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El holocausto del aborto

Padre Jordi Rivero

Estudiando el holocausto contra los judíos en la escuela, recuerdo la indignación general que producía. No podíamos comprender cómo los alemanes fueron capaces de permitirlo. Quién iba a decir que pronto lo estaríamos haciendo en este país.

La diferencia es que ahora el holocausto es contra otro grupo de personas: los no nacidos. Pero las tácticas son muy similares: negarles la dignidad de personas, considerarlas un “problema”, “indeseables”, declarar que arruinan nuestro estilo de vida, resolver el “problema” matándoles con el respaldo de “la ley”. El holocausto del aborto es diferente  en algo: el número de víctimas mortales es muchas veces mayor. Sólo en Estados  Unidos las víctimas sobrepasan los 45 millones desde que se legalizó el aborto y la cifra aumenta en más de 4,000 al día. Esto representa muchas más víctimas que todas las guerras de la historia de Estados Unidos juntas.

Alejandro Sánchez-Samper, su esposa Mariana y su hijo Sebastián, lo dicen en su letrero: “La vida es el primer derecho inalienable”. La familia participó en la Cadena Pro-Vida, que se lleva a cabo todos los años en octubre, en la carretera US-1 del Condado Miami-Dade. Sánchez-Samper dirige el grupo juvenil de la parroquia San Agustín, en Coral Gables. Foto cortesía: The Florida Catholic / Daniel Sone

¿Por qué se permite? Porque nos vamos acostumbrando. La mentalidad del mundo ofuscado en la cultura del egoísmo nos penetra y nos vence. ¿Cómo es posible que haya en Estados Unidos 500 políticos católicos electos que promueven el aborto? ¿Cómo es posible que la mayoría de los cristianos no votan? ¿Cómo es posible que entre los católicos que votaron, la mayoría  escogió candidatos que favorecen el aborto aun en el momento de nacer (aborto por nacimiento parcial)? Sólo hay una explicación: han perdido de vista los fundamentos de la moral cristiana.

La Iglesia no se cansa de recordarnos:

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha  hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y frontal, condición de todos los otros derechos de la persona (Juan Pablo II: Christifideles Laici, n.38)

La Carta Encíclica Evangelium Vitae, respecto a decisiones judiciales o leyes civiles que autorizan o promueven el aborto o la eutanasia, declara que existe “una grave y clara obligación de oponerse por la objeción de conciencia… En el caso de una ley intrínsecamente injusta, como una ley que permite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito por tanto obedecerla o “participar en una campaña de propaganda a favor de tal ley o votar por ella” (N.74).

El Cardenal Ratzinger escribió recientemente a los obispos de Estados Unidos sobre estas enseñanzas: “No todos los temas morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre en cuanto a la aplicación de la pena de muerte o sobre la decisión de ir a la guerra, no sería por esta razón considerado indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al imponer castigo a criminales, sería aún lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena de muerte. Puede haber una legítima diversidad de opinión, aun entre católicos, respecto de ir a la guerra y aplicar la pena  de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia”. Cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Estos son los principales argumentos para justificar el aborto que he escuchado en mis 12 años como director de Respeto a la Vida en Miami:

“Es un feto, no es una persona, sino tan sólo  un montón de tejidos”. Respuesta: Esta declaración es simplemente falsa. La verdad es que la vida humana comienza en el momento de la concepción. La religión no inventó esta verdad, se trata de un hecho científico ampliamente documentado. 

El profesor de biología celular, Angelo Luigi Vescovi  (se profesa agnóstico) codirector del Instituto de Investigación de Células Estaminales del Hospital San Rafael de Milán,  dice al respecto: “El embrión es un ser humano. Esto es innegable. Cualquier intento de hacer comenzar la vida humana en un momento posterior es arbitrario y no sostenido por argumentación cientítica”.  Los manuales y las enciclopedias de medicina hasta hace pocos años enseñaban claramente que la vida comienza en la concepción. ¿Qué cambió? No la ciencia sino el corazón del hombre, que encuentra esta enseñanza inconveniente para sus intereses.

“No se debe legislar la religión” Respuesta: El respeto a la vida no es sólo una enseñanza religiosa sino ante todo un derecho fundamental de toda persona basado en la ley natural. Por el solo hecho de coincidir con la enseñanza cristiana hace una ley ser “religiosa”, entonces no se podrían legislar leyes contra el robo, el asalto, la difamación, la violación, etc.

“La mujer tiene el derecho de hacer lo que quiera con su cuerpo”. Se dice: “Si no quieres abortar no lo hagas, pero respeta el derecho de otros”. Respuesta: Qué significa ser prochoice: Suena bonito, que cada uno elija. ¿Elija qué? ¡Matar a un niño inocente! ¡Vaya opción! Darle a la madre el “derecho” de matar a su hijo o hija. Olvidan que el bebé tiene su propio cuerpo. El bebé no es la madre, sino una criatura única. El hecho de que esté  íntimamente unida y sea dependiente de la madre no la hace ser la misma persona. Olvidan que el derecho de una persona termina donde comienza el derecho de otra. Se  olvidan del derecho a la vida del bebé.

Los esclavistas consideraban la esclavitud como una decisión personal. También ellos se olvidaban de sus víctimas.

Director de Respeto a la Vida, de la Arquidiócesis de Miami.