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Leyes, inmigración y equilibrio social
“Mejor es lo poco con justicia, que la
muchedumbre de frutos sin derecho.”
Proverbios 10:8
“¿Tú crees que hay futuro para mí en este país? Tengo 15 años,
en dos termino la escuela, y después, ¿qué voy hacer? Estudiar,
pero, ¿para qué? ¿Qué gano? No sé por qué a mis padres se les
ocurrió dejar nuestro país; claro está que la situación se puso
dura, la gente se volvió loca, había saqueos… Pero yo tenía
planes: quería ir a la universidad, convertirme en doctor. Ahora,
¿qué? Sólo me queda la calle.” Podríamos escuchar estas palabras
en una telenovela, pero, desgraciadamente, se dicen todos los
días en nuestra vida cotidiana.
Mientras que en zonas como América Latina, observamos con
preocupación el retorno de una política populista y autoritaria,
con su ya conocido parloteo de que todos los males se deben a
los países ricos y no a las irresponsables administraciones
locales –que arruinan al país e incrementan la emigración– en
Europa podemos observar el resurgimiento de una filosofía
política que pregona el ultranacionalismo y que achaca todos los
males de la sociedad a los inmigrantes.
Nosotros en tanto, nos encontramos en pleno proceso electoral,
cuya agenda principal sigue y será siendo la guerra y sus
consecuencias. Sin lugar a dudas, en lo que respecta al
inmigrante, los efectos de la guerra han sido lacerantes, porque
en esta coyuntura de temor estimulado y de pasiones
descontroladas, muchos tienden a confundir la precaución con la
xenofobia o, peor aún, a los inmigrantes con anarquistas.
Es así que, tanto en el parlamento europeo como acá, algunas
leyes que podrían mejorar la situación del inmigrante han
quedado en la congeladora, en el contexto de una guerra de largo
aliento, olvidando que la inmigración es un efecto social, por
causas también sociales. Y pretar atención a dichas causas
favorece el equilibrio social. No reglamentarlas, en cambio,
provoca respuestas equivocadas.
En este contexto de guerra, lo peor que puede ocurrir es el
renacimiento de una politica extremista. Por un lado, unas
posturas que incrementan dramáticamente la inmigración y, por el
otro lado, otras posturas que pregonan que el territorio debe
defenderse contra un enemigo que viene de afuera y que amenaza
con arruinar la nación.
Lamentablemente, hay argumentos que alimentan estas corrientes:
los “sudacas” que forman bandas delincuenciales en Italia y
España; el desempleo de los nativos, que está creando una
economía subterranea, basada en el subempleo a muy bajo costo
del inmigrante africano. La mala impresión que da la forma de
vivir de los algunos grupos humanos, hacinados en sus propios
guetos.
Estos casos –que no son mayoritarios– se incrementan
peligrosamente cuando no existen leyes apropiadas, o cuando
éstas no interpretan adecuadamente el comportamiento social.
Entonces surgen corrientes que usan como chivos expiatorios a
los desesperados para distorsionar la realidad.
Lo que viene pasando en Europa, debe servir para que esta
historia no se repita en este país forjado por inmigrantes. O
acaso, ¿no estamos fomentando la frustración cuando le
restringimos a una persona la posibilidad de identificarse
porque no cuenta con una licencia de conducir? ¿No estamos
fomentando el desaliento en nuestros jóvenes al limitarles la
posibilidad de cumplir sus sueños? El ser humano puede carecer
de todo, menos de esperanza.
Negar la posibilidad –aunque sea remota– de realización personal
no va a acabar con el flujo de inmigrantes, ni fomentará el
retorno de los indocumentados a sus países. Esto sólo generará
un mayor número de personas vulnerables en nuestra sociedad. ¿Qué
otra opción tienen quienes prácticamente carecen de existencia
jurídica, pues ni siquiera tienen la posibilidad de
identificarse de una manera convincente? ¿O esos jovenes que,
ante la imposibilidad de estudiar, dejan las aulas por la calle?
Este es un claro ejemplo de cómo nacen las pandillas y la
delincuencia. ¿Quién es más responsable? ¿El marginado, o quien
lo margina?
Los temas sociales deben ser una prioridad en la agenda de
cualquier gobierno. Es, pues, necesaria la aprobación de
proyectos de ley como el del otorgamiento de licencias de
conducir a indocumentados; del Student Adjustment Act (Ley
de Ajuste Estudiantil), o del mismo Dreamed Act
(Ley Ideal), que abriría a unos 65,000 estudiantes
indocumentados sobresalientes la posibilidad de asistir a la
Universidad cada año, de alcanzar diplomas universitarios y de
obtener visas de residencia. Pero, sobre todo, esta legislación
estimularía a millones de jóvenes a esforzarse cada vez más.
Abogado y periodista peruano
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