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Reflexiones después de un viaje a la India

Hna. Ondina Cortés R.M.I.

Después de 27 horas de viaje llegué al aeropuerto de Bangalore, en el sur de la India, con la sensación de haber estado montada en la máquina del tiempo, ya que salí de Miami el 18 de noviembre y llegué el 20. Pero también porque era como llegar a un mundo completamente distinto en tradiciones, costumbres, lenguas. La finalidad de mi viaje: compartir temas de formación claretiana con mis hermanas de la India por ocho días.

Realmente, en una semana poco se puede decir de ningún lugar; sólo impresiones, y traje bastantes. Con sólo conocer algunas estadísticas, nos podemos aproximar a la realidad del país: población de más de 1,000 millones de personas, de las cuales alrededor de 40% son menores de 15 años. En cuanto a la religión: 82% practican el Hinduismo, 12% el Islam y 2.3% son cristianos. Existen 18 lenguas reconocidas por el gobierno. A pesar de las mejoras en el nivel de vida, 26% de la población sigue estando por debajo del nivel de pobreza.

La Hna. Ondina Cortés, con un grupo de aspirantes claretianas, visita la estatua de Nandi, que en la religión Hindú transporta al dios Shiva. Foto cortesía de la Hna. Ondina Cortés.

Pero hablemos de su gran riqueza: su sentido religioso. Lo que quizá me impresionó más es la religiosidad de este pueblo. Dios, como sea que lo entienda cada cual, está en todas partes. Al entrar a cualquier iglesia o templo, casa de familia o choza, has de entrar descalzo, porque te acercas a lo sagrado. Hay templos y monumentos a los dioses hindúes en todas partes; varias veces al día se siente el llamado a la oración de la mezquita musulmana. Nuestros rezos en la capilla se entremezclaban con las oraciones de las mezquitas alrededor del convento, ya que utilizan grandes altoparlantes para que el que quiera ore desde su casa. Hay una cierta armonía y respeto en medio de las diferencias religiosas. Nuestras hermanas atienden con sus limitados recursos a hindúes, musulmanes y cristianos igualmente. Cada día 60 niños hacen sus tareas y comen en casa. Alrededor de veinte mujeres se capacitan en corte y costura, se les da instrucción sobre salud e higiene y se les hace conscientes de sus derechos.

Cuando las personas saben que te dedicas al servicio de Dios y de los más necesitados, te acogen y te apoyan en todo lo que pueden.

Existe una fe profunda en el pueblo, pero me preguntaba: ¿Qué tipo de persona o de sociedad ayuda a desarrollar esa fe? Me pareció que, en cierta medida, la religión mezclada con la cultura, sustenta y perpetúa algunos de los problemas sociales del país, como la marginación de la mujer. Allí sigue siendo una práctica generalizada que los padres arreglan los matrimonios de los hijos, y eso hace que muchas chicas vivan en situaciones de abuso por parte del esposo o la suegra, sin posibilidad de volver a casa, lo cual supondría una deshonra para su familia. Soy consciente de que en nuestro mundo occidental-“cristiano”, la fe en Jesucristo está lejos de moldear personas plenas y sociedades justas. Precisamente esta semana reportaba la UNICEF que Latinoamérica es considerada la región más desigual del mundo, con más de 100 millones de niños sumidos en la pobreza. ¿Cómo es posible esto en el continente más católico del mundo?

El fallo no está en el mensaje de Jesús, ni en los valores que nos transmite el Evangelio, sino en nuestra incapacidad –después de veintiún siglos– de encarnarlos y hacerlos funcionar. Desde el Antiguo Testamento, el Señor nos viene repitiendo que no le agradan las alabanzas y sacrificios que no van acompañados de un compromiso con el necesitado. El mensaje de Jesús exige el respeto a la dignidad de la persona, sea hombre o mujer. “La Gloria de Dios”, como decía San Ireneo, “es el hombre en su plenitud”. En este tiempo de Adviento, mientras ensayamos el canto de los ángeles en la noche de Navidad –“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres”– no pierdo la esperanza de que llegará el día en que no podamos separar estas dos realidades, la gloria de Dios y la paz, que es fruto de la justicia en la tierra.

ondina@claretiansisters.org