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Vivir cada día como si fuera el único

Richard J. DeMaria, CFC

Hay una gran sabiduría en la tradición monástica de vivir un día, y cada día, como si se tratara de toda la vida.

Despertamos en la mañana como si saliéramos del vientre materno. Como sólo tenemos un día para vivir, en este día debemos lograr el equilibrio entre el trabajo, la alabanza, la soledad y la comunión con los demás. Cada actividad se emprende como si fuera la primera vez, y la última vez.

No hay actividad aburrida; no hay actividad sin importancia; no hay actividad demasiado importante. Y al caer la tarde, aquellos cuyo día haya transcurrido en equilibro hasta llegar a ser completo, podrán entrar de buena voluntad en el sueño de la muerte, como si para ellos no fuera a haber un nuevo día… Lo cual, por supuesto, es muy posible.