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Propósito de Año Nuevo: Conocerse a sí mismo
Nosce te ipsum
(Conócete a ti mismo)
Sócrates
A muchos les gustará comenzar el año 2005 con un buen propósito
en mente. Buena idea. Como decía Tomás de Kempis: “si aun
haciendo propósitos faltamos, mucho más faltaríamos si no los
hiciéramos”.
Dado que los campos del saber se han ensanchado tanto, no es
raro que el objeto de muchos propósitos se dirija al
conocimiento. Un individuo promete que va a aprender a escribir
en computadora. Otro se decide por tomar un curso de artesanía.
Hay quien sale a comprar libros que piensa leer este año. No
falta quien asegure que visitará museos o hará turismo cultural.
Podríamos alargarnos con ejemplos de quienes prometen llenar sus
lagunas en diferentes áreas de las ciencias, artes y letras.
¿Cuántos comenzarán este año prometiendo conocerse más a sí
mismos? Pocos. En ese conocimiento se nota escaso
aprovechamiento.
Resulta más fácil fijar la atención en lo externo. El
conocimiento de sí exige autoexamen, reflexión, introspección.
Eso puede inquietar. Posiblemente temamos profundizar en el
autoconocimiento. Surge la aprensión de encontrar zonas
tenebrosas en nosotros. Pero debemos superar ese pesimismo, pues
también podríamos descubrir luces.
Es innegable que resulta difícil ser objetivo cuando de uno
mismo se trata. La objetividad puede sufrir por defecto, es
decir, por ignorancia de los talentos o cualidades que poseemos.
Hay muchas personas acomplejadas que no se valoran. Creen que no
sirven para nada. Quienes las observan se maravillan de lo poco
que aprecian sus valores.
También abundan quienes se sobrevaloran. Éstos dan mucha guerra,
pues se toman a sí mismos como modelo de normalidad.
Duele reconocer que nos falta algo, que no somos dechados de
perfección. Entonces, lo más cómodo es racionalizar nuestros
límites o defectos disfrazándolos de virtudes.
El parlanchín se dice sociable o comunicativo. El hermético se
define como discreto. El individualista afirma tener fuerte
personalidad. El gregario se atribuye flexibilidad y diplomacia.
El avaro se presenta como ahorrativo. El manirroto se gloría de
generoso. El obeso descarga la culpa en su naturaleza agradecida
(léase metabolismo). Y así podríamos continuar con tantas otras
racionalizaciones.
De muchos autoengaños no somos plenamente conscientes. Nuestro
conocimiento propio debe llegar al campo consciente, sobre todo
al de la conciencia moral, allí donde el ser humano se juega su
salvación.
Debo conocer mi estado en relación con el bien y el mal
libremente asumidos. Si nos miramos por dentro descubriremos, en
el mejor de los casos, todo un mundo de buenos pensamientos,
intenciones, deseos y proyectos. Mucho de eso se traduce luego
en buenas obras. Tal conocimiento mueve a la acción de gracias a
Dios, pues sin Su ayuda nada bueno hacemos.
También descubrimos lo negativo dentro de nosotros, pues el
corazón humano se parece a un manantial del que brotan tanto
aguas cristalinas como aguas pestilentes. No andaba mal
encaminado Lutero cuando afirmó: “El hombre es al mismo tiempo
justo y pecador”. Sólo se pasó de rosca con la frase “al mismo
tiempo”.
Dentro de nosotros descubrimos otro mundo egoísta de malos
pensamientos, que luego se materializan en infames acciones o
graves omisiones. Hay que mirar todo eso de frente. El
conocimiento de nuestras lacras morales, unido a consideraciones
sobre la fealdad del pecado, el daño que hacemos y la infinitud
de la bondad divina, puede mover al arrepentimiento. Y de la
contrición no hay más que un paso hacia el mejor de los
propósitos, el propósito de enmienda.
mailto:ebarriossj@aol.com
Sacerdote jesuita
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