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La concertación en la historia de Cuba

P. Antonio Rodríguez
Artemisa, Cuba

El futuro feliz de Cuba dependerá de la capacidad de concertación de los cubanos. Debemos, hacer comprender esto a los cubanos que, desde diferente opción política, desean el bienestar de la patria. La misión de la Iglesia no puede ser otra. No existe otra meta eclesial para Cuba que la reconciliación de todos los cubanos.

La Constitución “Lumen Gentium” en su número 9 nos dice, refiriéndose a la Iglesia: “Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y e salvación”. Germen segurísimo de unidad. Esta es la razón de la Iglesia en medio de un mundo dividido y disperso. Ella está llamada a construir la unidad del mundo, al tiempo que, al construir su propia unidad, se muestra al mundo como un modelo de lo que éste debe ser.

En esta misma línea, la Iglesia en Cuba, por medio de su misión reconciliadora, está llamada a la construcción de la unidad del pueblo cubano como germen de esperanza y de salvación. No se puede esperar de la Iglesia en Cuba un quehacer opuesto a éste. Tampoco puede ocuparse de otros buenos quehaceres que la desvíen de éste.

En buena teología, los demás quehaceres eclesiales deben estar subordinados y en función de la construcción de la unidad. Evangelizamos para salvar y dar esperanza al cubano de hoy. La evangelización no es un fin en sí mismo, sino un fin “para”, para salvar y dar esperanzas, por eso la evangelización tiene una finalidad antropológica y redentora.

¿Cómo la Iglesia construye la unidad del pueblo cubano? La Constitución “Gadium et Spes” en su número 42 nos enseña ese “cómo”: “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”.

 Es decir, desde su naturaleza religiosa –ese es el ser que establece el “cómo” específico que diferencia a la Iglesia de cualquier otra organización humana- la Iglesia establece y consolida la comunidad humana según la ley divina. Lógicamente, la ley divina está en la naturaleza del ser religioso eclesial y en el cómo de su quehacer religioso.

¿Cuáles son los momentos de nuestra historia patria en los cuales se ha puesto de relieve la capacidad de los cubanos para llegar a puntos de consenso o de convergencia, movidos por el bien común, por el bien de la patria?

Podemos hablar de situaciones grupales, como  la Convención Constituyente de 1940, pero también  de hombres congregantes como el Obispo Espada, P. Félix Varela, Carlos Manuel de Céspedes y la Asamblea de Guáimaro, José Martí y la Revolución de 1895, Máximo Gómez en la post-guerra, y las Asambleas Constituyentes de 1901 y de 1940.

 

I. El Obispo Espada

Su episcopado coincide con los inicios de la nacionalidad cubana. Su labor fue uno de los factores decisivos que determinaron el surgimiento de nuestra nacionalidad. Sabemos que fue grande, pero no todo lo grande que es. Quizás los resplandores del P. Varela  han impedido aquilatar suficientemente su persona. Espada fue la antorcha de un gran siglo.

A propósito de Espada, y de otros hombres congregantes –incluyendo a Jesucristo-, no podemos pensar que la acción de unir, implique unanimidad o aceptación general. La tarea unificadora cuenta con la incomprensión, los ataques y hasta la violencia de quienes no comprenden el bien de la unidad o no les conviene. La congregante unanimidad sólo se dará en la parusía. Sirva esta reflexión aclaratoria para Espada- que contó con enemigos y calumniadores-, para Martí y para diversas situaciones históricas

A Espada lo conocemos por muchas cosas, es el Obispo Ilustrado, combatió la religiosidad supersticiosa, se ocupó de la problemática de la salud y la higiene de la, por aquel entonces, extensa diócesis habanera. No hubo actividad pública, social, política y económica en la que el Obispo no se hiciese presente por su formidable modo ejecutivo de ser.

El hecho a resaltar no es muy conocido. En España, y en las pocas colonias que le quedan, vuelve a entrar en vigor la Constitución de 1812 (“La Pepa”), el 20 de Marzo de 1820, cuando el movimiento del General Riesgo hace que Fernando VII jure la constitución que seis años antes había derogado. Casi un mes más tarde de proclamada la constitución en la península, se conoce la noticia en Cuba, aquélla va a dividir en la isla a cubanos, españoles, comerciantes, sacarócratas y hasta al clero. Sólo los esclavos quedaron en una postura expectante o indiferente ante los nuevos cambios liberales, que no ofrecían ninguna mejora para ellos.

