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Los esclavos modernos relatan
el horror de sus experiencias

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

John Miller, director de la Agencia Contra el Tráfico de Personas, del Departamento de Estado de EE.UU., señaló que este tráfico constituye una forma de moderna esclavitud, y una creciente violación de los derechos humanos que afecta a todos los países del mundo. Fotos: TFC / Ana Rodríguez-Soto

En un evento realizado en la Universidad St. Thomas, activistas y diplomáticos denuncian una forma moderna de esclavitud, y apremian a la comunidad mundial a apoyar el nuevo movimiento “abolicionista”.

Hablaron de trabajos forzados y de torturas, de golpizas y de amenazas, de personas que se aprovecharon de sus sueños y que pisotearon sus mentes.

Una mujer habló desde detrás de una pantalla, temerosa aún de que su antiguo amo la descubriera. Otra mostró su rostro, pero no reveló dónde se oculta actualmente. Su ama –sí, otra mujer– la había amenazado con tomar represalias contra sus hijos en México.

El tercero se irguió en toda su estatura de seis pies y cinco pulgadas y, sin miedo alguno, le exigió al mundo la libertad de su gente.

“Yo sé cuál es el aspecto de un esclavo, cuáles son sus sentimientos, porque yo fui esclavo durante 10 años. Y mi gente aún está allí”, dijo Francis Bok, de 25 años. “¿De qué nos sirve la libertad, si no ayudamos a que los demás sean libres?”, preguntó.

El sudanés Francis Bok, de 25 años, fue uno de los oradores que denunciaron los horrores de la moderna esclavitud.

Bok, nacido en el sur de Sudán, fue esclavizado a la edad de siete años por una familia árabe del norte del país. Obligado a criar cabras, soportaba golpizas diarias; dormía con los animales; comía de su avena. Por fin pudo escapar y encontró refugio, inicialmente, en Egipto y después en los Estados Unidos, gracias a la intervención de las Naciones Unidas.

Bok formó parte de la docena de oradores que denunciaron el tráfico de esclavos moderno durante el evento, que duró un día y fue trasmitido a todo el mundo por medio de la Internet.

Bajo el título de “Invisible Chains: Breaking the Ties of Trafficking in Humans” (“Cadenas invisibles: para romper los yugos del tráfico de seres humanos”), la conferencia contó con la participación de Michele Gillen, reportera investigadora principal de CBS4-WFOR en Miami; Jim Nicholson, embajador estadounidense ante el Vaticano; John Miller, director de la Agencia Contra el Tráfico de Personas, del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y la Hna. Eugenia Bonetti, Misionera Consolata que dirige la Unión de Superioras Principales de Italia.

La Hna. Bonetti dirige el trabajo de 250 religiosas que rescatan y albergan a mujeres africanas y de la Europa oriental que son introducidas ilegalmente en Italia y obligadas a trabajar como prostitutas.

 

La Hna. Eugenia Bonetti dirige un grupo de 250 religiosas, que rescatan a mujeres introducidas ilegalmente en Italia, donde son obligadas a trabajar como prostitutas.

Cuestión de derechos humanos

“Este es el problema de derechos humanos del siglo XXI”, dijo Miller, que fue designado este año por el Presidente Bush para dirigir la recién creada Agencia Contra el Tráfico de Personas.

Aunque esta práctica se conoce por el eufemismo de “tráfico de personas”, explicó Miller, “es importante llamarla por su verdadero nombre: esclavitud”. Y añadió que el tráfico de esclavos se extiende “a todos los países del mundo, incluyendo a los Estados Unidos”.

El gobierno estadounidense calcula que entre 600,000 y 800,000 personas –hombres, mujeres y niños– son objeto del tráfico internacional de personas cada año. Alrededor de 18,000 son introducidas en los Estados Unidos.

“El estado de la Florida es uno de los epicentros, junto con California y Nueva York”, dijo Gillen, cuyo trabajo investigativo dio por resultado una serie de reportajes especiales, “Invisible Chains”, que fue trasmitida por CBS4.

Nicholson dijo que tanto el Vaticano como la administración Bush consideran el moderno tráfico de esclavos como “una de las mayores afrentas a la dignidad que el mundo haya visto”.

