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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

Sólo hay un verdadero regalo de Navidad

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

 ¿Qué desean para la Navidad?

No sé ustedes, pero yo, a medida que envejezco, necesito cada vez menos. Pienso que esto es verdad para la mayoría de nosotros. Todos llegamos a un momento de nuestras vidas en que nos damos cuenta de que ya no necesitamos más “cosas”. Las posesiones materiales llenan nuestros hogares, pero no pueden hacernos felices.

Esto es cierto para los adultos tanto como para los niños. Cuantas veces hablo en las confirmaciones, les recuerdo a los padres que lo que sus hijos más necesitan y quieren de ellos es su presencia, no sus presentes.

Los regalos nunca pueden remplazar a un padre ausente. El mejor regalo que los miembros de la familia pueden hacerse unos a otros, tanto en la Navidad como a lo largo de todo el año, es su tiempo y su presencia.

Todos tenemos necesidad de sentirnos en conexión. Todos tenemos necesidad de que se nos recuerde que somos amados y atendidos. Esto es especialmente cierto en el caso de los niños, pero no cambia cuando nos volvemos adultos.

Quizás sea por esto que tantas personas se deprimen durante la época de la Navidad, especialmente si viven solas. Recuerdan aquellas Navidades en compañía de sus seres queridos, Navidades que fueron especiales no a causa de un determinado regalo –¿acaso nos acordamos de los regalos que recibimos el año pasado?–, sino por el sentido de la pertenencia, de estar unidos a la familia y a los amigos.

Por supuesto, las Navidades de la infancia siempre nos parecieron más mágicas, tal vez porque creíamos en alguien especial: Santa Claus.

¡Qué triste es que, como adultos –teniendo algo mejor que Santa Claus en lo cual creer–, no logremos apreciar la verdadera magia de la Navidad!

Pues la Navidad es algo más que magia: la Navidad es un milagro. Es el milagro del amor de Dios manifestado en el nacimiento de un niño, un niño cuyo nombre, Emmanuel, significa “Dios con nosotros”.

El jubiloso mensaje de la Navidad es que Dios vela por nosotros. Dios nos ama. Dios quiere que formemos parte de su familia. Le pertenecemos. Y, para demostrarlo, “envió a su único Hijo” a vivir entre nosotros, a compartir nuestras dificultades, a experimentar nuestras alegrías, a morir por nosotros.

Los regalos que se compran en las tiendas son muy poca cosa en comparación con ese regalo perfecto que Dios nos dio en aquella primera Navidad. No hay “cosa” que pueda dar calor a nuestros corazones y apaciguar nuestros temores como el amor de Dios.

Por lo tanto, y en nombre del Cristo niño, ¿qué van a hacer ustedes por sus seres queridos en esta Navidad?

En nombre del bebé que nació en un establo “porque no había lugar en la posada”, ¿qué van a hacer por los pobres en esta Navidad?

En nombre del Emmanuel, que vino a reconciliar a los pecadores con su Padre celestial, ¿qué van a hacer para llevar un poco más de paz a sus hogares, a sus centros de trabajo, a su pequeño rincón de mundo en esta Navidad?

En nombre del que se convirtió en “la luz del mundo”, ¿con qué ejemplos de resplandeciente bondad van a vencer las sombras del mal en esta Navidad?

Que Dios les revele su amor en esta Navidad. Y que ustedes, mediante su amor, les revelen su amor a los demás durante todo el año.

¡Feliz Navidad!