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Con seis reales

Las obras de amor de Fray Juan de la Cruz Espí, el Padre Valencia

Fotos cortesía de Rogelio Zelada. Retablo restaurado del Santuario de San Lázaro, en Camagüey, con la imagen del santo que hizo pintar el P. Valencia.

Rogelio Zelada

 

Con solemne lentitud, el aura se posó majestuosamente en medio de las malezas del patio, recogiendo con suave elegancia el blanco plumaje de sus enormes alas. Para los abandonados y hambreados enfermos del leprosorio de San Lázaro, aquella aura del color de las palomas era algo más que un fenómeno de naturaleza única: les parecía, sobre todo, un extraordinario signo de consuelo que, desde el cielo, les enviaba el Padre Valencia.

Fray Juan de la Cruz Espí, O.F.M., el Padre Valencia, había llegado a Santa María del Puerto del Príncipe (nombre fundacional de la ciudad cubana de Camagüey) a comienzos del siglo XIX. Tenía entonces 50 años de edad y 36 de haber entrado en la orden franciscana. Nacido en Valencia, España (ciudad por cuyo nombre llegó a ser conocido), había marchado muy joven a México para estudiar teología y recibir la ordenación sacerdotal. Allí fue misionero entre los indios obligados al duro trabajo de las minas, y compartió con ellos penas y pobreza. Su andar evangelizador lo llevó a las misiones de California con los indios Nutka, para continuar con ellos la obra que Fray Junípero iniciara en 1770. Comenzará el nuevo siglo destinado al convento de San Francisco, en la Habana; luego al convento de Santa María del Consuelo, en la Villa de Trinidad y, finalmente, a Camagüey.

 

Dios proveerá el resto

Imagen de San Roque que perteneció a la antigua hospedería, edificada por el P. Valencia.

Fray Juan no es alguien que pueda pasar inadvertido. Su celo apostólico deja impresionado a todo aquel que pasa junto a él. El buen fraile no descansa nunca, tiene la mirada lista para detectar la necesidad, la soledad y la miseria, porque siente la apremiante urgencia de socorrer a los pobres que pululan por todos lados. Su compasión por los leprosos, que ha encontrado hacinados en una caserón casi en ruinas, lo hace recorrer casa por casa. En una ciudad desbordante de riquezas, sale a tocar en el corazón y las puertas de los ricos y les habla de aquellos que viven olvidados y abandonados, en medio del hedor de la muerte y la desesperanza.

Al caer la tarde de su primer día pidiendo limosnas, y luego de caminar casi todo el pueblo, sólo ha reunido seis reales en el bolsillo. Su compañero de andanzas no intenta siquiera disimular el desaliento: “Padre, es imposible emprender una obra tan costosa en un pueblo como éste”. Fray Juan lo mira, sereno y en paz: “Hombre de Dios, si ya hemos juntado seis reales en un sólo día, dé por sentado que Dios proveerá el resto”.

Monumento al P. Valencia en la ciudad de Camagüey, capital de la provincia cubana del mismo nombre.

El Padre Valencia, además de bueno y compasivo, resulta un excelente predicador, cuya certera palabra seduce a todos, porque viene acompañada con la fuerza pura de su ejemplo, con el que termina ganando los corazones y las mentes de toda aquella gente.

Su inagotable confianza en la Providencia y su fe contagiosa, harán el milagro de sumar para la causa de los pobres a los más indiferentes y endurecidos, cuyas donaciones pronto comenzarán a llegar como un caudal de solidaria caridad. Tal era el respeto y la veneración que despertaba este austero franciscano de hábito mil veces remendado, de comer frugal, cuya cama era sólo un par de tablas y su almohada un duro ladrillo.

Muy pronto los enfermos del hospital tuvieron una casa amplia, digna y ventilada. No sólo no les faltaron camas, ropa limpia y abundante comida, sino que, además, los mismos médicos que atendían a la aristocracia criolla comenzaron a servir gratuitamente a los enfermos del leprosorio, cuya hermosa capilla, dedicada a San Lázaro, fue bendecida por el Arzobispo Osés el 6 de mayo de 1816.

 

Un místico con los pies en la tierra

Fray Juan de la Cruz es un hombre de intensa oración, que, con profunda piedad y recogimiento, celebra diariamente la eucaristía en alguna de las numerosos iglesias o conventos que encuentra en el camino, mientras va pidiendo limosnas para sus pobres. Es un místico con los pies en la tierra, poseedor de un marcado buen sentido común. Para el sostenimiento de los internos del lazareto hace levantar junto al hospital un tejar, para que tengan trabajo que los dignifique y los haga sentirse útiles y productivos. Además, les construye un gran corral cercado, que podrán alquilar a los ganaderos que traen sus reses de paso por la ciudad. Completan el conjunto un sitio de labor y un potrero, para que a los enfermos no les falte leche fresca todos los días.

