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La mirada
inocente
En todo arte conceptual el artista trata de transmitir una idea
o concepto para que el espectador lo interprete. Lo que se busca
es que el análisis sobre la obra reemplace a la obra en sí,
porque la obra de arte, afirman, debe servir al conocimiento
humano, nunca ser un fin en sí misma. Pero curiosa y
significativamente, los artistas conceptuales fueron más
místicos que racionalistas, intentando llegar a conclusiones
inalcanzables a la lógica.
Eso ha pasado con la obra maestra de Stanley Kubrick, 2001
Odisea del Espacio, filmada en 1968. Primero fue el impacto
de la audiencia al presenciar, cautiva y fascinada, ese extraño
monolito –¿el conocimiento o el espíritu humano?¿Dios?– que
aparecía en momentos clave de la película; la asombrosa ruptura
muy bien lograda entre tiempo y espacio. Y al final, la
impactante imagen del feto que, flotando en el espacio con los
ojos muy abiertos mira con inocencia a través de la transparente
placenta. A medida que se va acercando a la tierra se escucha la
música de Richard Strauss Así habló Zaratustra.
2001 Odisea del Espacio
es la mejor película (¿de ciencia ficción?) de todos los tiempos.
Innumerables hombres y mujeres han nacido y muerto desde que fue
estrenada. Ya pasó el año 2001, que parecía tan lejano
entonces, hace 36 años. Pero la película tiene más vigencia que
nunca antes en el umbral de este nuevo milenio.
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Escena final de la película 2001: Odisea del Espacio, de
Stanley Kubrick, protagonizada por Keir Dullea.
Música de
Richard Strauss, Johann Strauss Jr., Aram Khachaturian y Gyorgy
Ligeti.
Getty Images |
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Reflexiones e interpretaciones sueltas, estética y empatía:
Una belleza terrible, un filme perturbador que a mí me habla de
la maravillosa obra de Dios: la creación del universo, del ser
humano, de su amor infinito por cada uno de nosotros, creado a
su imagen y semejanza. ¿Y qué ha hecho el hombre con la libertad
que Dios le dio? ¿Qué hizo la humanidad con la misericordia de
Dios revelada en su Hijo amado, salvador y redentor nuestro?
En la película la ciencia y la teología ocupan un lugar central,
pero es poesía mística.
Y es una obra de arte profética.
Stephen Evans, doctor en filosofía de la Universidad de Yale, ha
sido profesor de filosofía y humanidades en varias universidades.
Este buscador insaciable de conocimiento y del misterio de la
creación es autor de numerosos ensayos publicados en el
Journal of the British Society for Phenomenology; en el
Journal of Mind and Behavior, y en el Review of
Existential Psychology and Psychiatry, entre otras. Algunos
de sus libros son: El misterio de las personas y la creencia
en Dios; La búsqueda de la fe; Subjetividad y
creencia religiosa en los “Fragmentos” y “Poscritos” de
Kierkegaard; La razón pasional y un análisis sobre
Las obras de amor de Kierkegaard, donde trata de la
ética cristiana y la teoría del mandato divino.
Ciertamente es causa de temor y temblor comprobar lo
premonitoria que puede ser una obra de arte:
Fue Stephen Evans el hombre que demostró cómo los fetos que
escuchan determinadas piezas musicales recuerdan y reconocen esa
música después del nacimiento.
¿Por qué me llama tanto la atención su búsqueda teológica,
religiosa y su reciente hallazgo científico? Porque al ver el
impresionante final de la película de Kubrik hace muchos años me
parecía que el feto, igual que nosotros, escuchaba, sentía lo
que pasaba a su alrededor. Porque ese bebé de mirada
transparente que está por nacer eres tú, soy yo, es Dios en cada
uno de nosotros. Es Jesús, el Cristo que vino a sacarnos de las
tinieblas, a darnos su luz, “y las tinieblas no lo reconocieron”.
Nietzsche, autor de Así habló Zaratustra, libro en que se
basa Strauss para su música, fue el autor de aquella famosa
frase:“Dios está muerto”. Hoy, este falso profeta es el dios de
la cultura posmoderna. El nihilismo, la filosofía que nos dejó,
es la doctrina según la cual la sociedad es tan mala que hay que
destruirla totalmente; de aquí una de sus principales
manifestaciones, el terrorismo. El nihilismo niega cualquier
creencia y rechaza todo tipo de valor moral. ¿No es ésta la
cultura de la muerte en que vivimos en el 2004?
Mirando la imagen del niño por nacer, exactamente igual a uno
real en el vientre materno, sólo que tiene los ojos abiertos, me
vienen a la mente las frases de los grandes profetas del Antiguo
Testamento: “Antes de haberte formado yo en el vientre, te
conocía, y antes que nacieras, te tenía consagrado”(Jeremías 1,
5).
“Yahvé me llamó desde el vientre de mi madre, conoció mi nombre
desde antes que naciera” … ¿Puede una mujer olvidarse del niño
que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien,
aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti. Mira
cómo te tengo grabada en la palma de mis manos”. (Isaías, 49, 1,
15-16).
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