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Mujeres en la genealogía del Mesías

Rogelio Zelada

A través de una hábil genealogía, Mateo sitúa la historia de Jesús en el corazón y las vicisitudes de Israel. Con una elaborada e impresionante tarjeta de presentación, el evangelista nos da a conocer la concisa y concentrada lista de antepasados de Jesús, con la evidente intención de relacionarlo con los grandes personajes de la historia bíblica.

Así, con toda propiedad y derecho, Jesús de Nazaret aparece como un legítimo hijo de Abraham e hijo de David, que merece ser reconocido y llamado Mesías, el Cristo de Israel, el verdadero rey de los judíos.

Las listas genealógicas permitían que los miembros de las familias en Israel pudieran justificar su origen y su pertenencia a un pueblo de raíces nómadas. Estas listas no sólo eran el recuento honroso de unos antepasados, sino sobre todo de la vinculación de éstos y, en éstos, a la gran historia de la nación.

Las genealogías judías incluían sólo a los ascendientes varones de las familias, y en ellas nunca se nombraba a las mujeres; por eso resulta culturalmente chocante que Mateo, el más judío de los evangelios, haya colocado nada menos que cinco de ellas entre los antepasados de Jesús. Sorprende que la primera de ellas sea Tamar. Mateo la ha preferido sobre Sara, Rebeca, Lía y Raquel, grandes y extraordinarias mujeres de la historia sagrada. Tamar, proclamada santa por la tradición hebrea, aparece como la vía insospechada por la cual Dios pudo llevar a cabo su voluntad.

Tamar, sin tener hijos, enviudó de Er, primogénito de Judá; entonces su suegro, para cumplir con la Ley del Levirato, la desposó con Onán, pero éste murió sin querer fecundarla. Como Selá, tercer hijo de Judá, era muy joven todavía, se pospuso para otra ocasión el darla en matrimonio.

Judá quedó viudo de su esposa cananea. Cumplido el tiempo de duelo, salió al campo para trasquilar sus ovejas. Tamar se presentó ante él, con el rostro cubierto, y lo sedujo, haciéndose pasar por una prostituta. El precio del trato fue recibir en prenda el anillo, la cinta y el bastón de Judá. A los tres meses el embarazo era notorio, y el chisme llegó hasta Judá: “Tu nuera ha concebido un hijo adulterino”. Lleno de cólera, Judá ordenó la muerte de Tamar y ella le envió de vuelta los signos que lo delataban como el padre de lo que ella llevaba en su vientre. Así, gracias a la astucia de Tamar y mediante sus mellizos Fares y Zara, fue asegurada la descendencia dentro de la línea patriarcal legítima. Tamar es alabada por el judaísmo como la mujer audaz que es capaz de luchar para llevar adelante los designios de Dios.

La segunda mujer no sólo es extranjera. sino que además es una prostituta cananea. Rajab ha oído con admiración las maravillas que hizo el Dios de Israel cuando acompañó a su pueblo por el desierto. Es la mujer valiente e intrépida que se juega la vida al mentir a los enviados del rey de Jericó, para salvar a los espías hebreos que había escondido en su casa. La Escritura presenta a Rajab como la primera mujer gentil que pone su fe en el Dios de Israel.

Rut, la tercera mujer, tampoco pertenecía al pueblo de Israel. Era moabita, viuda de un hijo de Noemí, con la que aquél hizo un hermoso pacto: “Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”. En los campos de Belén conoció a Booz, el hijo de Rajab, y éste reconoció la virtud de Rut y se casó con ella. De ellos nació Obed, abuelo de David. Gracias a Tamar, Rajab y Rut, Dios pudo continuar con su plan para Israel, en medio de situaciones difíciles y complicadas.

El Rey David llega a la historia de su pueblo como el fruto de mujeres valientes, atrevidas, llenas de virtud y, sobre todo, creyentes.

La cuarta mujer aparece bajo el signo del conflicto y del pecado; por eso Mateo prefiere no llamarla por su nombre propio, sino que la menciona como “la que había sido mujer de Urías”. Con Betsabé, después de mucha penitencia y arrepentimiento y de haber perdido el primer hijo, tuvo David a Salomón.

Estas cuatro mujeres irrumpen en la genealogía de Jesús marcadas por el signo maravilloso de una historia que tuerce inesperadamente sus avenidas, para hacerlas entrar en una línea dinástica a la que no estaban destinadas. Ninguna de ellas hubiera podido entroncar con la savia de Judá y formar parte de la línea genealógica del Mesías.

En ellas y por ellas, Mateo nos ha querido dejar entrever a la quinta mujer, la que será la madre del Rey Mesías: María de Nazaret.

Al componer el cuadro genealógico de Jesús, el evangelista invierte pasmosamente los términos del ritmo literario de su composición, cuando llama a José “el esposo de María, de la cual nació Jesús”.

De manera chocante para la cultura hebrea, María no es llamada la “esposa de José”, sino que es José quien es citado como “el esposo de María”. Por primera vez en la historia se deja de lado al varón para cargar las tintas en el papel protagónico de una mujer.

Aunque José, el justo varón hijo de Jacob y descendiente de David, es el legítimo portador que trasmite y entronca con la línea mesiánica de Jesús, ha sido una mujer quien da paso a la irrupción del Mesías, no obstante ser José quien asume legalmente la paternidad de Jesús y le impone el nombre. Para Mateo, la descendencia de estas cuatro mujeres “fuera de serie” desemboca en el hijo de María. Ella, sin concurso de varón, hizo posible que el plan de Dios llegara a buen término, tal como hicieron las cuatro mujeres que la precedieron. Por ellas, y gracias a María y José, Jesús no es sólo el “hijo de David”, el “rey de los judíos”, el Mesías salvador de Israel, sino también de todos los pueblos. En la genealogía de Jesús hay santos y pecadores, hombres y mujeres, y dos de ellas, gentiles, es decir, que no eran judías. Y serán los gentiles quienes, desde muy temprana hora en la historia de la fe, llegarán pronto desde Oriente para ofrecer su homenaje al Rey Mesías, al pequeño y frágil niño recostado en los brazos de María.