Espada contempló la división de la sociedad libre de Cuba y la fragmentación producida por las diferentes sociedades secretas existentes, que enfocaban la política criolla constitucional de manera dispersa. Buscó una solución a fin de unir criterios básicos, y encontró la mejor opción: fundar la Cátedra de Constitución con el objetivo de crear una conciencia política autóctona que diese respuesta a la problemática nacional. Y así nació la cátedra de la libertad y los derechos del hombre en el Colegio Seminario “San Carlos”.

Los 193 alumnos que tuvo el P. Varela en la clase inaugural –número ampliado después en los años posteriores- asumieron diferentes tendencias políticas ante la situación cubana; pero la cátedra de Espada sirvió para dar las bases de la conciencia ética social criolla. La lección que nos da este hecho es que para congregar se necesita la conciencia moral social, y esta se adquiere mediante un proceso formativo.

 

El Padre Varela

Fue el primero que en Cuba habló de patria con el concepto abarcador de todo el territorio geográfico nacional, a diferencia de sus antecesores, que sólo pensaban en la patria chica local. El concepto vareliano de patria sugiere en sí y por sí la unidad, la congregación de todos aquellos marcados por una misma nacionalidad, ya perceptible en la vida cubana de la primera mitad del siglo XIX.

El P. Varela en su exilio estadounidense, al ver que la independencia de Cuba no era alcanzable por el momento, sigue persistiendo en su lucha contra la esclavitud –actitud permanente en el ideario vareliano-, sin embargo, se da cuenta de que ésta no puede ser realizada enarbolando la emancipación de los esclavos, ya que eran muchos los que en Cuba poseían esclavos, aun personas de bajo nivel económico, incluyendo varios negros, y que, por consiguiente, no iban a apoyar una abolición inmediata de la esclavitud. Entonces, el P. Varela, con el fin de congregar a muchos en la lucha antiesclavista, desarrolla, junto a otros, una estrategia dirigida contra la trata.

Con ello nos daba la lección de lo que había sido el leitmotiv de su quehacer político: hacer lo que es posible. El objetivo –en esta situación- era el de congregar a la mayor cantidad de personas en torno al antiesclavismo, aunque por el momento, tuviese que aplazar una parte del proyecto total, en este caso, la abolición de la esclavitud.

 

III. Céspedes y la Asamblea Constituyente de Guáimaro

Las características del modo de gobierno del Padre de la Patria, y sus concepciones centralistas le granjearon la oposición de los jóvenes camagüeyanos y  habaneros, que preferían una república en armas como si ésta fuera una república civil. La historia, con Martí a la cabeza de los defensores del hombre de La Demajagua, daría a Céspedes la razón. Pero Céspedes, en aras de la unidad de todos por la independencia de la patria, tuvo que poner en suspenso su modo de concebir el gobierno y la guerra, con la finalidad de alcanzar un consenso entre los delegados de la Asamblea de Guáimaro, para que así naciese nuestra primera constitución deliberada. La lección ofrecida por los hombres de Guáimaro pasaba por la deliberación, el diálogo, la confrontación  de opiniones, aun las opuestas, y las desavenencias, con el objetivo de lograr un documento, que expresara un proyecto de república congregante. En aquel momento, todos tuvieron que suspender sus concepciones –que no es hacer dejación ni renunciar a ellas- para lograr la unidad desde la concertación.

 

IV. José Martí y la Revolución  de 1895

Sabido de sobra por todos es el extraordinario espíritu de concertación de José Martí. Dos importantísimos discursos suyos, en la matriz de los cuales subyace de modo esencial el espíritu y la necesidad de la concertación para lograr la independencia deseada, nos lo muestran. Ellos son “Con todos y para el bien de todos” y “Los pinos nuevos”.

Las divisiones y recelos provenientes de los errores de la “Guerra de los Diez Años”, fueron limados por el Apóstol, y por la capacidad de concertación que demostraron viejos y pinos nuevos. ¡Cuántas catástrofes, que estuvieron a punto de ocurrir durante la guerra, pudieron conjurarse gracias a la obra concienciadora por la unidad del Maestro y de los hombres del 95 en tal sentido!

La acción concienciadora  encaminada a aumentar el número de puntos coincidentes de cara a la unidad, constituye un elemento esencial. Volvía a repetirse el proyecto del Obispo Espada de formar una conciencia ética social para lograr objetivos patrios.

 

V.  Máximo Gómez después de la Guerra del  95

Gómez fue un hombre de carácter fuerte. Implacable con sus enemigos de guerra y con los desertores. Recio con sus subordinados. Crítico de lo que entendía estaba mal hecho. Esto explica sus críticas al gobierno cubano durante la guerra, provocantes de mutuas fricciones, que casi llegaron al punto de la ruptura. Sólo la capacidad de aguante de Gómez y del gobierno, acompañada de la firme voluntad por alcanzar la independencia, pudieron limar, aunque no erradicar, aquellas fricciones.

