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Con la eutanasia
no estaría entre ustedes
Giovanni Bonizio
Avvenire, Roma
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El Cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Pontificio
Consejo para el Cuidado de la Salud de los Trabajadores, reiteró
el 9 de noviembre en el Vaticano, que la Iglesia prohíbe la
eutanasia y promueve el uso de calmantes para el dolor como vía
de ayudar a los pacientes a llegar a lo que llamó “el final
natural”.
EFE |
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Me llamo Giovanni Cicconi
Bonizio. Vivo en Roma; tengo 24 años. Hace un tiempo, en varios
periódicos italianos se publicaron ar-tículos sobre un pediatra
holandés que practica la eutanasia en pequeños pacientes con
distintas enfermedades o discapacidades a fin de librarles del
destino de una vida imposible y tal que no vale la pena ser
vivida. Oigo hablar de un referéndum, de dejar paso a la libre
investigación científica: son otros terrenos, pero cercanos al
del médico holandés. He llegado a hablar con alguno y me he dado
cuenta de que es un tema vivo y que es una postura que se ha
abierto camino.
Entre los casos en los que el médico ha practicado la eutanasia
está el de un niño nacido con espina bífida (mielomeningocele).
Eutanasia por “sentido profesional” y por “amor”, según el
relato. Preguntaba el médico, de hecho, casi con horror, en un
periódico: “¿Pero han visto alguna vez a un niño nacido con
espina bífida?”. Querría cambiar la pregunta: ¿Habéis visto
alguna vez crecer a un niño con espina bífida y convertirse en
adolescente, en joven, en adulto? ¿Lo habrá visto él alguna vez?
Junto a otra: ¿cuándo una vida es tal que merezca la pena ser
vivida? Me parece que muchos hablan como si la respuesta fuera
obvia, pero precisamente obvia no es.
Evidentemente debo ser un superviviente. No debería existir:
nací con espina bífida. Sin embargo tengo una vida rica, intensa,
también muchos amigos. He superado los exámenes de secundaria y
tengo mi diploma. Desde el pasado junio trabajo en un banco de
interés nacional. Mi vida es lo que se diría “una vida llena de
intereses”. Mi trabajo es bueno, mi familia es la que desearía a
muchos. Algunos problemas más en la vida me han creado una
sensibilidad abierta a las dificultades de los demás y tal vez
por esto es que desde hace años salgo al encuentro de los
ancianos: la amistad les ayuda a vivir también a ellos.
Leo, hablo, escribo, sé usar el ordenador como todos los chicos
de mi edad. Cuando nací pocos apostaban por mí. Afortunadamente
hubo quien me quiso, verdaderamente, y no se asustó. Poco a poco
pude erguirme, incluso caminar y hacerlo bien. Me muevo por mí
mismo en una ciudad como Roma. Me ha costado más que a los
demás, soy más orgulloso que los demás. No calculo mi
inteligencia (ni la del médico holandés), pero ciertamente puedo
hablar, expresar lo que pienso, aunque ese médico teorice que
aquellos como yo no pueden comunicarse y por eso sería mejor que
desaparecieran.
Mi vida no es ni triste ni inútil. Cierto, he sufrido varias
intervenciones quirúrgicas que me han ayudado a superar
problemas de distinto tipo y me han permitido vivir lo más
posible una vida –como se dice— normal. No ha sido siempre
fácil; alguna vez también he sufrido, pero en las camas cercanas
a la mía había siempre muchos otros chicos con el mismo deseo de
sanar, de comunicar, de hacer amigos y sobre todo de vivir.
Existe en cambio ahora una incapacidad de concebir la vida
cuando hay dificultades que superar. El médico holandés y los
que piensan como él deberían cuestionarse su miedo a la vida.
Miedo a una vida que contiene cansancio, conquista, lucha,
derrotas, victorias, y que no es sólo un simple crecimiento
biológico, tal vez embriagado de las últimas, pero
satisfactorias, modas. Una postal de «guapos» y «triunfadores»
que se diluye con las primeras dificultades de la vida, donde
todos exhiben su gran sonrisa y hacen fitness y beach
volley.
Pienso que todos deberíamos
preguntarnos un poco más qué es verdaderamente humano y qué no
lo es, en lugar de estar sorprendidos por el hecho de que en
nuestra sociedad aumenta el número de personas deprimidas, que
miles hacen cola para convertirse en azafatas de espectáculos
televisivos, que millones sueñan con adivinar «el precio justo»
y que no se sabe qué les importa de verdad a los jóvenes.
El problema es que no siempre se hace todo lo que se podría
hacer por ayudar a quien tiene un problema, una enfermedad, a
vivir mejor. Es sobre esto sobre lo que el médico holandés, y
quienes piensan que la eutanasia es un modo de dar dignidad a la
vida, deberían aplicar más energías y conocimientos.
La eutanasia en niños me parece de verdad horrible, porque no se
saben defender. Se mata —porque de eso se trata— a los que
tienen defectos sin esperar siquiera a que crezcan para ver qué
ocurre, sin dar en cambio aquello que es necesario: más ayuda a
quien solamente es más débil. La propuesta es ésta: si
precisamente queremos eliminar algo, entonces, en lugar de
abolir la fragilidad, es mejor comenzar por el miedo a la
fragilidad, que nos hace a todos más deshumanizados (y más
indefensos).
Laico italiano discapacitado; es miembro de la Comunidad de San
Egidio
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