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Luces llameantes en la oscuridad
Estudiantes y feligreses lloran la muerte
del P. Jorge Sardiñas
Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic
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“No tomé el arte en serio hasta que me hice sacerdote”, dijo en
una ocasión el padre Jorge Sardiñas sobre su otra vocación. En
la foto, durante la terminación del interior de la Capilla St.
Anthony de la Universidad St. Thomas donde, además, enseñaba
arte y teología.
Foto:
Ana Rodríguez-Soto |
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El sacerdote Jorge Sardiñas dijo una vez que la palabra “Padre”
significaba para él algo más que un título.
“Es una relación”, dijo. “La única e irremplazable relación con
la gente de tu parroquia”.
Calificó esta relación como el aspecto más satisfactorio del
sacerdocio. Pero hasta él mismo se hubiera sorprendido de ver
cuántos hijos espirituales engendró como maestro y predicador
del Evangelio durante sus 27 años como sacerdote arquidiocesano.
Más de 1,500 estudiantes, colegas y artistas pasaron por la
Capilla St. Anthony, de la Universidad St. Thomas, para rendir
su último homenaje a este original sacerdote y talentoso artista,
que murió trágicamente el 14 de septiembre, a la edad de 53 años,
a causa de un incendio ocurrido en su hogar, en Fort Lauderdale.
Al menos otras 1,500 personas –junto con más de 100 sacerdotes y
el Arzobispo John C. Favalora– asistieron a su funeral a la
mañana siguiente, abarrotando la iglesia de Our Lady of the
Lakes, donde el P. Sardiñas venía prestando su colaboración
durante los fines de semana desde 1997.
Recordaron sus ocurrentes y apasionadas homilías, y sus
imprevisibles maneras de peinarse. Hablaron de su compasión como
confesor. Lo evocaron en su atuendo típico: jeans,
sandalias y camiseta deportiva, con frecuencia tocado por una
gorra con la visera hacia atrás. Recordaron su amor por los
tabacos, su tendencia a llegar tarde, su pasión por la
naturaleza y el amor a su perro, Wini, que murió junto con él.
“Nos llegó al corazón”, dijo Carlos Soto, feligrés de Our Lady
of the Lakes. “Cuando uno salía de la iglesia después de
escuchar alguno de sus sermones, sentía que se le había quitado
un peso del alma”.
El juguete de la
familia
Jorge Angel Sardiñas nació en La Habana, Cuba, el 2 de octubre
de 1950, día del Angel Custodio. Era hijo de Alfredo y Sara
Sardiñas, ambos fallecidos. Era 10 años más joven que su hermano,
Alfredo, que vive actualmente en la República Dominicana.
“Nadie esperaba un nuevo nacimiento en la familia, y entonces
llegó Jorge. Fue como recibir un juguete maravilloso”, dijo
Silvia Roepke, una prima suya que era ocho años mayor que él y
que fue su madrina de bautismo. “Yo solía bañarlo, alimentarlo y
cambiarle los pañales. Era maravilloso”.
Ambos mantuvieron una estrecha relación durante sus vidas.
Cuando Roepke y su esposo, Stephen, se mudaron al sur de la
Florida hace tres años, el P. Sardiñas les encontró una casa a
pocas cuadras de la suya y la decoró en su colorido estilo
personal.
“¿Por qué le tenemos tanto miedo al color?”, se preguntaba
indignado, quejándose de que gran parte del mundo sufría de SAC:
“síndrome del aburrimiento cromático”.
Su talento artístico y su singular personalidad se manifestaron
a temprana edad. “Jorge era así” –recuerda Roepke la frase
familiar. “Era un artista. Su mente no funcionaba como las
nuestras”.
Su personalidad efervescente impresionó también a muchísimas
otras personas, desde el alcalde del condado Miami-Dade, Alex
Penelas –uno de los feligreses que asistió al funeral– hasta los
mecánicos del taller adonde el P. Sardiñas solía llevar su viejo
jeep.
“Jorge era una persona muy dada a ayudar a la gente. Pienso que
no se daba cuenta de lo mucho que influía en los demás”, dijo
Roepke. “Pudo haber sido lo que hubiera querido, y prefirió el
sacerdocio”.
Forastero,
sacerdote, artista
El pequeño Jorge Sardiñas, de 10 años de edad, fue uno de los
14,000 niños cubanos que llegaron al sur de la Florida durante
la operación Pedro Pan, a comienzos de los años 60. Aunque se
fue a vivir con unos parientes, la experiencia lo hizo sentirse
como un forastero, dijo el P. Thomas Madden –el mejor amigo del
P. Sardiñas desde la época del seminario–, que tuvo a su cargo
pronunciar la homilía durante el funeral.
“Jorge interiorizó esa verdad. Siempre tuvo un lugar en su
corazón para las personas que se sentían dejadas fuera de la
Iglesia. ‘Primero la gente, las leyes después’”, solía decir.
