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Allá en Iraq: El miedo nos envuelve

Dominicas estadounidenses se mantienen en contacto
con sus colegas iraquíes, quienes dicen que
la situación se está deteriorando

 

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

 

La Hna. Roberta Popara muestra un cartel impreso por un fraile dominico iraquí. Es la traducción al árabe de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El fraile hizo imprimir 14,000 ejemplares para educar al recién liberado pueblo iraquí. TFC / Ana Rodríguez-Soto

La Hna. Roberta Popara tiene familia en Iraq.

No por parentesco, sino porque, al igual que ella, son miembros de la comunidad dominica mundial. La Hna. Popara las ha visitado tres veces, la más reciente en diciembre del 2003.

En Iraq trabajan dos comunidades dominicas: 150 Hermanas de la congregación de Santa Catalina, fundada en Iraq en 1870, y un número menor de dominicas de la Presentación, la mayoría también iraquíes con algunas francesas.

Las dominicas de Santa Catalina dirigen un hospital de maternidad y una escuela secundaria para niñas en Bagdad. También tienen un centro de retiros y convento general en Mosul, además de estar presentes en varias aldeas cristianas en el norte del país.

Las Dominicas de la Presentación dirigen un hospital general en Bagdad. También hay una decena de frailes dominicos trabajando en el país.

“Todos ellos, tanto literal como figuradamente, tienen una pistola apuntándoles a la espalda”, dijo la Hna. Popara, una dominica de Sinsinawa que habló el 17 de noviembre en la Universidad de Barry.

La Hna. Popara leyó un correo electrónico que había recibido esa mañana de una dominica de Mosul, la cual le decía que la situación “se complicaba más y más” a cada momento.

La Hermana iraquí describía el vivir en lo que parecía una cárcel virtual, ya que no podían salir debido “a la lluvia natural y la lluvia causada por personas malvadas, o sea, por el constante bombardeo”.

El convento de las dominicas está situado al lado de una estación de policía que frecuentemente es el blanco de ataques terroristas. Apenas hay electricidad, y también escasea el petróleo para los generadores. Las escuelas, los negocios y los trabajos están cerrados.

“No me imagino cómo se las arreglan para sobrevivir”, dijo la Hna. Popara, que trabaja como directora adjunta del Centro Espiritual Nuestra Señora de la Florida, en Palm Beach.

Ella y otras dominicas estadounidenses comenzaron a visitar Iraq en 1999, para solidarizarse con el pueblo que, en esos momentos, sufría duras sanciones internacionales. Regresaron en 2000 y 2001. Al comenzar la guerra, el objetivo de sus viajes se convirtió en “oír sus relatos y tratar de darlos a conocer aquí”.

Durante su primera visita, la Hna. Popara se maravilló de cómo los iraquíes les saludaban cuando se enteraban de que eran americanas.

“Siempre nos decían: ‘bienvenidas’”.

Una mujer hasta les dijo: “Bienvenidas. Mi país es su país”.

“¿Quién sabía hasta qué punto iba a llegar esa entrega?”, dijo la Hna. Popara, quien añadió que las relaciones entre los cristianos y los musulmanes en Iraq eran “bastante buenas” antes de la guerra, y continúan siéndolo.

“El peligro no viene de sus vecinos”, dijo la Hna. Popara.

Lo único bueno del régimen de Saddam Hussein es que “mantenía controlados a los extremistas fundamentalistas”.

Ahora, “se considera que la comunidad cristiana está aliada con las fuerzas occidentales simplemente porque son cristianos”; hasta el punto de que las dominicas ya no salen a la calle vestidas de monjas.

“Empezaron a sentirse amenazadas”, dijo la Hna. Popara, quien entró a Bagdad la última vez como pasajera en un avión de carga de Catholic Relief Services.

Para evadir posibles ataques de misiles, los aviones se acercan a la pista de aterrizaje dando vuelta tras vuelta, a medida que disminuyen la altitud.

Los puntos de control militares a lo largo de las carreteras y dentro de las ciudades también inspiran temor.

“El punto de control donde me sentí más amenazada fue donde estaban nuestros soldados americanos. Enfrentarse a un fusil de alta velocidad es enervante”, dijo la Hna. Popara, añadiendo que el pueblo iraquí en estos momentos vive en un estado de miedo constante.

“Imagínense ver tanques pasando por las calles todo el tiempo. Las personas no saben hacia dónde dirigir su miedo. Antes sabían a qué le debían temer. Ahora ya no saben cómo organizar sus temores”, dijo la Hna. Popara.

Un obispo del rito caldeo le dijo que “esperaba más de los estadounidenses”.

“Creo que el pueblo iraquí de verdad quería darles la bienvenida a las fuerzas americanas. Ahora, no creo que sepan qué hacer”, dijo la Hna. Popara. “Ya no tienen la expectativa que tenían de que la paz y la seguridad llegarían a su país”.

La Hna. Popara respondió a la pregunta de que si el pueblo iraquí se sentía mejor ahora, después del derrocamiento de Saddam Hussein.

Ellos no piensan en esos términos, explicó. “Saddam no está. Esa es la realidad. La pregunta de ellos, ahora, es si sobrevivirán al momento actual”.