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Revolución
en Santiago

No se asusten, no nos estamos refiriendo a sucesos recientes, ni
siquiera de hace cincuenta años. Se trata de la revolución
iniciada por el paso de aquel misionero vuelto Arzobispo, San
Antonio María Claret, por la región oriental de Cuba, que a
mitad del siglo XIX, conformaba la Arquidiócesis de Santiago de
Cuba. El 24 de octubre celebramos su fiesta y este año han
comenzado las celebraciones del 150 aniversario de la fundación
de las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas,
congregación religiosa fundada por él y la Madre Antonia París,
en Santiago de Cuba el 27 de agosto de 1855.
La Arquidiócesis de Santiago de Cuba llevaba catorce años sin
pastor cuando Claret llegó. Sus primeros dos años de episcopado
los invierte visitando pueblo por pueblo, capilla por capilla,
el territorio bajo su responsabilidad, que se extendía hasta
Puerto Príncipe, Camagüey. Repetirá este recorrido dos veces más
durante su episcopado. El estado de abandono espiritual y
pastoral en que encontró la Arquidiócesis le impresiona, pero
inmediatamente se dispone a dar una respuesta: “No hay rincón
habitado en mi diócesis que no haya visitado. Así puedo decir
que conozco a mis ovejas, y que todas me conocen a mi, y que tal
vez no hay mal que no haya palpado y estudiado para aplicarle
el remedio por lo que me mí toca” (Carta al Capitán general,
marzo de 1854).
Ante la situación de pobreza y de injusticia, Claret desarrolla
una serie de proyectos sociales: funda cajas de ahorro en todas
las parroquias para ayudar a los pobres, compra con su propio
dinero una casa en Puerto Príncipe para recoger a los niños y
niñas pobres y darles un oficio, invita a la Madre Antonia París
a venir de España para fundar lo que será la primera fundación
religiosa en Cuba con el fin de atender a la formación de las
niñas pobres… Ciertamente es revolucionario en esta época y
ambiente, en el que la educación de la mujer no era siempre bien
vista, que el Santo Arzobispo comprendiera que éste era el mejor
camino de luchar contra la pobreza y renovar la sociedad, ya que
de la mujer dependía en gran parte la familia y de la familia,
la sociedad. Obstáculos no faltan: los padres de las niñas
pobres no les dejan ir a la escuela, las leyes civiles no
permiten a las niñas de color reunirse con las blancas, estar en
las mismas aulas… Los fundadores hallan una solución: construyen
un aula aparte para las niñas de color.
Claret también revoluciona el sistema esclavista de la época con
su predicación dirigida a los propietarios de esclavos a quienes
exhorta a respetar la dignidad de los esclavos. Por eso dirán
los defensores de la esclavitud: “Nos hace más daño con su
predicación el arzobispo de Santiago, que todo el ejército.” (Autobiografía
#254).
Además de su atención incansable a los presos y enfermos, al
paso de Claret se transforma la familia. Una de las mayores
injusticias que enfrenta es la de los que, en nombre de la ley
civil española, rehúsan casarse con sus esposas porque son de
raza negra o mestiza. Claret denuncia la falsedad de este
argumento, ya que tal ley sólo prohibía el matrimonio de blancos
pertenecientes a la nobleza con personas de color. En
menos de un año logra legitimar más de 10,000 matrimonios
protegiendo así los derechos y dignidad de las esposas e hijos.
La evangelización claretiana se lleva a cabo primeramente a
través de las misiones, del contacto directo con las personas,
de la catequesis, pero también a través de la difusión de la
buena prensa. Claret escribe libros y sobre todo folletos para
la gente sencilla o los que no tienen mucho tiempo para leer, ya
que según él: “No todos quieren o pueden oír la divina palabra,
pero todos pueden leer un buen libro. No todos pueden ir a la
iglesia, pero el libro irá a su casa.” (Au. 310) En sus seis
años en Cuba distribuyó casi 200,000 libros. Muchas veces los
regalaba o los cambiaba por libros malos para quitárselos de las
manos.
¿Cuáles eran las fuentes de su extraordinaria energía? El
encuentro con Dios en la oración, en la eucaristía, en la
Palabra y el sentirse lanzado por María como una flecha a
misionar. Ella era su Madre y Formadora.
Esta revolución que brota de su pasión evangelizadora, Claret la
plasma en lo que él llamará más tarde “Plan para restaurar la
hermosura de la Iglesia.” Este plan se funda en su praxis
pastoral y se esclarece tras el intercambio con la Madre Antonia
París, que también siente la urgencia de una renovación eclesial.
Pero no puede haber Iglesia nueva, sin que primeramente se
renueven los agentes de evangelización. Por eso, uno de los
grandes empeños de Claret fue la reforma del seminario diocesano
del cual no había salido un sacerdote en treinta años.
Para la Madre Antonia, su vocación de fundadora nace como un
llamado de Dios a formar “una Orden nueva, no nueva en la
doctrina, sino en la práctica”.
Ninguna revolución es posible sin que los que la inician hayan
sentido dentro de sí una fuerza que les impulse a lanzarse por
ese camino. Ardiendo en el amor a Dios, el amor al prójimo y el
amor a la Iglesia, Claret y Antonia París se lanzaron a encender
al mundo con el fuego de ese mismo amor. Hoy, 150 años después,
su ejemplo sigue inspirándonos a continuar la misma misión.
Misionera Claretiana
mailto:Ondina@claretiansisters.org
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