Adviento: Tiempo fantasma
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Padre Eduardo M. Barrios S.J. |
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Desde el 28 de noviembre estamos en Adviento. Pero el grueso de
la población no se ha enterado. Este tiempo litúrgico no se
menciona en la prensa, ni en los supermercados, ni en los
malls, pues se caracteriza por el austero violáceo, color
penitencial. Eso no vende.
En cambio, desde fines de octubre el comercio despliega gran
“fervor” navideño. La Navidad sí vende, pues se ha metido la
“obligación” de regalar en nombre de Santa Claus, Niño Jesús o
Reyes Magos, según culturas.
Sin embargo, el Adviento es un tiempo fuerte dentro del año
litúrgico. Subraya que el cristiano no es sólo creyente, sino
también “esperante”, además de amante. La virtud teologal de la
esperanza descuella durante estas cuatro primeras semanas del
año eclesial.
¿Será verdad que “el que espera desespera”? Sólo cuando hay
incertidumbre sobre lo esperado. Pero cuando hay certeza, la
espera mortifica como sabrosa impaciencia.
De eso trata esta estación cultual. Esperamos no algo, sino a
Alguien, que vendrá ciertamente, porque ya vino, y además viene
continuamente. Aquí estriba la originalidad de Jesucristo, “el
que es, el que era y el que está a punto de llegar” (Apoc. 1,
8).
El Adviento prepara para la Navidad, como dice el segundo
prefacio del Misal: “El mismo Señor nos concede ahora
prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para
encontrarnos así cuando llegue, velando en oración y cantando su
alabanza”.
Como la esperanza tiene dimensión escatológica, no puede faltar
en el Adviento referencia a la segunda venida de Cristo, la
parusía. De ahí que el primer prefacio diga: “…para que cuando
venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la
plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que
ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Y finalmente, Jesús nos visita a diario. Esa venida cotidiana
hace que la espiritualidad de Adviento trascienda las cuatro
semanas oficiales para extenderse por todo el año. El aspecto
presente del Adviento lo expresa así el tercer prefacio: “El
mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene
ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada
acontecimiento”.
Supuesta la importancia del Adviento, tiempo fantasma a nivel
social, cabe preguntarse cómo vivirlo. Ayudan tres guías
experimentados:
1. Isaías
Profeta mesiánico por excelencia. Mucho antes de llegar la
“plenitud de los tiempos”, expresión paulina, Isaías previó el
nacimiento del Mesías: “¡Miren!, la joven está encinta y dará a
luz un hijo a quien le pondrá el nombre de Emmanuel” (7, 14);
nombre que significa “Dios con nosotros”. También anunció la
grandeza del recién nacido: “Sobre sus hombros descansa el
poder, y su nombre es Consejero prudente, Dios fuerte, Padre
eterno, Príncipe de la Paz.” (9, 5). Y añade: “Sobre él reposará
el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de
temor del Señor” (11, 2).
No sólo Isaías vio al niño, sino también al Mesías adulto: “El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a sanar a los
de corazón destrozado, a proclamar la liberación a los cautivos
y a los prisioneros la libertad. Me ha enviado a proclamar un
año de gracia del Señor” (61, 1-2).
2.
San Juan Bautista
“Vino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan “ (Jn. 1,
6). Su padre, Zacarías, supo a qué venía: “Será el precursor del
Señor” (Lc. 1, 17), el encargado de preparar la llegada del
Cristo. Él sigue ejerciendo su labor precursora desde los textos
evangélicos, pues su palabra inspirada exhorta a convertirse
como preparación para recibir al Mesías. “Den frutos que prueben
su conversión” (Mt. 3, 8). Detallaba la conversión diciendo a
todos: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene, y el
que tenga comida compártala con el que no la tiene” (Lc. 3, 11).
Para cada categoría de ciudadano tiene exhortación. A los
publicanos dice: “No exijan nada fuera de lo establecido” (Lc.
3, 13). A los soldados prescribe: “A nadie extorsionen ni
denuncien falsamente, y conténtense con su sueldo” (Lc. 3, 14).
Y a nosotros nos diría que cumplamos nuestros deberes de estado,
venciendo el egoísmo y practicando la justicia y la caridad.
3. María Santísima
La madre de Jesús es la guía más autorizada en tiempo de
Adviento. Nadie como ella esperó la llegada del Mesías. Hasta
hace pocas décadas había una fiesta mariana, el 18 de diciembre,
que exaltaba el misterio de su Expectación.
Dios la preparó concediéndole la gracia de una naturaleza
inmaculada. Ella cooperó libremente con el don de Dios,
acogiendo una misión difícil. “A ti misma una espada te
atravesará el corazón” (Lc. 2, 35).
Ella nos invita a prepararnos para la Navidad, no con frenesí de
consumo, sino con el recogimiento y la reflexión. “María
conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc.
2, 19.51)
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