Este implacable hombre con sus enemigos de guerra, experimenta un cambio automático desde el mismo instante del fin de la guerra, y ya en su marcha triunfal hacia La Habana, busca el encuentro con españoles y antiguos autonomistas, da garantías verbales para la convivencia pacífica de todos los que habitan en Cuba, rechaza todo sentimiento de revancha, y es más, salvo el paréntesis de sus discrepancias con la Asamblea del Cerro, es el hombre que no cesará de invitar a todos al buen comportamiento convivencial, para demostrar al gobierno norteamericano, a los anexionistas y a los antiguos autonomistas, que aquellos cubanos eran capaces de fundar y dirigir una república, y con ello abreviar el tiempo de la intervención foránea.

Hasta su muerte, ocurrida en 1905, Máximo Gómez fue constituido por sus contemporáneos como la autoridad y reserva moral política mayor de la república naciente.

Nuevamente aflora en este caso la lección de que para conseguir un objetivo necesario que beneficie a todos, es necesario suspender las convicciones personales en espera de momentos más oportunos, además de revestirse de un espíritu unificante, que invite a la convivencia, a la concertación y a la cordura, el cual propicie la presencia de figuras congregantes con autoridad moral, capaces de marcar los hitos del camino, siempre dinámico y siempre evolutivo, de la república con todos y para el bien de todos. Si Gómez no hubiese muerto, ¿se hubieran llegado a consumar los intentos reeleccionistas de Estrada Palma y la Segunda Intervención Norteamericana?

 

VI. La Asamblea Constituyente de 1901

Esta reunión de cubanos ilustres, elegidos con una amplia participación de la población que tenía derecho a ello, fue, por muchas razones, la primera gran prueba de fuego democrático para sentar las estructuras de la república naciente. Las características de esta asamblea corroboran lo dicho:

1. Fue pluripartidista con la beneficiosa verdad de este hecho: Variado espectro de opiniones políticas de cara a un único fin: dotar a la república independiente de su ley fundamental. La diversidad de opiniones políticas son siempre necesarias cuando se orientan a la búsqueda del bien común.

2. No sólo fue plural en cuanto al pluripartidismo, sino en relación a las características personales de los delegados: ateos (Varona y Zayas), anticlericales (Cisneros Betancourt y Morúa Delgado), librepensadores (Manuel Sanguily), católicos (Juan Gualberto Gómez), y masones; blancos y negros; independentistas y un antiguo autonomista (Giberga). Todos congregados a la búsqueda de la concertación en un proyecto común: el bien de Cuba.

 

VII. La Constitución  de 1940

Esta constitución, según los conocedores, fue la más progresista del continente para su época, caracterizada por contenidos de la línea de la justicia social, a diferencia de la Constitución de 1901, de corte liberal.

La Asamblea Constituyente del 40 congregó a un conjunto de delegados, elegidos por sufragio universal, en el que ya se contaba con el voto femenino. Junto a la riqueza de su articulado, es necesario destacar, la composición de los asambleístas, que reflejaban un amplio espectro político de 11 partidos. Alcanza mayor valor, si se sabe que esos 11 partidos formaban un arco que iba desde los tradicionales partidos políticos de la historia republicana cubana (Liberal y el Conservador, ahora con el nombre de Demócrata-Republicano), pasando por los nuevos partidos (ABC, Auténticos, Republicanos y Nacionalistas) hasta llegar al Partido Comunista.

Unos pocos años antes, se había sufrido la primera dictadura de la República, marcada por prisiones, torturas, asesinatos y atropellos de las libertades individuales y públicas, 10 de los partidos agrupaban a hombres que se habían enfrentado al gobierno apoyado por el partido Liberal, también representado en esa asamblea y con una mayoría notable de delegados. 

En el postmachadato continuaron los enfrentamientos violentos, pero los representantes de las diferentes tendencias políticas fueron capaces de sentarse pacíficamente en el Capitolio para aportar ideas, discutir y discrepar con la asistencia de la prensa, y de los que deseaban presenciar aquella asamblea desde los corredores de uno de los hemiciclos del Congreso, -hasta por la radio se podían seguir las sesiones de la Constituyente.

Aquellos cubanos de ideas divergentes y de extracción social diferente (obreros, maestros, abogados y hacendados) fueron capaces de, a pesar de sus limitaciones, producir el documento jurídico, la Ley de Leyes, más perfecta de toda la historia de la República, esto sólo tiene un nombre: madurez cívica.

¡Y aquí está la lección para la historia!

Párroco de Artemisa, Cuba.