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SIDA: El
comienzo de la cura
Luego de 20 años, cuando nos vimos nuevamente en Miami, Jorge
Gutiérrez había perdido la mirada alegre de cuando hacía las
mejores bromas en el preuniversitario de la Habana Vieja. Desde
que lo vi supe que estaba enfermo. Poco después lo entrevisté
por teléfono desde Nuevo Mexico para una serie radial, en la que
narró con voz entrecortada su batalla perdida contra una brutal
enfermedad. Ese día me di cuenta de que no le quedaba mucho
tiempo por vivir.
Al morir de SIDA en el año 1999, Jorge, hijo de una madre y un
padre, hermano de dos hermanas, y amigo de muchas personas, se
convertía en una cifra y otra alma perdida en la cotidianidad de
la gran tragedia que significa para la humanidad el silente
flagelo del SIDA.
Jorge era también un perfecto ejemplo de cómo el SIDA echa por
tierra los estereotipos: no era homosexual, ni drogadicto, y ni
siquiera un promiscuo sexual empedernido.
Una noche de juergas con la persona equivocada y sin protección
alguna fue quizá lo que le inoculó el virus del VIH, que ha
matado a alrededor de 20 millones de personas en todo el mundo
desde que la enfermedad fue descubierta en la década de los 80.
Y lo peor de todo es que el SIDA, a pesar de los millones de
muertos y de los miles de millones de dólares invertidos en
investigaciones, prácticamente ha dejado de ser la noticia que
debiera ser.
Ocasionalmente la prensa refleja tímidos avances de nuevos
fármacos y tratamientos o divulga iniciativas gubernamentales y
comunitarias relacionadas con programas y eventos para tratar de
inculcar en la gente la mejor arma de todas: evitar exponerse al
VIH. Pero lo cierto es que la solución total a esta pandemia es
tan elusiva como el propio virus y una vez más la vieja relación
entre dinero y bienestar le juega a la humanidad una mala pasada.
Por lo general, el SIDA cobra más vidas en los países con menos
recursos y en las comunidades marginales de las naciones más
ricas.
En Estados Unidos, el baluarte del primer mundo, el SIDA golpea
más duro a las poblaciones negras e hispanas. No es una
exageración decir que el virus anda suelto en las calles de
nuestros barrios, desde Homestead hasta North Miami Beach. De
hecho, Miami estaba considerada hasta hace poco el área
metropolitana en Estados Unidos con una mayor incidencia de
nuevos casos de VIH. Las cifras hablan por sí solas: aquí, de
todas las mujeres infectadas con el virus, el 75 por ciento son
negras y el 18 por ciento son hispanas. A nivel nacional, la
enfermedad afecta al 20 por ciento de los hispanos, es decir una
de cada cinco personas. En los llamados países del tercer mundo,
la situación es incluso más terrible. En Bostwana, una nación
africana, el 38 por ciento de la población adulta está infectada
con el virus VIH y se estima que para el año 2010 la mitad de
los niños de ese país quedarán huérfanos y la expectativa de
vida caería de 47 a 27 años.
Más allá de las campañas de conciencia y de las sumas
millonarias que se emplean en todo el mundo para combatir la
enfermedad, hasta ahora la actitud más efectiva para evitar caer
presa del virus parece ser la protección individual y que cada
persona sepa dónde están los riesgos. Tal vez la ignorancia y la
indiferencia son el mayor obstáculo para frenar esta horrorosa
epidemia que ha puesto en jaque a la humanidad. Una inmensa
mayoría de esas cifras de infectados, que después de todo no son
números fríos, sino personas que deciden sobre sus vidas,
pensaron en un momento que contraer el VIH era una posibilidad
remota o ignoraron las consecuencias de llegar a ser un portador
del virus.
De ahí que todas las campañas educativas imaginables, los
cócteles de antibióticos o los tratamientos retrovirales nunca
podrán superar a esa simple decisión humana de rechazar una
actitud promiscua o de riesgo. Y en tanto el SIDA no tiene
rostro, y aún no existe una vacuna salvadora, es ahí
precisamente donde empieza la cura.
Periodista cubano
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