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La Virgen de Matanzas
(Entre la historia y la leyenda)
A lo largo de los siglos, la devoción popular a la Virgen María
ha creado en todo el mundo un verdadero tesoro de historias,
leyendas, tradiciones e imágenes en que los pueblos católicos
han expresado su amor por la madre de Jesucristo. En España e
Hispanoamérica, casi no hay ciudad, villa o aldea que no tenga
su María: una devoción mariana vinculada a la vida, las
ansiedades y las esperanzas de los habitantes locales. Algunas
de estas devociones son mundialmente conocidas; otras son de
significación nacional o regional; y algunas, en cambio, son
casi desconocidas, como la que aquí presentamos. Parece haber
tenido su origen en la ciudad cubana de San Carlos y San
Severino de Matanzas, donde se escribió un breve folleto (La
Habana: Imprenta y Librería “El Iris”, Obispo 22, 1870), del que
un solitario ejemplar ha llegado a nuestras manos con su
historia sencilla y hermosa –como suelen ser las historias
marianas– y una imagen que ha servido de inspiración actual a
dos artistas residentes en Miami. De la autora del folleto sólo
conocemos el nombre, María del Valle, que no aparece en ninguna
de las bibliografías cubanas de la época. Por ser de naturaleza
casi desconocida, reproducimos este relato “entre la historia y
la leyenda”, tal como fue publicado originalmente, hace ahora
135 años.
La Redacción
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Dos cuadros de creación reciente, inspirados en el
folleto La Virgen de Matanzas, de 1870: el de la
cubana Teresa Ortiz (izq.) y el de la ecuatoriana
Frances Muñoz (der.), autora de una colección de
pinturas dedicadas a las devociones marianas en América
Latina (La Voz Católica: “Frances Muñoz pinta a
las Vírgenes de América”, febrero de 2004, p. 36). |
Este relato nos llega desde allí donde la historia y la leyenda
se confunden. Eran los días tenebrosos de 1844, en que la ciudad
de Matanzas se replegaba sobre sí misma, para no escuchar el
implacable restallar del látigo sobre las espaldas
ensangrentadas, o el tronar de las descargas que abatían a los
condenados a muerte. Plácido, el poeta infortunado, había caído
entre ellos, recitando los versos de su Plegaria a Dios,
aquella conmovedora poesía que exculpa plenamente a su alma y
condena a sus jueces para siempre.*
En la paz y el silencio del Valle del Yumurí, sin embargo,
parecía como si la vida siguiese un apacible curso, ajena al
dolor y al espanto que reinaban en la ciudad. Los amaneceres
seguian alegrándose con el canto de los pájaros que despertaban
al nuevo día, y engalanándose con su luz siempre nueva, como en
la primera mañana en que el Creador convocó la vida sobre el
mundo; los atardeceres se gloriaban en el contrapunto delicado
de la luz y de las sombras, a cuyo conjuro aparecían y
desaparecían, entre los árboles y sobre la hierba, destellos de
colores que ningún pintor podrá captar nunca en toda su riqueza.
Y las noches eran un puro canto de cigarras queriendo llegar a
las estrellas.
Durante una de aquellas mañanas, dos niñas y un niño se
internaban en uno de los senderos abiertos en el Valle por el
paso lento y persistente de hombres y animales; llevaban el
pobre almuerzo a sus respectivos padres, que trabajaban en los
campos desde la salida del Sol. Tendría la mayor como doce años;
el varón unos siete, y la menor apenas cinco. La mañana era
especialmente luminosa, y los árboles estaban más cargados de
pájaros que nunca. De pronto, escucharon el ladrido de un perro.
Era un ladrido fuerte y hondo, como de animal corpulento. Sin
embargo, no se sintieron asustados, sino que comenzaron a llamar
al perro por todos los nombres que los campesinos del Valle
solían darles a los suyos.
El ladrido parecía acompañarles, sin alejarse ni acercarse más,
cuando a la menor de los tres, repentinamente, se le ocurrió
gritar: “¡Invisible!” Como si apareciera de repente, un
magnífico perro de blanco pelaje se plantó ante ellos, moviendo
parsimoniosamente la cola. A pesar de tratarse de un animal
desconocido, los niños no sintieron temor alguno, sino que
avanzaron hacia el perro, llamándole por el nombre al que
parecía haber respondido como a un conjuro. Pero Invisible, si
es que así se llamaba realmente, echó a trotar delante de ellos,
y en un recodo del sendero desapareció de su vista. Cuando los
niños llegaron al punto en que el perro se les había hecho,
efectivamente, invisible, volvieron a escuchar su amistoso
ladrido; esta vez, el animal parecía llamarles desde entre los
árboles, hacia la derecha del camino. Fue entonces cuando el
varón de la partida, recordando el deber que los tres debían
cumplir, se negó a abandonar el sendero para seguir al perro.
Éste, como si entendiera lo que los niños discutían, ladró otra
vez, ahora con mayor insistencia.
“¡Pues yo quiero ver a dónde va!”, afirmó la mayor. “¡Y yo
también!”, le apoyó la otra. Y el pequeño, rezongando sobre la
reprimenda que recibirían cuando se presentasen con el almuerzo
frío ante sus padres, no tuvo más remedio que seguir a las dos
niñas.
