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Mensaje de Navidad de los Obispos Cubanos
DIOS CON NOSOTROS

A los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, a todos los cristianos
y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras nos preparamos a celebrar el nacimiento de Jesucristo, como anuncio gozoso, llegan a nosotros las palabras del profeta Isaías: “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz” (Is.9,1). Las tinieblas son el símbolo de la oscuridad del pensamiento; cuando llegan situaciones difíciles las dudas nos inquietan y no sabemos orientarnos, ni hacia dónde ir. En medio de la noche, cuando los pastores de Belén cuidaban las ovejas, como claridad deslumbrante, la gloria de Dios los envolvió, iluminó su mirada y alegró su existencia: “Les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc. 2,11).

I.             Sentido de la Navidad

La buena noticia desencadenó en los pastores un dinamismo en tres actos: acogieron el mensaje novedoso, se pusieron en camino para encontrarse con el Niño recién nacido, y volvieron a su vida diaria glorificando y alabando a Dios. Algo similar ocurrió a los reyes magos venidos de Oriente: guiados por la estrella que gratuitamente apareció en su horizonte, caminaron hasta un encuentro de admiración y adoración, regresando a su país “por otro camino” (Mt. 2,12), ya con el resplandor nuevo de haber estado con Jesús.

La figura significativa por excelencia de la Navidad es la Virgen María. Ella, la “llena de gracia” (Lc.1,28), vive de modo singular la invitación que Dios le hace por medio del ángel para ser la Madre del Salvador. María dijo Sí, y en seguida se puso en camino, fue a la montaña a prestar ayuda a su prima Isabel y a comunicar su alegría.

Según los relatos evangélicos, los pastores y los reyes magos, al conocer la buena noticia del nacimiento del Salvador, gustaron el encuentro con Jesús, y volvieron a su vida cotidiana con otra mentalidad y un nuevo impulso. De igual forma, la Virgen María sale de su casa en ayuda de Isabel y se hace así testigo y primera misionera de la Iglesia. Esta es la vivencia de la Navidad que proponemos a todos ustedes: vayan el encuentro de Jesús Niño, adórenlo como la Virgen, los pastores y los reyes magos, y que la luz de la Navidad ilumine sus vidas y les dé nuevos ánimos.

En estos acontecimientos vemos que Dios se inclina siempre y de modo benevolente y gratuito a favor de la humanidad. Si el hombre acoge libre y responsablemente esta iniciativa se produce el encuentro entre el hombre y Dios. Frutos espontáneos de este encuentro son: la conciencia de ser enviados para transmitir la buena noticia de la salvación, y el empeño por hacer eficaz ese mensaje.

Para todo cristiano el momento privilegiado del encuentro con Cristo es la Santa Eucaristía, especialmente durante la celebración de la Misa dominical. El que celebra de modo auténtico la Navidad recibe en este tiempo santo en su corazón, al participar en la Eucaristía, a quien nació de la Virgen María y por nosotros murió y resucitó. La despedida del celebrante, al finalizar la Misa, es como una “consigna al cristiano a comprometerse en la propagación del evangelio y en la animación cristiana de la sociedad” (NMD, 24). Cuando el celebrante dice a los fieles “pueden ir en paz” quiere decir: ahora están llenos del amor de Cristo, a quien han recibido en su corazón, pueden ir en paz a llevarlo al mundo entero. El encuentro con Cristo vivo en la Santa Comunión fructifica en el apasionamiento por la misión.

Por esto la Iglesia en Cuba ha recibido con tanta complacencia la invitación que nos ha hecho el Papa Juan Pablo II a celebrar el Año de la Eucaristía. Coincidiendo con esta celebración hemos estado preparando con mucho empeño el Año de la Misión. Al celebrarlo al mismo tiempo que el Año de la Eucaristía, nos hace potenciar la acción evangelizadora de la Iglesia en nuestro país, pues al decir del Santo Padre: “la Eucaristía es fuente de la misión” (MND 25).

Éste es el camino de la Iglesia en Cuba para el año 2005, que hemos deseado presentarles, queridos hermanos y hermanas, en la cercanía de la Navidad, que es un tiempo propicio para mirar con esperanza hacia el futuro.

En la Navidad se manifiesta la ternura, la benevolencia de Dios a favor de todos los hombres. El nacimiento de Jesucristo dignifica nuestras personas, nos envuelve y da sentido a nuestra existencia tan azotada por muchos sinsentidos.