Con la ayuda de ricas señoras de la ciudad, nueve años después logra inaugurar el Hospital de Nuestra Señora del Carmen, para que las mujeres sin recursos reciban atención médica. Cerca del lazareto construye una capilla-hospedería dedicada a San Roque, en la que encuentran albergue y descanso los peregrinos que, desde muy lejos, se encaminan al Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, en el Cobre.

El Padre Valencia no sólo edifica templos y hospitales: también se ocupa de construir puentes y enderezar caminos. Trabaja todo el tiempo. Sólo su muerte, a los 75 años de edad, impidió que viera terminada la construcción del colegio y convento de las Madres Ursulinas, para la educación de la juventud, y que pudiera empezar una casa-asilo para atender a los pobres locos, que corrían asustados y maltratados por la ciudad.

El 2 de mayo de 1830, una enorme multitud acompañó silenciosa el entierro de aquel hombre de Dios, cuyo cuerpo estuvo expuesto tres días a la veneración de un pueblo que quería tocar su hábito y verlo por última vez.

Los restos mortales del Padre Valencia fueron colocados en el lado del Evangelio del presbiterio de la capilla de San Lázaro. Allí, bajo una lápida de mármol, que quiso resumir en elegante latín toda la riqueza de su vida, depositaron como un tesoro a quien había muerto exhausto por la urgencia de su caridad y su celo apostólico.

Como un grato deber, cambiaron el nombre del Hospital de San Lázaro por el de Asilo Padre Valencia.

Diez años después quisieron repetir las honras fúnebres, con un multitudinario homenaje popular del que se conserva el encendido discurso que Gaspar Cisneros Betancourt, El Lugareño, pronunció sobre la tumba de aquel humilde sacerdote: “que armado sólo de su palabra y de su ejemplo, disponía de todos los afectos y opiniones a beneficio del pobre y del enfermo, que dotado de una fuerza de voluntad inagotable, realizaba las obras más costosas, sin otros medios y recursos, que los que encontraba en manos de otros y la Providencia trasponía a las suyas”.

El aura blanca

Años después, y poco a poco, los leprosos fueron abandonados a su suerte. Cuenta la historia, narrada por la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda en “La Leyenda del Aura Blanca”, que en el momento de la desesperación extrema, les llegó del cielo, al patio casi en ruinas del viejo hospital, aquella extraordinaria aura blanca de única belleza. El ave se convirtió en objeto de la curiosidad de un público numeroso, que pagaba con gusto por el derecho de ver de cerca tan singular espécimen. Gracias a lo que recaudaban, hubo cama limpia y comida caliente por mucho tiempo más para los leprosos. No había duda de que aquella blanquísima aura, única en el mundo, había sido enviada desde el cielo por el Padre Valencia, que cuidaba y velaba por sus pobres.

En 1851, el Arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret (quien sería canonizado por el Papa Pío XII en 1950), ordenó la exhumación del cadáver del Padre Valencia. Escrito el certificado y levantada el acta correspondiente, se devolvió la venerable reliquia a su sepulcro, después que todos pudiesen comprobar que, después de 13 años de sepultura, aquel cuerpo se encontraba todavía intacto y totalmente incorrupto.

El Arzobispo camagüeyano Adolfo Rodríguez Herrera escribió una oración privada, para que fuera rezada por todos los que hoy día peregrinan a la tumba de este santo franciscano: “…Señor Jesucristo, que fuiste auxiliado por el Padre Valencia en las personas de los leprosos, enfermos, presos, matrimonios en peligro, tristes, afligidos; recibe Tú junto a todos ellos al Padre Valencia en tu gloria del cielo, y concédenos la dicha de que pronto tu Iglesia lo declare Santo y lo ponga en sus altares.”

Nota del autor: Algunas fuentes consultadas dicen que el nombre del Padre Valencia era Fray Juan de la Cruz y otras lo mencionan como Fray José de la Cruz. Sin tener seguridad de cuál es el correcto, he preferido seguir la reciente obra de Mon. Ramón Polcari, Historia de la Iglesia Católica en Cuba (Miami: Ediciones Universal, 2003), que lo llama Fray Juan.