Acción de Gracias en tiempos de guerra
Thanksgiving Day: 25 de noviembre
Si
vamos a esperar a que haya paz en el orbe entero y a tenerlo
todo a nuestro gusto, jamás practicaremos la oración de acción
de gracias.
Desde que la humanidad vive en estado de naturaleza humana caída,
el mundo nunca ha sido un jardín paradisíaco. Siempre ha habido
desastres naturales, y jamás han faltado calamidades provocadas
por el mismo hombre, sobre todo guerras.
Esta triste realidad presenta un desafío a la fe. ¿Cómo creer en
la bondad divina cuando a nuestro alrededor todo parece
desmoronarse? Pues bien, no culpemos al Creador por nuestras
creaciones. Sólo podemos culparlo de haberle dado al hombre el
libre albedrío. Muchas desgracias provienen del mal uso de
nuestra libertad.
Si
Anna Frank, en medio del holocausto contra los suyos, pudo
escribir: “A pesar de todo creo que los hombres son buenos”, el
creyente en Dios también puede decir: “A pesar de todo creo que
Dios es bueno”.
El
refranero popular afirma: “No hay mal que por bien no venga”. Y
también: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Y además: “Dios escribe
derecho con líneas torcidas”.
Lo
que el pueblo dice populacheramente, se puede también expresar
paulinamente: “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom
8, 28).
No olvidemos que tenemos una visión parcial de la realidad y de
la historia. Sólo Dios abarca el panorama completo. De ahí que
una mística medieval, Santa Juliana de Norwich, pudiese escribir:
“Al final todo saldrá bien”.
Mientras no llegue el final, el día 25 bien podemos sentarnos a
la mesa en torno a un dorado y humeante pavo asado para darle
gracias a Dios tanto por lo dulce como por lo amargo.
Le
agradecemos a Dios las experiencias gratas, como los nacimientos
en la familia, los triunfos de los pequeños en estudios y
deportes, los éxitos profesionales o laborales de los mayores,
pues todas esas dichas constituyen anticipaciones históricas de
la felicidad celestial.
Y
también le damos gracias a Dios por lo amargo, pensando que de
ello podemos sacar saludables lecciones sobre la caducidad de
todo lo terrestre, y sobre la fragilidad y precariedad de
nuestras realizaciones humanas. Eso nos prepara para la muerte.
De
los fracasos también podemos sacar otros provechos. Volvamos al
refranero: “Los tropezones enseñan a levantar los pies”. O
recordemos lo que dijo un agudo humorista: “Si te estafan dinero,
no todo es pérdida: habrás ganado en experiencia” (!)
A
las personas mayores los años les van dando perspectiva. Saben
que lo percibido en un momento como fatalidad se convirtió luego
en una bendición.
Abundan los miamenses que sufrieron horrores por haber tenido
que abandonar sus países y convertirse en exiliados. Pero al
cabo de los años a esas personas les han sucedido tantas cosas
buenas en su país de adopción, que ahora ven el pasado con otros
ojos. Las bendiciones pueden presentarse disfrazadas.
Pero lo más fino de la acción de gracias no es quedarse en los
dones de Dios, sino en abrirse al Dador mismo. En la Misa hay
una larga oración, el Gloria, que incluye esta frase: “Te damos
gracias por tu inmensa gloria”. Equivale a decir: “Te damos
gracias, Señor, por ser quien eres, independientemente de lo que
quieras darnos o quitarnos”.
El autor es un sacerdote jesuita.
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