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Mujeres en la genealogía del Mesías
A través de una hábil genealogía, Mateo sitúa la historia de
Jesús en el corazón y las vicisitudes de Israel. Con una
elaborada e impresionante tarjeta de presentación, el
evangelista nos da a conocer la concisa y concentrada lista de
antepasados de Jesús, con la evidente intención de relacionarlo
con los grandes personajes de la historia bíblica.
Así, con toda propiedad y derecho, Jesús de Nazaret aparece como
un legítimo hijo de Abraham e hijo de David, que merece ser
reconocido y llamado Mesías, el Cristo de Israel, el verdadero
rey de los judíos.
Las listas genealógicas permitían que los miembros de las
familias en Israel pudieran justificar su origen y su
pertenencia a un pueblo de raíces nómadas. Estas listas no sólo
eran el recuento honroso de unos antepasados, sino sobre todo de
la vinculación de éstos y, en éstos, a la gran historia de la
nación.
Las genealogías judías incluían sólo a los ascendientes varones
de las familias, y en ellas nunca se nombraba a las mujeres; por
eso resulta culturalmente chocante que Mateo, el más judío de
los evangelios, haya colocado nada menos que cinco de ellas
entre los antepasados de Jesús. Sorprende que la primera de
ellas sea Tamar. Mateo la ha preferido sobre Sara, Rebeca, Lía y
Raquel, grandes y extraordinarias mujeres de la historia sagrada.
Tamar, proclamada santa por la tradición hebrea, aparece como la
vía insospechada por la cual Dios pudo llevar a cabo su voluntad.
Tamar, sin tener hijos, enviudó de Er, primogénito de Judá;
entonces su suegro, para cumplir con la Ley del Levirato, la
desposó con Onán, pero éste murió sin querer fecundarla. Como
Selá, tercer hijo de Judá, era muy joven todavía, se pospuso
para otra ocasión el darla en matrimonio.
Judá quedó viudo de su esposa cananea. Cumplido el tiempo de
duelo, salió al campo para trasquilar sus ovejas. Tamar se
presentó ante él, con el rostro cubierto, y lo sedujo,
haciéndose pasar por una prostituta. El precio del trato fue
recibir en prenda el anillo, la cinta y el bastón de Judá. A los
tres meses el embarazo era notorio, y el chisme llegó hasta
Judá: “Tu nuera ha concebido un hijo adulterino”. Lleno de
cólera, Judá ordenó la muerte de Tamar y ella le envió de vuelta
los signos que lo delataban como el padre de lo que ella llevaba
en su vientre. Así, gracias a la astucia de Tamar y mediante sus
mellizos Fares y Zara, fue asegurada la descendencia dentro de
la línea patriarcal legítima. Tamar es alabada por el judaísmo
como la mujer audaz que es capaz de luchar para llevar adelante
los designios de Dios.
La segunda mujer no sólo es extranjera. sino que además es una
prostituta cananea. Rajab ha oído con admiración las maravillas
que hizo el Dios de Israel cuando acompañó a su pueblo por el
desierto. Es la mujer valiente e intrépida que se juega la vida
al mentir a los enviados del rey de Jericó, para salvar a los
espías hebreos que había escondido en su casa. La Escritura
presenta a Rajab como la primera mujer gentil que pone su fe en
el Dios de Israel.
Rut, la tercera mujer, tampoco pertenecía al pueblo de Israel.
Era moabita, viuda de un hijo de Noemí, con la que aquél hizo un
hermoso pacto: “Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi
Dios”. En los campos de Belén conoció a Booz, el hijo de Rajab,
y éste reconoció la virtud de Rut y se casó con ella. De ellos
nació Obed, abuelo de David. Gracias a Tamar, Rajab y Rut, Dios
pudo continuar con su plan para Israel, en medio de situaciones
difíciles y complicadas.
El Rey David llega a la historia de su pueblo como el fruto de
mujeres valientes, atrevidas, llenas de virtud y, sobre todo,
creyentes.
La cuarta mujer aparece bajo el signo del conflicto y del pecado;
por eso Mateo prefiere no llamarla por su nombre propio, sino
que la menciona como “la que había sido mujer de Urías”. Con
Betsabé, después de mucha penitencia y arrepentimiento y de
haber perdido el primer hijo, tuvo David a Salomón.
Estas cuatro mujeres irrumpen en la genealogía de Jesús marcadas
por el signo maravilloso de una historia que tuerce
inesperadamente sus avenidas, para hacerlas entrar en una línea
dinástica a la que no estaban destinadas. Ninguna de ellas
hubiera podido entroncar con la savia de Judá y formar parte de
la línea genealógica del Mesías.
En ellas y por ellas, Mateo nos ha querido dejar entrever a la
quinta mujer, la que será la madre del Rey Mesías: María de
Nazaret.
Al componer el cuadro genealógico de Jesús, el evangelista
invierte pasmosamente los términos del ritmo literario de su
composición, cuando llama a José “el esposo de María, de la cual
nació Jesús”.
De manera chocante para la cultura hebrea, María no es llamada
la “esposa de José”, sino que es José quien es citado como “el
esposo de María”. Por primera vez en la historia se deja de lado
al varón para cargar las tintas en el papel protagónico de una
mujer.
Aunque José, el justo varón hijo de Jacob y descendiente de
David, es el legítimo portador que trasmite y entronca con la
línea mesiánica de Jesús, ha sido una mujer quien da paso a la
irrupción del Mesías, no obstante ser José quien asume
legalmente la paternidad de Jesús y le impone el nombre. Para
Mateo, la descendencia de estas cuatro mujeres “fuera de serie”
desemboca en el hijo de María. Ella, sin concurso de varón, hizo
posible que el plan de Dios llegara a buen término, tal como
hicieron las cuatro mujeres que la precedieron. Por ellas, y
gracias a María y José, Jesús no es sólo el “hijo de David”, el
“rey de los judíos”, el Mesías salvador de Israel, sino también
de todos los pueblos. En la genealogía de Jesús hay santos y
pecadores, hombres y mujeres, y dos de ellas, gentiles, es decir,
que no eran judías. Y serán los gentiles quienes, desde muy
temprana hora en la historia de la fe, llegarán pronto desde
Oriente para ofrecer su homenaje al Rey Mesías, al pequeño y
frágil niño recostado en los brazos de María.
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