HABLA EL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA

 

Acción de Gracias en tiempos de guerra

Thanksgiving Day: 25 de noviembre

Eduardo M. Barrios, S.J.

Si vamos a esperar a que haya paz en el orbe entero y a tenerlo todo a nuestro gusto, jamás practicaremos la oración de acción de gracias.

Desde que la humanidad vive en estado de naturaleza humana caída, el mundo nunca ha sido un jardín paradisíaco. Siempre ha habido desastres naturales, y jamás han faltado calamidades provocadas por el mismo hombre, sobre todo guerras.

Esta triste realidad presenta un desafío a la fe. ¿Cómo creer en la bondad divina cuando a nuestro alrededor todo parece desmoronarse? Pues bien, no culpemos al Creador por nuestras creaciones. Sólo podemos culparlo de haberle dado al hombre el libre albedrío. Muchas desgracias provienen del mal uso de nuestra libertad.

Si Anna Frank, en medio del holocausto contra los suyos, pudo escribir: “A pesar de todo creo que los hombres son buenos”, el creyente en Dios también puede decir: “A pesar de todo creo que Dios es bueno”.

El refranero popular afirma: “No hay mal que por bien no venga”. Y también: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Y además: “Dios escribe derecho con líneas torcidas”.

Lo que el pueblo dice populacheramente, se puede también expresar paulinamente: “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28).

No olvidemos que tenemos una visión parcial de la realidad y de la historia. Sólo Dios abarca el panorama completo. De ahí que una mística medieval, Santa Juliana de Norwich, pudiese escribir: “Al final todo saldrá bien”.

Mientras no llegue el final, el día 25 bien podemos sentarnos a la mesa en torno a un dorado y humeante pavo asado para darle gracias a Dios tanto por lo dulce como por lo amargo.

Le agradecemos a Dios las experiencias gratas, como los nacimientos en la familia, los triunfos de los pequeños en estudios y deportes, los éxitos profesionales o laborales de los mayores, pues todas esas dichas constituyen anticipaciones históricas de la felicidad celestial.

Y también le damos gracias a Dios por lo amargo, pensando que de ello podemos sacar saludables lecciones sobre la caducidad de todo lo terrestre, y sobre la fragilidad y precariedad de nuestras realizaciones humanas. Eso nos prepara para la muerte.

De los fracasos también podemos sacar otros provechos. Volvamos al refranero: “Los tropezones enseñan a levantar los pies”. O recordemos lo que dijo un agudo humorista: “Si te estafan dinero, no todo es pérdida: habrás ganado en experiencia” (!)

A las personas mayores los años les van dando perspectiva. Saben que lo percibido en un momento como fatalidad se convirtió luego en una bendición.

Abundan los miamenses que sufrieron horrores por haber tenido que abandonar sus países y convertirse en exiliados. Pero al cabo de los años a esas personas les han sucedido tantas cosas buenas en su país de adopción, que ahora ven el pasado con otros ojos. Las bendiciones pueden presentarse disfrazadas.

Pero lo más fino de la acción de gracias no es quedarse en los dones de Dios, sino en abrirse al Dador mismo. En la Misa hay una larga oración, el Gloria, que incluye esta frase: “Te damos gracias por tu inmensa gloria”. Equivale a decir: “Te damos gracias, Señor, por ser quien eres, independientemente de lo que quieras darnos o quitarnos”.

 

 ebarriossj@aol.com

 El autor es un sacerdote jesuita.