Mariano Vivanco

Robert Armengol
Especial para La Voz Católica

Mons. Mariano Vivanco junto al autor de este artículo, y a sus colaboradores más cercanos, en Matanzas, en el año 2003. Ophelia Lenz

 

Conocí a Mons. Mariano Vivanco entre la caótica muchedumbre que se agolpa frente al aeropuerto José Martí, en La Habana, cada vez que llega un vuelo de Miami. Estaba –según llegué más tarde a entender– como más le agradaba estar: entre su pueblo. De estatura pequeña y carácter humilde, sólo se destacaba por su traje negro y una cruz plateada que llevaba colgada del cuello, y casi no lo vi.

Supe de su existencia pocos años antes de mi primer viaje a Cuba, en febrero de 2003. Yo sabía que todavía había miembros de mi familia en la isla, tanto por el lado paterno como por el materno, pero nadie me había dicho que un primo lejano de mi abuela materna era el obispo de la provincia de Matanzas. Hasta que un día mi tía me lo dijo. Quizás por curiosidad, o quizás por alguna ansiedad de su alma, ella se había puesto en contacto con Mons. Vivanco —“Marianito”, como mi abuela lo recuerda— y llegaron a tener una amistad tan tierna como distante.

Así era Monseñor: desde el momento en que me reconoció, me trató como si yo fuera un hijo, abrazándome como si acabase de volver de un viaje largo y lejano. Me pidió que le tratara de “primo” y me llevó a su casa, el obispado de Matanzas, donde cenamos juntos esa noche. Camino a Matanzas, paramos al borde de la carretera, justo antes de un puente altísimo sobre el río Yumurí, y tomamos un refresco. Apreciamos la vista y nos tiramos una foto juntos allí, cerca de un precipicio que para mi vista parecía no tener fondo. Hoy pienso que serviría bien ese recuerdo del valle como símbolo de la bondad de mi primo, cariño que parecía infinito. Él vivía en un país que sufre de una crisis económica tan grave que hace que nuestra “recesión” parezca una gran fiesta, y trabajaba con un rebaño que incluía la Ciénaga de Zapata, una de las regiones más pobres de Cuba. Así y todo, durante el tiempo que estuve a su lado, casi una semana completa, no me dejó pagar ni siquiera un helado.

Para encontrar un antepasado común entre él y yo, tendríamos que regresar no menos de cinco generaciones hacia el pasado, hasta llegar al peninsular Don Mariano, cuyos cinco hijos, nativos de San Antonio de los Baños, lucharon por Cuba en las guerras de independencia. No obstante, veía en su rostro atributos físicos de familiares conocidos: de mi abuela, de algunos de mis primos, de un tío que comparte con él su nombre. Así es la historia de Cuba, en verdad una serie de historias “que se repiten”, historias de exilio y separación, de familias y vidas rotas por un lado y reconstruidas por otro —aunque, como yo, no lo supiéramos hasta muy tarde. Me acuerdo de una vez que hablé con Monseñor sobre eso mismo, y se le aguaron los ojos. Me dijo que había resuelto hacía mucho tiempo ocuparse de aquellos que estaban resignados a no dejar su tierra, pasara lo que pasase. No por falta de simpatía hacia los otros, decía, sino porque ya las despedidas le dolían demasiado: “Esas heridas”, me dijo, “no son fáciles de aguantar”.

No sé bien los detalles de su muerte. Sé que fue días después de la visita del huracán Charley, y que murió en un hospital por la noche, de un ataque cardíaco. Me imagino que Mariano se esforzó mucho después del huracán, visitando todos los pueblos que dependían tanto de sus servicios. Y me imagino que eso contribuyó al deterioro de su salud. Pero sé que no hay quien le hubiera podido frenar en esos días, porque así era también mi primo.

Visitaba lugares remotos casi todos los días, en una especie de minivan con ya muchos años de uso. Fui con él un día al pueblecito de Agramonte, donde un grupo de hombres reconstruía una capilla destruida durante otro huracán, Michelle. Parecían felices de tener algún trabajo, algún deber en la vida. Monseñor traía a los pueblos rurales como ése, medicinas, alimentos y una gran dosis de esperanza. Me contó que un funcionario del gobierno local le preguntó una vez: “Oye, ¿esto es iglesia o farmacia?”, y él le respondió: “Cuando el Estado no produce, la iglesia tiene que cumplir”.

Con esa sola excepción, mi primo nunca me habló de política. No le parecía un tema muy significativo. En vez de ello, como el mismo Jesucristo, Monseñor solía hablar en parábolas. Murmurando a veces al volumen de un suspiro, contaba unas historias casi fantásticas, como la de la vez que nevó en la villa de Céspedes. Mi favorita trataba de una campesina que llevó a una iglesia local un gallo enorme, diciéndole al párroco: “Padre, tengo que cumplir con Babalú Ayé, que me prometió que curaría a mi hijo enfermo”. Le dio pena al sacerdote y, pensándolo bien, le dijo a la mujer: “Sí chica, deja el gallo allí en el altar”. Más tarde, el Padre vio a un pobre en la calle y le dio el gallo de limosna.

“A Dios se llega por muchos caminos”, dijo mi primo después de contar esta historia. “Hay otros obispos a quienes les parecería mal dejar a los sacerdotes hacer eso, y quizás hablarían mal de mí, pero ¿a mí qué me importa?”

Me dicen que a Monseñor lo quieren beatificar. No sé exactamente qué es lo que diría él de eso, pero propongo esta posibilidad: creo que se reiría, y diría: “¿Yo?”

Me fui de Cuba con la certeza de que un día volvería a verlo. Pero, ¡con qué frecuencia la vida estropea los propósitos de uno! Me llegó la noticia estando yo en una biblioteca, estudiando la sociedad cubana —tanto la isleña como la de la diáspora.

No lloré. Sentí primero en mi pecho un vacío, y más tarde una paz peculiar.

Periodista. Cursa estudios de doctorado en la Universidad de Virginia.