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La “muerte suspendida” aterroriza a Colombia

Gonzalo Penagos

El secuestro o el rapto genera a la delincuencia en Colombia los mejores dividendos económicos después del narcotráfico. El 57.8% de los secuestros en Colombia ocurre con el fin de obtener una utilidad económica, para que se haga o se omita algo, con fines publicitarios, o con carácter político.

En el 42.2% restante de los secuestros se oculta a una persona para lograr diversos fines, que van desde los afectivos o pasionales, hasta el de “meterle miedo” a la víctima directa.

Pero el fenómeno ha generado una serie de variantes que parecen sacados de una película de ficción. El secuestro virtual es aquel en el que se aprovecha el conocimiento de la agenda de una persona que va a estar unas horas fuera de la localidad, o en algún tipo de evento local, para aproximarse a la familia y exigirle sumas entre $5,000 y $10,000 dólares para dejarlo libre el mismo día, cuando nunca en realidad se realizó el plagio de la persona.

Los psicólogos definen el dolor que se genera por causa del secuestro en los miembros de la familia del secuestrado, como el dolor de la “muerte suspendida”. La angustia caracteriza el secuestro y se suma a la pérdida de la libertad.

Pero, ¿qué ocurre con los hijos de los secuestrados cuando aquéllos soportan períodos de hasta siete o más años sin ver a sus padres? ¿Cómo recuperarse del trauma creado por esta prolongada separación? ¿Cómo sanar a esas almas, posiblemente sedientas de venganza? ¿Qué resarcimiento ofrecerles ante tanta crueldad?

Algunos actores del conflicto que vive Colombia han dado en considerar el secuestro como la mera pérdida de la libertad como resultado de la lucha política que vive el país, olvidando que es la violación a los derechos humanos más flagrante que se pueda encontrar en el mundo entero. El secuestro genera terror en los secuestrados, en sus familias y en sus amigos, y un sentimiento de frustración en medio de la ciudadanía.

Cuando una persona que ha sido secuestrada es puesta en libertad, su familia tiene que darse a la tarea de “resocializar” a la víctima, pues ésta se vio separada de todas las costumbres que conformaban su cultura familiar. Si el secuestro fue prolongado, perdió contacto con los avances tecnológicos logrados durante ese período y, consecuentemente, se siente inseguro y desadaptado. Si tenía hijos pequeños, se vio privado de compartir años clave en el crecimiento de su familia.

Veamos algunos ejemplos de los conflictos humanos que ocurren como secuela de los secuestros.

En la familia Pérez, Julia –la esposa– asumió la responsabilidad del negocio familiar cuando José, su esposo, fue secuestrado. Cuando José recuperó la libertad y regresó a su vida anterior, le pareció que Julia se desempeñaba muy bien al frente del negocio y no quiso reasumir esta responsabilidad. Pero ahora Julia se siente sobrecargada y, además teme que su esposo ya no quiera volver a adoptar una actividad productiva.

En la familia Gutiérrez, en cambio, ocurrió lo contrario. María descubrió que era capaz de tomar decisiones y ejercer la autoridad por sí misma durante el cautiverio de Luis, su esposo, pero éste regresó un tiempo después con la intención de retomar las cosas en su familia y en su negocio en el punto en que las había dejado, sin reconocer los cambios que habían efectuado sus familiares y la imposibilidad de pasar por alto lo sucedido. Ahora ambos están en desacuerdo como consecuencia de la interrupción de la existencia familiar por el secuestro de Luis.

Entre los secuestrados figuran todo tipo de personas con todo tipo de profesiones. Pero quizás los secuestros más dolorosos, son los que tienen por víctimas a niños muy pequeños, de sólo dos, tres o cuatro años de edad. El pequeño Oscar, de sólo tres años e hijo de Gonzalo y Leticia, fue secuestrado en compañía de su madre. Los secuestradores decidieron dejar a ésta en libertad para facilitar la obtención de sus fines. Oscar se quedó con sus captores, sin poder comprender cómo su madre lo dejaba en manos de unos desconocidos. Si el niño regresa algún día a casa, no habrá fiesta familiar ni regalos que lo compensen de la situación vivida, ni manera de asegurarle que no volverá a ocurrir en el futuro.

El terror del secuestro –ejercido por guerrilleros, paramilitares y delincuentes comunes– es una gran sombra que se extiende sobre las vidas y las esperanzas de los colombianos.

Son muchas las familias que esperan el regreso de los suyos.

Penagos@radiopaz.org