Aunque más tarde tuvo que batallar con la soledad del celibato,
Sardiñas se inició en el camino hacia el sacerdocio desde muy
temprano. Ingresó en el Seminario St. John Vianney en 9º grado,
y terminó allí la secundaria y el college antes de
trasladarse al Seminario St. Vincent de Paul, en Boynton Beach.
Fue ordenado para la Arquidiócesis de Miami el 14 de mayo de
1977, y trabajó como párroco adjunto en varias iglesias: la
Catedral St. Mary (Miami, 1977-1978), Our Lady of Guadalupe
(Immokalee, 1978-1979), St. Francis de Sales (Miami Beach,
1979-1981), St. Augustine (Coral Gables, 1982-1985), St. Helen
(Fort Lauderdale, 1987-1989), Holy Family (North Miami, 1990) y
St. Richard (Miami, 1994-1997).
“No tomé el arte en serio hasta que me hice sacerdote”, dijo el
P. Sardiñas a comienzos de este año. “Fue el resultado de una
necesidad de orar y de madurar en mi espiritualidad”.
A finales de los años 80, realizó estudios de arte en la
Universidad Internacional de la Florida y en 1992 obtuvo una
maestría en bellas artes en la Universidad de la Florida. Poco
después ingresó en el profesorado de la Universidad St. Thomas,
donde enseñó arte y teología.
“Era el mejor profesor del recinto universitario”, dijo Courtney
Reilly, una de sus alumnas, y añadió que sus clases eran tan
concurridas que a veces los estudiantes tenían que sentarse en
el piso para escucharlas.
“Nos animaba a hacer cosas. Decía siempre que había que vivir la
vida con plenitud, porque nadie sabe si va a morir mañana”, dijo
Lou Noel, también estudiante de St.Thomas. “Creo que la
universidad no va a ser la misma”.
Pero allí ha quedado un monumento a su memoria.
El P. Sardiñas dejó su sello artístico en la Capilla St. Anthony
de la universidad, que fue consagrada en febrero de este año.
Diseñó sus coloridos vitrales; las impresionistas Estaciones de
la Cruz; las estilizadas estatuas; el altar, el púlpito y su
fuente bautismal de piedra.
No sintiéndose nunca tan ocupado como para no acompañar
personalmente a los vistantes de la capilla, la llamaba “mi
momento Miguel Angel… la realización donde el sacerdote y el
artista han coincidido”.
Su muerte ha afectado hondamente a la universidad.
“Están desolados. Lágrimas, llanto y conmoción”, dijo Mons.
Franklyn Casale, presidente de la Universidad St. Thomas. “Para
todos nosotros, esto ha sido una pérdida personal. Pero el ver a
los estudiantes, profesores y empleados sufrir tanto, ha sido
doblemente doloroso para mí, porque era muy querido. Era muy
humano. Era muy espiritual. En cierto sentido, era más grande
que la vida”.
“Jorge hacía cualquier cosa para captar nuestra atención y para
hacernos saber que Dios es real y que ayuda a la gente”, dijo el
P. Madden, sacerdote de la diócesis de St. Petersburg.
Aunque era “criticado con frecuencia por quienes no gustan de
vivir al margen de las convenciones, tenemos, hermanos míos, que
aprender una lección de Jorge”, señaló el P. Madden a sus
compañeros sacerdotes. “En la paleta de su ministerio están
pintados los rostros de quienes conocieron a Jesús en un pequeño
y encantador sacerdote que calzaba sandalias y se vestía a su
manera”.
“La verdad que Jorge les deja es que Dios les ama
inconmensurablemente”, afirmó el P. Madden. Como el hombre que
pasaba encendiendo los faroles de gas en tiempos ya idos, “Jorge
nos ayudó a prender luces llameantes en la oscuridad”.
Al ritmo de un
tambor diferente
“No marchaba al ritmo del tambor común. Tenía su propio tambor,
y seguía su ritmo”, dijo el P. James Murphy, párroco de Our Lady
of the Lakes, que hizo amistad con el P. Sardiñas después que
éste se presentó un día en su oficina y, simplemente, le dijo:
“¿Necesita ayuda?”. Dirigiéndose a los apesadumbrados feligreses,
el P. Murphy describió a su amigo como “un verdadero sacerdote,
un artista magnífico, una persona que era capaz de combinar las
dos cosas extraordinariamente bien”.
“El Señor nos envió un ángel”, afirmó el P. Murphy.
“Desafortunadamente, no fue por mucho tiempo”.
“El trabajo de su vida estaba terminado, según parece”, declaró
Mons. Casale. “Había influido en suficientes personas como para
dejar un legado maravilloso”.
Las donaciones en su memoria pueden hacerse a favor de The
Father Jorge Sardiñas Memorial Fund for St. Anthony Chapel, St.
Thomas University, 16401 NW 37th Ave., Miami Gardens, FL 33054;
o de Our Lady of the Lakes Art Docent Program, 15801 NW 67th
Ave., Miami Lakes, FL 33014.
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