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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

¿Ha resquebrajado el tsunami nuestra fe?

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

Al contemplar un horror como el del tsunami en Asia, hasta las personas de fe llegan a preguntarse cómo es posible que Dios permita que cosas así ocurran.

En primer lugar, debemos reconocer que el desastre es, una vez más, un recordatorio del terrible poder de la naturaleza. Los científicos afirman que el terremoto submarino de 9.0 que provocó el tsunami, hizo que el Polo Norte se desplazara una pulgada, y que el día terrestre se acortara en tres millonésimas de segundo.

La ciencia puede medir tales resultados. Pudo predecir la catástrofe, pero los seres humanos no podían controlarla. No obstante todos nuestros adelantos tecnológicos, la mayor parte del cosmos y de sus procesos internos sigue siendo un misterio más allá de la capacidad humana de comprensión.

El universo es muy dinámico. El cosmos fue creado por Dios, y se rige por las leyes de la naturaleza. También es finito e imperfecto. De manera semejante, nuestra condición humana es limitada y está dañada. Como criaturas, estamos sujetos a las enfermedades, los desastres y la muerte.

Es por ello que debemos ser conscientes de que nuestra actual vida material no es la consumación ni la culminación de nuestra existencia. Hay mucho más por venir, muchísimo más que, tal como escribió San Pablo, “el ojo no ha visto, y el oído no ha escuchado” (1 Cor. 2: 9).

Los tsunamis son consecuencias de las leyes naturales, no un castigo contra quienes los padecen. Esta tragedia nos puede ayudar a comprender el precioso significado de la vida, el valor redentor del sufrimiento, la hermandad de toda la familia humana, pues todos somos parte de la naturaleza, creada por Dios.

Como afirmó San Pablo: “Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, también nosotros…” (Rom. 8: 22-23).

Pero Dios quiere “renovar la faz de la Tierra”. Envió a su único Hijo a compartir nuestra naturaleza humana, a sufrir y a morir, para mostrarnos el camino de la salvación eterna.

Con su sufrimiento y su muerte, Jesús reparó nuestra relación con Dios. El sufrimiento de Cristo no fue inútil ni careció de sentido. El pecado y la muerte ya no tienen poder sobre nosotros. Lo peor que puede ocurrirnos no es la muerte. La muerte es, en realidad, el comienzo de la vida eterna: el cumplimiento del plan de Dios.

Así como de la muerte de Jesús surgió un bien mayor, la tragedia del tsunami ha puesto en marcha un torrente mundial de buena voluntad, de solicitud y de preocupación por las víctimas.

La pregunta que deben hacerse las personas de fe, por lo tanto, no es por qué un Dios que es amor permite que cosas así sucedan, sino por qué la belleza y la bondad de nuestra naturaleza humana se manifiestan sólo ante semejantes tragedias.

Nuestra pregunta debe ser: “¿Dios mío, por qué no podemos comportarnos así, los unos con los otros, cada día de nuestras vidas?”