La vegetación se hacía cada vez más intrincada, y el perro
desaparecía y reaparecía, haciéndose perseguir de los niños,
hasta que los ladridos cesaron abruptamente. En medio del
repentino silencio, los niños percibieron —siempre hacia su
derecha— un rumor de agua que brotase o corriese muy cerca de
ellos. Apartando los apretados matorrales que les cerraban el
paso hacia el sitio de donde provenía el rumor, se encontraron
ante un claro del monte, en cuyo centro se veía brotar un
pequeño manantial. El agua corría sobre la hierba como si
acabase de surgir de la tierra, y el perro se encontraba al otro
lado, inmóvil y expectante como ante la inminente llegada de
alguien.
El rumor del agua aumentó inesperadamente, y los niños pudieron
ver cómo el manantial brotaba con más fuerza, convirtiéndose en
un delgado arroyuelo que empezaba a abrirse cauce a través del
claro. Cuando levantaron la vista, el perro ya no estaba allí.
Los tres pequeños, sin embargo, no tuvieron tiempo de compartir
su sorpresa, pues en el extremo opuesto del claro se erguía
ahora una silueta luminosa.
“Nos está llamando”, dijo la mayor. “Pero, ¿quién es?”, preguntó
la más pequeña. “¡Vamos!”, exclamó el varón. Sin darse cuenta de
cómo habían pasado al otro lado del agua, los tres se vieron
ante la silueta, que ahora parecía haber crecido en luminosidad.
“Es una mujer”, dijo el niño. “Yo no la conozco”, añadió la más
pequeña. “No es de aquí”, afirmó la mayor.
“No tengáis miedo”, les ordenó la luminosa presencia, con una
voz que envolvió a cada uno de ellos en el calor del primer
abrazo maternal. “Sí soy de aquí, porque soy de todas partes, y
estoy en todas partes”.
“¡Es una reina!”, exclamó la más pequeña. “¡Sí, lleva corona!”,
la apoyó el niño. “No… ¡Es la Santísima Virgen!”, dijo la mayor,
y fue como si su afirmación abriese un silencio que llenara todo
el Valle. Desde lo más hondo de aquel silencio, la Señora les
respondió: “Soy María”.
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Reproducción facsimilar de una página del folleto, con la imagen
original de la Virgen y una oración. |
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* * *
Cuando por fin llegaron a donde trabajaban sus padres, los tres
niños se interrumpían unos a otros al describir al perro que
aparecía y desaparecía; no se ponían de acuerdo en cuanto al
sitio donde lo habían visto por primera vez; no sabían decir, a
ciencia cierta, si se habían detenido junto a un manantial o un
arroyuelo; sus testimonios sólo concordaron al afirmar que la
luminosa Señora les había dicho que Ella estaba allí para traer
consuelo y esperanza; que siempre estaría allí para velar por
todos…
“Y, ¿no les pudo haber calentado un poco nuestro almuerzo?”, les
interrumpió el padre del varón.
“¡No seas salvaje!”, le reprendió el padre de la mayor. “Malo
sería que vinieran diciendo que se perdieron por el camino,
cuando lo recorren todos los días; o que el tal perro no los
dejaba pasar, o que a uno de ellos le dio un dolor…”
“…Pero si vienen diciendo”, continuó el razonamiento el padre de
la menor, “que vieron a la Santísima Virgen, a la Santísima
Virgen han de haber visto los mocosos, y ¡mucho cuidado con que
le vayas a poner la mano encima al chico!
* * *
Este relato nos llega desde allí donde la historia y la leyenda
se confunden. Había miedo en la ciudad, y sólo unos pocos decían
—y esto en voz baja— que la Virgen se les había aparecido a tres
niños en el Valle, y que los tres, acompañados por los padres de
dos de ellos, habían ido a hablar con el mismísimo señor cura.
Hubo alguno que añadió —y esto era lógico pensarlo—, que le
habían llevado un mensaje de parte de la Señora. Y no faltó
quien dijese haber escuchado el mensaje mismo, ya de labios de
uno de los niños, o transmitido de boca en boca por los
campesinos del Valle: que todos rezasen con esperanza y fervor
por que cesara el mal que ensombrecía a la ciudad; que se
construyese allí una pequeña capilla dedicada a la Virgen de
Matanzas; que le pidiésemos a Ella la verdadera paz, que es la
que brota del Corazón misericordioso de Jesús como de un
manantial inagotable; que la doctrina sencilla y recta de los
Doce Apóstoles reaparecería muy pronto, para guiar de nuevo al
mundo…
…Y que un día Ella regresará, me atrevo a añadir yo, que nada vi
ni oí, porque creer con el corazón es como haber visto y oído
con el alma
María del Valle
San Carlos y San Severino de Matanzas
Miércoles 19 de Enero de 1870
NOTA
* Referencia a la sangrienta represión colonial contra la
llamada “Conspiración de la Escalera” (1844), durante la cual
fueron fusilados en Matanzas numerosos cubanos negros y mulatos,
entre ellos el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, conocido
por su seudónimo de Plácido.
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