 

II.          Eucaristía y misión en Cuba

La celebración de la Navidad es la oportunidad para caer en la cuenta de esa nueva dimensión de nuestra existencia que nos permite vivir la paz y la confianza en medio de las dificultades y los conflictos. Va a terminar un año en que no han faltado zozobras y presagios amenazantes. Son muchas las limitaciones internas y las necesidades de distinto orden que se sufren en Cuba, a las cuales han venido a añadirse medidas externas que diseñan además un futuro ensombrecedor para nuestra nación. Pero, a pesar de todo, sabemos que Jesús vino a decirnos que Dios es nuestro Padre, y en cualquier hipótesis, nos acogerán con amor sus brazos poderosos. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, nuestro porvenir, tan oscurecido muchas veces por el mal y el fracaso del presente, está habitado ya por el amor y la gracia.

Dejemos que en Navidad ese niño que todos llevamos dentro, venza en nosotros el derrotismo y la angustia por el futuro. El nombre profético de Jesús, el Hijo de Dios, es Emmanuel, que quiere decir: Dios con nosotros. Y “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom. 8,31).

Hoy es preciso descubrir esta cercanía de Dios y gustarla personalmente para que tengamos una esperanza cierta que nada ni nadie nos arrebate. El porvenir de la Iglesia en Cuba dependerá en primer lugar de este encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que nos da a conocer en la fe, el amor de Dios Padre, y nos abre a la esperanza verdadera. Esta vida de fe, esperanza y caridad se alimenta en la Eucaristía, que es “presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles” (EE, 9).

Navidad es la mejor fecha para iniciar la celebración del Año de la Misión y de la Eucaristía, “gracias a la cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina” (MND, 11). En este año misionero y eucarístico debemos reavivar el fervor de la misión que tuvimos hace unos años con la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. Envueltos muchas veces en las dificultades de cada día, fácilmente nos quedamos en las preocupaciones por la supervivencia y reducimos nuestro cristianismo a unas prácticas religiosas, sea en la iglesia, sea en nuestra casa. Pero la Iglesia tiene como razón de ser fundamental el anuncio del Reino de Dios, su gran tarea es la evangelización. Todos los bautizados tenemos que ser evangelizadores, pero ante todo y sobre todo, con nuestra manera de vivir y de actuar.

La urgencia de la actividad misionera brota “de la radical novedad de vida traída por Cristo y vivida por sus discípulos” (RM. 7). Esa vida la recibimos en la Eucaristía. La Iglesia nos pide que después de la comunión se guarden unos minutos de silencio, momentos necesarios para asimilar el alimento recibido en el Pan de Vida. Para interiorizar el encuentro con Cristo y disponernos a ser testigos del Verbo Encarnado, misioneros del Evangelio. “El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano, la exigencia de evangelizar y dar testimonio” (MND. 24)

 

III.       Invitación a la esperanza

Queridos hermanos y hermanas, Dios, amor inabarcable, se hace cercano en Jesucristo: el único Salvador en quien podemos apoyar nuestra confianza. En Él Dios ha dicho su última palabra y esta palabra es de misericordia a favor de toda la humanidad. Para nosotros en Cuba esta palabra se concentra particularmente en una actitud y un esfuerzo de reconciliación.

La Navidad nos enseña que, a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a cabo los arcanos designios de la providencia divina para el bien de la humanidad.

Exhortamos a todos los cristianos para que lean, con los ojos limpios del corazón, los signos positivos de nuestro tiempo y de nuestra sociedad. Siguiendo la llamada del Papa Juan Pablo II comprometámonos “más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo” (MND, 26).

Al desearles una feliz Navidad, nuestra oración de pastores y obispos se hace súplica ante Cristo presente en la Eucaristía, pidiendo para todos ustedes, tan queridos en el Señor, que esta “esperanza a la que hemos sido llamados” (Ef. 1,18) colme plenamente sus corazones.

Con nuestra bendición,

LOS OBISPOS CATÓLICOS DE CUBA

El Cobre, 27 de noviembre del 2004.

Notas:

Este Mensaje debe leerse en las Misas del domingo 19 de diciembre.

Las citas MND corresponden a la Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II Mane nobiscum Domine, publicada el 7 de octubre del 2004 para dar inicio al Año de la Eucaristía.