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Thanksgiving
no es sólo un día: es una actitud
Queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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¿Cuándo oramos? ¿Sólo cuando necesitamos pedirle algo a Dios?
Me parece que la mayoría de nosotros cae en la trampa de orar
intensamente por cosas que deseamos o que necesitamos: salud, un
empleo mejor, protección contra un peligro, ayuda durante una
crisis.
Pero, cuando la crisis ha pasado, ¿cuántos de nosotros nos
acordamos de pronunciar una oración de gracias?
A veces, somos como los leprosos del Evangelio: Jesús los curó a
los 10. Pero sólo uno regresó para darle las gracias.
Thanksgiving,
ese Día de Dar Gracias que celebramos como la fiesta típica de
nuestro país, es el mejor recordatorio de que debemos darle
gracias a Dios. No porque Dios necesite que le demos gracias,
sino porque nosotros debemos recordar que todo lo que
tenemos y todo lo que somos proviene de Dios.
El agradecimiento es una actitud que debemos cultivar durante
todo el año, no sólo el Día de Dar Gracias.
¿Cuántos de nosotros decimos gracias antes de cada
comida, para recordar que Dios nos alimenta física y
espiritualmente?
Es fácil olvidar, en una tierra donde los alimentos provienen de
un horno de microondas o de la ventanilla de un establecimiento
de comidas rápidas, que Dios es el Señor de las cosechas.
Los antiguos israelitas sabían esto, por supuesto, porque
dependían de la tierra para obtener su sustento. Muchos de
nuestros hermanos y hermanas del Tercer Mundo lo saben también,
porque su propia supervivencia depende de los ciclos de la
naturaleza, de los años de plenitud, de sequía o de hambre.
En el Deuteronomio, se les ordenó a los israelitas: “Cada año
apartarás el diezmo de todo el producto de tu sementera, lo que
haya producido el campo, año por año” (14: 22).
Y además: “Cada tres años apartarás todo el diezmo de tu cosecha
de ese año y lo depositarás a tus puertas. Así vendrán el levita
–ya que él no tiene parte ni heredad contigo–, el forastero, el
huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán y se
hartarán, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas las
obras que emprendas” (14: 28).
La gratitud, por lo tanto, está debidamente vinculada a la
generosidad, pues si creemos que todo lo que tenemos se debe a
nuestros propios esfuerzos, nuestra inclinación natural es
acapararlo todo y no compartir nada. Pero si reconocemos que la
generosidad de Dios es imprescindible para que prosperemos, nos
inclinaremos a ser tan generosos con los demás como Dios lo ha
sido con nosotros.
El dinero y las posesiones materiales tienden a crear barreras
entre Dios y nosotros. Pensamos en el dinero como en algo que
hemos ganado, y en los bienes materiales como en algo que hemos
comprado.
Pero el mérito no es todo nuestro. Dios ha dotado a todos y a
cada uno de nosotros con los talentos, la inteligencia y las
oportunidades necesarias para alcanzar ese poder adquisitivo que,
en nuestra sociedad, equivale al éxito.
El libro del Deuteronomio nos ordena regocijarnos en las
bendiciones del Señor. Lo hacemos todos los años en el Día de
Dar Gracias, una gran fiesta, digna de la nación más bendecida
sobre la tierra.
Pero, para que sea genuina, nuestra gratitud debe ir acompañada
por la generosidad. Como el Deuteronomio también nos dice:
“Nadie se presentará ante el Señor con las manos vacías; sino
que cada cual ofrecerá el don de su mano, según la bendición que
el Señor, tu Dios, te haya otorgado” (16: 16-17).
Se trata de una proporción amplia para quienes vivimos en la
nación más rica de la tierra. Un Día de Dar Gracias difícilmente
compensa las bendiciones que recibimos de Dios en todo el año.
Esforcémonos, entonces, para vivir en estado de Dar Gracias
durante todo el año, lo cual significa ser tan generosos con los
demás como Dios lo ha sido con nosotros. Y acordémonos de dar
gracias a Dios, día tras día, por todas las bendiciones
recibidas, grandes y pequeñas. |