El Santo Padre ha hablado contra esta práctica, y en mayo de 2002 los Estados Unidos y la Santa Sede copatrocinaron la primera conferencia internacional sobre el tráfico de seres humanos. Ha habido otras dos: una sobre lo que pueden hacer los grupos fundamentados en la fe para ayudar a la víctimas, y la otra sobre cómo atacar el problema desde el aspecto de la demanda.

El Vaticano ha dado la voz de alerta a sus 174 nuncios en todo el mundo, que se han encargado de alertar a las conferencias de obispos locales sobre el problema, explicó Nicholson.

“Hay millones de personas esclavizadas en la actualidad, sin voz, en situaciones de trabajo forzado y de explotación sexual”, señaló. “No puede haber tregua en esta lucha contra el tráfico de seres humanos. La batalla será larga, y tenemos la obligación moral de ganarla”.

Las mujeres son las principales víctimas

Según el gobierno estadounidense, el 80 por ciento de los esclavos modernos son mujeres, y el 70 por ciento de ellas es forzado a trabajar en la industria del sexo comercial. Las demás personas esclavizadas son obligadas a trabajar en fábricas y granjas, como criadas y como esclavas sexuales.

“Una tercera parte [de estas personas], y tal vez más, son niños”, dijo Miller.

El tráfico de personas es el tercer negocio ilegal más lucrativo del mundo, después del tráfico de armas y del de drogas, señaló Nicholson. “Está en las manos de la delincuencia organizada”.

Terry Coonan, director ejecutivo del Centro para el Progreso de los Derechos Humanos, de la Universidad del Estado de Florida (Florida State University), dijo que el aumento del tráfico de personas coincidió con la caída del Muro de Berlín, en 1989, que abrió las fronteras y la esperanza de libertad para millones de seres humanos, pero que también convirtió a muchos en víctimas potenciales de traficantes sin escrúpulos, que se aprovecharon de sus sueños de prosperidad para reducirlos a la servidumbre.

Durante su investigación de este problema, dijo Coonan, descubrió “horripilantes” ejemplos de “atrocidades contra los derechos humanos” cometidas aquí mismo, en Florida.

Una de ellas fue “la realizada desde México por una abuela”, que engañó a entre 50 y 60 muchachas mexicanas pobres, de 14 a 21 años de edad, para llevarlas a trabajar en 20 prostíbulos cercanos a campamentos de trabajadores migratorios en Florida, Carolina del Sur y Carolina del Norte.

Se les prometió a las muchachas que trabajarían en hoteles y en hogares para ancianos, pero, una vez que cruzaron la frontera, fueron violadas repetidamente por sus “coyotes” como una forma de iniciarlas en su nueva línea de trabajo, pues se esperaba de ellas que fueran capaces de sostener de 25 a 50 “encuentros” sexuales por día.

“No era el sueño americano lo que esperaba a estas muchachas”, dijo Coonan, quien también se refirió al caso de 700 hombres que fueron esclavizados para trabajar en los campos de Immokalee. Sólo cuatro de ellos se presentaron para dar testimonio contra sus “amos”, debido a la coerción sicológica ejercida sobre ellos por la amenaza de la violencia.

“Las puertas del campamento de esclavos no tienen que permanecer cerradas”, dijo Doug Molloy, asistente principal de la Fiscalía Federal de Fort Myers. Quienes tengan algo que objetar, explicó, “simplemente desaparecen. ¿Quién lo va a saber”.

Hasta hace poco, el procesamiento judicial de los traficantes de esclavos modernos era casi imposible. Las víctimas, temerosas de lo que pudiera ocurrirles a ellas o a sus familias en sus países de origen, no se atrevían a presentarse.

Pero con la aprobación, en el año 2000, de la Ley de Protección contra las Víctimas del Tráfico de Personas (ratificada en 2003), a las víctimas “se les permite ahora permanecer en los Estados Unidos legalmente”, explicó Coonan, y la situación ha cambiado.

“No hemos perdido ningún juicio por casos de esclavitud”, señaló Molloy, quien ha pedido a la comunidad de Florida estar alerta ante la posible esclavización de inmigrantes disimulada bajo condiciones de trabajo doméstico o en la agricultura.

“Nuestro país y la esclavitud no son compatibles”, afirmó.